25/02/2022 | Publicado en Política Obrera el 20/02/2022
Con independencia del desenlace inmediato de la crisis actual, relativa a Ucrania y la OTAN, la cuestión de una guerra mundial ha quedado instalada en el escenario político internacional. Esto afecta de manera radical la política de la clase obrera de todos los países. Lo que ocurre en las fronteras con Rusia no es una irrupción que tome a nadie por sorpresa. Desde la partición forzada de la Federación Yugoslava, la guerra confrontó con el relato acerca del papel político unificador que se atribuía a la llamada globalización. Se instaló tempranamente un debate que se creía superado desde el estallido de la primera guerra mundial, a saber, si la unidad del mercado mundial daba lugar a la dominación de un superimperialismo, con intereses supra-estatales, dispuesto a combinarse para una explotación ‘pacífica’ del planeta. Las guerras ‘localizadas’ sólo eran tales en apariencia, pues en todas ellas se manifestaba la presencia, incluso la iniciativa, de las principales potencias económicas y/o militares. Adjudicar a la ampliación de las relaciones económicas interestatales una consecuencia pacificadora es omitir el carácter antagónico de todo el proceso capitalista, no solamente frente a la fuerza de trabajo, sino de los capitalistas entre sí.
La existencia de armamento de destrucción total inmediata influye ciertamente en la política de la guerra, pero no para atenuarla sino para exacerbarla. El bombardeo nuclear de Nagasaki e Hiroshima son una demostración temprana de ello. El armamentismo y el despliegue militar han complementado desde siempre la competencia económica ‘pacífica’, más allá de ser uno de los mercados más apetecibles del globo; la ‘elasticidad’ de la demanda sólo tiene por límite la solvencia financiera de los Estados, la lucha de clases que genera y las crisis políticas. En el caso de la disolución de la Unión Soviética, la carrera armamentista de la burocracia stalinista con el imperialismo mundial minó las bases de su dominación política y viabilizó un cambio de régimen sin la necesidad de una guerra abierta.
La expansión sin límites de la OTAN, en contradicción con su estatuto atlántico, ha tenido todas esas funciones de socavamiento de las situaciones políticas que obstaculizaban relativamente su penetración financiera y económica. A medida que fue avanzando la tendencia hacia crisis económicas cada vez más catastróficas, se puso en evidencia su condición de bloque estratégico con intereses contradictorios en su seno. La OTAN no fue nunca, en su propio marco, un ‘superimperialismo’ concertado y pacífico, aunque le permitió a todos sus miembros grandes beneficios económicos y políticos después de la segunda guerra. El último episodio relevante de la explosión de sus contradicciones internas fue el retiro de Gran Bretaña, acicateada por Estados Unidos, de la Unión Europea. En la crisis actual, fueron en forma dispersa a Moscú los jefes de gobierno o ministros de relaciones exteriores de media docena de integrantes de la OTAN, con planteos y propuestas relativamente divergentes. Y también Alberto Fernández, apuntado como un maoísta potencial por parte de un periodista argentino, y Jair Messías Bolsonaro, denunciado como un anticomunista extremo.
El reclamo, por parte de Rusia, de que la OTAN anule su expansión a Ucrania y que retire fuerzas militares de todos los países que limitan con ella, ha sido presentado como un asunto de seguridad nacional y, por derivación, internacional. Todos los estados involucrados en el conflicto admiten esta caracterización, incluso cuando los diplomáticos aseguran que la OTAN no tiene intenciones agresivas –una afirmación curiosa por parte de una organización militar internacional. En estos términos, la salida a la crisis no existe, porque no existe ninguna clase de garantía que se pueda ofrecer, que no vaya a ser violada en el futuro. El pedido, de parte de Putin, de que la OTAN firme un seguro jurídico de no expansión a Ucrania, no sería otra cosa que un papel mojado. La OTAN representa al capital financiero internacional que exige piedra libre para penetrar en todos los territorios y mercados del planeta, en especial el espacio tecnológico heredado de la Unión Soviética. Esta ofensiva no puede ser derrotada por medio del desarrollo militar y de seguridad que han tenido las fuerzas armadas de Rusia, luego del derrumbe y la desintegración del Ejército Rojo, bajo la presión de la restauración capitalista. Numerosos observadores coinciden en que Rusia podría ocupar Ucrania por completo en 48 o 72 horas, por el desequilibrio de fuerzas a su favor en el terreno. Pero este éxito estaría lejos de ser una salida, por la sencilla razón de que la superioridad integral del imperialismo mundial no puede ser abordada desde la fuerza militar, sino desde la revolución socialista.
El acoso de la OTAN hacia Rusia apunta en forma explícita a promover un cambio de régimen que se adapte a las ambiciones del capital financiero internacional. El despliegue militar de la OTAN apunta a desangrar financieramente al Estado ruso y a desintegrar cualquier obstáculo a su completa dominación mundial. Es cierto que todos los grandes capitales ya se encuentran instalados en Rusia, pero no con derecho a una expansión ilimitada. Más cierto aún es que la oligarquía rusa juega un papel extraordinario en el mercado inmobiliario de Londres y, en cierta medida, en la Bolsa londinense. Todo esto demuestra la integración de Rusia al mercado mundial, que domina el capital financiero que se expresa por medio de la OTAN. Putin no podrá romper nunca esta sumisión por medio de una guerra. La ocupación de Ucrania, por caso, de parte de Rusia, no la acerca ni un milímetro a una relación autónoma o independiente con el mercado mundial, simplemente replantea el problema a una escala más bélica y destructiva. Una alianza con China para disputar al imperialismo norteamericano el mercado mundial está fuera del radar de posibilidades, incluso porque tampoco hay entre ellos unidad de intereses o propósitos; la misma Ucrania pro OTAN ya ha firmado la adhesión a la ruta de la seda de China, para inversiones de infraestructura. La OTAN tiene la ventaja estratégica de que puede ofrecer a Ucrania una integración al mercado mundial, en principio por medio de la Unión Europea, incluso si la política fondomonetarista aplicada a Ucrania la ha llevado a niveles extraordinarios de pobreza. Por estas razones, la oligarquía ucraniana se ha desplazado de la lealtad a Moscú a la UE y a la OTAN. El temor del imperialismo mundial (el imperialismo norteamericano es el único que juega en esa categoría), que comparte con Moscú, a una guerra, es de otra naturaleza -que una guerra suscite enormes rebeliones populares, una crisis política excepcional en las metrópolis y en Rusia y, eventualmente, una escisión, de alcance difícil de prever, con los principales estados de la Unión Europea.
Francia, interesada en salir de la OTAN y crear las fuerzas armadas de la Unión Europea, y Alemania, que busca tener las manos libres para negociar una mayor penetración de su industria, en Rusia, claro, pero por sobre todo en China, han fracasado hasta ahora en ofrecer un arreglo a Putin. Esto demuestra que no alcanza, para evitar una guerra, la posibilidad de un compromiso entre perspectivas estratégicas que se adjudican unos y otros: la guerra es siempre la expresión de la explosión de las contradicciones de los regímenes políticos en presencia. La situación previa a la crisis actual ya era insostenible, con Rusia ocupando una parte del este de Ucrania y tomando la soberanía de Crimea. La OTAN y la oligarquía ucraniana quieren recuperar uno y el otro. Es a este acecho geopolítico que responde el despliegue militar de Putin. En esta ocasión cuenta con el apoyo activo del gobierno de Bielorrusia, que se había distanciado del Kremlin debido al propósito de pedir la integración a la Unión Europea, que frustró la rebelión popular en su país, para repudiar el fraude electoral. La dirección política de esa rebelión era francamente partidaria de la integración a la UE.
La ambición de Rusia de alcanzar una integración económica con la Unión Europea se manifestó en la construcción de gasoductos por el Báltico con ingreso por Alemania. Estados Unidos saboteó esta posibilidad desde mucho antes de esta crisis, y con mayor vigor como consecuencia del estallido presente. El conflicto del gas puso al desnudo un antagonismo estratégico entre Estados Unidos y Alemania y parte de la UE. El primer ministro alemán sigue una línea trazada por Ángela Merkel; defiende los gasoductos en cualquier arreglo que se logre establecer, por precario que sea, entre la OTAN y Rusia. El gran capital alemán también defiende los gasoductos, porque aspira a monopolizar, hasta cierto punto, la penetración en la economía rusa, e incluso construir un eje alemán-ruso, al lado de otro con China. En este propósito cuenta con el apoyo de una parte del capital norteamericano, que pretende subordinar los objetivos políticos a sus intereses económicos del momento, que amenazan con una recesión generalizada.
Las partes en pugna enfrentan un incremento sin precedente de los antagonismos de clase en su patio interno, y rebeliones populares y huelgas importantes, como ocurre en Estados Unidos. Las guerras imperialistas están asociadas a la explosión de las contradicciones internas de los Estados. Luego del golpe de Estado ejecutado contra el Capitolio, en enero de 2021, la tendencia a la guerra en Estados Unidos se encuentra ante una dificultad muy especial: que esa guerra sea denunciada por los golpistas como un suicidio político para Estados Unidos, por parte de los liberales y de la democracia en general. La respuesta a una guerra no sería, entonces, un reforzamiento de la ‘unidad nacional’, sino todo lo contrario. Es que el arma de la guerra es levantada por el neo-liberalismo en el mundo entero, e incluso por una parte de la izquierda que denuncia el peligro del “imperialismo ruso” para las libertades ucranianas, en lo que no sería otra cosa que un alineamiento con la OTAN.
La clase obrera debe incorporar en la agenda política la lucha contra la guerra, y no de un modo general, sino de la guerra que impulsa el imperialismo mundial, representado por la OTAN y Estados Unidos. La denuncia de la política de Putin, de un lado como contrarrevolucionaria, porque representa la destrucción de las conquistas históricas revolucionarias en Rusia y, del otro, como proto imperialista en relación a su espacio exterior cercano (Ucrania, Bielorrusia, Chechenia, Georgia, Kazakistán), no debe oscurecer el protagonismo central y estratégico de la OTAN, para unificar a la clase obrera contra el bloque internacional del imperialismo. La política de Putin es un callejón sin salida, que sólo puede llevar a Rusia al desastre. La movilización de las fuerzas armadas durante dos meses, el estado de guerra que se ha creado, las vidas en juego, no lo pagarán los oligarcas rusos sino los obreros y los campesinos.
Guerra a la guerra. Fuera la OTAN. Por la unidad internacional de la clase obrera contra la guerra del capital y por un gobierno de trabajadores.
Este trabajo analiza la trayectoria de las políticas públicas y las responsabilidades institucionales ante la gravedad del problema, tanto a nivel socioceconómico como los impactos en la vida de miles de personas que están siendo desplazadas. Partiendo de un diagnóstico que caracteriza la magnitud del problema, reflexionamos sobre el modelo de desarrollo socioeconómico que lo alimenta. Recuperamos los enfoques de la geografía del poder en un contexto de disputa por los recursos naturales y estratégicos de los territorios, así como los riesgos y retos que enfrenta el espacio vacío, incluidos los impactos socioculturales y comunitarios. El trabajo se inscribe a nivel nacional, pero se ejemplifica en la Comunidad de Castilla y León, y más concretamente en la provincia de León por ser una de las provincias con mayor despoblamiento y menos apoyos institucionales.
La españa vaciada
La despoblación es un problema de tal gravedad que hoy es reconocido como una cuestión de Estado. Por ello, debería ser una prioridad en la agenda nacional y en las políticas públicas, común a todas las administraciones (Zurro y Rueda, 2018).
En España casi dos tercios de los municipios subsisten con menos de mil habitantes. De los 8.125 existentes, la mitad tiene menos de quinientas personas y 1.286 tienen menos de cien (Rico, 2017). El Informe de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) sobre Población y despoblación en España 2016, subtitulado “El 50% de los municipios españoles, en riesgo de extinción”, daba cuenta de la magnitud del problema. Si entre 2015 y 2016, España perdía globalmente 67.374 habitantes, la población de las ciudades, por contraste, aumentaba en 14.000, lo que muestra el desplazamiento de población y el modelo urbano concentrador del país. En el Mapa “La evolución demográfica de Europa en la última década” se aprecia en azul oscuro las áreas con crecimiento negativo de población, así como las que tienen estancamiento (amarillo y rosa claro). El caso de España es alarmante en relación con los demás países de la Unión Europea (UE).
Mapa 1. La evolución demográfica de Europa en la última década
La situación es especialmente preocupante en Aragón, Castilla y León, Castilla la Mancha y Extremadura. Más del 90 por ciento de todos sus municipios tienen menos de mil habitantes, señala el informe de la FEMP (2017). “Una extensa parte del territorio español se encuentra en la actualidad muy poco poblado, con densidades municipales muy por debajo de las consideradas críticas como son los 5 hab/Km2 y los 10 hab/Km2… las áreas por debajo de dichos umbrales predominan en la mitad norte del interior español” (Pinilla y Sáez, 2017: 4).
Como se puede apreciar en el Mapa “Áreas Escasamente Pobladas 2018” (Burillo et al., 2019), las dos áreas más críticas son la Serranía Celtibérica y la Raya con Portugal, que aparecen en color rojo. La mitad de Castilla y León tiene 3 hab/Km², lo que se tipifica como una zona muy escasamente poblada al tener una densidad igual o menor a 8 hab/Km². El promedio de la Comunidad es de 10, lo que corresponde con una zona escasamente poblada, al situarse entre 8 y 12.5 hab/Km² (Pinilla y Sáez, 2017).
Mapa 2. Áreas escasamente pobladas 2018
Fuente: Burillo et al., 2019:85
Este es el drama también de áreas que no son visibilizadas ya que institucionalmente se considera la media provincial pero no la situación de los municipios en particular. Es el caso de León, como podemos ver en el siguiente mapa. Tres cuartas partes de los municipios son áreas escasamente pobladas –las zonas marcadas en amarillo–, por debajo de 12.5 hab/Km². Pero incluso, de los municipios que están por encima, muy pocos sobrepasan los 100 habitantes y solamente la capital está por encima de 1000. Además, la inmensa mayoría presenta tasas decrecientes. La situación real de la provincia es aún más compleja si consideramos los municipios que tienen 8 o menos hab/Km², consideradas áreas muy escasamente pobladas.
Mapa 3. Densidad de población en los municipios leoneses
El tema de la zonificación no es un asunto menor por sus implicaciones políticas y económicas para acceder a fondos europeos[1]. Hasta el momento, la definición de unidades territoriales que corresponden con áreas escasamente pobladas reconocidas por la UE deja fuera extensas áreas del sur de Europa que enfrentan dicha problemática, como es el caso de buena parte de España.
El debate sobre la definición de áreas escasamente pobladas ha sido largo y se mantiene abierto (Burillo et al., 2019). Inicialmente los criterios beneficiaban fundamentalmente a los países del norte de Europa como Suecia y Finlandia. En la actualidad, los criterios sólo consideran el nivel regional (NUTS 2, menos de 8 hab/ Km²) y provincial (NUTS 3, menos de 12.5 hab/ Km²), quedando fuera el nivel municipal. La consideración de esta categoría, conocida como Unidades Administrativas Locales (NUTS 4 o LAU2), abriría la puerta a numerosos municipios españoles, entre ellos los leoneses (119 en total a diferencia de los 20 actuales).
Hay que recordar también que las áreas con densidades por debajo de los 10 hab/km² han sido históricamente consideradas como “desiertos demográficos”. En el caso de España, de acuerdo con las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2030 la pérdida de población rural seguirá aumentando y la situación se agravará aún más (Pinilla y Sáez, 2017).
La reestructuración espacial del poder
Hablar de la España vaciada, significa reconocer que han sido las políticas de las Administraciones públicas de nuestro país las que han contribuido a desangrar poco a poco al medio rural, o al menos a no hacer lo suficiente para paliarlo o revertirlo.
La profunda segregación entre el medio rural y urbano comenzó con el modelo de desarrollo centralista que consolidó el franquismo; un modelo de desarrollo dependiente y esquilmador que asignó al mundo rural una función subordinada al desarrollo urbano y, en aquel entonces, al sector industrial (Recaño, 2017). La ciudad tuvo un papel privilegiado en todo momento, asociada a un imaginario de modernización. Esta dinámica se arrastra hasta nuestros días y se fortalece con las políticas neoliberales que se expresan espacialmente. Salvo el breve periodo de distribución social, que duró apenas dos décadas y se nutrió en buena medida de fondos estructurales y las políticas compensatorias de la UE, la centralidad de lo urbano ha sido política de Estado (Blanco y Subirats, 2012). La recuperación de la arquitectura de los pueblos, la casa familiar para el descanso, el impulso al turismo rural y la revalorización sociocultural del pueblo y las tradiciones, fue sólo un lapso que se hizo añicos a medida que la ofensiva neoliberal endureció las políticas de ajuste estructural, aprovechando el contexto de la crisis de 2008. Incluso, durante esos años, la ciudad fue el referente de crecimiento y especulación. La burbuja inmobiliaria fue una pieza clave del espejismo de bonanza que tuvo incluso su proyección en las restauraciones de viviendas rurales. Desde entonces, asistimos a una reorganización intensiva que concentra el trabajo en el medio urbano y en las áreas de costa destinadas al turismo (Díaz, 2012). La geografía del poder se manifiesta en centros de concentración de riqueza, y de escaso empleo, cada vez más precario, así como en una dinámica de desplazamiento forzado de miles de personas que migran a las ciudades y a los lugares de costa -además 2 millones y medio fueron forzados a migrar del país- (Artal, Navarro y Requena, 2015).
Como si se tratara del negativo de una foto, ésta es la cara oculta del despoblamiento. Población joven y adulta que se desplaza a las ciudades desde los pueblos y de las ciudades pequeñas a las más grandes en busca de empleo; vaciamiento en sus lugares de origen con la consecuente pérdida de servicios; una espiral que alimenta a su vez la dinámica de desplazamiento e hiperconcentración urbana. Población que huye del desempleo al mundo urbano y enfrenta procesos de creciente competencia, mientras se genera un ejército de reserva laboral que abarata aún más la mano de obra, aprovechándose de la necesidad. Menos empleo, peor pagado, con peores condiciones, así como una vivienda cada vez más cara resultado de la gentrificación y especulación generalizada. Una dinámica impulsada por las políticas neoliberales y un Estado que ha sido cómplice durante décadas, cuando no directamente responsable (Zurro y Rueda, 2018). Un modelo que desarraiga, excluye y genera pobreza, que pasa a ser, sobre todo, pobreza urbana; pobres que luchan contra otros pobres, todos migrantes, sean originarios o procedan de otros países, disputando un puesto de trabajo, una vivienda barata, una distancia más corta al trabajo (Rodríguez, 2019).
En el mapa se puede apreciar cómo las ciudades y áreas que concentran la mayor parte de población son Madrid y Barcelona, en menor medida el País Vasco, Pamplona y Zaragoza, así como las zonas de costa de Andalucía, Levante (con la excepción de varias ciudades de Alicante) y Baleares. Los puntos marcados en azul son ciudades que pierden población, tanto capitales de provincia como ciudades medianas. La movilidad geográfica coincide con los lugares donde hay mayor contratación, como se muestra en el siguiente mapa que, si bien es de 2014, marca una tendencia que podemos constatar actualmente.
Lo que observamos espacialmente es una expresión de la heterogeneidad estructural, así como de la asimetría y desarticulación económico-social que la caracteriza. Unas regiones se constituyen en centros dinámicos de la acumulación y reproducción del capital, mientras que otras se convierten en proveedoras de excedentes y recursos, incluida mano de obra barata, ocupando por tanto una posición periférica y subordinada. Se impone una dinámica similar a la del centro-periferia (Cepal, 1998), que se replica al interior del país, y que impone una especialización económica y una división regional del trabajo desigual, con los impactos sociales que ello conlleva.
La periferia será -y ha sido históricamente- rural, dedicada a actividades del agro y a los recursos minerales (minería metálica, no metálica y del carbón, en su momento). Las zonas que hoy concentran actividad económica articulan lo urbano, las áreas dinámicas de la economía de servicios, la producción industrial (poca) que aún existe en el país y el turismo, actividad extractivista generadora de trabajo precario. A través de esta relación dependiente, se profundiza y reproduce la desigualdad, en sus muy distintas manifestaciones (espacial, económica, social, cultural).
Al mismo tiempo que el modelo económico concentró población en los centros urbanos y turísticos, alimentando el desierto rural, el empobrecimiento trascendió el medio rural y, a través de condiciones laborales y de vida cada vez más precarias, permeó el medio urbano. De esta manera, al problema histórico de desigualdad espacial y social del país, nunca resuelto, se sumaron las particularidades del patrón de acumulación neoliberal, que descansa en la superexplotación del trabajo, profundizando aún más ésta. Las condiciones de los trabajadores en este capitalismo de saqueo y acumulación por desposesión (Harvey, 2007), corresponden a lo que Marini definió como superexplotación del trabajo: la acumulación está centrada en la explotación directa del trabajo/trabajador y no en el incremento de la capacidad productiva; es decir, en la plusvalía absoluta. La superexplotación adoptó tres formas esenciales: incremento de la intensidad del trabajo, prolongación de la jornada de trabajo (o una combinación de ambos) y reducción intensa del fondo de consumo del trabajador, por tanto su salario se convirtió en fondo de acumulación del capital (1991:5). No es casual que la pérdida de poder adquisitivo del trabajador en la última década sea del 7.1% a nivel nacional (INE, 2019). Las regiones periféricas tienen pérdidas muy por encima de ese promedio: “Andalucía ha sido el territorio más perjudicado salarialmente en la última década… Los andaluces han perdido el 14,5% de poder de compra en diez años, más del doble que la media. Castilla y León, con una devaluación del 10,6%, y Aragón 10,3%” (Ubieto, 19 de marzo de 2019).
Pero, como señala Sotelo (2019), la superexplotación de la fuerza de trabajo adopta nuevas modalidades en el neoliberalismo[2]; a la intensificación, a la prolongación de la jornada y a la expropiación creciente del salario, se suma una cuarta modalidad, la precariedad del trabajo y su actualización que afecta al conjunto de las condiciones de trabajo. Esta cuarta dimensión, se constata hoy en la precarización de los trabajadores, tanto en los pueblos y ciudades pequeñas del país que pierden población, como en los centros urbanos y turísticos receptores. Desde el punto de vista del espacio y del territorio, estamos ante una geopolítica de la superexplotación, como dice Sotelo; una geografía de la dependencia que se manifiesta en los niveles regional y local.
Así, el despoblamiento no sólo profundiza el desequilibrio de la estructura socioeconómica y territorial que existía previamente, sino que es resultado de ese mismo desequilibrio nunca resuelto. Podríamos decir que el modelo de desarrollo adoptado responde, retomando la expresión de Gunder Frank, al desarrollo del subdesarrollo; un problema histórico intensificado por el patrón de acumulación neoliberal y por un esquema de inserción dependiente y subordinado a los centros del bloque europeo[3].
El espejismo del tan ansiado salto al desarrollo, representado sobre todo por la entrada en la UE, se diluyó en medio de las contradicciones de este capitalismo expoliador, el recorte de los fondos sociales europeos y el desenmascaramiento de una UE que reproduce internamente una relación centro-periferia (Del Río, 2018). La realidad post-Covid no ha mejorado esta situación.
Desde esta perspectiva, el problema de la España vaciada va más allá del enfoque demográfico enmarcado en la baja tasa de natalidad y envejecimiento poblacional. Es la expresión de las relaciones de poder que sostienen un modelo económico y social concentrador y excluyente, lo que debería ser considerado en toda política pública que quiera enfrentar el problema con seriedad.
Geografía del poder: dependencia y especialización
La dependencia y especialización territorial se manifiestan en la forma de gestión de centenares de centrales hidroeléctricas de las cuales no se benefician los pueblos; en infraestructuras radiales de comunicación vinculadas a núcleos urbanos, dejando languidecer y desaparecer los trenes regionales; en la política energética; en la exigua estrategia de industrialización que dejó fuera a todas las poblaciones rurales intermedias; en la insuficiente dotación de centros de salud en las zonas rurales o su concentración en cabeceras urbanas saturadas; o cuando se exige la misma ratio de alumnado para un módulo de formación profesional en la montaña que en un instituto de la ciudad.
La especialización en el marco de una relación de dependencia genera dos tipos de regiones, como señalan diversos especialistas (Carpintero, 2015): unas especializadas en la extracción de recursos y el vertido de residuos, consideradas como regiones periféricas; y otras, las centrales, especializadas en el consumo y acumulación. Las regiones despobladas, que coinciden con las regiones periféricas, son las abastecedoras de recursos, pero son también las que reciben el mayor impacto ambiental debido a ello. Este modelo de organización económica, propio del extractivismo, en el que hay que incluir la economía del turismo, agudiza la desigualdad (espacial, económica y social) así como el despoblamiento. Una vez más, como ya señalamos respecto al abaratamiento del salario y precarización laboral, la España vaciada es funcional al diseño y los intereses económicos de este capitalismo de saqueo y acumulación por desposesión.
La especialización productiva y comercial es propia de una división regional del trabajo desigual, con relaciones de producción e intercambio desiguales entre regiones. La producción y comercialización de bienes primarios a cambio de productos de mayor valor agregado da lugar a un deterioro de los términos de intercambio a nivel regional y nacional que se manifiesta en una geografía del poder con territorios despoblados y empobrecidos económicamente mientras otros concentran población y actividad económica.
Los territorios despoblados proveen los recursos naturales usados como materiales de construcción (cantera, minerales no metálicos, madera). Entre el 50% y 75% de los recursos naturales utilizados en cada región han tenido ese destino. La burbuja inmobiliaria disparó el proceso: “Tanto en la fase de auge, como en la posterior de declive, la explosión generalizada en el uso de recursos naturales a escala regional ha tenido consecuencias demoledoras” (Carpintero, 2015, II). No obstante, las regiones receptoras también sufren los impactos destructivos del modelo: “la preocupante media estatal de una tonelada de cemento por hectárea en el punto álgido de la burbuja, queda empequeñecida por las 7,5 toneladas por hectárea que cayeron en Madrid, las 2,5 en la Comunidad Valenciana, o las 2,1 en Cataluña” (2015, II). Para las regiones periféricas, el nivel de extracción fue escandaloso. Frente al promedio de Consumo Interno de Materiales (CIM) de 12,6 Tm/hab en 2010, Asturias llegó a 30,3 Tm, seguida de Castilla y León con 23,5.
La biomasa (agraria, forestal y pastos) como porcentaje del CIM fue en promedio nacional del 23% pero alcanzó el 61% en Extremadura, el 42% en Castilla y León y el 36% en Castilla La Mancha. Medido como consumo de biomasa por Tm/hab, Extremadura cuadruplica la media nacional (12,4 Tm/hab frente a 3 Tm/hab de media nacional) y Castilla y León la triplica (10,3 Tm/hab), además de ocupar el primer lugar regional en biomasa agraria (21.7%) y el segundo en biomasa forestal (15.4%). Esto abrió un debate sobre las implicaciones para los bosques de la zona, como sucedió en Galicia, que es la primera generadora de biomasa forestal de especies no autóctonas pero de alto rendimiento, como el eucalipto.
El esquema de producción y consumo de energía eléctrica sigue el mismo patrón: Galicia, Castilla y León, Castilla La Mancha, Aragón y Extremadura proveen de energía eléctrica, hidroeléctrica o térmica -aunque ésta cada vez menos tras los cierres de los últimos años- a las regiones centrales (Madrid, Cataluña, País Vasco). El 76% de la electricidad generada en Extremadura se envía a Madrid, el 48% en el caso de Castilla La Mancha y el 44% en el caso de Castilla y León. El 44% de la energía eléctrica que genera Aragón tiene como destino Cataluña (Carpintero, 2015, 144-415). Mientras, Madrid consume 19 veces más energía eléctrica de la que produce.
En cuanto a la producción agrícola y su peso en el sector alimentario, igualmente, las regiones periféricas cumplen una función de abastecedoras de los centros. Andalucía, Castilla y León y Castilla-La Mancha concentran la mitad del valor agregado bruto agrario, manteniendo un patrón de especialización tradicional (Carpinterio, 2015, 86). Por el contrario, la producción industrial se concentra en Cataluña, Madrid, País Vasco y Comunidad Valenciana -entre el 60 y 62% del valor total-. Vemos como la especialización productiva refleja un patrón de desigualdad regional característico de la dinámica centro-periferia.
Lo mismo podemos decir sobre la extracción de minerales metálicos que, si bien ha caído desde la década de los noventa, se sigue concentrando en Andalucía (cobre, plata, zinc, estaño), Asturias y Cantabria (cobre), Castilla y León (uranio y litio, aunque en pequeñas cantidades en comparación con otros países) y Extremadura (níquel). Actualmente se está hablando de una nueva fase de explotación del sector que, no obstante, no modifica la especialización descrita.
A nivel de intercambio comercial, el modelo económico mantiene la misma tendencia, al estar concentrada tanto la demanda como la oferta en Cataluña, Comunidad Valenciana, Madrid y Andalucía: “Este resultado muestra ya dos cosas claramente: 1) el grueso del trasiego de energía, materiales y bienes por el territorio se concentra en el corredor litoral mediterráneo al que se le une la capital madrileña como foco de atracción; y 2) esta tendencia confirma en términos físicos que los flujos comerciales (no sólo los de población) están consolidando la división regional del trabajo ya mencionada” (Carpintero, 2015: 119-120).
A partir de los datos presentados, el vaciamiento se convierte más bien en saqueo. El patrón de acumulación concentrador que desplaza población de unos lugares para concentrarla en otros se refleja en una geografía de la dependencia. La cara menos visible de la España vaciada está asociada al extractivismo y al deterioro ambiental grave, tanto para las regiones periféricas como para las centrales, con los consiguientes efectos en la vida de las personas. Además, la mayor intensidad en el uso de materiales conlleva un incremento en la cantidad de residuos que hay que depositar en un espacio físico, lo que complejiza el problema ambiental del país, ya de por sí difícil, a tal punto que España está entre los países europeos con peores indicadores en tratamiento y manejo de residuos (Brunat, 2017).
Como se aprecia en el mapa, los vertederos se ubican en regiones periféricas y, en general, escasamente pobladas. De los 21 millones de Tm de residuos que se generan en el país al año, el 70% acaban en vertederos sin tratamiento; la UE habla de 88 vertederos en estas condiciones de los que 80% se ubican en Castilla y León y en las Islas Canarias. El problema puede ser aún más grave si se considera, como plantean diversos especialistas, que los datos sobre residuos de distinto tipo son escasos, poco confiables, especialmente los industriales, y hay sobre ellos bajos niveles de control, tanto a nivel nacional como en Castilla y León.
Mapa 7. Vertederos que incumplen la directiva europea de tratamiento de residuos
En cuanto a los residuos industriales, Castilla y León también pasó a convertirse en una receptora de los residuos procedentes del resto del país, “reforzando así su papel en la división regional del trabajo, no sólo como zona de extracción, sino también de vertido” (Carpintero, 2015, 132); un triste ejemplo de especialización regional. Es también la primera Comunidad receptora de residuos peligrosos y tóxicos. La vulnerabilidad de las regiones periféricas crece con el despoblamiento.
El patrón de desigualdad centro-periferia se reproduce al interior de las regiones, llegando al nivel municipal y local. Castilla y León es nuevamente un ejemplo con “altos grados de disparidad entre las diferentes provincias que conforman la región. Tal vez la más notable sea la diferencia entre tres provincias que se suelen situar con un PIB per cápita superior a la media española (Valladolid, Burgos y Palencia) y que, no en vano, acumulan también en torno al 80 % de las exportaciones de toda la región; frente a otras provincias como Zamora, Ávila o León, cuyo PIB per cápita se ha venido encontrando durante mucho tiempo más de 15 puntos por debajo de la media española” (Carpintero, 2015, 387). En definitiva, esta Comunidad es un ejemplo representativo de la vulnerabilidad económica y social de un territorio marcado por la especialización en productos primarios, con escaso valor agregado, que la hace dependiente de la adquisición de productos industriales, químicos e incluso semi-manufacturados con mayor valor agregado, con el consiguiente deterioro de los términos de intercambio. Es una región proveedora, tanto a nivel nacional como internacional, de: cereales –es considerada el granero del país-; biomasa agraria, aunque va creciendo la forestal; carne y leche –tiene la mayor cantidad de cabezas de ganado de España-; y minerales no metálicos (arena, grava, piedra caliza) con los que se fabrica el cemento y ladrillos que luego tiene que comprar. Su producción industrial se restringe a semi-manufacturas agroalimentarias y al sector automotriz, cada vez más decaído, que es fundamentalmente ensamblaje, sin inversión I+D, y cuyo destino son los países europeos. A cambio, tiene que adquirir de otras regiones del país fertilizantes y abonos para su agricultura, así como otros químicos, combustible, equipo industrial, etc. Este modelo dependiente explica las dinámicas de relegamiento y empobrecimiento de un territorio que expulsa población y en el que se puede constatar una política pública con escasos apoyos y voluntad para revertir la tendencia. Por ahora, las alternativas siguen centradas en dinámicas extractivas y de saqueo: minerales no metálicos, minerales metálicos como el litio o el nuevo impulso para explotar el uranio –fuente de residuos tóxicos-, el continuismo de las industrias de biomasa en gran escala, las macrogranjas, etc. Un “estilo de desarrollo” que lejos de constituir una opción devasta aún más los territorios en pro de una visión cortoplacista en la que prima la ganancia.
La reconstrucción del contexto socioeconómico y político del despoblamiento, a través de la perspectiva de una geografía del poder que no es sino geografía de la dependencia, es fundamental a la hora de evaluar las alternativas que se van generando.
Vaciamiento sociocultural y quiebra del vínculo comunitario
El despoblamiento impacta además en la vida social y cultural de los pueblos con la violencia silenciosa de la desmemoria y el olvido. El desplazamiento de quienes tienen que migrar a las ciudades, condena a estas personas y a sus territorios al desarraigo sociocultural, a la desaparición de saberes, tradiciones y formas de relación que descansan en una hacer y una historicidad colectiva de largo recorrido. El sentido y significado de estos pueblos hoy vaciados, o a punto de serlo, que entrelaza tanto la vida de quienes los habitan (habitaban) como del espacio habitado, se va desvaneciendo. Así el vaciamiento territorial va acompañado de vaciamiento sociocultural.
La cartografía, que es también social, entendida como representación de existencias en un espacio, relaciones, narraciones y vidas colectivas que geosimbolizan un lugar, da paso a la des-cartografía con la desaparición de los pueblos. La cultura es la producción de lo diverso que se teje en el hacer y la construcción de una narración que da sentido al grupo. Sin personas, con vías de comunicación semi-abandonadas, sin servicios, sin festividades, sin espacios de reunión, sin voces que cuenten quiénes son y de dónde vienen, queda el vacío. En este sentido, a la desigualdad territorial se suma el vaciamiento cultural que arrasa con la diversidad sociocultural de la población y sus territorios. Se impone la cartografía del poder que exalta el anonimato de la gran ciudad o de los centros turísticos mientras silencia la vida de las pequeñas ciudades y pueblos.
En el vaciamiento hay un proceso de des-apropiación del espacio. Se pierde el arraigo y sentido de pertenencia que transforma el espacio en territorio donde la población despliega “sus actividades productivas, sociales, políticas, culturales y afectivas… sus estrategias de desarrollo y, todavía más, para expresar en el curso del tiempo su identidad profunda mediante la señalización de los lugares” (Lecoquierre y Steck, 1999, 47). Desde esta perspectiva, el despoblamiento conlleva la pérdida de la territorialidad.
En el espacio se expresan, por tanto, las formas de producir, intercambiar, relacionarse y ser. Es la expresión de un proceso histórico y en él se realiza, objetiva y subjetivamente, la cultura de los pueblos, las formas de pensar, actuar, sentir y percibir que constituyen el habitus. Por tanto, la dinámica de concentración en unos lugares y vaciamiento en otros, es la representación espacial de la forma concreta en que opera el capitalismo neoliberal y el bloque de poder que controla el Estado.
En este sentido, el desplazamiento de población que se ve obligada a abandonar sus pueblos y pequeñas ciudades, es un proceso mucho más violento de lo que parece a simple vista; se está doblegando a miles de personas a ser otros y dejar de ser, con lo cual sus espacios/territorios sufren ese mismo proceso. Somos seres de representación y narración, así alimentamos y reinventamos nuestra memoria colectiva y nuestras proyecciones de futuro. El despoblamiento expresa una espacialidad fragmentada que es también memoria social fragmentada, vaciamiento sociocultural y organizacional. En definitiva, vulnerabilidad con mayores posibilidades de control político.
Asistimos a una disputa por los territorios/espacios que refleja concepciones de vida antagónicas. Una utilitarista, centrada en la ganancia y el enriquecimiento. Otra centrada en la vida colectiva de los pueblos y su cultura. Esta disputa es la que se expresa hoy desde la geografía del poder y sus dinámicas. Un territorio vaciado de personas, de sus vidas, de su historia y organizaciones, es un espacio sin resistencias, pero no es un espacio estático y sin disputa.
El vacío es un espacio susceptible de apropiación, más aún si en él hay recursos naturales (bosques, agua, minerales, etc.) o potenciales fuentes de riqueza (incluido el espacio como depósito de residuos). El capitalismo valoriza y (re)valoriza incluso lo que parece carecer de todo valor. De hecho, el valor de los recursos naturales sólo tiene sentido en función de la sociedad en un momento dado (López, Abellán y Godenau, 2009). Es el caso del litio o del uranio, o cualquiera de los minerales estratégicos de nuestros días; algunos descubiertos recientemente, como los depósitos de litio en Castilla y León a los que hacíamos mención, o como el valor que adquiere el agua, el oro azul, en un país con escasos recursos hídricos y que de acuerdo a todas las tendencias de cambio climático se desertificará. Una provincia como León, atravesada de norte a sur por diversos ríos y que contiene varios pantanos y embalses ¿quedará simplemente como espacio vacío con sus recursos acuíferos sin disputa?
La lectura dinámica del espacio nos sitúa ante un proceso de (re)apropiación del territorio y sus (potenciales) recursos, con la correspondiente transformación en la estructura de la propiedad de la tierra y su resignificación sociocultural e histórica. Son las personas que aún viven en pueblos semi-abandonados las que enfrentan a las mineras, como el caso de la minera australiana interesada en el litio de Cáceres; o la colocación de vertederos, muchos de ellos peligrosos, como en el Centro de Tratamiento de Residuos en San Justo de la Vega (León); o a las macrogranjas que apenas generarán puestos de trabajo, pero que contaminarán la tierra y los acuíferos, como en Aragón, León, Hellín (Albacete) y en otros lugares (Falces, 2017).
En este contexto hay que repensar los efectos del debilitamiento de la organización colectiva y de instituciones ancestrales, como las Juntas Vecinales, hoy amenzadas, que tienen atribuciones en el control y fiscalización del territorio y en el cuidado de la memoria (Valderrama y Gutiérrez, 2014). La eliminación de las Juntas Vecinales es funcional al desmantelamiento y reapropiación de esos territorios por parte del capital. León tienen el mayor número a nivel nacional: 1.231 Juntas Vecinales de un total 3.704 (Concejos, 2018). Es decir, la descartografía y reapropiación es consustancial a la expansión del capitalismo de despojo y saqueo de los territorios.
Elementos para la reflexión
En estas “tierras incógnita” (Preciado y Pablo, 2010) se están jugando procesos definitorios entre la apropiación y la desapropiación del espacio; en ellas se expresa la tensión entre la dinámica del poder pero también del contrapoder. Ante la supresión de espacios y actores políticos, que invisibiliza a la gente y sus pueblos, también se mantiene la resistencia de quienes se convierten en sus habitantes-guardianes, se movilizan, convocan y proponen, no sólo para ser visibilizados, sino para comunicar propuestas respaldadas por su experiencia, saberes, disponibilidad y energía para hacerse cargo de sus territorios y sus vidas. El potencial de las “tierras incógnita” radica en que son espacios de transformación frente a la homogeneización urbana y la repetición de formas de vida que deshumanizan; en esa tensión se construye el espacio como “espacio diferencial”, como utopía concreta, del que nos hablara Lefebvre (1974). Frente al espacio de los tecnócratas utilitaristas que tratan de usurparlo con sus proyectos y discursos, está el espacio vivido, susceptible de convertirse en contra-espacio.
En el nivel macro, geopolítico, el despoblamiento también pone en juego la reapropiación del espacio ¿Acaso puede renunciar este país al 53% de su territorio y a los recursos que hay en él? Puede ser el momento para repensar un proyecto de país desde relaciones regionales igualitarias que ponga en el centro la diversidad sociocultural y condiciones de vida digna en sus territorios, de manera que se transforme la relación periférica y de dependencia de España en la UE. Si las soluciones no vienen de adentro, esta “tierra incógnita” tendrá poco margen de reorientación y otros decidirán desde un enfoque utilitarista. ¿O pensamos que la UE aceptará pasivamente que una de sus fronteras estratégicas, que custodia la entrada al Mediterráneo y el norte de África, sea sin más un espacio “vacío”?
Se necesita un “plan estratégico de Estado” frente al reto demográfico que trascienda del problema a las soluciones. Es necesario cumplir con los acuerdos establecidos hasta ahora que no se han cumplido y retomar las múltiples propuestas que las organizaciones sociales han construido a través de los años, mucho antes de que la administración tomara cartas en el asunto. Es indispensable contar con un presupuesto mínimo destinado a cohesión social y territorial, a pesar de la política de recortes que la UE impuso desde 2008 y que la crisis vinculada a la pandemia de Covid19 parece que mantendré. Es, sobre todo, fundamental que los grandes beneficiarios de las ayudas directas de la PAC no sean los grandes propietarios y productores, ‘el 82% del total va a solo el 20% de los receptores” (Böll-Stiftung y Seo-Bird Life, 2019, 11) y acabar con el despilfarro de recursos públicos que está directamente asociado a la deficiencia institucional en sus distintos niveles (nacional, autonómico y local). La magnitud de la ineficiencia/despilfarro/corrupción, asciende a 15.217 M€ para el periodo 1985-94, se dispara a 147.733 M€ entre 1995-2007, los años más especuladores de orientación neoliberal, y 31.557 M€ entre 2008-2016 (Romero, 2018). En Castilla y León, además es necesario considerar y revisar el uso de los fondos MINER que lejos de apoyar la reconversión de las cuencas mineras dejaron una estela de ineficiencia y dispendio en unos municipios entonces en difícil situación económica y hoy asolados por el despoblamiento tras el cierre de las minas.
Por ello es necesario cambiar de enfoque y de políticas respecto a cómo abordar el problema de la despoblación desde un modelo postcapitalista, rompiendo el eterno ciclo productivista basado en el único criterio del beneficio y apostando por el decrecimiento (Díez, 2010). Además de generar posibilidades de empleo vinculadas a la conectividad y a ámbitos no tradicionales, es necesario asumir, de una vez por todas, la necesidad de una auténtica Reforma Agraria, desde otro modelo productivo basado en el reconocimiento de que los alimentos se producen conjuntamente con la naturaleza, en la lógica del cuidado y con el objetivo primordial de alimentar a las personas, avanzando en un modelo de soberanía alimentaria. Es igualmente indispensable garantizar servicios sociales para que las personas puedan quedarse a vivir en sus lugares de origen, sin ser forzados a desplazarse a las ciudades intermedias o a las grandes ciudades.
Notas:
[1] El papel del lobby “Áreas Escasamente Pobladas del Sur de Europa”, integrado por empresarios con apoyo de académicos, alcaldes y grupos locales de Soria, Cuenca y Teruel, resultó muy importante para visibilizar este problema y contrasta con la pasividad de empresarios y políticos leoneses y de Castilla y León.
[2] Deja de ser una característica de las regiones/países periféricos para penetrar el sistema mundial en su conjunto; adopta un carácter estructural y no coyuntural, que profundiza las contradicciones (crisis, desarticulación espacial y económica, heterogeneidad estructural, desigualdad social y territorial, dependencia).
[3] Esta condición periférica en relación a la Unión Europea se compensa con el extractivismo que practica sobre las antiguas colonias, América Latina y el norte de África.
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María José Rodríguez Rejas (Universidad Autónoma Ciudad de México. México)
email: maria.jose.rodriguez@uacm.edu.mx
Enrique Javier Díez Gutiérrez (Universidad de León. España)
Europa volverá a la prosperidad cuando mire hacia el Oriente y se perciba como parte de Eurasia, como lo que siempre fue.
Desde la caída del Imperio Romano, no se veía en Europa una economía organizada y próspera productora de riqueza y crédito que no estuviese vinculada a China, cuyo reflejo llegaba hasta los vecinos de Europa en el Cercano Oriente.
En el siglo XV, ocurrieron varios hechos que cambiaron la tendencia milenaria de la Europa que encuentra su complemento económico en Oriente.
Quienes mejor vivían de esa potente relación económica internacional eran las repúblicas marineras comerciantes italianas o las ciudades libres del Imperio Germánico, cuyas flotas también navegaban hasta allí.
Los magistrados de esas prósperas ciudades libres eran gente educada y experimentada en los negocios; que sin haber sintetizado su experiencia en principios teóricos de economía política, tenían conocimientos empíricos que aplicaban para evitar aquello que pudiera perjudicar el interés de los ciudadanos.
El Descubrimiento de América coincide (1492) con la caída de Bizancio (1453) en manos de los turcos. La caída de Bizancio dejó el comercio con Oriente como un monopolio del Imperio Turco.
Aquel golpe debilitó la potencia política y militar de las prósperas repúblicas europeas y favoreció el desarrollo de Estados Nacionales regidos por agresivos monarcas absolutos (Louis XI de Francia, Henry VIII de Inglaterra, Fernando de Aragón) que destruyeron los estatutos y libertades de las respectivas ciudades republicanas y menospreciaron sus derechos gremiales y las exenciones tributarias de las corporaciones de oficios que administraban las industrias y el comercio y regían la política de aquellas ciudades-estado libres que nutrieron con su prosperidad y visión cosmopolita una revolución cultural: el Renacimiento.
Revolución poderosa que desplazó, después de un milenio, el lúgubre y cruel universalismo pontificio y clerical que con el Cristianismo impuso a sangre, fuego y destrucción en toda Europa el tiránico Emperador Constantino.
El nuevo tipo de monarca nacional y absoluto europeo se consideraba con derecho a disponer de la fortuna nacional, cuya administración dejaba en manos de pequeños grupos de amigos sin alguna experiencia industrial productiva o de comercio; por lo tanto ajenos a la buena administración que produce la abundancia que es sinónimo de bienestar.
Los monarcas absolutos tenían la tendencia a entregar la administración del Reino confiándola a gente de abolengo en su fidelidad al Rey, pero sin experiencia en alguna actividad económica productiva. Por lo general cortesanos adulantes de gustos dispendiosos o nobles de rancio abolengo, extraños a una actividad económica más allá de la producción agrícola típica de la sociedad feudal.
Las guerras entre España, Francia e Inglaterra duraron todo un siglo (XVI), arruinando y devastando las regiones más ricas y productivas de Europa.
Algunos filósofos, ante la miseria general, estudiaron normas para mejorar la administración de las finanzas del Estado y regresar a la prosperidad.
Esos filósofos estudiaron la causa y origen de la riqueza de las naciones.
Los reyes europeos, arruinados por sus guerras comenzaron a ser más cautos en la elección de los ministros para las finanzas públicas.
Fue así como Sully (Enrique IV) y Colbert (Louis XIV) impusieron alguna lógica en la administración de la hacienda francesa.
Con ellos se impuso en Europa el Sistema Mercantil, según el cual, el origen de la riqueza es la acumulación nacional de metales preciosos; para ello es necesario retener los metales importando poco y atraerlos exportando mucho.
Por aquella época, y hasta el siglo XIX, la mayor potencia económica del mundo era China. Imperio que bajo la dinastía Ming, que estaba en el proceso de substituir el dinero que circulaba en forma de papel moneda por monedas de plata. Eso coincidió con la doctrina mercantilista; por lo que pareció que China practicaba, de hecho, una política parecida.
China era autosuficiente, producía y se abastecía de todo lo que necesitaba; todo menos las monedas de plata necesarias para agilizar su comercio interno con dinero más duradero. Por eso, en el año 1663, su Emperador ordenó que la exportación de sus productos se pagase con plata. Algo complicado para los comerciantes europeos. En Europa las minas de plata estaban agotadas. En eso se descubre que en América hay abundantes minas de plata sin explotar.
Súbitamente, en el siglo XVII, el interés europeo se vuelca del Oriente hacia el Oeste, hacía América, al otro lado del Atlántico donde hay mucha plata.
Como la técnica de navegación había mejorado mucho, Holanda e Inglaterra habían suplantado a Portugal en el comercio con el Oriente, con la creación de varias compañías privadas dedicadas al comercio con las Indias Orientales, que necesitaban la plata proveniente de las Indias Occidentales, al otro lado del Atlántico para su próspero comercio con China.
De allí, ese volcamiento de Europa hacia el Atlántico que dura desde el siglo XV, cuando los turcos cortaron el acceso por tierra hacia el comercio con el lejano Oriente.
Gran parte del interés anglosajón por la América Española es porque allí circulaban monedas de plata que eran indispensables al monopolio inglés del té chino.
Cuando Carlos III creó el Virreinato del Rio de la Plata y la plata del Potosí salía al Atlántico por Buenos Aires, poco después, por los tratados de Utrecht, los ingleses tenían derecho a un barco de alzada ubicado en permanencia frente a Buenos Aires para comerciar con los porteños a cambio de plata. En 1806, los ingleses ocuparon Buenos Aires y si no es por Liniers, que los sacó de allí enseguida, es probable que hubiesen ido luego a capturar el Potosí.
China ya no exige plata a cambio de sus productos. El interés europeo por la endeudada riqueza del otro lado del Atlántico tiende a disminuir, porque Estados Unidos paga sus compras con deuda y dinero sin fondos.
China es de nuevo la principal economía mundial y su principal mercado es Europa, la región que es también su principal proveedor.
China se acerca a Europa por el Oriente. Sus inmensas inversiones en crear La nueva Ruta de la Seda: una infraestructura ultra-moderna de transporte para el comercio entre China y Europa. La realidad del enriquecedor acercamiento chino obliga a que en Bruselas dejen de pagar con obediencia y tributos (2% del PIB) la ocupación militar Atlantista.
Europa volverá a la prosperidad cuando mire hacia el Oriente y se perciba como parte de Eurasia, como lo que siempre fue, desde la remota Antigüedad hasta el siglo XV. Es la geografía quien escribe la Historia.
El grito “¡La invasión es inminente!” coreado mayormente por anglosajones ha logrado un efecto: tapar informativamente las exigencias rusas y no debatir sobre ellas. Por otro lado, ese grito, puede formularse a la inversa, como sugiere esta ilustración.
De una guerra fría a otra, de la mano de la OTAN
¿Quien se acuerda hoy de la Carta de París? En noviembre de 1990 los países de la CSCE (hoy OSCE), es decir la URSS y Euroatlántida, firmaron en el Palacio del Elíseo, la “Carta de París para una nueva Europa”. Aquel documento contenía el diseño de una seguridad continental integrada, es decir el fin de la guerra fría que había dividido Europa y el mundo en dos bloques. Su preámbulo proclamaba que, “la era de la confrontación y división de Europa ha concluido”. En el apartado, “relaciones amistosas entre estados participantes” se afirmaba: “La seguridad es indivisible. La seguridad de cada uno de los estados participantes está inseparablemente vinculada con la seguridad de los demás”. En el apartado “Seguridad”, se anunciaba “un nuevo concepto de la seguridad europea” que dará una “nueva calidad” a las relaciones entre los estados europeos. “La situación en Europa abre nuevas posibilidades para la acción común en el terreno de la seguridad militar”, se prometía. “Desarrollaremos los importantes logros alcanzados con el acuerdo CFE (desarme convencional en Europa) y en las conversaciones sobre medidas para fortalecer la confianza y la seguridad”. Se ponía incluso fecha a los compromisos; “iniciar, no más tarde de 1992, nuevas conversaciones de desarme y fortalecimiento de la confianza y la seguridad”. En lugar de eso se abrió paso una seguridad a costa del otro.
Un año después de la firma de la Carta de París, en la cumbre de Roma de noviembre de 1991, la OTAN ya dejó claro cuales eran las dos conclusiones que extraía de la disolución del Pacto de Varsovia:
“La primera novedad de estos acontecimientos es que no afectan ni al objeto ni a las funciones de seguridad de la Alianza, sino que resaltan su permanente validez. La segunda, es que estos acontecimientos ofrecen nuevas ocasiones para inscribir la estrategia de la Alianza en el marco de una concepción ampliada de la seguridad”. En resumen, hubo ampliación, globalización y avance de la OTAN, allí donde Moscú se había retirado. ¿Por qué?
Mijáil Gorbachov respondía así a esa pregunta en una entrevista que mantuvimos en diciembre de 1996: “La ampliación de la OTAN es la respuesta de Estados Unidos a la unidad europea, en Washington muchos temen perder influencia y quieren apuntalarla a través de la OTAN”.
La simple realidad es que Gorbachov fue engañado por los socios occidentales con los que negoció el fin de la guerra fría. Ahora no falta quien afirma que “no hubo documentos” que reflejaran el compromiso de no ampliar “ni una pulgada” la OTAN hacia el Este, pero la evidencia documental es abrumadora. Los documentos de Estados Unidos desclasificados en 2017 muestran la lista completa de dirigentes occidentales reiteradamente comprometidos con aquel compromiso: el secretario de Estado norteamericano James Baker, el Presidente George Bush, el ministro de exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher, el Canciller Helmuth Kohl, el director de la CIA Robert Gates, el Presidente francés François Mitterrand, la primera ministra británica Margaret Thatcher y su sucesor John Major, el Secretario de exteriores de ambos, Douglas Hurd, y el secretario general de la OTAN Manfred Wörner (1).
Treinta años después, el asunto ha sido más que clarificado por los historiadores y confirma de pleno las palabras de Gorbachov. La historiadora estadounidense Mary Elise Sarotte concluye así su voluminoso estudio de fuentes sobre los motivos por los que Washington rechazó el concepto de seguridad europea integrada pactado en París: “la consecuencia habría sido que Estados Unidos habría disminuido su papel en la seguridad europea”. Sarotte formula la mentalidad de los responsables de Estados Unidos de aquella época para impedir que la CSCE (luego OSCE) se convirtiera en la organización europea de seguridad: “Sería peligroso. La Unión Soviética ya no es peligrosa, pero si los europeos unen sus fuerzas y construyen la CSCE como sistema de seguridad, nosotros nos quedamos fuera y eso no es deseable. Hay que fortalecer la OTAN para que no ocurra” (2).
La crónica moscovita de los años noventa, por lo menos la mía, fue una continua llamada de atención contra la expulsión de Rusia de la seguridad continental. Sin Rusia, su mayor nación, no habría estabilidad en el continente y, desde luego, aún menos contra Rusia. La ampliación de la OTAN aún no había comenzado cuando ya en 1996 el ministro de exteriores británico Malcom Rifkind decía que su verdadero objetivo final era el ingreso de Ucrania en ella. Sin Ucrania, Rusia nunca podría afirmar una potencia como la que había tenido en el pasado con la URSS, decían los estrategas de Washington. En agosto de aquel año, ya se celebraron maniobras militares conjunta OTAN-Ucrania con un escenario de lucha contra una rebelión separatista en… Crimea. En aquella época, con un puñado de guerrilleros chechenos poniendo en jaque a los militares en el Cáucaso, el ministro de defensa ruso, Igor Rodionov, se definía como “ministro de un ejército que se desmorona y de una flota moribunda”. Lo poco que quedaba de la flota estaba en el Norte, en las bases de Murmansk y la Península de Kola, junto a Noruega. Y precisamente allí, en Noruega, la OTAN instalaba nuevos radares y sistemas militares, y realizaba maniobras. Javier Solana, secretario general de la OTAN, visitaba sonriente Moscú para constatar la impotencia rusa. “Nos viene a decir que la OTAN se va a ampliar en cualquier caso y que eso es muy bueno para Rusia, a pesar de que según su doctrina el enemigo ahora somos nosotros”, me dijo en una de aquellas visitas Vladímir Lukin, presidente de la comisión de exteriores de la Duma.
Todos contra Rusia. Como en la guerra de Crimea de 1853-1856.
Para 1999, Rusia y la OTAN habían firmado ya un documento de consolación para regular sus relaciones, el “Acta fundacional”, resumido así por Sergei Rógov, el director del moscovita, y muy occidentalista, Instituto de Estados Unidos y Canadá de la Academia de Ciencias: “ellos lo deciden todo y luego nos invitan a tomar café en Bruselas para comunicárnoslo”.
“Lo que se está haciendo despierta mis sospechas”, decía Gorbachov en aquella entrevista de 1996. “De acuerdo, hoy se pueden ignorar los intereses de Rusia, sus críticas a la ampliación, pero la debilidad de Rusia no será eterna ¿Es que no se dan cuenta para quien trabajan con esa política? Si la OTAN avanza en esa dirección aquí habrá una reacción”. La Rusia actual es, en gran parte, resultado de aquel proceso.
La reacción se fue larvando lentamente pero sus manifestaciones siempre fueron ignoradas. El mal humor ruso alimentaba el enredo creado. “Después de Irak, Sudán, Afganistán y Yugoslavia cabe preguntarse quién será el siguiente”, me dijo en abril de 1999 el viceprimer ministro Yuri Masliukov. “¿Quizá algún país de la CEI, o la propia Rusia?”. La OTAN se alimentaba a sí misma: su existencia se justificaba, cada vez más, en la necesidad de afrontar los riesgos creados por su ampliación al Este que tanto irritaba a Moscú. Mientras Occidente ampliaba su esfera de influencia contra Rusia, se denunciaba la actitud “trasnochada” de Moscú por exigir respeto y llamar la atención sobre su propia esfera de influencia. Es decir, según la tesis postmoderna, el concepto solo era “trasnochado” y “arcaico” cuando se trataba del adversario. La génesis de lo que se ha llamado “segunda guerra fría” estaba servida ya en los años 90, ofreció señales constantemente pero no estalló oficialmente hasta 2014, cuando Occidente apoyó la protesta del Maidán convirtiendo la particular fractura nacional ucraniana en un conflicto civil armado. La reacción al final ha estallado cuando Rusia ha dejado de ser tan débil y coincide con China en el propósito de integrar económica y comercialmente el espacio euroasiático. En palabras del historiador alemán Herwig Roggemann, aquella “victoria” occidental en Kíev fue “el mayor fracaso de la historia europea tras el histórico cambio de 1990 (3). Bienvenidos a la nueva guerra fría.
El Centro de Salvamento y Buceo de la Marina de los EE. UU. se encuentra en un lugar tan oscuro como su nombre, en lo que alguna vez fue un camino rural en la zona rural de la ciudad de Panamá, una ciudad turística que ahora está en auge en el extremo suroeste de Florida, 70 millas al sur de Alabama. borde. El complejo del centro es tan anodino como su ubicación: una monótona estructura de hormigón posterior a la Segunda Guerra Mundial que tiene el aspecto de una escuela secundaria vocacional en el lado oeste de Chicago. Una lavandería que funciona con monedas y una escuela de baile se encuentran al otro lado de lo que ahora es una calle de cuatro carriles.
El centro ha estado entrenando buzos de aguas profundas altamente calificados durante décadas que, una vez asignados a las unidades militares estadounidenses en todo el mundo, son capaces de realizar buceo técnico para hacer el bien, utilizando explosivos C4 para limpiar puertos y playas de escombros y artefactos explosivos sin detonar, así como los malos, como volar plataformas petroleras extranjeras, obstruir las válvulas de admisión de las centrales eléctricas submarinas, destruir las esclusas de canales de navegación cruciales. El centro de la ciudad de Panamá, que cuenta con la segunda piscina cubierta más grande de América, fue el lugar perfecto para reclutar a los mejores y más taciturnos graduados de la escuela de buceo que lograron con éxito el verano pasado lo que tenían autorizado a hacer a 260 pies bajo la superficie. del Mar Báltico.
En junio pasado, los buzos de la Marina, que operaban bajo la cobertura de un ejercicio de la OTAN de mediados de verano ampliamente publicitado conocido como BALTOPS 22 , colocaron los explosivos activados de forma remota que, tres meses después, destruyeron tres de los cuatro oleoductos Nord Stream, según una fuente con conocimiento directo de la planificación operativa.
Dos de los gasoductos, que se conocían colectivamente como Nord Stream 1, habían estado proporcionando a Alemania y gran parte de Europa occidental gas natural ruso barato durante más de una década. Se había construido un segundo par de tuberías, llamadas Nord Stream 2, pero aún no estaban operativas. Ahora, con las tropas rusas reunidas en la frontera con Ucrania y la guerra más sangrienta en Europa desde 1945 a la vista, el presidente Joseph Biden vio los oleoductos como un vehículo para que Vladimir Putin usara el gas natural como arma para sus ambiciones políticas y territoriales.
Cuando se le pidió un comentario, Adrienne Watson, una portavoz de la Casa Blanca, dijo en un correo electrónico: “Esto es una ficción falsa y completa”. Tammy Thorp, portavoz de la Agencia Central de Inteligencia, escribió de manera similar: “Esta afirmación es total y absolutamente falsa”.
La decisión de Biden de sabotear los oleoductos se produjo después de más de nueve meses de debates altamente secretos dentro de la comunidad de seguridad nacional de Washington sobre la mejor manera de lograr ese objetivo. Durante gran parte de ese tiempo, el problema no era si hacer la misión, sino cómo hacerla sin tener una idea clara de quién era el responsable.
Había una razón burocrática vital para confiar en los graduados de la escuela de buceo hardcore del centro en la ciudad de Panamá. Los buzos eran solo de la Marina, y no miembros del Comando de Fuerzas Especiales de Estados Unidos, cuyas operaciones encubiertas deben informarse al Congreso e informarse con anticipación a los líderes del Senado y la Cámara, la llamada Banda de los Ocho . La Administración Biden estaba haciendo todo lo posible para evitar filtraciones, ya que la planificación se llevó a cabo a fines de 2021 y en los primeros meses de 2022.
El presidente Biden y su equipo de política exterior —el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, el secretario de Estado Tony Blinken y Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado para Políticas— expresaron su hostilidad hacia los dos oleoductos, que funcionaron uno al lado del otro durante 750 millas bajo el Mar Báltico desde dos puertos diferentes en el noreste de Rusia cerca de la frontera con Estonia, pasando cerca de la isla danesa de Bornholm antes de terminar en el norte de Alemania.
La ruta directa, que eludió cualquier necesidad de transitar por Ucrania, había sido una bendición para la economía alemana, que disfrutó de una abundancia de gas natural ruso barato, suficiente para hacer funcionar sus fábricas y calentar sus hogares, al tiempo que permitía a los distribuidores alemanes vender el exceso de gas, a un precio razonable. un beneficio, en toda Europa occidental. Una acción que podría atribuirse a la administración violaría las promesas de EE. UU. de minimizar el conflicto directo con Rusia. El secreto era esencial.
Desde sus primeros días, Washington y sus socios antirrusos de la OTAN vieron Nord Stream 1 como una amenaza para el dominio occidental. El holding detrás de esto, Nord Stream AG, se incorporó en Suiza en 2005 en sociedad con Gazprom, una empresa rusa que cotiza en bolsa que produce enormes ganancias para los accionistas y que está dominada por oligarcas que se sabe que están esclavizados por Putin. Gazprom controlaba el 51 por ciento de la empresa, con cuatro empresas energéticas europeas, una en Francia, una en los Países Bajos y dos en Alemania, que compartían el 49 por ciento restante de las acciones y tenían derecho a controlar las ventas posteriores del gas natural de bajo costo a locales. distribuidores en Alemania y Europa Occidental. Las ganancias de Gazprom se compartieron con el gobierno ruso, y se estimó que los ingresos estatales de gas y petróleo en algunos años ascenderían hasta el 45 por ciento del presupuesto anual de Rusia.
Los temores políticos de Estados Unidos eran reales: Putin ahora tendría una importante fuente de ingresos adicional y muy necesaria, y Alemania y el resto de Europa occidental se volverían adictos al gas natural de bajo costo suministrado por Rusia, al tiempo que disminuiría la dependencia europea de Estados Unidos. De hecho, eso es exactamente lo que sucedió. Muchos alemanes vieron Nord Stream 1 como parte de la liberación de la famosa teoría Ostpolitik del ex canciller Willy Brandt , que permitiría a la Alemania de la posguerra rehabilitarse a sí misma y a otras naciones europeas destruidas en la Segunda Guerra Mundial, entre otras iniciativas, utilizando gas ruso barato para alimentar un próspera economía comercial y de mercado de Europa Occidental.
Nord Stream 1 era lo suficientemente peligroso, en opinión de la OTAN y Washington, pero Nord Stream 2, cuya construcción se completó en septiembre de 2021 , si los reguladores alemanes lo aprueban, duplicaría la cantidad de gas barato que estaría disponible para Alemania y Europa Oriental. El segundo gasoducto también proporcionaría suficiente gas para más del 50 por ciento del consumo anual de Alemania. Las tensiones aumentaban constantemente entre Rusia y la OTAN, respaldadas por la política exterior agresiva de la Administración Biden.
La oposición a Nord Stream 2 estalló en la víspera de la toma de posesión de Biden en enero de 2021, cuando los republicanos del Senado, encabezados por Ted Cruz de Texas, plantearon repetidamente la amenaza política del gas natural ruso barato durante la audiencia de confirmación de Blinken como Secretario de Estado. Para entonces, un Senado unificado había aprobado con éxito una ley que, como dijo Cruz a Blinken, “detuvo [el oleoducto] en seco”. Habría una enorme presión política y económica por parte del gobierno alemán, entonces encabezado por Angela Merkel, para poner en funcionamiento el segundo oleoducto.
¿Biden se enfrentaría a los alemanes? Blinken dijo que sí, pero agregó que no había discutido los puntos de vista específicos del presidente entrante. “Conozco su fuerte convicción de que esto es una mala idea, el Nord Stream 2”, dijo. “Sé que nos haría usar todas las herramientas persuasivas que tenemos para convencer a nuestros amigos y socios, incluida Alemania, de que no sigan adelante”.
Unos meses más tarde, cuando la construcción del segundo oleoducto estaba casi terminada, Biden parpadeó. Ese mayo, en un cambio sorprendente , la administración renunció a las sanciones contra Nord Stream AG, y un funcionario del Departamento de Estado admitió que tratar de detener el oleoducto a través de sanciones y diplomacia “siempre había sido una posibilidad remota”. Detrás de escena, los funcionarios de la administración supuestamente instaron al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, que para entonces enfrentaba una amenaza de invasión rusa, a no criticar la medida.
Hubo consecuencias inmediatas. Los republicanos del Senado, encabezados por Cruz, anunciaron un bloqueo inmediato de todos los candidatos de política exterior de Biden y retrasaron la aprobación del proyecto de ley anual de defensa durante meses, hasta bien entrado el otoño. Más tarde , Politico describió el giro de Biden en el segundo oleoducto ruso como “la única decisión, posiblemente más que la caótica retirada militar de Afganistán, que ha puesto en peligro la agenda de Biden”.
La administración se tambaleaba, a pesar de obtener un respiro de la crisis a mediados de noviembre, cuando los reguladores de energía de Alemania suspendieron la aprobación del segundo gasoducto Nord Stream. Los precios del gas natural aumentaron un 8 % en cuestión de días , en medio de los crecientes temores en Alemania y Europa de que la suspensión del gasoducto y la creciente posibilidad de una guerra entre Rusia y Ucrania conducirían a un invierno frío muy no deseado. Washington no tenía claro cuál era la posición de Olaf Scholz, el recién nombrado canciller de Alemania. Meses antes, después de la caída de Afganistán, Scholtz había respaldado públicamente el llamado del presidente francés Emmanuel Macron a una política exterior europea más autónoma en un discurso en Praga, lo que claramente sugería menos confianza en Washington y sus acciones volubles.
A lo largo de todo esto, las tropas rusas se habían ido acumulando de manera constante y siniestra en las fronteras de Ucrania y, a finales de diciembre, más de 100.000 soldados estaban en posición de atacar desde Bielorrusia y Crimea. La alarma crecía en Washington, incluida una evaluación de Blinken de que ese número de tropas podría “duplicarse en poco tiempo”.
La atención de la administración se centró una vez más en Nord Stream. Mientras Europa siguiera dependiendo de los oleoductos para obtener gas natural barato, Washington temía que países como Alemania fueran reacios a suministrar a Ucrania el dinero y las armas que necesitaba para derrotar a Rusia.
Fue en este momento inestable que Biden autorizó a Jake Sullivan a reunir a un grupo interinstitucional para idear un plan.
Todas las opciones estaban sobre la mesa. Pero sólo uno saldría.
PLANIFICACIÓN
En diciembre de 2021, dos meses antes de que los primeros tanques rusos entraran en Ucrania, Jake Sullivan convocó una reunión de un grupo de trabajo recién formado (hombres y mujeres del Estado Mayor Conjunto, la CIA y los Departamentos de Estado y del Tesoro) y preguntó para recomendaciones sobre cómo responder a la inminente invasión de Putin.
Sería la primera de una serie de reuniones de alto secreto, en una sala segura en un piso superior del Antiguo Edificio de Oficinas Ejecutivas, adyacente a la Casa Blanca, que también fue el hogar de la Junta Asesora de Inteligencia Extranjera del Presidente (PFIAB) . Hubo la charla habitual de ida y vuelta que finalmente condujo a una pregunta preliminar crucial: ¿La recomendación enviada por el grupo al presidente sería reversible, como otra capa de sanciones y restricciones monetarias, o irreversible, es decir, acciones cinéticas, que no se puede deshacer?
Lo que quedó claro para los participantes, según la fuente con conocimiento directo del proceso, es que Sullivan tenía la intención de que el grupo presentara un plan para la destrucción de los dos oleoductos Nord Stream, y que estaba cumpliendo con los deseos de los Presidente.
Durante las próximas reuniones, los participantes debatieron opciones para un ataque. La Marina propuso utilizar un submarino recién comisionado para asaltar el oleoducto directamente. La Fuerza Aérea discutió el lanzamiento de bombas con fusibles retardados que podrían activarse de forma remota. La CIA argumentó que cualquier cosa que se hiciera, tendría que ser encubierta. Todos los involucrados entendieron lo que estaba en juego. “Esto no es cosa de niños”, dijo la fuente. Si el ataque fuera rastreable hasta Estados Unidos, “es un acto de guerra”.
En ese momento, la CIA estaba dirigida por William Burns, un exembajador en Rusia de buenos modales que se había desempeñado como subsecretario de Estado en la administración Obama. Burns autorizó rápidamente un grupo de trabajo de la Agencia cuyos miembros ad hoc incluían, por casualidad, a alguien que estaba familiarizado con las capacidades de los buzos de aguas profundas de la Armada en la Ciudad de Panamá. Durante las próximas semanas, los miembros del grupo de trabajo de la CIA comenzaron a elaborar un plan para una operación encubierta que utilizaría buzos de aguas profundas para provocar una explosión a lo largo del oleoducto.
Algo así se había hecho antes. En 1971, la comunidad de inteligencia estadounidense se enteró de fuentes aún no reveladas que dos unidades importantes de la Armada rusa se comunicaban a través de un cable submarino enterrado en el Mar de Okhotsk, en la costa del Lejano Oriente de Rusia. El cable vinculaba un comando regional de la Armada con el cuartel general continental en Vladivostok.
Un equipo cuidadosamente seleccionado de agentes de la Agencia Central de Inteligencia y la Agencia de Seguridad Nacional se reunió en algún lugar del área de Washington, bajo una cubierta profunda, y elaboró un plan, utilizando buzos de la Armada, submarinos modificados y un vehículo de rescate submarino profundo, que tuvo éxito, después de mucho ensayo y error, en la localización del cable ruso. Los buzos colocaron un sofisticado dispositivo de escucha en el cable que interceptó con éxito el tráfico ruso y lo registró en un sistema de grabación.
La NSA se enteró de que altos oficiales de la marina rusa, convencidos de la seguridad de su enlace de comunicación, charlaban con sus compañeros sin encriptación. El dispositivo de grabación y su cinta tuvieron que ser reemplazados mensualmente y el proyecto siguió adelante alegremente durante una década hasta que se vio comprometido por un técnico civil de la NSA de cuarenta y cuatro años llamado Ronald Pelton que hablaba ruso con fluidez. Pelton fue traicionado por un desertor ruso en 1985 y condenado a prisión. Los rusos le pagaron solo $ 5,000 por sus revelaciones sobre la operación, junto con $ 35,000 por otros datos operativos rusos que proporcionó y que nunca se hicieron públicos.
Ese éxito submarino, cuyo nombre en código es Ivy Bells, fue innovador y arriesgado, y produjo inteligencia invaluable sobre las intenciones y la planificación de la Armada rusa.
Aún así, el grupo interinstitucional inicialmente se mostró escéptico sobre el entusiasmo de la CIA por un ataque encubierto en aguas profundas. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Las aguas del mar Báltico estaban fuertemente patrulladas por la armada rusa y no había plataformas petrolíferas que pudieran usarse como cobertura para una operación de buceo. ¿Tendrían que ir los buzos a Estonia, justo al otro lado de la frontera de los muelles de carga de gas natural de Rusia, para entrenarse para la misión? “Sería una mierda de cabra”, le dijeron a la Agencia.
A lo largo de “todas estas intrigas”, dijo la fuente, “algunos trabajadores de la CIA y del Departamento de Estado decían: ‘No hagas esto. Es estúpido y será una pesadilla política si sale a la luz’”.
Sin embargo, a principios de 2022, el grupo de trabajo de la CIA informó al grupo interinstitucional de Sullivan: “Tenemos una forma de volar los oleoductos”.
Lo que vino después fue impresionante. El 7 de febrero, menos de tres semanas antes de la aparentemente inevitable invasión rusa de Ucrania, Biden se reunió en su oficina de la Casa Blanca con el canciller alemán Olaf Scholz, quien, después de algunos vacilaciones, ahora estaba firmemente en el equipo estadounidense. En la conferencia de prensa que siguió, Biden dijo desafiante: “ Si Rusia invade. . . ya no habrá un Nord Stream 2. Le pondremos fin ”.
Veinte días antes, el subsecretario Nuland había entregado esencialmente el mismo mensaje en una sesión informativa del Departamento de Estado, con poca cobertura de prensa. “Quiero ser muy clara con ustedes hoy”, dijo en respuesta a una pregunta. “Si Rusia invade Ucrania, de una forma u otra Nord Stream 2 no avanzará ”.
Varios de los involucrados en la planificación de la misión del oleoducto quedaron consternados por lo que vieron como referencias indirectas al ataque.
“Fue como poner una bomba atómica en el suelo de Tokio y decirles a los japoneses que la vamos a detonar”, dijo la fuente. “El plan era que las opciones se ejecutaran después de la invasión y no se anunciaran públicamente. Biden simplemente no lo entendió o lo ignoró”.
La indiscreción de Biden y Nuland, si eso es lo que fue, podría haber frustrado a algunos de los planificadores. Pero también creó una oportunidad. Según la fuente, algunos de los altos funcionarios de la CIA determinaron que volar el oleoducto “ya no podía considerarse una opción encubierta porque el presidente acaba de anunciar que sabíamos cómo hacerlo”.
El plan para hacer estallar Nord Stream 1 y 2 fue repentinamente degradado de una operación encubierta que requería que se informara al Congreso a una que se consideró como una operación de inteligencia altamente clasificada con apoyo militar de EE. UU. Según la ley, explicó la fuente, “ya no existía el requisito legal de informar la operación al Congreso. Todo lo que tenían que hacer ahora era simplemente hacerlo, pero aún así tenía que ser secreto. Los rusos tienen una vigilancia superlativa del Mar Báltico”.
Los miembros del grupo de trabajo de la Agencia no tenían contacto directo con la Casa Blanca y estaban ansiosos por saber si el presidente quería decir lo que había dicho, es decir, si la misión estaba ahora en marcha. La fuente recordó: “Bill Burns regresa y dice: ‘Hazlo'”.
“La marina noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en aguas poco profundas a unas pocas millas de la isla de Bornholm en Dinamarca. . .”
LA OPERACION
Noruega fue el lugar perfecto para la base de la misión.
En los últimos años de la crisis Este-Oeste, el ejército estadounidense ha ampliado enormemente su presencia dentro de Noruega, cuya frontera occidental se extiende a lo largo de 1.400 millas a lo largo del Océano Atlántico norte y se fusiona con Rusia sobre el Círculo Polar Ártico. El Pentágono ha creado empleos y contratos bien remunerados, en medio de cierta controversia local, al invertir cientos de millones de dólares para mejorar y expandir las instalaciones de la Armada y la Fuerza Aérea estadounidenses en Noruega. Los nuevos trabajos incluían, lo que es más importante, un radar avanzado de apertura sintética en el norte que era capaz de penetrar profundamente en Rusia y se puso en línea justo cuando la comunidad de inteligencia estadounidense perdió el acceso a una serie de sitios de escucha de largo alcance dentro de China.
Una base de submarinos estadounidense recientemente renovada, que había estado en construcción durante años, entró en funcionamiento y ahora más submarinos estadounidenses pueden trabajar en estrecha colaboración con sus colegas noruegos para monitorear y espiar un importante reducto nuclear ruso a 250 millas al este, en el Península de Kola. Estados Unidos también ha ampliado enormemente una base aérea noruega en el norte y entregó a la fuerza aérea noruega una flota de aviones de patrulla P8 Poseidon construidos por Boeing para reforzar su espionaje de largo alcance en todo lo relacionado con Rusia.
A cambio, el gobierno noruego enfureció a los liberales y algunos moderados en su parlamento en noviembre pasado al aprobar el Acuerdo de Cooperación de Defensa Suplementario (SDCA). Según el nuevo acuerdo, el sistema legal estadounidense tendría jurisdicción en ciertas “áreas acordadas ” en el norte sobre los soldados estadounidenses acusados de delitos fuera de la base, así como sobre los ciudadanos noruegos acusados o sospechosos de interferir con el trabajo en la base.
Noruega fue uno de los signatarios originales del Tratado de la OTAN en 1949, en los primeros días de la Guerra Fría. Hoy, el comandante supremo de la OTAN es Jens Stoltenberg, un anticomunista comprometido, que se desempeñó como primer ministro de Noruega durante ocho años antes de pasar a su alto puesto en la OTAN, con el respaldo de Estados Unidos, en 2014. Era de línea dura en todo lo relacionado con Putin y Rusia, que había cooperado con la comunidad de inteligencia estadounidense desde la guerra de Vietnam. Se ha confiado en él completamente desde entonces. “Él es el guante que se adapta a la mano estadounidense”, dijo la fuente.
De vuelta en Washington, los planificadores sabían que tenían que ir a Noruega. “Odiaban a los rusos, y la armada noruega estaba llena de magníficos marineros y buzos que tenían generaciones de experiencia en la exploración altamente rentable de petróleo y gas en aguas profundas”, dijo la fuente. También se podía confiar en ellos para mantener la misión en secreto. (Los noruegos también pueden haber tenido otros intereses. La destrucción de Nord Stream, si los estadounidenses pudieran lograrlo, permitiría a Noruega vender mucho más de su propio gas natural a Europa).
En algún momento de marzo, algunos miembros del equipo volaron a Noruega para reunirse con el Servicio Secreto y la Armada de Noruega. Una de las preguntas clave era dónde exactamente en el Mar Báltico era el mejor lugar para colocar los explosivos. Nord Stream 1 y 2, cada uno con dos conjuntos de tuberías, estaban separados en gran parte por poco más de una milla mientras se dirigían al puerto de Greifswald en el extremo noreste de Alemania.
La armada noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en las aguas poco profundas del mar Báltico, a unas pocas millas de la isla de Bornholm en Dinamarca. Los oleoductos se extendían a más de una milla de distancia a lo largo de un fondo marino que tenía solo 260 pies de profundidad. Eso estaría dentro del alcance de los buzos, quienes, operando desde un cazaminas de clase Alta noruego, bucearían con una mezcla de oxígeno, nitrógeno y helio saliendo de sus tanques, y colocarían cargas de C4 en forma de planta en las cuatro tuberías con protección de concreto. cubre Sería un trabajo tedioso, lento y peligroso, pero las aguas de Bornholm tenían otra ventaja: no había grandes corrientes de marea, lo que habría dificultado mucho la tarea de bucear.
Después de un poco de investigación, los estadounidenses estaban todos adentro.
En este punto, el oscuro grupo de buceo profundo de la Marina en la ciudad de Panamá entró en juego una vez más. Las escuelas de aguas profundas en la Ciudad de Panamá, cuyos alumnos participaron en Ivy Bells, son vistas como un remanso no deseado por los graduados de élite de la Academia Naval en Annapolis, quienes generalmente buscan la gloria de ser asignados como Seal, piloto de combate o submarinista. . Si uno debe convertirse en un “zapato negro”, es decir, un miembro del mando de la nave de superficie menos deseable, siempre hay al menos un deber en un destructor, crucero o barco anfibio. La menos glamorosa de todas es la guerra de minas. Sus buzos nunca aparecen en las películas de Hollywood, ni en la portada de revistas populares.
“Los mejores buzos con calificaciones de buceo profundo son una comunidad compacta, y solo los mejores son reclutados para la operación y se les dice que estén preparados para ser llamados a la CIA en Washington”, dijo la fuente.
Los noruegos y los estadounidenses tenían una ubicación y los operativos, pero había otra preocupación: cualquier actividad submarina inusual en las aguas de Bornholm podría llamar la atención de las armadas sueca o danesa, que podrían informarla.
Dinamarca también había sido uno de los signatarios originales de la OTAN y era conocida en la comunidad de inteligencia por sus vínculos especiales con el Reino Unido. Suecia había solicitado ser miembro de la OTAN y había demostrado su gran habilidad en el manejo de sus sistemas de sensores magnéticos y de sonido submarinos que rastreaban con éxito los submarinos rusos que ocasionalmente aparecían en aguas remotas del archipiélago sueco y se veían obligados a salir a la superficie.
Los noruegos se unieron a los estadounidenses para insistir en que algunos altos funcionarios de Dinamarca y Suecia debían ser informados en términos generales sobre la posible actividad de buceo en la zona. De esa forma, alguien superior podría intervenir y mantener un informe fuera de la cadena de mando, aislando así la operación del oleoducto. “Lo que les dijeron y lo que sabían era diferente a propósito”, me dijo la fuente. (La embajada noruega, a la que se le pidió que comentara sobre esta historia, no respondió).
Los noruegos fueron clave para resolver otros obstáculos. Se sabía que la armada rusa poseía tecnología de vigilancia capaz de detectar y activar minas submarinas. Los artefactos explosivos estadounidenses debían camuflarse de manera que parecieran ante el sistema ruso como parte del fondo natural, algo que requería adaptarse a la salinidad específica del agua. Los noruegos tenían una solución.
Los noruegos también tenían una solución a la cuestión crucial de cuándo debería llevarse a cabo la operación. Cada junio, durante los últimos 21 años, la Sexta Flota estadounidense, cuyo buque insignia tiene su sede en Gaeta, Italia, al sur de Roma, ha patrocinado un importante ejercicio de la OTAN en el Mar Báltico en el que participaron decenas de barcos aliados de toda la región. El ejercicio actual, realizado en junio, se conocería como Baltic Operations 22 o BALTOPS 22 . Los noruegos propusieron que esta sería la cubierta ideal para plantar las minas.
Los estadounidenses proporcionaron un elemento vital: convencieron a los planificadores de la Sexta Flota para que agregaran un ejercicio de investigación y desarrollo al programa. El ejercicio, como lo hizo público la Marina , involucró a la Sexta Flota en colaboración con los “centros de investigación y guerra” de la Marina. El evento en el mar se llevaría a cabo frente a la costa de la isla de Bornholm e involucraría a equipos de buzos de la OTAN que plantarían minas, con equipos competidores que utilizarían la última tecnología submarina para encontrarlas y destruirlas.
Era a la vez un ejercicio útil y una tapadera ingeniosa. Los muchachos de la ciudad de Panamá harían lo suyo y los explosivos C4 estarían en su lugar al final de BALTOPS22, con un temporizador de 48 horas adjunto. Todos los estadounidenses y noruegos se habrían ido hace mucho tiempo con la primera explosión.
Los días estaban contando. “El tiempo corría y nos acercábamos a la misión cumplida”, dijo la fuente.
Y entonces: Washington tuvo dudas. Las bombas aún se colocarían durante BALTOPS, pero a la Casa Blanca le preocupaba que la ventana de dos días para su detonación estuviera demasiado cerca del final del ejercicio, y sería obvio que Estados Unidos había estado involucrado.
En cambio, la Casa Blanca tenía una nueva solicitud: “¿Pueden los muchachos en el campo encontrar alguna forma de volar las tuberías más tarde cuando se les ordene?”
Algunos miembros del equipo de planificación estaban enojados y frustrados por la aparente indecisión del presidente. Los buzos de la ciudad de Panamá habían practicado repetidamente la colocación del C4 en tuberías, como lo harían durante BALTOPS, pero ahora el equipo de Noruega tenía que idear una manera de darle a Biden lo que quería: la capacidad de emitir una orden de ejecución exitosa a la vez. de su elección.
Encargarse de un cambio arbitrario de última hora era algo que la CIA estaba acostumbrada a manejar. Pero también renovó las preocupaciones que algunos compartían sobre la necesidad y la legalidad de toda la operación.
Las órdenes secretas del presidente también evocaron el dilema de la CIA en los días de la guerra de Vietnam, cuando el presidente Johnson, confrontado por un creciente sentimiento contra la guerra de Vietnam, ordenó a la agencia que violara sus estatutos, que específicamente le prohibían operar dentro de Estados Unidos, espiando a los líderes contra la guerra. para determinar si estaban siendo controlados por la Rusia comunista.
La agencia finalmente accedió y, a lo largo de la década de 1970, quedó claro hasta dónde había estado dispuesta a llegar. Hubo revelaciones posteriores en los periódicos después de los escándalos de Watergate sobre el espionaje de la Agencia a ciudadanos estadounidenses, su participación en el asesinato de líderes extranjeros y su socavación del gobierno socialista de Salvador Allende.
Esas revelaciones llevaron a una serie dramática de audiencias a mediados de la década de 1970 en el Senado, dirigida por Frank Church de Idaho, que dejó en claro que Richard Helms, el director de la Agencia en ese momento, aceptó que tenía la obligación de hacer lo que el Presidente quería, incluso si eso significaba violar la ley.
En un testimonio inédito a puerta cerrada, Helms explicó con pesar que “casi tienes una Inmaculada Concepción cuando haces algo” bajo órdenes secretas de un presidente. “Ya sea que esté bien que lo tengas, o que esté mal que lo tengas, [la CIA] trabaja bajo diferentes reglas y reglas básicas que cualquier otra parte del gobierno”. Básicamente, les estaba diciendo a los senadores que él, como jefe de la CIA, entendía que había estado trabajando para la Corona, y no para la Constitución.
Los estadounidenses que trabajaban en Noruega operaron bajo la misma dinámica y diligentemente comenzaron a trabajar en el nuevo problema: cómo detonar de forma remota los explosivos C4 por orden de Biden. Era una tarea mucho más exigente de lo que entendían los de Washington. No había forma de que el equipo en Noruega supiera cuándo el presidente podría presionar el botón. ¿Sería en unas pocas semanas, en muchos meses o en medio año o más?
El C4 conectado a las tuberías sería activado por una boya de sonar lanzada por un avión con poca antelación, pero el procedimiento involucró la tecnología de procesamiento de señales más avanzada. Una vez instalados, los dispositivos de temporización retrasados conectados a cualquiera de los cuatro oleoductos podrían activarse accidentalmente debido a la compleja combinación de ruidos de fondo del océano en todo el mar Báltico, que está muy transitado: barcos cercanos y distantes, perforaciones submarinas, eventos sísmicos, olas e incluso mar. criaturas Para evitar esto, la boya de sonar, una vez colocada, emitiría una secuencia de sonidos tonales únicos de baja frecuencia, muy parecidos a los emitidos por una flauta o un piano, que serían reconocidos por el dispositivo de tiempo y, después de unas horas preestablecidas. de retraso, disparar los explosivos.
El 26 de septiembre de 2022, un avión de vigilancia P8 de la Armada de Noruega realizó un vuelo aparentemente de rutina y dejó caer una boya de sonar. La señal se extendió bajo el agua, inicialmente a Nord Stream 2 y luego a Nord Stream 1. Unas horas más tarde, se activaron los explosivos C4 de alta potencia y tres de las cuatro tuberías quedaron fuera de servicio. En unos pocos minutos, los charcos de gas metano que permanecían en las tuberías cerradas se podían ver extendiéndose en la superficie del agua y el mundo se enteró de que algo irreversible había sucedido.
CAER
Inmediatamente después del bombardeo del oleoducto, los medios estadounidenses lo trataron como un misterio sin resolver. Rusia fue repetidamente citada como probable culpable , impulsada por filtraciones calculadas de la Casa Blanca, pero sin nunca establecer un motivo claro para tal acto de autosabotaje, más allá de la simple retribución. Unos meses más tarde, cuando se supo que las autoridades rusas habían estado obteniendo discretamente estimaciones del costo de reparación de los oleoductos, el New York Times describió la noticia como “teorías complicadas sobre quién estaba detrás” del ataque. Ningún periódico estadounidense importante profundizó en las amenazas anteriores a los oleoductos hechas por Biden y el subsecretario de Estado Nuland.
Si bien nunca estuvo claro por qué Rusia buscaría destruir su propio oleoducto lucrativo, una justificación más reveladora para la acción del presidente provino del secretario de Estado Blinken.
Cuando se le preguntó en una conferencia de prensa en septiembre pasado sobre las consecuencias del empeoramiento de la crisis energética en Europa Occidental, Blinken describió el momento como potencialmente bueno:
“Es una gran oportunidad para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa y así quitarle a Vladimir Putin el uso de armas como medio para avanzar en sus diseños imperiales. Eso es muy significativo y ofrece una gran oportunidad estratégica para los años venideros, pero mientras tanto estamos decididos a hacer todo lo posible para asegurarnos de que las consecuencias de todo esto no recaigan sobre los ciudadanos de nuestros países o, para el caso, alrededor del mundo.”
Más recientemente, Victoria Nuland expresó su satisfacción por la desaparición del más nuevo de los oleoductos. Al testificar en una audiencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado a fines de enero, le dijo al Senador Ted Cruz: “Al igual que usted, estoy, y creo que la Administración está muy satisfecha de saber que Nord Stream 2 es ahora, como le gusta decir, un trozo de metal en el fondo del mar.”
La fuente tenía una visión mucho más callejera de la decisión de Biden de sabotear más de 1500 millas del oleoducto Gazprom a medida que se acercaba el invierno. “Bueno”, dijo, hablando del presidente, “debo admitir que el tipo tiene un par de cojones. Dijo que lo iba a hacer y lo hizo”.
Cuando se le preguntó por qué pensaba que los rusos no respondieron, dijo cínicamente: “Tal vez quieren la capacidad de hacer las mismas cosas que hizo Estados Unidos.
“Fue una hermosa historia de portada”, continuó. “Detrás había una operación encubierta que colocó expertos en el campo y equipos que operaban con una señal encubierta.
Si alguien ha interpretado el cese del fuego de facto firmado por Rusia, Ucrania y Turquía, para facilitar la salida del grano de Ucrania, como un comienzo de des-escalamiento del conflicto, es porque no ha entendido el carácter irreversible de la guerra incitada por la OTAN y la tendencia a abarcar mayores geografías e intensificar la crisis social internacional.
El acuerdo para desminar el Mar Negro y habilitar corredores marítimos para transportar los cereales del puerto de Odesa a los del Mediterráneo es, bien mirado, una operación bélica. Putin ha aceptado el arreglo para mantener la semi-neutralidad de países como Turquía y Egipto, y varios otros en Asia y África, que dependen de los alimentos de Ucrania y de Rusia. En varios casos, la dependencia es del 70 y el 80%; en casos como China, el beneficio deriva de la caída que este pseudo acuerdo habrá de provocar en los precios del trigo y del maíz, para consumo humano y animal. La salida del cereal y de los fertilizantes de Rusia es todavía más complejo, porque conlleva operaciones financieras que están bloqueadas por las sanciones de la OTAN contra Rusia. Para superar este obstáculo se organizaría un sistema de pagos a la medida de este comercio. Los fertilizantes de Rusia tienen una importancia estratégica para el agro comercial internacional; Bolsonaro ha boicoteado las sanciones contra Rusia para conseguir los insumos que necesita el agronegocio brasileño. El cese del uso de fertilizantes en Sri Lanka provocó, junto con una deuda pública impagable, la rebelión popular de las recientes semanas.
El arreglo para un cese del fuego circunscripto es por 120 días – el tiempo de evacuación de la cosecha ensilada. El proceso portuario y marítimo operará bajo el control de los países firmantes. El costo será superlativo, salvo que la OTAN subsidie a las compañías que deben asegurar las cargas para que el transporte sea viable. Turquía pasa a jugar un rol relevante, porque de ella depende el paso por el Bósforo, que está sujeto a tratados internacionales suscriptos hace cien años. Al día siguiente de aprobar el cese del fuego, misiles de precisión de Rusia destruyeron instalaciones del puerto de Odesa, señaladas como militares. La flota rusa continuó con el bombardeo del territorio bajo control del gobierno oficial de Ucrania, desde el Mar Negro. Más allá de la cuestión alimentaria, en la punta sur de Ucrania se encuentra Crimea y la base naval rusa de Sebastopol. El gobierno de Zelensky ha anunciado la intención de recuperar Crimea y el puerto, y destruir incluso el extendido puente que Putin hizo construir entre Rusia y Crimea. El gobierno ruso advirtió, en términos claros, que cualquiera de esos propósitos sería repelido con armas nucleares. Crimea ha sido objeto de dos guerras en el pasado, con la intervención de la Rusia zarista, del califa otomano y de Gran Bretaña y Francia. La salida de los cereales procurará al Tesoro de Ucrania mil millones de dólares. Serán destinados a sufragar los costos de la guerra que ha emprendido por cuenta de la OTAN. Lejos de la desescalada la guerra se ha intensificado y el número de estados vinculados a ella ha aumentado.
Putin y sus funcionarios han dejado clara la intención de ocupar el conjunto del sureste de Ucrania, el control del Mar Negro y recuperar la conexión terrestre con Crimea. Ha anunciado un referendo separatista en la ciudad sureña de Kherson. El objetivo estratégico, sin embargo, es la ocupación completa de Ucrania en un período de tiempo condicionado. Estados Unidos y la OTAN tienen su propio objetivo estratégico, que fue definido de entrada -la derrota de Moscú y el cambio de régimen en Rusia-, en tiempos también condicionados. Frente a los acontecimientos en el terreno, EE.UU. ha comenzado a enviar a Kiev sistemas de defensa antiaérea, lo que implica una alteración cualitativa en el conflicto. Es que Washington había reiterado que no cruzaría el umbral de otorgar tecnología militar propia de avanzada a Kiev, para evitar que se lo interprete como un involucramiento directo en el terreno. En función de lo que el diario The Wall Street Journal llama “un abordaje consistente”, el Pentágono ha comenzado a enviar a Ucrania aviones de reconocimiento y ubicación de objetivos, y por otro lado drones para atacar las líneas de abastecimiento del ejército ruso y misiles de largo alcance. Ahora discute la provisión de aviones de combate, como los F-15 y F-16, así como también los HIMARS, sistemas de misiles guiados tierra-aire. En base a esto, Zelensky ha anunciado “una contraofensiva” para retomar la ciudad de Kherson. En el norte, desde la ciudad de Kerkhov, este armamento podría golpear territorio ruso. Rusia no le va a la zaga –tiene drones que han sido calificadas de “enormemente” capaces y cohetería de precisión sin par-. El teatro militar de la guerra se ha expandido en forma sustancial.
El involucramiento de Turquía, miembro de la OTAN, en la guerra es significativo. Mientras actúa como mediador del ‘cese del fuego’ cerealero, ha provisto a Ucrania de un arsenal de drones. Ocupa un lugar fundamental por el control que ejerce en los estrechos del Mar Negro al Mediterráneo. Juega estas piezas en distintos escenarios. Por de pronto, ha reafirmado la decisión de avanzar en la ocupación del norte de Siria, contra los territorios kurdos, aprovechando la atención que ocupa la guerra en Ucrania. Desarrolla un juego de extorsiones con Putin, que sostiene al régimen de Bashar al Assad. Con Líbano en estado de disolución podría discutir un protectorado de la región con Israel. La guerra en Ucrania ha cambiado el escenario en el Medio Oriente. De otro lado, Turquía ha ganado a su lado a Azerbaiyán, una ex república soviética musulmana, y una formidable potencia petrolera. Este país constituye una de las alternativas de abastecimiento ante el boicot de la OTAN al petróleo ruso. Ejerce otra extorsión más, pues reclama la cesión de islas de Grecia en el Mar Egeo, otro país de la OTAN, y se prepara para su ocupación militar.
Más importante, sin embargo, es el escenario en el otro bajo vientre de Rusia –el Asia Central-. Kazajistán no ha apoyado la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Ha adherido, sin embargo, a las sanciones de la OTAN contra Rusia y procura incrementar las exportaciones de petróleo (es un gran productor) por vías alternativas. No ha reconocido a las regiones separatistas ocupadas por el ejército ruso. Aunque adhiere con las otras ex repúblicas soviéticas musulmanas a un pacto estratégico con Moscú, busca un acercamiento con Turquía y con China. Tiene acuerdos de inversiones con Estados Unidos y acuerdos políticos de distinto alcance. Con Azerbaiyán y Georgia, pretende revivir el Corredor del Medio, a través de Asia Central. La actividad comercial en los puertos del Mar Caspio ha crecido mucho. Turquía y Estados Unidos, por vías separadas, aunque en el marco de la OTAN, desafían la dominación de Rusia en su patio interior de Asia Central -en otro escenario de rivalidad con la República Popular China-.
Mientras esto ocurre en el campo de la diplomacia político-militar, la crisis social y política en Europa se aviva como consecuencia de la guerra. La Unión Europea se apresta a un racionamiento del gas, como consecuencia del daño que se autoinflingió al ceder a las presiones de Washington para cerrar el gasoducto Nordstream 2, que fue el detonante final de la guerra de la OTAN. La escasez de gas paralizaría industrias enteras en Europa, como en el caso de la química y la siderurgia, por lo tanto la automotriz. El gobierno alemán ha anunciado la intención de dar prioridad al abastecimiento de la industria en perjuicio del residencial, en medio del duro invierno en el norte de Europa. Alemania enfrenta un desafío estratégico mayor, como es el de reconvertirse de potencia industrial mayormente civil, en potencia mayormente militar –la industria militar alemana se encuentra instalada en terceros países-. Junto con Japón habrá de reclamar una participación más decisiva en el período de guerras que se desarrolla en el momento actual. El frío del invierno alemán será políticamente muy caliente.
Las caídas de Johnson, en Gran Bretaña, y de Draghi, en Italia, están directamente conectadas a la guerra imperialista mundial en presencia. Son, sin embargo, síntomas preliminares de crisis políticas mayores. La guerra imperialista se combina con la implosión de una burbuja financiera sin precedentes, que se fue acumulando desde la crisis mundial de 2007/8. Las deudas públicas y privadas, que han crecido en forma astronómica, se han convertido en definitivamente impagables. Una ola de quiebras es inevitable, así como de defaults de numerosos países. Luego de Sri Lanka se alinean Pakistan y Argentina, y enseguida después Turquía, cuyo inmenso protagonismo en la guerra obedece a la necesidad de conseguir una válvula de escape al desplome económico y político. Compite con Argentina en cuanto a la tasa de inflación anual, aunque a un ritmo aún más vertiginoso. El derrumbe económico ha sido siempre el dínamo de las guerras imperialistas.
Las sanciones económicas descomunales aplicadas por la OTAN a Rusia han llegado a su punto máximo. Eventualmente, el golpe catastrófico que representan para Rusia se hará sentir indudablemente. Pero ahora mismo su poder bélico se ha agotado, mientras que, por el contrario, su impacto destructivo sobre los ‘sancionadores’ se ha acentuado. Alemania ha debido nacionalizar a la principal distribuidora de gas, Uniper, para rescatar a sus accionistas de la quiebra. La Comisión Europea está negociando el levantamiento de las sanciones a la venta de titanio de Rusia para mantener en actividad a la gran compañía aérea Airbus, y lo mismo deberá hacer con el níquel y el paladio. Queda abierto el interrogante acerca de qué exigirá Putin a cambio. La guerra y las sanciones han aumentado la presión sobre la inflación, al punto de generar un dislocamiento económico.
Es fundamental señalar, en este marco, el giro militar que se ha producido en las relaciones entre Estados Unidos y China. Tiene que ver con la guerra de la OTAN contra Rusia. Mientras China denuncia el propósito de Washington de crear una OTAN asiática, éste ataca el “acuerdo estratégico” que han proclamado Pekin y Moscú. La guerra no solamente se extiende al conjunto del planeta. Bautizada como “guerra híbrida” se desenvuelve a un plano superior a la guerra nuclear, porque envuelve a los instrumentos de la Inteligencia Artificial, que puede ejecutar operaciones de destrucción masiva desde los bunkers de los estados mayores y del espacio exterior. La guerra ‘armamentista’ en este terreno se libra sin restricciones ni protocolos. Más prosaicamente, se desarrolla en el océano Índico y en el mar de China un enfrentamiento aéreo creciente, donde la aviación china confronta la violación reiterada del espacio aéreo de China por parte de Estados Unidos. El Pentágono ha amenazado con un ataque, incluso nuclear, contra las Islas Salomón, en caso de que estas lleguen a un acuerdo militar, incluida la posibilidad de una base militar, con China.
En un tiempo relativamente corto, todos estos desarrollos deben llegar a un punto de definición. Existe una grieta entre la marcha objetiva de la crisis, de un lado, y el ritmo de desarrollo de la experiencia de las masas, del otro. Es necesaria una implacable campaña de propaganda y agitación para colmar esa brecha, oponiendo a la guerra imperialista, la lucha de clases por la revolución socialista internacional.
Artículo de Samir Amin, escrito en Marzo de 2014, en momento que se desarrollaba el golpe de Maidan en Ucrania. Su texto explica con claridad los desafíos interiores que enfrenta hoy Rusia.
1.El escenario global actual está dominado por el intento de los centros históricos del imperialismo (EEUU, Europa Occidental y Japón: la Tríada)por mantener su control exclusivo sobre el planeta. La Tríada implementa su dominio a a través de una combinación de:
Las políticas de globalización neoliberal que permiten que el capital financiero transnacional decida solo sobre todos los temas en su exclusivo interés;
Con el control militar del planeta por parte de EE.UU. y de sus aliados subordinados (OTAN y Japón) para aniquilar cualquier intento de cualquier país que no sea de la Tríada de salir de su yugo.
En ese sentido, todos los países del mundo que no pertenecen a la Tríada son enemigos o enemigos potenciales, excepto aquellos que aceptan la sumisión completa a la estrategia económica y política de la Tríada, como las dos nuevas “repúblicas democráticas” de Arabia Saudita y Qatar.
La llamada “comunidad internacional” a la que se refieren continuamente los medios occidentales se reduce efectivamente al G7 más Arabia Saudí y Qatar. Cualquier otro país, incluso cuando su gobierno esté actualmente alineado con la Tríada, es un enemigo potencial ya que los pueblos de esos países pueden rechazar esa sumisión.
2. En ese marco, Rusia es “un enemigo”.
Cualquiera que sea nuestra evaluación de lo que era la Unión Soviética (socialista o algo cercano), la Tríada luchó contra ella simplemente porque era un intento de desarrollarse independientemente del capitalismo/imperialismo dominante.
Después del colapso del sistema soviético, algunas personas (en Rusia en particular) pensaron que “Occidente” no se enemistaría con una “Rusia capitalista” ( y que al igual que Alemania y Japón habían “perdido la guerra pero ganado la paz”).
Olvidaron, estos políticos, que las potencias occidentales apoyaron la reconstrucción de los antiguos países fascistas precisamente para enfrentar el desafío de las políticas independientes de la Unión Soviética. Ahora, habiendo desaparecido este desafío, el objetivo de la Tríada es la sumisión total de Rusia y para lograrlo necesitan destruir su capacidad de resistencia.
3. El desarrollo actual de la tragedia de Ucrania ilustra el objetivo estratégico de la Tríada.
La Tríada organizó en Kiev lo que debería llamarse un “golpe euro/nazi”. Para lograr su objetivo (separar naciones históricamente hermanas: la rusa y la ucraniana), necesitaban el apoyo de los nazis locales.
La retórica de los medios occidentales, que afirman que las políticas de la Tríada apuntan a promover la democracia, es simplemente una mentira. En ninguna parte la Tríada ha promovido la democracia. Por el contrario, estas políticas han estado apoyando sistemáticamente a las fuerzas locales más antidemocráticas o casi fascistas (en algunos casos, abiertamente fascistas) como en Croacia y Kosovo, así como en los estados bálticos y en Europa del Este, y Hungría.
Europa del Este se ha “integrado” en la Unión Europea no como socios iguales, sino como “semicolonias” de las principales potencias capitalistas/imperialistas de Europa occidental y central. La relación entre Occidente y Oriente en el sistema europeo es hasta cierto punto similar a la que rige las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.
En los países del Sur Global, la Tríada ha apoyado a las fuerzas antidemocráticas extremas como, por ejemplo, el Islam político ultrarreaccionario y, con su complicidad, se han destruido las sociedades denIrak, Libia,Siria, Afganistán.
4. Por lo tanto, debe apoyarse la política internacional de Rusia (tal como la desarrolla el gobierno de Putin) que está resistiendo el proyecto de colonización de Ucrania (y de otros países de la antigua Unión Soviética, en Transcaucasia y Asia Central).
La experiencia de los estados bálticos no debe repetirse. También debemos apoyar la construcción una comunidad «euroasiática», independiente de la Tríada y sus socios europeos subordinados.
Pero esta política internacional rusa positiva está condenada al fracaso si no cuenta con el apoyo del pueblo ruso. Y este apoyo no puede ganarse sobre la base del “nacionalismo”, ni siquiera de un tipo de “nacionalismo” progresista positivo, no chovinista.
El fascismo en Ucrania no puede ser derrotado por una suerte de nacionlismo ruso. El triunfo sólo puede lograrse si la política económica y social interna promueve los intereses de la mayoría de los trabajadores.
¿Qué quiero decir con una política que favorezca a las clases trabajadoras?
¿Quiero decir “socialismo”, o alguna especie de nostalgia por el sistema soviético? Pienso que este no es el lugar ni el momento para evaluar la compleja experiencia soviética en unas pocas líneas. Por tanto, resumiré mis puntos de vista en unas pocas frases.
La auténtica revolución socialista rusa produjo un socialismo de estado que fue un primer paso posible hacia el socialismo; después de Stalin, el socialismo de estado se movió hacia el capitalismo de estado (explicar la diferencia entre los dos conceptos es importante pero no es el tema de este breve artículo).
A partir de 1991 el capitalismo de Estado fue desmantelado y reemplazado por un capitalismo basado en la propiedad privada, que, como en todos los países del capitalismo contemporáneo, es básicamente el dominio de los monopolios financieros, con una oligarquía (similara la oligarquías de la Tríada) que proviene en ocasiones de la antigua nomenclatura o de algunos recién llegados.
La explosión de auténticas prácticas democráticas creativas iniciada por la revolución rusa (octubre) fue posteriormente domesticada y reemplazada por un patrón autocrático de gestión de la sociedad, aunque siempre otorgando derechos sociales a las clases trabajadoras.
Este sistema llevó a una despolitización masiva y no fue capaz de controlar desviaciones despóticas y alguna veces criminales. Ahora, el nuevo patrón de capitalismo ruso se basa en la continuación de la despolitización y el no respeto de los derechos democráticos.
Tal sistema gobierna no solo a Rusia, sino a todas las demás ex repúblicas soviéticas. No obstante, este patrón de gobierno no es “democracia” en comparación con la democracia burguesa tal como funcionó en algunas etapas anteriores del desarrollo capitalista. Sin embargo, hoy no hay que perder de vista que en las llamadas “democracias de Occidente”, el poder real está restringido al gobierno de los monopolios y opera en su exclusivo beneficio .
Una política orientada a las personas implica, por tanto, alejarse, de la receta “liberal” y de la mascarada electoral asociada a ella, que pretende dar legitimidad a políticas sociales regresivas.
Sugeriría establecer en su lugar un nuevo capitalismo de estado con una dimensión social (digo social, no socialista). Ese sistema abriría el camino a eventuales avances hacia una socialización de la gestión de la economía y por ende a auténticos nuevos avances hacia una re-invención de la democracia que responda a los desafíos de una economía moderna.
Sólo si Rusia se mueve en esa línea, el conflicto entre, por un lado, la política internacional independiente de Moscú y, por otro lado, la actual política interna liberal puede tener un resultado positivo.
Este movimiento es necesario y posible : fragmentos de la clase política dominante podrían alinearse con un programa de este tipo si la movilización y la acción popular lo promueven. En la medida en que avances similares se lleven a cabo también en Ucrania, Transcaucasia y Asia Central, se podrá establecer una auténtica comunidad de naciones euroasiáticas que puedan llegar a convertirse en un actor poderoso para la reconstrucción de un nuevo sistema mundial.
5. Si el poder estatal ruso permanece dentro de los límites estrictos de la receta neoliberal aniquilará las posibilidades de éxito de una política exterior independiente y las posibilidades que Rusia se convierta realmente en un país que actúe como un actor internacional importante.
El neoliberalismo puede producir para Rusia solo una trágica regresión económica y social, un patrón de “desarrollo lumpen” y un estatus de subordinación creciente al orden imperialista global.
Si Rusia proporciona a la Tríada petróleo, gas y algunos otros recursos naturales; sus industrias quedarían reducidas al estado de subcontratación en beneficio de los monopolios financieros occidentales.
En tal posición, los intentos de actuar de manera independiente en el ámbito internacional seguirán siendo extremadamente frágiles, amenazados por “sanciones” que fortalecerán el desastroso alineamiento de la oligarquía económica rusa con los monopolios de la Tríada. La actual huida del “capital ruso” asociada con la crisis de Ucrania ilustra este peligro.
Restablecer el control estatal sobre los movimientos de capital es la única respuesta efectiva a ese peligro.
Marzo de 2014
Samir Amin, falleció el 12 de Agosto de 2018 en Paris.
Lecturas adicionales
Amín, Samir. La implosión del capitalismo contemporáneo . Londres y Nueva York: Pluto y Monthly Review Press, 2013. Amín, Samir. «Qué significa ‘radical’ en el siglo XXI». Revisión de Radical Political Economics 45.3 (septiembre de 2013). Amín, Samir. “El Fraude Democrático y la Alternativa Universalista”. Revista Mensual 63.5 (Octubre 2011). Amín, Samir. “Unidad y Diversidad en el Movimiento al Socialismo”. Revisión mensual (próximamente en la edición de junio de 2014). Amín, Samir. “Rusia en el Sistema Global”. Traducido del árabe al ruso por Said Gafourov.
Hace dos décadas que Estados Unidos acerca su dispositivo militar a Rusia. El abandono unilateral por Washington del Tratado INF fue la última y temeraria vuelta de tuerca, acompañado de su construcción del escudo antimisiles en Polonia y Rumanía, que puede ser transformado en un sistema de ataque.
Ese cerco militar estadounidense busca el dominio y control definitivo sobre las antiguas repúblicas soviéticas, la voladura del proyecto ruso de cautelosa reintegración del espacio soviético, y la consolidación del poder militar norteamericano en el planeta, y no renuncia, incluso, al desmembramiento de la actual Rusia.
Durante mucho tiempo Estados Unidos alegó que el despliegue de su escudo antimisiles en Polonia y Rumanía servía para prevenir un ataque a Europa de Irán o Corea del Norte. Era una grosera mentira porque el objetivo siempre fue Rusia. Ahora, Estados Unidos está evaluando incluso el despliegue de misiles de medio alcance en Europa transformando los países del Este «en trampolín para el enfrentamiento con Rusia»: Europa puede estar ante un panorama que recuerda a la «doble decisión de la OTAN» de 1979, que llevó a Estados Unidos a desplegar 108 misiles Pershing 2 en la RFA, además de 464 misiles de crucero (160 en Gran Bretaña, 112 en Alemania Occidental, 96 en Italia, 48 en Bélgica y otros 48 en Holanda) y creó una gravísima situación en el continente.
En ese cerco militar a Rusia, Ucrania desempeña una función decisiva. Washington, tras levantar la ficción (inventada por sus servicios secretos) de una supuesta movilización masiva de tropas rusas para invadir Ucrania, alega esa «amenaza» para amenazar a Moscú con severas sanciones económicas y otras acciones. Rusia ha negado las informaciones difundidas por el Departamento de Estado sobre supuestas concentraciones de tropas en la frontera con Ucrania, y equipara las alarmas creadas artificialmente con el clima que preparó el ataque de la Georgia de Saakashvili a Osetia del sur en 2008. En noviembre de 2021, el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, denunció que diez bombarderos estratégicos estadounidenses ensayaron un ataque con armas nucleares contra Rusia, desde el oeste y en oriente, durante los ejercicios militares Global Thunder. En ese mismo mes, aviones militares norteamericanos realizaron más de treinta vuelos en las cercanías del espacio aéreo ruso, mientras proliferaban las acusaciones occidentales sobre la preparación de un ataque ruso a Ucrania, que Moscú considera el pretexto urdido para justificar el despliegue de más fuerzas militares de la OTAN en las fronteras rusas. Añadiendo alarmas y presión sobre Moscú, el Washington Post publicaba el 3 de diciembre de 2021 un documento de los servicios de inteligencia estadounidenses según el cual Rusia prepara un contingente de 175.000 soldados para «invadir Ucrania a principios de 2022», información confirmada después por la Casa Blanca.
Pocos días después, cazas rusos siguieron a aviones de guerra estadounidenses y franceses que volaban en el Mar Negro cerca del espacio aéreo ruso. En ese escenario de agitación y fakenews, los servicios secretos ucranianos filtraron a los medios de comunicación que Rusia ha desplegado casi cien mil soldados en la frontera común y que se dispone a atacar Ucrania a finales de enero o principios de febrero de 2022. Ni Estados Unidos ni Ucrania han sido capaces de mostrar una imagen de ese supuesto y enorme contingente militar ruso desplegado. Lanzando gasolina al fuego, Zelenski acusó a Rusia de estar tras un intento de golpe de Estado que iba a tener lugar el 1 de diciembre de 2021, y que supuestamente habrían desarticulado los servicios de seguridad ucranianos. Zelenski no facilitó información para avalar la grave acusación, revelándose como otro espantajo más para incrementar la tensión en la zona del Mar Negro: todo huele a intoxicación. Poco después, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Josep Borrell, emitía un comunicado exigiendo a Moscú que dejase de enviar ayuda humanitaria al Donbás, arguyendo que «agravaba el conflicto». Borrell no hizo ninguna mención a la utilización por Ucrania de drones turcos para atacar, en una violación flagrante porque su uso está explícitamente prohibido en los acuerdos de Minsk, ni tampoco al aumento de tropas ucranianas en el límite con el Donbás.
Aunque ha cedido la tensión en la frontera polaco-bielorrusa por la llegada de refugiados de Oriente Medio, Anthony Blinken ha llegado a afirmar que la crisis migratoria en la frontera polaco-bielorrusa era un plan urdido por Putin y Lukashenko para desviar la atención de la masiva movilización de tropas rusas en la frontera con Ucrania. En perfecta coordinación con las acusaciones de Washington y Bruselas, la agencia Bloomberg llegó a publicar un supuesto plan de ataque ruso a Ucrania desde tres puntos: Crimea, la frontera sur rusa y Bielorrusia. Estados Unidos quiere mantener un cinturón de inestabilidad en la periferia rusa, y la revuelta de Kazajastán es otro aviso.
Cuando terminaba 2021, el secretario del Consejo de Seguridad y Defensa Nacional de Ucrania, Alexéi Danílov, declaró, como si levantara acta notarial, que no se veían signos de «ninguna amenaza de agresión abierta por parte de Rusia», aunque en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de los países de la OTAN, en Riga, Stoltenberg aumentó las alarmas afirmando que los países miembros «deben prepararse para lo peor en Ucrania», acusando a Rusia de «preparar una incursión militar». A su vez, Putin alertó sobre la posibilidad de que la OTAN instale misiles en Ucrania, lo que dejaría a Moscú a menos de diez minutos de recibir el impacto de un ataque nuclear.
En la primera sesión del Consejo Ministerial de la OSCE, Lavrov, tras su tensa entrevista con Blinken, denunció que la OTAN ha rechazado las propuestas de Moscú para evitar incidentes peligrosos mientras continúa acercando su dispositivo militar a las fronteras rusas. Pese a ello, en la conversación telefónica entre Biden y Putin del 30 de diciembre de 2021, el presidente norteamericano exigió que Rusia «retire sus tropas de la frontera ucraniana» y que Estados Unidos «respondería a una invasión con las más duras sanciones desde 2014». Biden aseguró que «Estados Unidos no tiene intención de desplegar armas ofensivas en Ucrania», aunque Estados Unidos y Rusia definen de forma distinta el concepto de «armas ofensivas». Putin exigió que la OTAN no incorpore a Ucrania y paralice su expansión, y que Estados Unidos y sus aliados no desplieguen armamento ofensivo en las antiguas repúblicas soviéticas.
La conversación de Biden y Putin apenas sirvió para que Estados Unidos continuase gesticulando con el peligro del «expansionismo ruso», mientras Rusia planteó ante la hipotética mesa de negociaciones la exigencia de que Ucrania no se incorpore a la alianza occidental y que tanto la OTAN como Estados Unidos retiren su dispositivo militar de las fronteras rusas: es una evidencia que Estados Unidos lleva equipos y tropas cerca del territorio ruso, y no al revés. Días después, Putin afirmó que Rusia respondería al nuevo despliegue militar estadounidense y de la OTAN en las fronteras rusas, y criticó la belicosidad de Estados Unidos recordando que «destruyó Yugoslavia e Iraq e invadió Siria» sin ningún derecho a hacerlo y sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU.
Rusia ha propuesto formalmente a Estados Unidos y la OTAN la firma de un Acuerdo de garantías de seguridad que incluya el compromiso de resolver pacíficamente las disputas, y que no realicen ejercicios militares en las cercanías de las fronteras rusas y en Ucrania, Europa oriental, Cáucaso y Asia central. También, que se excluya el despliegue mutuo de misiles terrestres de corto y medio alcance que puedan alcanzar el territorio de la otra parte. Además, Rusia exige el compromiso jurídico de la OTAN para detener su expansión y para excluir la integración de Ucrania, Georgia y otros países en la alianza occidental, y que los firmantes renuncien a emplazar armas nucleares fuera de su territorio, retornando las desplegadas en la actualidad. Para Moscú, la seguridad internacional es «indivisible», y propone que tanto Estados Unidos como Rusia se comprometan a no enviar bombarderos ni buques dotados de armamento nuclear a las proximidades del territorio de la otra parte.
Con consumada hipocresía, Estados Unidos reclama un orden mundial «basado en reglas», aunque ha violado sistemáticamente el derecho internacional y las resoluciones de la ONU, y pese a su historial bélico reciente y sus numerosas agresiones militares. Delegaciones de los dos países mantendrán contactos en Ginebra a partir del 10 de enero de 2022: Washington admite la apertura de esas conversaciones, pero es poco probable que acepte las propuestas rusas. Estados Unidos y la OTAN van a continuar hostigando a Rusia, incrementando la tensión internacional.
El fantasma que recorre Europa en estos días es la deflación, que volvió a aparecer por primera vez en cuatro años. Los precios al consumidor cayeron 0,2% anual en agosto, comparado con 0,4% positivo en julio. Según Eurostat, la deflación le pegó a 12 de los 19 países que conforman la eurozona e incluyendo a algunas de las economías más grandes, como Alemania, Italia, España. Portugal y Grecia. La revaluación del euro de los últimos dos meses es uno de los factores que está alimentando el fenómeno, abaratando los precios de los productos importados. Los precios de los servicios, que se contrajeron 0,7%, lideraron la presión a la baja del índice.
El temor a que se instale una espiral deflacionaria preocupa grandemente al Banco Central Europeo, que deberá tomar una decisión cuando se reúna el próximo 10 de septiembre. Ya en su última reunión de junio, el BCE dispuso inyectar más liquidez a la economía aumentando la compra de bonos de 750.000 millones a 1,35 billones de euros hasta 2021. Entonces, el BCE recalculó a la baja la tasa de inflación para 2020, hasta el 0,2%. Pero no esperaba que los precios descendieran aún más.
Los analistas esperan que Christine Lagarde, la presidenta del BCE, disponga un nuevo programa de compra de bonos por otro medio billón de euros, que se implementaría a partir de diciembre. De todos modos, a esta altura nadie espera gran cosa de la política monetaria: la economía europea ya está en una trampa de liquidez de la que solo la expansión fiscal podrá rescatarla.
Para eso se anunció a fin de julio el paquete de reconstrucción de 750.000 millones de euros, luego de saberse que el PIB de la eurozona se había hundido 15% en el segundo trimestre del año comparado con el mismo período de 2019 y del 12% contra el trimestre anterior. Hasta hace algunos días se esperaba un repunte del 8% en el tercer trimestre (comparado con el segundo). Pero la reaparición de importantes focos de contagio de coronavirus en España y Francia que obligaron a recortar una vez más la actividad económica, está haciendo dudar a muchos acerca de este pronóstico. El problema es que el gasto de los hogares no termina de despegar en la medida en que no se disipa la incertidumbre acerca del futuro de la pandemia y su impacto en la economía.
En Francia, por ejemplo, la tasa de ahorro de los hogares subió desde un promedio del 15% en 2019 a casi el doble, 27,4% a fin de junio pasado. Esto podría deberse a que, privados de la posibilidad de gastar dinero durante las cuarentenas, los consumidores estarían experimentando una suerte de ahorro involuntario. Si este fuera el caso, cuando regrese la plena normalidad, la
demanda contenida pegaría un fuerte salto. Pero también podría darse el caso de que los consumidores, inquietos por su futuro, estén ahorrando más voluntariamente para construir una red de seguridad para prevenir nuevos malestares en el futuro. Esto no anticipa nada bueno para la ansiada reactivación.
En cualquier caso, no es el único problema que atraviesa la economía europea. En una declaración muy comentada, el presidente del Deutsche Bank, Christian Sewing, alertó ayer durante una conferencia en Frankfurt, que la multiplicación de “empresas zombies” en Europa amenaza con convertirse en otro lastre para la recuperación de la economía. El fenómeno de la economía empresarial zombie ya lleva varios años y refleja en parte el impacto de las políticas monetarias extremadamente laxas que han permitido a los bancos mantener vivas a empresas técnicamente quebradas. Pero últimamente, el problema se ha agravado ya que la pandemia multiplicó las ayudas gubernamentales a las empresas.
Según Sewing, el ejército de muertos vivientes en Alemania podría alcanzar a una de cada seis empresas. La proliferación de empresas zombies preocupa en Europa porque su sector bancario sale a rescatar a firmas que están con el agua al cuello gracias al exceso de liquidez con la certeza de que el prestamista de última instancia, el BCE, saldrá a rescatar a los bancos en caso de ser necesario.
En Alemania, el fenómeno se agrava porque, como parte del rescate estatal a la economía, el gobierno dispuso en marzo una moratoria de seis meses en los concursos y quiebras. La semana pasada, los partidos de la coalición gobernante acordaron extender la moratoria, que vence a fin de septiembre, al menos hasta marzo de 2021. El año próximo hay elecciones en Alemania y nadie del gobierno quiere transitarlas en medio de una oleada de quiebras. De todos modos, la ministra de justicia, la socialdemócrata Christine Lambrecht, aclaró que la extensión del plazo sólo se concederá a empresas que debieron sobre endeudarse a consecuencia de la crisis del coronavirus.
Según Peter Altmeier, el ministro de economía alemán, el PIB se contraerá un 5,8% este año, mejorando con respecto a una estimación previa del 6,3%. “La recesión en la primera mitad del año no fue tan mala como temíamos y la recuperación desde el punto más alto de la cuarentena está ocurriendo más rápido y más dinámicamente de lo que nos atrevíamos a esperar”, dijo a los periodistas el martes.
Los empresarios son más cautelosos. Joachim Lang, presidente de la Federación de Industrias Alemanas BDI (Bundesverband der Deutschen Industrie) cree que la situación sigue siendo muy seria. Citado por el Financial Times, dijo: “En términos de producción y exportaciones, la industria está todavía muy por debajo de los niveles del año previo. La recuperación ha comenzado, pero se prolongará durante varios trimestres en muchas industrias”. Si esto es lo que se espera en la economía que es la locomotora de Europa, la economía del euro tiene todavía mucha tela para cortar.
La determinación estratégica de Estados Unidos de incorporar a Ucrania a la OTAN ha desatado una nueva crisis político-militar con Rusia. Las potencias ‘occidentales’ y la prensa internacional presentan los acontecimientos en forma invertida, atribuyendo las advertencias lanzadas contra Rusia como el resultado de una intención, por parte de ésta, de invadir y ocupar Ucrania. Aunque Rusia haya anexado la península de Crimea para proteger su única base militar sobre el Mar Negro y apoye a los sectores que mantienen el control del este de Ucrania, en la región del Donbass, el régimen de Putin carece de las condiciones internas e internacionales para acometer semejante propósito. En el caso de la OTAN, por el contrario, luego de prometer que no extendería su dominio a Ucrania, cuando en 1991 Ucrania accedió a la independencia, y luego hizo lo mismo al firmarse, en 1994, el tratado de desnuclearización del país, en el pacto de Bruselas, Biden dejó en claro, en una reciente reunión con Putin, que Estados Unidos no acepta ninguna clase de “líneas rojas” con referencia a la adhesión de Ucrania a la OTAN. Los medios internacionales informan de manera regular la violación del espacio aéreo de Rusia por aviones de países de la OTAN, y han convertido a las naciones del Báltico en una plataforma militar contra Rusia. Del mismo modo, los medios han oficiado como voceros a la OTAN, al advertir que Rusia ha perdido la “profundidad estratégica”, o sea su vasto territorio, que la protegió contra Napoleón y contra Hitler, como consecuencia de la capacidad de ataque de los misiles de corto y medio alcance que apuntan contra ella. Estados Unidos y la OTAN han boicoteado los acuerdos de Minsk, firmados en 2016, que establecían negociaciones para la reunificación de Ucrania, porque el lado oriental reclamaba convertir al país en una federación, o sea con autonomía para sus regiones. El objetivo fundamental del “euromaidan”, el golpe de estado que desalojó a la oligarquía pro-rusa del gobierno, en 2014, fue incorporar a Ucrania a la Unión Europea y a la OTAN, algo que ya había aceptado, en principio, el gobierno “pro-ruso’’ derrocado. La proyección estratégica de la OTAN hacia los confines de Rusia arranca con la balcanización de Yugoslavia (valga la redundancia) y el bombardeo sistemático a la república serbia. La restauración ‘pacífica’ del dominio capitalista en Europa oriental, a través de un acuerdo con la burocracia moscovita, va cobrando la forma menos pacífica de nuevas guerras internacionales de dominación política.
La crisis en desarrollo comporta, sin embargo, un conjunto de elementos que se encuentran más allá de la disputa por Ucrania. En efecto, una pieza decisiva de la situación presente ha sido la construcción de dos gasoductos que atraviesan el Báltico, para abastecer a Alemania y a una parte de Europa, a cargo del monopolio ruso Gazprom. Más que un acuerdo económico es un acuerdo geopolítico, en primer lugar porque crea un vínculo económico estratégico entre ambos países. La nueva ruta degrada la vía histórica de abastecimiento de gas ruso a Europa a través, precisamente, de Ucrania, lo que pone un fin a las posibilidades de extorsión recíproca, de parte de Ucrania a Rusia y viceversa, pero que deja a Ucrania sin el recurso financiero del peaje por el gas y su propio abastecimiento. La ruta de Báltico resuelve un problema estructural de Europa, pero en especial de Alemania, en la provisión de energía, al margen de que ha creado fuertes rivalidades con compañías europeas de transporte de gas. Pero ese acuerdo tiene un alcance de otras dimensiones cuando se tiene en cuenta que implica una apertura privilegiada del mercado ruso a la producción y a las inversiones de Alemania. Gerard Schroeder, ex canciller de Alemania, se ha convertido en director de la misma Gazprom. El acuerdo ofrece la posibilidad de aumentar el peso del capital germano en Europa del este, en primer lugar, la República Checa y varias naciones desprendidas de Yugoslavia. El saldo comercial que favorece a Rusia financia las inversiones de su socio alemán.
El acuerdo ruso-alemán no es perjudicial solamente para Ucrania sino también para Estados Unidos, que ha presionado para que la UE se convirtiera en mercado para el gas licuado producido a partir del ‘shale gas’ estadounidense. Estados Unidos ha respondido con sanciones a las constructoras rusas y alemanas del gasoducto número dos, que luego levantó contra las primeras pero no las segundas. Este segundo gasoducto no ha recibido autorización para operar, aunque se encuentra terminado; enfrenta, además, otras cuestiones legales en Alemania y la UE. Estados Unidos exige que Rusia se comprometa a no interrumpir la provisión de gas por medio de Ucrania. Putin ha respondido con una disminución de la oferta de gas al mercado internacional, con la intención de provocar un aumento sustancial del precio, al que se atribuye gran parte de la ola de inflación que se registra en los principales mercados.
La cuestión de Ucrania encubre una disputa internacional de gran alcance potencial, que ha ocupado un espacio importante en la agenda de Trump y ahora de Biden, que se refiere al propósito de Alemania y Francia de convertir a la UE en tercera fuerza en la pulseada, con referencia a Estados Unidos y a China; que incluye una apertura rusa al capital europeo. En el marco de un acuerdo estratégico general reclaman el ingreso de Ucrania a la UE – un objetivo de largo plazo pero en desarrollo, cuando culmine el tremendo ajuste fondomonetarista que se desarrolla en Ucrania. El afán de Rusia de lograr una mayor integración al mercado mundial confronta con la ambición de la UE de convertirla en un satélite económico y financiero, que choca a su vez con los intereses de Estados Unidos de recuperar una hegemonía en decadencia, en oposición a unos y a otros. De modo que la nueva escalada militar de la OTAN contra Rusia, por la incorporación de Ucrania a la alianza militar del imperialismo, se extiende al conjunto de Europa, como parte de un nuevo reparto del mercado mundial por las fuerzas en presencia.