Artículo de Samir Amin, escrito en Marzo de 2014, en momento que se desarrollaba el golpe de Maidan en Ucrania. Su texto explica con claridad los desafíos interiores que enfrenta hoy Rusia.
1.El escenario global actual está dominado por el intento de los centros históricos del imperialismo (EEUU, Europa Occidental y Japón: la Tríada)por mantener su control exclusivo sobre el planeta. La Tríada implementa su dominio a a través de una combinación de:
Las políticas de globalización neoliberal que permiten que el capital financiero transnacional decida solo sobre todos los temas en su exclusivo interés;
Con el control militar del planeta por parte de EE.UU. y de sus aliados subordinados (OTAN y Japón) para aniquilar cualquier intento de cualquier país que no sea de la Tríada de salir de su yugo.
En ese sentido, todos los países del mundo que no pertenecen a la Tríada son enemigos o enemigos potenciales, excepto aquellos que aceptan la sumisión completa a la estrategia económica y política de la Tríada, como las dos nuevas “repúblicas democráticas” de Arabia Saudita y Qatar.
La llamada “comunidad internacional” a la que se refieren continuamente los medios occidentales se reduce efectivamente al G7 más Arabia Saudí y Qatar. Cualquier otro país, incluso cuando su gobierno esté actualmente alineado con la Tríada, es un enemigo potencial ya que los pueblos de esos países pueden rechazar esa sumisión.
2. En ese marco, Rusia es “un enemigo”.
Cualquiera que sea nuestra evaluación de lo que era la Unión Soviética (socialista o algo cercano), la Tríada luchó contra ella simplemente porque era un intento de desarrollarse independientemente del capitalismo/imperialismo dominante.
Después del colapso del sistema soviético, algunas personas (en Rusia en particular) pensaron que “Occidente” no se enemistaría con una “Rusia capitalista” ( y que al igual que Alemania y Japón habían “perdido la guerra pero ganado la paz”).
Olvidaron, estos políticos, que las potencias occidentales apoyaron la reconstrucción de los antiguos países fascistas precisamente para enfrentar el desafío de las políticas independientes de la Unión Soviética. Ahora, habiendo desaparecido este desafío, el objetivo de la Tríada es la sumisión total de Rusia y para lograrlo necesitan destruir su capacidad de resistencia.
3. El desarrollo actual de la tragedia de Ucrania ilustra el objetivo estratégico de la Tríada.
La Tríada organizó en Kiev lo que debería llamarse un “golpe euro/nazi”. Para lograr su objetivo (separar naciones históricamente hermanas: la rusa y la ucraniana), necesitaban el apoyo de los nazis locales.
La retórica de los medios occidentales, que afirman que las políticas de la Tríada apuntan a promover la democracia, es simplemente una mentira. En ninguna parte la Tríada ha promovido la democracia. Por el contrario, estas políticas han estado apoyando sistemáticamente a las fuerzas locales más antidemocráticas o casi fascistas (en algunos casos, abiertamente fascistas) como en Croacia y Kosovo, así como en los estados bálticos y en Europa del Este, y Hungría.
Europa del Este se ha “integrado” en la Unión Europea no como socios iguales, sino como “semicolonias” de las principales potencias capitalistas/imperialistas de Europa occidental y central. La relación entre Occidente y Oriente en el sistema europeo es hasta cierto punto similar a la que rige las relaciones entre Estados Unidos y América Latina.
En los países del Sur Global, la Tríada ha apoyado a las fuerzas antidemocráticas extremas como, por ejemplo, el Islam político ultrarreaccionario y, con su complicidad, se han destruido las sociedades denIrak, Libia,Siria, Afganistán.
4. Por lo tanto, debe apoyarse la política internacional de Rusia (tal como la desarrolla el gobierno de Putin) que está resistiendo el proyecto de colonización de Ucrania (y de otros países de la antigua Unión Soviética, en Transcaucasia y Asia Central).
La experiencia de los estados bálticos no debe repetirse. También debemos apoyar la construcción una comunidad «euroasiática», independiente de la Tríada y sus socios europeos subordinados.
Pero esta política internacional rusa positiva está condenada al fracaso si no cuenta con el apoyo del pueblo ruso. Y este apoyo no puede ganarse sobre la base del “nacionalismo”, ni siquiera de un tipo de “nacionalismo” progresista positivo, no chovinista.
El fascismo en Ucrania no puede ser derrotado por una suerte de nacionlismo ruso. El triunfo sólo puede lograrse si la política económica y social interna promueve los intereses de la mayoría de los trabajadores.
¿Qué quiero decir con una política que favorezca a las clases trabajadoras?
¿Quiero decir “socialismo”, o alguna especie de nostalgia por el sistema soviético? Pienso que este no es el lugar ni el momento para evaluar la compleja experiencia soviética en unas pocas líneas. Por tanto, resumiré mis puntos de vista en unas pocas frases.
La auténtica revolución socialista rusa produjo un socialismo de estado que fue un primer paso posible hacia el socialismo; después de Stalin, el socialismo de estado se movió hacia el capitalismo de estado (explicar la diferencia entre los dos conceptos es importante pero no es el tema de este breve artículo).
A partir de 1991 el capitalismo de Estado fue desmantelado y reemplazado por un capitalismo basado en la propiedad privada, que, como en todos los países del capitalismo contemporáneo, es básicamente el dominio de los monopolios financieros, con una oligarquía (similara la oligarquías de la Tríada) que proviene en ocasiones de la antigua nomenclatura o de algunos recién llegados.
La explosión de auténticas prácticas democráticas creativas iniciada por la revolución rusa (octubre) fue posteriormente domesticada y reemplazada por un patrón autocrático de gestión de la sociedad, aunque siempre otorgando derechos sociales a las clases trabajadoras.
Este sistema llevó a una despolitización masiva y no fue capaz de controlar desviaciones despóticas y alguna veces criminales. Ahora, el nuevo patrón de capitalismo ruso se basa en la continuación de la despolitización y el no respeto de los derechos democráticos.
Tal sistema gobierna no solo a Rusia, sino a todas las demás ex repúblicas soviéticas. No obstante, este patrón de gobierno no es “democracia” en comparación con la democracia burguesa tal como funcionó en algunas etapas anteriores del desarrollo capitalista. Sin embargo, hoy no hay que perder de vista que en las llamadas “democracias de Occidente”, el poder real está restringido al gobierno de los monopolios y opera en su exclusivo beneficio .
Una política orientada a las personas implica, por tanto, alejarse, de la receta “liberal” y de la mascarada electoral asociada a ella, que pretende dar legitimidad a políticas sociales regresivas.
Sugeriría establecer en su lugar un nuevo capitalismo de estado con una dimensión social (digo social, no socialista). Ese sistema abriría el camino a eventuales avances hacia una socialización de la gestión de la economía y por ende a auténticos nuevos avances hacia una re-invención de la democracia que responda a los desafíos de una economía moderna.
Sólo si Rusia se mueve en esa línea, el conflicto entre, por un lado, la política internacional independiente de Moscú y, por otro lado, la actual política interna liberal puede tener un resultado positivo.
Este movimiento es necesario y posible : fragmentos de la clase política dominante podrían alinearse con un programa de este tipo si la movilización y la acción popular lo promueven. En la medida en que avances similares se lleven a cabo también en Ucrania, Transcaucasia y Asia Central, se podrá establecer una auténtica comunidad de naciones euroasiáticas que puedan llegar a convertirse en un actor poderoso para la reconstrucción de un nuevo sistema mundial.
5. Si el poder estatal ruso permanece dentro de los límites estrictos de la receta neoliberal aniquilará las posibilidades de éxito de una política exterior independiente y las posibilidades que Rusia se convierta realmente en un país que actúe como un actor internacional importante.
El neoliberalismo puede producir para Rusia solo una trágica regresión económica y social, un patrón de “desarrollo lumpen” y un estatus de subordinación creciente al orden imperialista global.
Si Rusia proporciona a la Tríada petróleo, gas y algunos otros recursos naturales; sus industrias quedarían reducidas al estado de subcontratación en beneficio de los monopolios financieros occidentales.
En tal posición, los intentos de actuar de manera independiente en el ámbito internacional seguirán siendo extremadamente frágiles, amenazados por “sanciones” que fortalecerán el desastroso alineamiento de la oligarquía económica rusa con los monopolios de la Tríada. La actual huida del “capital ruso” asociada con la crisis de Ucrania ilustra este peligro.
Restablecer el control estatal sobre los movimientos de capital es la única respuesta efectiva a ese peligro.
Marzo de 2014
Samir Amin, falleció el 12 de Agosto de 2018 en Paris.
Lecturas adicionales
Amín, Samir. La implosión del capitalismo contemporáneo . Londres y Nueva York: Pluto y Monthly Review Press, 2013. Amín, Samir. «Qué significa ‘radical’ en el siglo XXI». Revisión de Radical Political Economics 45.3 (septiembre de 2013). Amín, Samir. “El Fraude Democrático y la Alternativa Universalista”. Revista Mensual 63.5 (Octubre 2011). Amín, Samir. “Unidad y Diversidad en el Movimiento al Socialismo”. Revisión mensual (próximamente en la edición de junio de 2014). Amín, Samir. “Rusia en el Sistema Global”. Traducido del árabe al ruso por Said Gafourov.
25/02/2022 | Publicado en Política Obrera el 20/02/2022
Con independencia del desenlace inmediato de la crisis actual, relativa a Ucrania y la OTAN, la cuestión de una guerra mundial ha quedado instalada en el escenario político internacional. Esto afecta de manera radical la política de la clase obrera de todos los países. Lo que ocurre en las fronteras con Rusia no es una irrupción que tome a nadie por sorpresa. Desde la partición forzada de la Federación Yugoslava, la guerra confrontó con el relato acerca del papel político unificador que se atribuía a la llamada globalización. Se instaló tempranamente un debate que se creía superado desde el estallido de la primera guerra mundial, a saber, si la unidad del mercado mundial daba lugar a la dominación de un superimperialismo, con intereses supra-estatales, dispuesto a combinarse para una explotación ‘pacífica’ del planeta. Las guerras ‘localizadas’ sólo eran tales en apariencia, pues en todas ellas se manifestaba la presencia, incluso la iniciativa, de las principales potencias económicas y/o militares. Adjudicar a la ampliación de las relaciones económicas interestatales una consecuencia pacificadora es omitir el carácter antagónico de todo el proceso capitalista, no solamente frente a la fuerza de trabajo, sino de los capitalistas entre sí.
La existencia de armamento de destrucción total inmediata influye ciertamente en la política de la guerra, pero no para atenuarla sino para exacerbarla. El bombardeo nuclear de Nagasaki e Hiroshima son una demostración temprana de ello. El armamentismo y el despliegue militar han complementado desde siempre la competencia económica ‘pacífica’, más allá de ser uno de los mercados más apetecibles del globo; la ‘elasticidad’ de la demanda sólo tiene por límite la solvencia financiera de los Estados, la lucha de clases que genera y las crisis políticas. En el caso de la disolución de la Unión Soviética, la carrera armamentista de la burocracia stalinista con el imperialismo mundial minó las bases de su dominación política y viabilizó un cambio de régimen sin la necesidad de una guerra abierta.
La expansión sin límites de la OTAN, en contradicción con su estatuto atlántico, ha tenido todas esas funciones de socavamiento de las situaciones políticas que obstaculizaban relativamente su penetración financiera y económica. A medida que fue avanzando la tendencia hacia crisis económicas cada vez más catastróficas, se puso en evidencia su condición de bloque estratégico con intereses contradictorios en su seno. La OTAN no fue nunca, en su propio marco, un ‘superimperialismo’ concertado y pacífico, aunque le permitió a todos sus miembros grandes beneficios económicos y políticos después de la segunda guerra. El último episodio relevante de la explosión de sus contradicciones internas fue el retiro de Gran Bretaña, acicateada por Estados Unidos, de la Unión Europea. En la crisis actual, fueron en forma dispersa a Moscú los jefes de gobierno o ministros de relaciones exteriores de media docena de integrantes de la OTAN, con planteos y propuestas relativamente divergentes. Y también Alberto Fernández, apuntado como un maoísta potencial por parte de un periodista argentino, y Jair Messías Bolsonaro, denunciado como un anticomunista extremo.
El reclamo, por parte de Rusia, de que la OTAN anule su expansión a Ucrania y que retire fuerzas militares de todos los países que limitan con ella, ha sido presentado como un asunto de seguridad nacional y, por derivación, internacional. Todos los estados involucrados en el conflicto admiten esta caracterización, incluso cuando los diplomáticos aseguran que la OTAN no tiene intenciones agresivas –una afirmación curiosa por parte de una organización militar internacional. En estos términos, la salida a la crisis no existe, porque no existe ninguna clase de garantía que se pueda ofrecer, que no vaya a ser violada en el futuro. El pedido, de parte de Putin, de que la OTAN firme un seguro jurídico de no expansión a Ucrania, no sería otra cosa que un papel mojado. La OTAN representa al capital financiero internacional que exige piedra libre para penetrar en todos los territorios y mercados del planeta, en especial el espacio tecnológico heredado de la Unión Soviética. Esta ofensiva no puede ser derrotada por medio del desarrollo militar y de seguridad que han tenido las fuerzas armadas de Rusia, luego del derrumbe y la desintegración del Ejército Rojo, bajo la presión de la restauración capitalista. Numerosos observadores coinciden en que Rusia podría ocupar Ucrania por completo en 48 o 72 horas, por el desequilibrio de fuerzas a su favor en el terreno. Pero este éxito estaría lejos de ser una salida, por la sencilla razón de que la superioridad integral del imperialismo mundial no puede ser abordada desde la fuerza militar, sino desde la revolución socialista.
El acoso de la OTAN hacia Rusia apunta en forma explícita a promover un cambio de régimen que se adapte a las ambiciones del capital financiero internacional. El despliegue militar de la OTAN apunta a desangrar financieramente al Estado ruso y a desintegrar cualquier obstáculo a su completa dominación mundial. Es cierto que todos los grandes capitales ya se encuentran instalados en Rusia, pero no con derecho a una expansión ilimitada. Más cierto aún es que la oligarquía rusa juega un papel extraordinario en el mercado inmobiliario de Londres y, en cierta medida, en la Bolsa londinense. Todo esto demuestra la integración de Rusia al mercado mundial, que domina el capital financiero que se expresa por medio de la OTAN. Putin no podrá romper nunca esta sumisión por medio de una guerra. La ocupación de Ucrania, por caso, de parte de Rusia, no la acerca ni un milímetro a una relación autónoma o independiente con el mercado mundial, simplemente replantea el problema a una escala más bélica y destructiva. Una alianza con China para disputar al imperialismo norteamericano el mercado mundial está fuera del radar de posibilidades, incluso porque tampoco hay entre ellos unidad de intereses o propósitos; la misma Ucrania pro OTAN ya ha firmado la adhesión a la ruta de la seda de China, para inversiones de infraestructura. La OTAN tiene la ventaja estratégica de que puede ofrecer a Ucrania una integración al mercado mundial, en principio por medio de la Unión Europea, incluso si la política fondomonetarista aplicada a Ucrania la ha llevado a niveles extraordinarios de pobreza. Por estas razones, la oligarquía ucraniana se ha desplazado de la lealtad a Moscú a la UE y a la OTAN. El temor del imperialismo mundial (el imperialismo norteamericano es el único que juega en esa categoría), que comparte con Moscú, a una guerra, es de otra naturaleza -que una guerra suscite enormes rebeliones populares, una crisis política excepcional en las metrópolis y en Rusia y, eventualmente, una escisión, de alcance difícil de prever, con los principales estados de la Unión Europea.
Francia, interesada en salir de la OTAN y crear las fuerzas armadas de la Unión Europea, y Alemania, que busca tener las manos libres para negociar una mayor penetración de su industria, en Rusia, claro, pero por sobre todo en China, han fracasado hasta ahora en ofrecer un arreglo a Putin. Esto demuestra que no alcanza, para evitar una guerra, la posibilidad de un compromiso entre perspectivas estratégicas que se adjudican unos y otros: la guerra es siempre la expresión de la explosión de las contradicciones de los regímenes políticos en presencia. La situación previa a la crisis actual ya era insostenible, con Rusia ocupando una parte del este de Ucrania y tomando la soberanía de Crimea. La OTAN y la oligarquía ucraniana quieren recuperar uno y el otro. Es a este acecho geopolítico que responde el despliegue militar de Putin. En esta ocasión cuenta con el apoyo activo del gobierno de Bielorrusia, que se había distanciado del Kremlin debido al propósito de pedir la integración a la Unión Europea, que frustró la rebelión popular en su país, para repudiar el fraude electoral. La dirección política de esa rebelión era francamente partidaria de la integración a la UE.
La ambición de Rusia de alcanzar una integración económica con la Unión Europea se manifestó en la construcción de gasoductos por el Báltico con ingreso por Alemania. Estados Unidos saboteó esta posibilidad desde mucho antes de esta crisis, y con mayor vigor como consecuencia del estallido presente. El conflicto del gas puso al desnudo un antagonismo estratégico entre Estados Unidos y Alemania y parte de la UE. El primer ministro alemán sigue una línea trazada por Ángela Merkel; defiende los gasoductos en cualquier arreglo que se logre establecer, por precario que sea, entre la OTAN y Rusia. El gran capital alemán también defiende los gasoductos, porque aspira a monopolizar, hasta cierto punto, la penetración en la economía rusa, e incluso construir un eje alemán-ruso, al lado de otro con China. En este propósito cuenta con el apoyo de una parte del capital norteamericano, que pretende subordinar los objetivos políticos a sus intereses económicos del momento, que amenazan con una recesión generalizada.
Las partes en pugna enfrentan un incremento sin precedente de los antagonismos de clase en su patio interno, y rebeliones populares y huelgas importantes, como ocurre en Estados Unidos. Las guerras imperialistas están asociadas a la explosión de las contradicciones internas de los Estados. Luego del golpe de Estado ejecutado contra el Capitolio, en enero de 2021, la tendencia a la guerra en Estados Unidos se encuentra ante una dificultad muy especial: que esa guerra sea denunciada por los golpistas como un suicidio político para Estados Unidos, por parte de los liberales y de la democracia en general. La respuesta a una guerra no sería, entonces, un reforzamiento de la ‘unidad nacional’, sino todo lo contrario. Es que el arma de la guerra es levantada por el neo-liberalismo en el mundo entero, e incluso por una parte de la izquierda que denuncia el peligro del “imperialismo ruso” para las libertades ucranianas, en lo que no sería otra cosa que un alineamiento con la OTAN.
La clase obrera debe incorporar en la agenda política la lucha contra la guerra, y no de un modo general, sino de la guerra que impulsa el imperialismo mundial, representado por la OTAN y Estados Unidos. La denuncia de la política de Putin, de un lado como contrarrevolucionaria, porque representa la destrucción de las conquistas históricas revolucionarias en Rusia y, del otro, como proto imperialista en relación a su espacio exterior cercano (Ucrania, Bielorrusia, Chechenia, Georgia, Kazakistán), no debe oscurecer el protagonismo central y estratégico de la OTAN, para unificar a la clase obrera contra el bloque internacional del imperialismo. La política de Putin es un callejón sin salida, que sólo puede llevar a Rusia al desastre. La movilización de las fuerzas armadas durante dos meses, el estado de guerra que se ha creado, las vidas en juego, no lo pagarán los oligarcas rusos sino los obreros y los campesinos.
Guerra a la guerra. Fuera la OTAN. Por la unidad internacional de la clase obrera contra la guerra del capital y por un gobierno de trabajadores.
El Centro de Salvamento y Buceo de la Marina de los EE. UU. se encuentra en un lugar tan oscuro como su nombre, en lo que alguna vez fue un camino rural en la zona rural de la ciudad de Panamá, una ciudad turística que ahora está en auge en el extremo suroeste de Florida, 70 millas al sur de Alabama. borde. El complejo del centro es tan anodino como su ubicación: una monótona estructura de hormigón posterior a la Segunda Guerra Mundial que tiene el aspecto de una escuela secundaria vocacional en el lado oeste de Chicago. Una lavandería que funciona con monedas y una escuela de baile se encuentran al otro lado de lo que ahora es una calle de cuatro carriles.
El centro ha estado entrenando buzos de aguas profundas altamente calificados durante décadas que, una vez asignados a las unidades militares estadounidenses en todo el mundo, son capaces de realizar buceo técnico para hacer el bien, utilizando explosivos C4 para limpiar puertos y playas de escombros y artefactos explosivos sin detonar, así como los malos, como volar plataformas petroleras extranjeras, obstruir las válvulas de admisión de las centrales eléctricas submarinas, destruir las esclusas de canales de navegación cruciales. El centro de la ciudad de Panamá, que cuenta con la segunda piscina cubierta más grande de América, fue el lugar perfecto para reclutar a los mejores y más taciturnos graduados de la escuela de buceo que lograron con éxito el verano pasado lo que tenían autorizado a hacer a 260 pies bajo la superficie. del Mar Báltico.
En junio pasado, los buzos de la Marina, que operaban bajo la cobertura de un ejercicio de la OTAN de mediados de verano ampliamente publicitado conocido como BALTOPS 22 , colocaron los explosivos activados de forma remota que, tres meses después, destruyeron tres de los cuatro oleoductos Nord Stream, según una fuente con conocimiento directo de la planificación operativa.
Dos de los gasoductos, que se conocían colectivamente como Nord Stream 1, habían estado proporcionando a Alemania y gran parte de Europa occidental gas natural ruso barato durante más de una década. Se había construido un segundo par de tuberías, llamadas Nord Stream 2, pero aún no estaban operativas. Ahora, con las tropas rusas reunidas en la frontera con Ucrania y la guerra más sangrienta en Europa desde 1945 a la vista, el presidente Joseph Biden vio los oleoductos como un vehículo para que Vladimir Putin usara el gas natural como arma para sus ambiciones políticas y territoriales.
Cuando se le pidió un comentario, Adrienne Watson, una portavoz de la Casa Blanca, dijo en un correo electrónico: “Esto es una ficción falsa y completa”. Tammy Thorp, portavoz de la Agencia Central de Inteligencia, escribió de manera similar: “Esta afirmación es total y absolutamente falsa”.
La decisión de Biden de sabotear los oleoductos se produjo después de más de nueve meses de debates altamente secretos dentro de la comunidad de seguridad nacional de Washington sobre la mejor manera de lograr ese objetivo. Durante gran parte de ese tiempo, el problema no era si hacer la misión, sino cómo hacerla sin tener una idea clara de quién era el responsable.
Había una razón burocrática vital para confiar en los graduados de la escuela de buceo hardcore del centro en la ciudad de Panamá. Los buzos eran solo de la Marina, y no miembros del Comando de Fuerzas Especiales de Estados Unidos, cuyas operaciones encubiertas deben informarse al Congreso e informarse con anticipación a los líderes del Senado y la Cámara, la llamada Banda de los Ocho . La Administración Biden estaba haciendo todo lo posible para evitar filtraciones, ya que la planificación se llevó a cabo a fines de 2021 y en los primeros meses de 2022.
El presidente Biden y su equipo de política exterior —el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, el secretario de Estado Tony Blinken y Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado para Políticas— expresaron su hostilidad hacia los dos oleoductos, que funcionaron uno al lado del otro durante 750 millas bajo el Mar Báltico desde dos puertos diferentes en el noreste de Rusia cerca de la frontera con Estonia, pasando cerca de la isla danesa de Bornholm antes de terminar en el norte de Alemania.
La ruta directa, que eludió cualquier necesidad de transitar por Ucrania, había sido una bendición para la economía alemana, que disfrutó de una abundancia de gas natural ruso barato, suficiente para hacer funcionar sus fábricas y calentar sus hogares, al tiempo que permitía a los distribuidores alemanes vender el exceso de gas, a un precio razonable. un beneficio, en toda Europa occidental. Una acción que podría atribuirse a la administración violaría las promesas de EE. UU. de minimizar el conflicto directo con Rusia. El secreto era esencial.
Desde sus primeros días, Washington y sus socios antirrusos de la OTAN vieron Nord Stream 1 como una amenaza para el dominio occidental. El holding detrás de esto, Nord Stream AG, se incorporó en Suiza en 2005 en sociedad con Gazprom, una empresa rusa que cotiza en bolsa que produce enormes ganancias para los accionistas y que está dominada por oligarcas que se sabe que están esclavizados por Putin. Gazprom controlaba el 51 por ciento de la empresa, con cuatro empresas energéticas europeas, una en Francia, una en los Países Bajos y dos en Alemania, que compartían el 49 por ciento restante de las acciones y tenían derecho a controlar las ventas posteriores del gas natural de bajo costo a locales. distribuidores en Alemania y Europa Occidental. Las ganancias de Gazprom se compartieron con el gobierno ruso, y se estimó que los ingresos estatales de gas y petróleo en algunos años ascenderían hasta el 45 por ciento del presupuesto anual de Rusia.
Los temores políticos de Estados Unidos eran reales: Putin ahora tendría una importante fuente de ingresos adicional y muy necesaria, y Alemania y el resto de Europa occidental se volverían adictos al gas natural de bajo costo suministrado por Rusia, al tiempo que disminuiría la dependencia europea de Estados Unidos. De hecho, eso es exactamente lo que sucedió. Muchos alemanes vieron Nord Stream 1 como parte de la liberación de la famosa teoría Ostpolitik del ex canciller Willy Brandt , que permitiría a la Alemania de la posguerra rehabilitarse a sí misma y a otras naciones europeas destruidas en la Segunda Guerra Mundial, entre otras iniciativas, utilizando gas ruso barato para alimentar un próspera economía comercial y de mercado de Europa Occidental.
Nord Stream 1 era lo suficientemente peligroso, en opinión de la OTAN y Washington, pero Nord Stream 2, cuya construcción se completó en septiembre de 2021 , si los reguladores alemanes lo aprueban, duplicaría la cantidad de gas barato que estaría disponible para Alemania y Europa Oriental. El segundo gasoducto también proporcionaría suficiente gas para más del 50 por ciento del consumo anual de Alemania. Las tensiones aumentaban constantemente entre Rusia y la OTAN, respaldadas por la política exterior agresiva de la Administración Biden.
La oposición a Nord Stream 2 estalló en la víspera de la toma de posesión de Biden en enero de 2021, cuando los republicanos del Senado, encabezados por Ted Cruz de Texas, plantearon repetidamente la amenaza política del gas natural ruso barato durante la audiencia de confirmación de Blinken como Secretario de Estado. Para entonces, un Senado unificado había aprobado con éxito una ley que, como dijo Cruz a Blinken, “detuvo [el oleoducto] en seco”. Habría una enorme presión política y económica por parte del gobierno alemán, entonces encabezado por Angela Merkel, para poner en funcionamiento el segundo oleoducto.
¿Biden se enfrentaría a los alemanes? Blinken dijo que sí, pero agregó que no había discutido los puntos de vista específicos del presidente entrante. “Conozco su fuerte convicción de que esto es una mala idea, el Nord Stream 2”, dijo. “Sé que nos haría usar todas las herramientas persuasivas que tenemos para convencer a nuestros amigos y socios, incluida Alemania, de que no sigan adelante”.
Unos meses más tarde, cuando la construcción del segundo oleoducto estaba casi terminada, Biden parpadeó. Ese mayo, en un cambio sorprendente , la administración renunció a las sanciones contra Nord Stream AG, y un funcionario del Departamento de Estado admitió que tratar de detener el oleoducto a través de sanciones y diplomacia “siempre había sido una posibilidad remota”. Detrás de escena, los funcionarios de la administración supuestamente instaron al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, que para entonces enfrentaba una amenaza de invasión rusa, a no criticar la medida.
Hubo consecuencias inmediatas. Los republicanos del Senado, encabezados por Cruz, anunciaron un bloqueo inmediato de todos los candidatos de política exterior de Biden y retrasaron la aprobación del proyecto de ley anual de defensa durante meses, hasta bien entrado el otoño. Más tarde , Politico describió el giro de Biden en el segundo oleoducto ruso como “la única decisión, posiblemente más que la caótica retirada militar de Afganistán, que ha puesto en peligro la agenda de Biden”.
La administración se tambaleaba, a pesar de obtener un respiro de la crisis a mediados de noviembre, cuando los reguladores de energía de Alemania suspendieron la aprobación del segundo gasoducto Nord Stream. Los precios del gas natural aumentaron un 8 % en cuestión de días , en medio de los crecientes temores en Alemania y Europa de que la suspensión del gasoducto y la creciente posibilidad de una guerra entre Rusia y Ucrania conducirían a un invierno frío muy no deseado. Washington no tenía claro cuál era la posición de Olaf Scholz, el recién nombrado canciller de Alemania. Meses antes, después de la caída de Afganistán, Scholtz había respaldado públicamente el llamado del presidente francés Emmanuel Macron a una política exterior europea más autónoma en un discurso en Praga, lo que claramente sugería menos confianza en Washington y sus acciones volubles.
A lo largo de todo esto, las tropas rusas se habían ido acumulando de manera constante y siniestra en las fronteras de Ucrania y, a finales de diciembre, más de 100.000 soldados estaban en posición de atacar desde Bielorrusia y Crimea. La alarma crecía en Washington, incluida una evaluación de Blinken de que ese número de tropas podría “duplicarse en poco tiempo”.
La atención de la administración se centró una vez más en Nord Stream. Mientras Europa siguiera dependiendo de los oleoductos para obtener gas natural barato, Washington temía que países como Alemania fueran reacios a suministrar a Ucrania el dinero y las armas que necesitaba para derrotar a Rusia.
Fue en este momento inestable que Biden autorizó a Jake Sullivan a reunir a un grupo interinstitucional para idear un plan.
Todas las opciones estaban sobre la mesa. Pero sólo uno saldría.
PLANIFICACIÓN
En diciembre de 2021, dos meses antes de que los primeros tanques rusos entraran en Ucrania, Jake Sullivan convocó una reunión de un grupo de trabajo recién formado (hombres y mujeres del Estado Mayor Conjunto, la CIA y los Departamentos de Estado y del Tesoro) y preguntó para recomendaciones sobre cómo responder a la inminente invasión de Putin.
Sería la primera de una serie de reuniones de alto secreto, en una sala segura en un piso superior del Antiguo Edificio de Oficinas Ejecutivas, adyacente a la Casa Blanca, que también fue el hogar de la Junta Asesora de Inteligencia Extranjera del Presidente (PFIAB) . Hubo la charla habitual de ida y vuelta que finalmente condujo a una pregunta preliminar crucial: ¿La recomendación enviada por el grupo al presidente sería reversible, como otra capa de sanciones y restricciones monetarias, o irreversible, es decir, acciones cinéticas, que no se puede deshacer?
Lo que quedó claro para los participantes, según la fuente con conocimiento directo del proceso, es que Sullivan tenía la intención de que el grupo presentara un plan para la destrucción de los dos oleoductos Nord Stream, y que estaba cumpliendo con los deseos de los Presidente.
Durante las próximas reuniones, los participantes debatieron opciones para un ataque. La Marina propuso utilizar un submarino recién comisionado para asaltar el oleoducto directamente. La Fuerza Aérea discutió el lanzamiento de bombas con fusibles retardados que podrían activarse de forma remota. La CIA argumentó que cualquier cosa que se hiciera, tendría que ser encubierta. Todos los involucrados entendieron lo que estaba en juego. “Esto no es cosa de niños”, dijo la fuente. Si el ataque fuera rastreable hasta Estados Unidos, “es un acto de guerra”.
En ese momento, la CIA estaba dirigida por William Burns, un exembajador en Rusia de buenos modales que se había desempeñado como subsecretario de Estado en la administración Obama. Burns autorizó rápidamente un grupo de trabajo de la Agencia cuyos miembros ad hoc incluían, por casualidad, a alguien que estaba familiarizado con las capacidades de los buzos de aguas profundas de la Armada en la Ciudad de Panamá. Durante las próximas semanas, los miembros del grupo de trabajo de la CIA comenzaron a elaborar un plan para una operación encubierta que utilizaría buzos de aguas profundas para provocar una explosión a lo largo del oleoducto.
Algo así se había hecho antes. En 1971, la comunidad de inteligencia estadounidense se enteró de fuentes aún no reveladas que dos unidades importantes de la Armada rusa se comunicaban a través de un cable submarino enterrado en el Mar de Okhotsk, en la costa del Lejano Oriente de Rusia. El cable vinculaba un comando regional de la Armada con el cuartel general continental en Vladivostok.
Un equipo cuidadosamente seleccionado de agentes de la Agencia Central de Inteligencia y la Agencia de Seguridad Nacional se reunió en algún lugar del área de Washington, bajo una cubierta profunda, y elaboró un plan, utilizando buzos de la Armada, submarinos modificados y un vehículo de rescate submarino profundo, que tuvo éxito, después de mucho ensayo y error, en la localización del cable ruso. Los buzos colocaron un sofisticado dispositivo de escucha en el cable que interceptó con éxito el tráfico ruso y lo registró en un sistema de grabación.
La NSA se enteró de que altos oficiales de la marina rusa, convencidos de la seguridad de su enlace de comunicación, charlaban con sus compañeros sin encriptación. El dispositivo de grabación y su cinta tuvieron que ser reemplazados mensualmente y el proyecto siguió adelante alegremente durante una década hasta que se vio comprometido por un técnico civil de la NSA de cuarenta y cuatro años llamado Ronald Pelton que hablaba ruso con fluidez. Pelton fue traicionado por un desertor ruso en 1985 y condenado a prisión. Los rusos le pagaron solo $ 5,000 por sus revelaciones sobre la operación, junto con $ 35,000 por otros datos operativos rusos que proporcionó y que nunca se hicieron públicos.
Ese éxito submarino, cuyo nombre en código es Ivy Bells, fue innovador y arriesgado, y produjo inteligencia invaluable sobre las intenciones y la planificación de la Armada rusa.
Aún así, el grupo interinstitucional inicialmente se mostró escéptico sobre el entusiasmo de la CIA por un ataque encubierto en aguas profundas. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Las aguas del mar Báltico estaban fuertemente patrulladas por la armada rusa y no había plataformas petrolíferas que pudieran usarse como cobertura para una operación de buceo. ¿Tendrían que ir los buzos a Estonia, justo al otro lado de la frontera de los muelles de carga de gas natural de Rusia, para entrenarse para la misión? “Sería una mierda de cabra”, le dijeron a la Agencia.
A lo largo de “todas estas intrigas”, dijo la fuente, “algunos trabajadores de la CIA y del Departamento de Estado decían: ‘No hagas esto. Es estúpido y será una pesadilla política si sale a la luz’”.
Sin embargo, a principios de 2022, el grupo de trabajo de la CIA informó al grupo interinstitucional de Sullivan: “Tenemos una forma de volar los oleoductos”.
Lo que vino después fue impresionante. El 7 de febrero, menos de tres semanas antes de la aparentemente inevitable invasión rusa de Ucrania, Biden se reunió en su oficina de la Casa Blanca con el canciller alemán Olaf Scholz, quien, después de algunos vacilaciones, ahora estaba firmemente en el equipo estadounidense. En la conferencia de prensa que siguió, Biden dijo desafiante: “ Si Rusia invade. . . ya no habrá un Nord Stream 2. Le pondremos fin ”.
Veinte días antes, el subsecretario Nuland había entregado esencialmente el mismo mensaje en una sesión informativa del Departamento de Estado, con poca cobertura de prensa. “Quiero ser muy clara con ustedes hoy”, dijo en respuesta a una pregunta. “Si Rusia invade Ucrania, de una forma u otra Nord Stream 2 no avanzará ”.
Varios de los involucrados en la planificación de la misión del oleoducto quedaron consternados por lo que vieron como referencias indirectas al ataque.
“Fue como poner una bomba atómica en el suelo de Tokio y decirles a los japoneses que la vamos a detonar”, dijo la fuente. “El plan era que las opciones se ejecutaran después de la invasión y no se anunciaran públicamente. Biden simplemente no lo entendió o lo ignoró”.
La indiscreción de Biden y Nuland, si eso es lo que fue, podría haber frustrado a algunos de los planificadores. Pero también creó una oportunidad. Según la fuente, algunos de los altos funcionarios de la CIA determinaron que volar el oleoducto “ya no podía considerarse una opción encubierta porque el presidente acaba de anunciar que sabíamos cómo hacerlo”.
El plan para hacer estallar Nord Stream 1 y 2 fue repentinamente degradado de una operación encubierta que requería que se informara al Congreso a una que se consideró como una operación de inteligencia altamente clasificada con apoyo militar de EE. UU. Según la ley, explicó la fuente, “ya no existía el requisito legal de informar la operación al Congreso. Todo lo que tenían que hacer ahora era simplemente hacerlo, pero aún así tenía que ser secreto. Los rusos tienen una vigilancia superlativa del Mar Báltico”.
Los miembros del grupo de trabajo de la Agencia no tenían contacto directo con la Casa Blanca y estaban ansiosos por saber si el presidente quería decir lo que había dicho, es decir, si la misión estaba ahora en marcha. La fuente recordó: “Bill Burns regresa y dice: ‘Hazlo'”.
“La marina noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en aguas poco profundas a unas pocas millas de la isla de Bornholm en Dinamarca. . .”
LA OPERACION
Noruega fue el lugar perfecto para la base de la misión.
En los últimos años de la crisis Este-Oeste, el ejército estadounidense ha ampliado enormemente su presencia dentro de Noruega, cuya frontera occidental se extiende a lo largo de 1.400 millas a lo largo del Océano Atlántico norte y se fusiona con Rusia sobre el Círculo Polar Ártico. El Pentágono ha creado empleos y contratos bien remunerados, en medio de cierta controversia local, al invertir cientos de millones de dólares para mejorar y expandir las instalaciones de la Armada y la Fuerza Aérea estadounidenses en Noruega. Los nuevos trabajos incluían, lo que es más importante, un radar avanzado de apertura sintética en el norte que era capaz de penetrar profundamente en Rusia y se puso en línea justo cuando la comunidad de inteligencia estadounidense perdió el acceso a una serie de sitios de escucha de largo alcance dentro de China.
Una base de submarinos estadounidense recientemente renovada, que había estado en construcción durante años, entró en funcionamiento y ahora más submarinos estadounidenses pueden trabajar en estrecha colaboración con sus colegas noruegos para monitorear y espiar un importante reducto nuclear ruso a 250 millas al este, en el Península de Kola. Estados Unidos también ha ampliado enormemente una base aérea noruega en el norte y entregó a la fuerza aérea noruega una flota de aviones de patrulla P8 Poseidon construidos por Boeing para reforzar su espionaje de largo alcance en todo lo relacionado con Rusia.
A cambio, el gobierno noruego enfureció a los liberales y algunos moderados en su parlamento en noviembre pasado al aprobar el Acuerdo de Cooperación de Defensa Suplementario (SDCA). Según el nuevo acuerdo, el sistema legal estadounidense tendría jurisdicción en ciertas “áreas acordadas ” en el norte sobre los soldados estadounidenses acusados de delitos fuera de la base, así como sobre los ciudadanos noruegos acusados o sospechosos de interferir con el trabajo en la base.
Noruega fue uno de los signatarios originales del Tratado de la OTAN en 1949, en los primeros días de la Guerra Fría. Hoy, el comandante supremo de la OTAN es Jens Stoltenberg, un anticomunista comprometido, que se desempeñó como primer ministro de Noruega durante ocho años antes de pasar a su alto puesto en la OTAN, con el respaldo de Estados Unidos, en 2014. Era de línea dura en todo lo relacionado con Putin y Rusia, que había cooperado con la comunidad de inteligencia estadounidense desde la guerra de Vietnam. Se ha confiado en él completamente desde entonces. “Él es el guante que se adapta a la mano estadounidense”, dijo la fuente.
De vuelta en Washington, los planificadores sabían que tenían que ir a Noruega. “Odiaban a los rusos, y la armada noruega estaba llena de magníficos marineros y buzos que tenían generaciones de experiencia en la exploración altamente rentable de petróleo y gas en aguas profundas”, dijo la fuente. También se podía confiar en ellos para mantener la misión en secreto. (Los noruegos también pueden haber tenido otros intereses. La destrucción de Nord Stream, si los estadounidenses pudieran lograrlo, permitiría a Noruega vender mucho más de su propio gas natural a Europa).
En algún momento de marzo, algunos miembros del equipo volaron a Noruega para reunirse con el Servicio Secreto y la Armada de Noruega. Una de las preguntas clave era dónde exactamente en el Mar Báltico era el mejor lugar para colocar los explosivos. Nord Stream 1 y 2, cada uno con dos conjuntos de tuberías, estaban separados en gran parte por poco más de una milla mientras se dirigían al puerto de Greifswald en el extremo noreste de Alemania.
La armada noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en las aguas poco profundas del mar Báltico, a unas pocas millas de la isla de Bornholm en Dinamarca. Los oleoductos se extendían a más de una milla de distancia a lo largo de un fondo marino que tenía solo 260 pies de profundidad. Eso estaría dentro del alcance de los buzos, quienes, operando desde un cazaminas de clase Alta noruego, bucearían con una mezcla de oxígeno, nitrógeno y helio saliendo de sus tanques, y colocarían cargas de C4 en forma de planta en las cuatro tuberías con protección de concreto. cubre Sería un trabajo tedioso, lento y peligroso, pero las aguas de Bornholm tenían otra ventaja: no había grandes corrientes de marea, lo que habría dificultado mucho la tarea de bucear.
Después de un poco de investigación, los estadounidenses estaban todos adentro.
En este punto, el oscuro grupo de buceo profundo de la Marina en la ciudad de Panamá entró en juego una vez más. Las escuelas de aguas profundas en la Ciudad de Panamá, cuyos alumnos participaron en Ivy Bells, son vistas como un remanso no deseado por los graduados de élite de la Academia Naval en Annapolis, quienes generalmente buscan la gloria de ser asignados como Seal, piloto de combate o submarinista. . Si uno debe convertirse en un “zapato negro”, es decir, un miembro del mando de la nave de superficie menos deseable, siempre hay al menos un deber en un destructor, crucero o barco anfibio. La menos glamorosa de todas es la guerra de minas. Sus buzos nunca aparecen en las películas de Hollywood, ni en la portada de revistas populares.
“Los mejores buzos con calificaciones de buceo profundo son una comunidad compacta, y solo los mejores son reclutados para la operación y se les dice que estén preparados para ser llamados a la CIA en Washington”, dijo la fuente.
Los noruegos y los estadounidenses tenían una ubicación y los operativos, pero había otra preocupación: cualquier actividad submarina inusual en las aguas de Bornholm podría llamar la atención de las armadas sueca o danesa, que podrían informarla.
Dinamarca también había sido uno de los signatarios originales de la OTAN y era conocida en la comunidad de inteligencia por sus vínculos especiales con el Reino Unido. Suecia había solicitado ser miembro de la OTAN y había demostrado su gran habilidad en el manejo de sus sistemas de sensores magnéticos y de sonido submarinos que rastreaban con éxito los submarinos rusos que ocasionalmente aparecían en aguas remotas del archipiélago sueco y se veían obligados a salir a la superficie.
Los noruegos se unieron a los estadounidenses para insistir en que algunos altos funcionarios de Dinamarca y Suecia debían ser informados en términos generales sobre la posible actividad de buceo en la zona. De esa forma, alguien superior podría intervenir y mantener un informe fuera de la cadena de mando, aislando así la operación del oleoducto. “Lo que les dijeron y lo que sabían era diferente a propósito”, me dijo la fuente. (La embajada noruega, a la que se le pidió que comentara sobre esta historia, no respondió).
Los noruegos fueron clave para resolver otros obstáculos. Se sabía que la armada rusa poseía tecnología de vigilancia capaz de detectar y activar minas submarinas. Los artefactos explosivos estadounidenses debían camuflarse de manera que parecieran ante el sistema ruso como parte del fondo natural, algo que requería adaptarse a la salinidad específica del agua. Los noruegos tenían una solución.
Los noruegos también tenían una solución a la cuestión crucial de cuándo debería llevarse a cabo la operación. Cada junio, durante los últimos 21 años, la Sexta Flota estadounidense, cuyo buque insignia tiene su sede en Gaeta, Italia, al sur de Roma, ha patrocinado un importante ejercicio de la OTAN en el Mar Báltico en el que participaron decenas de barcos aliados de toda la región. El ejercicio actual, realizado en junio, se conocería como Baltic Operations 22 o BALTOPS 22 . Los noruegos propusieron que esta sería la cubierta ideal para plantar las minas.
Los estadounidenses proporcionaron un elemento vital: convencieron a los planificadores de la Sexta Flota para que agregaran un ejercicio de investigación y desarrollo al programa. El ejercicio, como lo hizo público la Marina , involucró a la Sexta Flota en colaboración con los “centros de investigación y guerra” de la Marina. El evento en el mar se llevaría a cabo frente a la costa de la isla de Bornholm e involucraría a equipos de buzos de la OTAN que plantarían minas, con equipos competidores que utilizarían la última tecnología submarina para encontrarlas y destruirlas.
Era a la vez un ejercicio útil y una tapadera ingeniosa. Los muchachos de la ciudad de Panamá harían lo suyo y los explosivos C4 estarían en su lugar al final de BALTOPS22, con un temporizador de 48 horas adjunto. Todos los estadounidenses y noruegos se habrían ido hace mucho tiempo con la primera explosión.
Los días estaban contando. “El tiempo corría y nos acercábamos a la misión cumplida”, dijo la fuente.
Y entonces: Washington tuvo dudas. Las bombas aún se colocarían durante BALTOPS, pero a la Casa Blanca le preocupaba que la ventana de dos días para su detonación estuviera demasiado cerca del final del ejercicio, y sería obvio que Estados Unidos había estado involucrado.
En cambio, la Casa Blanca tenía una nueva solicitud: “¿Pueden los muchachos en el campo encontrar alguna forma de volar las tuberías más tarde cuando se les ordene?”
Algunos miembros del equipo de planificación estaban enojados y frustrados por la aparente indecisión del presidente. Los buzos de la ciudad de Panamá habían practicado repetidamente la colocación del C4 en tuberías, como lo harían durante BALTOPS, pero ahora el equipo de Noruega tenía que idear una manera de darle a Biden lo que quería: la capacidad de emitir una orden de ejecución exitosa a la vez. de su elección.
Encargarse de un cambio arbitrario de última hora era algo que la CIA estaba acostumbrada a manejar. Pero también renovó las preocupaciones que algunos compartían sobre la necesidad y la legalidad de toda la operación.
Las órdenes secretas del presidente también evocaron el dilema de la CIA en los días de la guerra de Vietnam, cuando el presidente Johnson, confrontado por un creciente sentimiento contra la guerra de Vietnam, ordenó a la agencia que violara sus estatutos, que específicamente le prohibían operar dentro de Estados Unidos, espiando a los líderes contra la guerra. para determinar si estaban siendo controlados por la Rusia comunista.
La agencia finalmente accedió y, a lo largo de la década de 1970, quedó claro hasta dónde había estado dispuesta a llegar. Hubo revelaciones posteriores en los periódicos después de los escándalos de Watergate sobre el espionaje de la Agencia a ciudadanos estadounidenses, su participación en el asesinato de líderes extranjeros y su socavación del gobierno socialista de Salvador Allende.
Esas revelaciones llevaron a una serie dramática de audiencias a mediados de la década de 1970 en el Senado, dirigida por Frank Church de Idaho, que dejó en claro que Richard Helms, el director de la Agencia en ese momento, aceptó que tenía la obligación de hacer lo que el Presidente quería, incluso si eso significaba violar la ley.
En un testimonio inédito a puerta cerrada, Helms explicó con pesar que “casi tienes una Inmaculada Concepción cuando haces algo” bajo órdenes secretas de un presidente. “Ya sea que esté bien que lo tengas, o que esté mal que lo tengas, [la CIA] trabaja bajo diferentes reglas y reglas básicas que cualquier otra parte del gobierno”. Básicamente, les estaba diciendo a los senadores que él, como jefe de la CIA, entendía que había estado trabajando para la Corona, y no para la Constitución.
Los estadounidenses que trabajaban en Noruega operaron bajo la misma dinámica y diligentemente comenzaron a trabajar en el nuevo problema: cómo detonar de forma remota los explosivos C4 por orden de Biden. Era una tarea mucho más exigente de lo que entendían los de Washington. No había forma de que el equipo en Noruega supiera cuándo el presidente podría presionar el botón. ¿Sería en unas pocas semanas, en muchos meses o en medio año o más?
El C4 conectado a las tuberías sería activado por una boya de sonar lanzada por un avión con poca antelación, pero el procedimiento involucró la tecnología de procesamiento de señales más avanzada. Una vez instalados, los dispositivos de temporización retrasados conectados a cualquiera de los cuatro oleoductos podrían activarse accidentalmente debido a la compleja combinación de ruidos de fondo del océano en todo el mar Báltico, que está muy transitado: barcos cercanos y distantes, perforaciones submarinas, eventos sísmicos, olas e incluso mar. criaturas Para evitar esto, la boya de sonar, una vez colocada, emitiría una secuencia de sonidos tonales únicos de baja frecuencia, muy parecidos a los emitidos por una flauta o un piano, que serían reconocidos por el dispositivo de tiempo y, después de unas horas preestablecidas. de retraso, disparar los explosivos.
El 26 de septiembre de 2022, un avión de vigilancia P8 de la Armada de Noruega realizó un vuelo aparentemente de rutina y dejó caer una boya de sonar. La señal se extendió bajo el agua, inicialmente a Nord Stream 2 y luego a Nord Stream 1. Unas horas más tarde, se activaron los explosivos C4 de alta potencia y tres de las cuatro tuberías quedaron fuera de servicio. En unos pocos minutos, los charcos de gas metano que permanecían en las tuberías cerradas se podían ver extendiéndose en la superficie del agua y el mundo se enteró de que algo irreversible había sucedido.
CAER
Inmediatamente después del bombardeo del oleoducto, los medios estadounidenses lo trataron como un misterio sin resolver. Rusia fue repetidamente citada como probable culpable , impulsada por filtraciones calculadas de la Casa Blanca, pero sin nunca establecer un motivo claro para tal acto de autosabotaje, más allá de la simple retribución. Unos meses más tarde, cuando se supo que las autoridades rusas habían estado obteniendo discretamente estimaciones del costo de reparación de los oleoductos, el New York Times describió la noticia como “teorías complicadas sobre quién estaba detrás” del ataque. Ningún periódico estadounidense importante profundizó en las amenazas anteriores a los oleoductos hechas por Biden y el subsecretario de Estado Nuland.
Si bien nunca estuvo claro por qué Rusia buscaría destruir su propio oleoducto lucrativo, una justificación más reveladora para la acción del presidente provino del secretario de Estado Blinken.
Cuando se le preguntó en una conferencia de prensa en septiembre pasado sobre las consecuencias del empeoramiento de la crisis energética en Europa Occidental, Blinken describió el momento como potencialmente bueno:
“Es una gran oportunidad para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa y así quitarle a Vladimir Putin el uso de armas como medio para avanzar en sus diseños imperiales. Eso es muy significativo y ofrece una gran oportunidad estratégica para los años venideros, pero mientras tanto estamos decididos a hacer todo lo posible para asegurarnos de que las consecuencias de todo esto no recaigan sobre los ciudadanos de nuestros países o, para el caso, alrededor del mundo.”
Más recientemente, Victoria Nuland expresó su satisfacción por la desaparición del más nuevo de los oleoductos. Al testificar en una audiencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado a fines de enero, le dijo al Senador Ted Cruz: “Al igual que usted, estoy, y creo que la Administración está muy satisfecha de saber que Nord Stream 2 es ahora, como le gusta decir, un trozo de metal en el fondo del mar.”
La fuente tenía una visión mucho más callejera de la decisión de Biden de sabotear más de 1500 millas del oleoducto Gazprom a medida que se acercaba el invierno. “Bueno”, dijo, hablando del presidente, “debo admitir que el tipo tiene un par de cojones. Dijo que lo iba a hacer y lo hizo”.
Cuando se le preguntó por qué pensaba que los rusos no respondieron, dijo cínicamente: “Tal vez quieren la capacidad de hacer las mismas cosas que hizo Estados Unidos.
“Fue una hermosa historia de portada”, continuó. “Detrás había una operación encubierta que colocó expertos en el campo y equipos que operaban con una señal encubierta.
La determinación estratégica de Estados Unidos de incorporar a Ucrania a la OTAN ha desatado una nueva crisis político-militar con Rusia. Las potencias ‘occidentales’ y la prensa internacional presentan los acontecimientos en forma invertida, atribuyendo las advertencias lanzadas contra Rusia como el resultado de una intención, por parte de ésta, de invadir y ocupar Ucrania. Aunque Rusia haya anexado la península de Crimea para proteger su única base militar sobre el Mar Negro y apoye a los sectores que mantienen el control del este de Ucrania, en la región del Donbass, el régimen de Putin carece de las condiciones internas e internacionales para acometer semejante propósito. En el caso de la OTAN, por el contrario, luego de prometer que no extendería su dominio a Ucrania, cuando en 1991 Ucrania accedió a la independencia, y luego hizo lo mismo al firmarse, en 1994, el tratado de desnuclearización del país, en el pacto de Bruselas, Biden dejó en claro, en una reciente reunión con Putin, que Estados Unidos no acepta ninguna clase de “líneas rojas” con referencia a la adhesión de Ucrania a la OTAN. Los medios internacionales informan de manera regular la violación del espacio aéreo de Rusia por aviones de países de la OTAN, y han convertido a las naciones del Báltico en una plataforma militar contra Rusia. Del mismo modo, los medios han oficiado como voceros a la OTAN, al advertir que Rusia ha perdido la “profundidad estratégica”, o sea su vasto territorio, que la protegió contra Napoleón y contra Hitler, como consecuencia de la capacidad de ataque de los misiles de corto y medio alcance que apuntan contra ella. Estados Unidos y la OTAN han boicoteado los acuerdos de Minsk, firmados en 2016, que establecían negociaciones para la reunificación de Ucrania, porque el lado oriental reclamaba convertir al país en una federación, o sea con autonomía para sus regiones. El objetivo fundamental del “euromaidan”, el golpe de estado que desalojó a la oligarquía pro-rusa del gobierno, en 2014, fue incorporar a Ucrania a la Unión Europea y a la OTAN, algo que ya había aceptado, en principio, el gobierno “pro-ruso’’ derrocado. La proyección estratégica de la OTAN hacia los confines de Rusia arranca con la balcanización de Yugoslavia (valga la redundancia) y el bombardeo sistemático a la república serbia. La restauración ‘pacífica’ del dominio capitalista en Europa oriental, a través de un acuerdo con la burocracia moscovita, va cobrando la forma menos pacífica de nuevas guerras internacionales de dominación política.
La crisis en desarrollo comporta, sin embargo, un conjunto de elementos que se encuentran más allá de la disputa por Ucrania. En efecto, una pieza decisiva de la situación presente ha sido la construcción de dos gasoductos que atraviesan el Báltico, para abastecer a Alemania y a una parte de Europa, a cargo del monopolio ruso Gazprom. Más que un acuerdo económico es un acuerdo geopolítico, en primer lugar porque crea un vínculo económico estratégico entre ambos países. La nueva ruta degrada la vía histórica de abastecimiento de gas ruso a Europa a través, precisamente, de Ucrania, lo que pone un fin a las posibilidades de extorsión recíproca, de parte de Ucrania a Rusia y viceversa, pero que deja a Ucrania sin el recurso financiero del peaje por el gas y su propio abastecimiento. La ruta de Báltico resuelve un problema estructural de Europa, pero en especial de Alemania, en la provisión de energía, al margen de que ha creado fuertes rivalidades con compañías europeas de transporte de gas. Pero ese acuerdo tiene un alcance de otras dimensiones cuando se tiene en cuenta que implica una apertura privilegiada del mercado ruso a la producción y a las inversiones de Alemania. Gerard Schroeder, ex canciller de Alemania, se ha convertido en director de la misma Gazprom. El acuerdo ofrece la posibilidad de aumentar el peso del capital germano en Europa del este, en primer lugar, la República Checa y varias naciones desprendidas de Yugoslavia. El saldo comercial que favorece a Rusia financia las inversiones de su socio alemán.
El acuerdo ruso-alemán no es perjudicial solamente para Ucrania sino también para Estados Unidos, que ha presionado para que la UE se convirtiera en mercado para el gas licuado producido a partir del ‘shale gas’ estadounidense. Estados Unidos ha respondido con sanciones a las constructoras rusas y alemanas del gasoducto número dos, que luego levantó contra las primeras pero no las segundas. Este segundo gasoducto no ha recibido autorización para operar, aunque se encuentra terminado; enfrenta, además, otras cuestiones legales en Alemania y la UE. Estados Unidos exige que Rusia se comprometa a no interrumpir la provisión de gas por medio de Ucrania. Putin ha respondido con una disminución de la oferta de gas al mercado internacional, con la intención de provocar un aumento sustancial del precio, al que se atribuye gran parte de la ola de inflación que se registra en los principales mercados.
La cuestión de Ucrania encubre una disputa internacional de gran alcance potencial, que ha ocupado un espacio importante en la agenda de Trump y ahora de Biden, que se refiere al propósito de Alemania y Francia de convertir a la UE en tercera fuerza en la pulseada, con referencia a Estados Unidos y a China; que incluye una apertura rusa al capital europeo. En el marco de un acuerdo estratégico general reclaman el ingreso de Ucrania a la UE – un objetivo de largo plazo pero en desarrollo, cuando culmine el tremendo ajuste fondomonetarista que se desarrolla en Ucrania. El afán de Rusia de lograr una mayor integración al mercado mundial confronta con la ambición de la UE de convertirla en un satélite económico y financiero, que choca a su vez con los intereses de Estados Unidos de recuperar una hegemonía en decadencia, en oposición a unos y a otros. De modo que la nueva escalada militar de la OTAN contra Rusia, por la incorporación de Ucrania a la alianza militar del imperialismo, se extiende al conjunto de Europa, como parte de un nuevo reparto del mercado mundial por las fuerzas en presencia.
El grito “¡La invasión es inminente!” coreado mayormente por anglosajones ha logrado un efecto: tapar informativamente las exigencias rusas y no debatir sobre ellas. Por otro lado, ese grito, puede formularse a la inversa, como sugiere esta ilustración.
De una guerra fría a otra, de la mano de la OTAN
¿Quien se acuerda hoy de la Carta de París? En noviembre de 1990 los países de la CSCE (hoy OSCE), es decir la URSS y Euroatlántida, firmaron en el Palacio del Elíseo, la “Carta de París para una nueva Europa”. Aquel documento contenía el diseño de una seguridad continental integrada, es decir el fin de la guerra fría que había dividido Europa y el mundo en dos bloques. Su preámbulo proclamaba que, “la era de la confrontación y división de Europa ha concluido”. En el apartado, “relaciones amistosas entre estados participantes” se afirmaba: “La seguridad es indivisible. La seguridad de cada uno de los estados participantes está inseparablemente vinculada con la seguridad de los demás”. En el apartado “Seguridad”, se anunciaba “un nuevo concepto de la seguridad europea” que dará una “nueva calidad” a las relaciones entre los estados europeos. “La situación en Europa abre nuevas posibilidades para la acción común en el terreno de la seguridad militar”, se prometía. “Desarrollaremos los importantes logros alcanzados con el acuerdo CFE (desarme convencional en Europa) y en las conversaciones sobre medidas para fortalecer la confianza y la seguridad”. Se ponía incluso fecha a los compromisos; “iniciar, no más tarde de 1992, nuevas conversaciones de desarme y fortalecimiento de la confianza y la seguridad”. En lugar de eso se abrió paso una seguridad a costa del otro.
Un año después de la firma de la Carta de París, en la cumbre de Roma de noviembre de 1991, la OTAN ya dejó claro cuales eran las dos conclusiones que extraía de la disolución del Pacto de Varsovia:
“La primera novedad de estos acontecimientos es que no afectan ni al objeto ni a las funciones de seguridad de la Alianza, sino que resaltan su permanente validez. La segunda, es que estos acontecimientos ofrecen nuevas ocasiones para inscribir la estrategia de la Alianza en el marco de una concepción ampliada de la seguridad”. En resumen, hubo ampliación, globalización y avance de la OTAN, allí donde Moscú se había retirado. ¿Por qué?
Mijáil Gorbachov respondía así a esa pregunta en una entrevista que mantuvimos en diciembre de 1996: “La ampliación de la OTAN es la respuesta de Estados Unidos a la unidad europea, en Washington muchos temen perder influencia y quieren apuntalarla a través de la OTAN”.
La simple realidad es que Gorbachov fue engañado por los socios occidentales con los que negoció el fin de la guerra fría. Ahora no falta quien afirma que “no hubo documentos” que reflejaran el compromiso de no ampliar “ni una pulgada” la OTAN hacia el Este, pero la evidencia documental es abrumadora. Los documentos de Estados Unidos desclasificados en 2017 muestran la lista completa de dirigentes occidentales reiteradamente comprometidos con aquel compromiso: el secretario de Estado norteamericano James Baker, el Presidente George Bush, el ministro de exteriores alemán Hans-Dietrich Genscher, el Canciller Helmuth Kohl, el director de la CIA Robert Gates, el Presidente francés François Mitterrand, la primera ministra británica Margaret Thatcher y su sucesor John Major, el Secretario de exteriores de ambos, Douglas Hurd, y el secretario general de la OTAN Manfred Wörner (1).
Treinta años después, el asunto ha sido más que clarificado por los historiadores y confirma de pleno las palabras de Gorbachov. La historiadora estadounidense Mary Elise Sarotte concluye así su voluminoso estudio de fuentes sobre los motivos por los que Washington rechazó el concepto de seguridad europea integrada pactado en París: “la consecuencia habría sido que Estados Unidos habría disminuido su papel en la seguridad europea”. Sarotte formula la mentalidad de los responsables de Estados Unidos de aquella época para impedir que la CSCE (luego OSCE) se convirtiera en la organización europea de seguridad: “Sería peligroso. La Unión Soviética ya no es peligrosa, pero si los europeos unen sus fuerzas y construyen la CSCE como sistema de seguridad, nosotros nos quedamos fuera y eso no es deseable. Hay que fortalecer la OTAN para que no ocurra” (2).
La crónica moscovita de los años noventa, por lo menos la mía, fue una continua llamada de atención contra la expulsión de Rusia de la seguridad continental. Sin Rusia, su mayor nación, no habría estabilidad en el continente y, desde luego, aún menos contra Rusia. La ampliación de la OTAN aún no había comenzado cuando ya en 1996 el ministro de exteriores británico Malcom Rifkind decía que su verdadero objetivo final era el ingreso de Ucrania en ella. Sin Ucrania, Rusia nunca podría afirmar una potencia como la que había tenido en el pasado con la URSS, decían los estrategas de Washington. En agosto de aquel año, ya se celebraron maniobras militares conjunta OTAN-Ucrania con un escenario de lucha contra una rebelión separatista en… Crimea. En aquella época, con un puñado de guerrilleros chechenos poniendo en jaque a los militares en el Cáucaso, el ministro de defensa ruso, Igor Rodionov, se definía como “ministro de un ejército que se desmorona y de una flota moribunda”. Lo poco que quedaba de la flota estaba en el Norte, en las bases de Murmansk y la Península de Kola, junto a Noruega. Y precisamente allí, en Noruega, la OTAN instalaba nuevos radares y sistemas militares, y realizaba maniobras. Javier Solana, secretario general de la OTAN, visitaba sonriente Moscú para constatar la impotencia rusa. “Nos viene a decir que la OTAN se va a ampliar en cualquier caso y que eso es muy bueno para Rusia, a pesar de que según su doctrina el enemigo ahora somos nosotros”, me dijo en una de aquellas visitas Vladímir Lukin, presidente de la comisión de exteriores de la Duma.
Todos contra Rusia. Como en la guerra de Crimea de 1853-1856.
Para 1999, Rusia y la OTAN habían firmado ya un documento de consolación para regular sus relaciones, el “Acta fundacional”, resumido así por Sergei Rógov, el director del moscovita, y muy occidentalista, Instituto de Estados Unidos y Canadá de la Academia de Ciencias: “ellos lo deciden todo y luego nos invitan a tomar café en Bruselas para comunicárnoslo”.
“Lo que se está haciendo despierta mis sospechas”, decía Gorbachov en aquella entrevista de 1996. “De acuerdo, hoy se pueden ignorar los intereses de Rusia, sus críticas a la ampliación, pero la debilidad de Rusia no será eterna ¿Es que no se dan cuenta para quien trabajan con esa política? Si la OTAN avanza en esa dirección aquí habrá una reacción”. La Rusia actual es, en gran parte, resultado de aquel proceso.
La reacción se fue larvando lentamente pero sus manifestaciones siempre fueron ignoradas. El mal humor ruso alimentaba el enredo creado. “Después de Irak, Sudán, Afganistán y Yugoslavia cabe preguntarse quién será el siguiente”, me dijo en abril de 1999 el viceprimer ministro Yuri Masliukov. “¿Quizá algún país de la CEI, o la propia Rusia?”. La OTAN se alimentaba a sí misma: su existencia se justificaba, cada vez más, en la necesidad de afrontar los riesgos creados por su ampliación al Este que tanto irritaba a Moscú. Mientras Occidente ampliaba su esfera de influencia contra Rusia, se denunciaba la actitud “trasnochada” de Moscú por exigir respeto y llamar la atención sobre su propia esfera de influencia. Es decir, según la tesis postmoderna, el concepto solo era “trasnochado” y “arcaico” cuando se trataba del adversario. La génesis de lo que se ha llamado “segunda guerra fría” estaba servida ya en los años 90, ofreció señales constantemente pero no estalló oficialmente hasta 2014, cuando Occidente apoyó la protesta del Maidán convirtiendo la particular fractura nacional ucraniana en un conflicto civil armado. La reacción al final ha estallado cuando Rusia ha dejado de ser tan débil y coincide con China en el propósito de integrar económica y comercialmente el espacio euroasiático. En palabras del historiador alemán Herwig Roggemann, aquella “victoria” occidental en Kíev fue “el mayor fracaso de la historia europea tras el histórico cambio de 1990 (3). Bienvenidos a la nueva guerra fría.
Si alguien ha interpretado el cese del fuego de facto firmado por Rusia, Ucrania y Turquía, para facilitar la salida del grano de Ucrania, como un comienzo de des-escalamiento del conflicto, es porque no ha entendido el carácter irreversible de la guerra incitada por la OTAN y la tendencia a abarcar mayores geografías e intensificar la crisis social internacional.
El acuerdo para desminar el Mar Negro y habilitar corredores marítimos para transportar los cereales del puerto de Odesa a los del Mediterráneo es, bien mirado, una operación bélica. Putin ha aceptado el arreglo para mantener la semi-neutralidad de países como Turquía y Egipto, y varios otros en Asia y África, que dependen de los alimentos de Ucrania y de Rusia. En varios casos, la dependencia es del 70 y el 80%; en casos como China, el beneficio deriva de la caída que este pseudo acuerdo habrá de provocar en los precios del trigo y del maíz, para consumo humano y animal. La salida del cereal y de los fertilizantes de Rusia es todavía más complejo, porque conlleva operaciones financieras que están bloqueadas por las sanciones de la OTAN contra Rusia. Para superar este obstáculo se organizaría un sistema de pagos a la medida de este comercio. Los fertilizantes de Rusia tienen una importancia estratégica para el agro comercial internacional; Bolsonaro ha boicoteado las sanciones contra Rusia para conseguir los insumos que necesita el agronegocio brasileño. El cese del uso de fertilizantes en Sri Lanka provocó, junto con una deuda pública impagable, la rebelión popular de las recientes semanas.
El arreglo para un cese del fuego circunscripto es por 120 días – el tiempo de evacuación de la cosecha ensilada. El proceso portuario y marítimo operará bajo el control de los países firmantes. El costo será superlativo, salvo que la OTAN subsidie a las compañías que deben asegurar las cargas para que el transporte sea viable. Turquía pasa a jugar un rol relevante, porque de ella depende el paso por el Bósforo, que está sujeto a tratados internacionales suscriptos hace cien años. Al día siguiente de aprobar el cese del fuego, misiles de precisión de Rusia destruyeron instalaciones del puerto de Odesa, señaladas como militares. La flota rusa continuó con el bombardeo del territorio bajo control del gobierno oficial de Ucrania, desde el Mar Negro. Más allá de la cuestión alimentaria, en la punta sur de Ucrania se encuentra Crimea y la base naval rusa de Sebastopol. El gobierno de Zelensky ha anunciado la intención de recuperar Crimea y el puerto, y destruir incluso el extendido puente que Putin hizo construir entre Rusia y Crimea. El gobierno ruso advirtió, en términos claros, que cualquiera de esos propósitos sería repelido con armas nucleares. Crimea ha sido objeto de dos guerras en el pasado, con la intervención de la Rusia zarista, del califa otomano y de Gran Bretaña y Francia. La salida de los cereales procurará al Tesoro de Ucrania mil millones de dólares. Serán destinados a sufragar los costos de la guerra que ha emprendido por cuenta de la OTAN. Lejos de la desescalada la guerra se ha intensificado y el número de estados vinculados a ella ha aumentado.
Putin y sus funcionarios han dejado clara la intención de ocupar el conjunto del sureste de Ucrania, el control del Mar Negro y recuperar la conexión terrestre con Crimea. Ha anunciado un referendo separatista en la ciudad sureña de Kherson. El objetivo estratégico, sin embargo, es la ocupación completa de Ucrania en un período de tiempo condicionado. Estados Unidos y la OTAN tienen su propio objetivo estratégico, que fue definido de entrada -la derrota de Moscú y el cambio de régimen en Rusia-, en tiempos también condicionados. Frente a los acontecimientos en el terreno, EE.UU. ha comenzado a enviar a Kiev sistemas de defensa antiaérea, lo que implica una alteración cualitativa en el conflicto. Es que Washington había reiterado que no cruzaría el umbral de otorgar tecnología militar propia de avanzada a Kiev, para evitar que se lo interprete como un involucramiento directo en el terreno. En función de lo que el diario The Wall Street Journal llama “un abordaje consistente”, el Pentágono ha comenzado a enviar a Ucrania aviones de reconocimiento y ubicación de objetivos, y por otro lado drones para atacar las líneas de abastecimiento del ejército ruso y misiles de largo alcance. Ahora discute la provisión de aviones de combate, como los F-15 y F-16, así como también los HIMARS, sistemas de misiles guiados tierra-aire. En base a esto, Zelensky ha anunciado “una contraofensiva” para retomar la ciudad de Kherson. En el norte, desde la ciudad de Kerkhov, este armamento podría golpear territorio ruso. Rusia no le va a la zaga –tiene drones que han sido calificadas de “enormemente” capaces y cohetería de precisión sin par-. El teatro militar de la guerra se ha expandido en forma sustancial.
El involucramiento de Turquía, miembro de la OTAN, en la guerra es significativo. Mientras actúa como mediador del ‘cese del fuego’ cerealero, ha provisto a Ucrania de un arsenal de drones. Ocupa un lugar fundamental por el control que ejerce en los estrechos del Mar Negro al Mediterráneo. Juega estas piezas en distintos escenarios. Por de pronto, ha reafirmado la decisión de avanzar en la ocupación del norte de Siria, contra los territorios kurdos, aprovechando la atención que ocupa la guerra en Ucrania. Desarrolla un juego de extorsiones con Putin, que sostiene al régimen de Bashar al Assad. Con Líbano en estado de disolución podría discutir un protectorado de la región con Israel. La guerra en Ucrania ha cambiado el escenario en el Medio Oriente. De otro lado, Turquía ha ganado a su lado a Azerbaiyán, una ex república soviética musulmana, y una formidable potencia petrolera. Este país constituye una de las alternativas de abastecimiento ante el boicot de la OTAN al petróleo ruso. Ejerce otra extorsión más, pues reclama la cesión de islas de Grecia en el Mar Egeo, otro país de la OTAN, y se prepara para su ocupación militar.
Más importante, sin embargo, es el escenario en el otro bajo vientre de Rusia –el Asia Central-. Kazajistán no ha apoyado la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Ha adherido, sin embargo, a las sanciones de la OTAN contra Rusia y procura incrementar las exportaciones de petróleo (es un gran productor) por vías alternativas. No ha reconocido a las regiones separatistas ocupadas por el ejército ruso. Aunque adhiere con las otras ex repúblicas soviéticas musulmanas a un pacto estratégico con Moscú, busca un acercamiento con Turquía y con China. Tiene acuerdos de inversiones con Estados Unidos y acuerdos políticos de distinto alcance. Con Azerbaiyán y Georgia, pretende revivir el Corredor del Medio, a través de Asia Central. La actividad comercial en los puertos del Mar Caspio ha crecido mucho. Turquía y Estados Unidos, por vías separadas, aunque en el marco de la OTAN, desafían la dominación de Rusia en su patio interior de Asia Central -en otro escenario de rivalidad con la República Popular China-.
Mientras esto ocurre en el campo de la diplomacia político-militar, la crisis social y política en Europa se aviva como consecuencia de la guerra. La Unión Europea se apresta a un racionamiento del gas, como consecuencia del daño que se autoinflingió al ceder a las presiones de Washington para cerrar el gasoducto Nordstream 2, que fue el detonante final de la guerra de la OTAN. La escasez de gas paralizaría industrias enteras en Europa, como en el caso de la química y la siderurgia, por lo tanto la automotriz. El gobierno alemán ha anunciado la intención de dar prioridad al abastecimiento de la industria en perjuicio del residencial, en medio del duro invierno en el norte de Europa. Alemania enfrenta un desafío estratégico mayor, como es el de reconvertirse de potencia industrial mayormente civil, en potencia mayormente militar –la industria militar alemana se encuentra instalada en terceros países-. Junto con Japón habrá de reclamar una participación más decisiva en el período de guerras que se desarrolla en el momento actual. El frío del invierno alemán será políticamente muy caliente.
Las caídas de Johnson, en Gran Bretaña, y de Draghi, en Italia, están directamente conectadas a la guerra imperialista mundial en presencia. Son, sin embargo, síntomas preliminares de crisis políticas mayores. La guerra imperialista se combina con la implosión de una burbuja financiera sin precedentes, que se fue acumulando desde la crisis mundial de 2007/8. Las deudas públicas y privadas, que han crecido en forma astronómica, se han convertido en definitivamente impagables. Una ola de quiebras es inevitable, así como de defaults de numerosos países. Luego de Sri Lanka se alinean Pakistan y Argentina, y enseguida después Turquía, cuyo inmenso protagonismo en la guerra obedece a la necesidad de conseguir una válvula de escape al desplome económico y político. Compite con Argentina en cuanto a la tasa de inflación anual, aunque a un ritmo aún más vertiginoso. El derrumbe económico ha sido siempre el dínamo de las guerras imperialistas.
Las sanciones económicas descomunales aplicadas por la OTAN a Rusia han llegado a su punto máximo. Eventualmente, el golpe catastrófico que representan para Rusia se hará sentir indudablemente. Pero ahora mismo su poder bélico se ha agotado, mientras que, por el contrario, su impacto destructivo sobre los ‘sancionadores’ se ha acentuado. Alemania ha debido nacionalizar a la principal distribuidora de gas, Uniper, para rescatar a sus accionistas de la quiebra. La Comisión Europea está negociando el levantamiento de las sanciones a la venta de titanio de Rusia para mantener en actividad a la gran compañía aérea Airbus, y lo mismo deberá hacer con el níquel y el paladio. Queda abierto el interrogante acerca de qué exigirá Putin a cambio. La guerra y las sanciones han aumentado la presión sobre la inflación, al punto de generar un dislocamiento económico.
Es fundamental señalar, en este marco, el giro militar que se ha producido en las relaciones entre Estados Unidos y China. Tiene que ver con la guerra de la OTAN contra Rusia. Mientras China denuncia el propósito de Washington de crear una OTAN asiática, éste ataca el “acuerdo estratégico” que han proclamado Pekin y Moscú. La guerra no solamente se extiende al conjunto del planeta. Bautizada como “guerra híbrida” se desenvuelve a un plano superior a la guerra nuclear, porque envuelve a los instrumentos de la Inteligencia Artificial, que puede ejecutar operaciones de destrucción masiva desde los bunkers de los estados mayores y del espacio exterior. La guerra ‘armamentista’ en este terreno se libra sin restricciones ni protocolos. Más prosaicamente, se desarrolla en el océano Índico y en el mar de China un enfrentamiento aéreo creciente, donde la aviación china confronta la violación reiterada del espacio aéreo de China por parte de Estados Unidos. El Pentágono ha amenazado con un ataque, incluso nuclear, contra las Islas Salomón, en caso de que estas lleguen a un acuerdo militar, incluida la posibilidad de una base militar, con China.
En un tiempo relativamente corto, todos estos desarrollos deben llegar a un punto de definición. Existe una grieta entre la marcha objetiva de la crisis, de un lado, y el ritmo de desarrollo de la experiencia de las masas, del otro. Es necesaria una implacable campaña de propaganda y agitación para colmar esa brecha, oponiendo a la guerra imperialista, la lucha de clases por la revolución socialista internacional.
O documento que saiu da cimeira da NATO de Madrid coloca a questão central da definição do “Ocidente”, que é a referência à entidade ao serviço de cujos interesse a aliança militar age; e dos valores ocidentais, aquilo que constitui o núcleo que identifica e distingue os ocidentais dos outros grandes grupos políticos, militares e económicos.
Contém uma frase decisiva, que os líderes europeus deviam esclarecer. O comunicado salienta enfaticamente: “as ambições e políticas coercitivas da República Popular da China desafiam nossos interesses, segurança e valores”.
Presume-se que os valores são os valores ocidentais. Seria importante para os cidadãos dos Estados que fazem parte da NATO, os que vão pagar as consequências destas afirmações, saber quais são para a “cúpula” da NATO representada pelo seu secretário-geral os “nossos valores” e até o que entende NATO por Ocidente.
Estes comunicados são do tipo dos textos bíblicos, exigem uma exegese, porque deliberadamente partem de afirmações que consideram dogmas, logo fora de qualquer crítica ou dúvida, ou até de confrontação com a razão. A partir de construções, nunca explicitadas, desenvolvem uma doutrina que serve para justificar interesses, que se transformam em valores.
Temos de nos entender sobre aquilo que pagamos e em última instância nos pode obrigar a lutar e a morrer.
Originalmente a expressão Ocidente indicava a separação do Império Romano entre a parte ocidental latina e a parte oriental, dominada pelos gregos. O cisma do cristianismo de 1054 também reforçou diferença e causou diferenças determinantes na estrutura social, nas formas dominantes de poder . Por exemplo, a Rússia e a Bulgária foram convertidas a partir de Constantinopla e faziam parte do “Oriente” (há poucos anos a Bulgária foi transferida para o Ocidente com a entrada na NATO e a Rússia foi expulsa da Europa, para onde entraram os Estados Unidos e o Canadá, antigas colónias inglesas, mas já não as antigas colónias espanholas e portuguesas da América — a NATO é uma criação anglo-saxónica!).
Existem várias definições para o Ocidente, a clássica assente na religião e cultura, uma outra que remete para as potências dominantes desde a época colonial, a da dos países da NATO durante a guerra fria, a que se juntaram os que têm suas raízes históricas e culturais ligadas à Europa, a Austrália e a Nova Zelândia, antigas colónias inglesas, mas até o Japão e a Coreia, e ainda Israel.
Durante a Guerra Fria, a expressão “Mundo Ocidental” referia de maneira muito genérica os países capitalistas desenvolvidos. Aceitando como boa esta “geografia” de mundo ocidental, chega-se à conclusão que o principal valor do “Ocidente” é o lucro, e que o modo de atuar do Ocidente agir no mundo para defender os seus interesses é o da conquista de outros territórios em todo o globo e da exploração dos seus povos e riquezas.
Podemos situar o “modo de estar” do Ocidente, nas Cruzadas, no início do segundo milénio e a sua estratégia desenvolveu-se até ao presente com a expansão e conquista de outros continentes a partir do século XV, com a colonização daí resultante do continente americano e de África, e o colonialismo fruto da revolução industrial.
O Ocidente foi o centro do poder do mundo e se há um acordo sobre a sua identidade é a de no Ocidente os valores corresponderem aos interesses e vice-versa. O catolicismo, ou cristianismo romano, criara com as cruzadas a primeira grande empresa expansionista do Ocidente e a concentração do poder com a demagógica invocação de valores de justiça e bondade, sempre violados na prática. Será a matriz de atuação do Ocidente no futuro.
O grande cisma do Ocidente, a Reforma e a Contra-Reforma resultam dos interesses de grupos nacionais se assenhorearem do poder de acumular as riquezas comuns e o poder, em confronto com o papado católico. O nacionalismo do rei Eduardo VIII, que criou a igreja anglicana e o dos príncipes alemães, que apoiaram Lutero, são um belo exemplo de conjugação de interesses e valores que caraterizam o Ocidente, o Ocidente a que se refere o comunicado da NATO e que esta estende segundo os seus interesses, invocando a ameaça dos interesses de outros que, ao longo de mais de seiscentos anos (da viagem de Marco Polo) nunca ameaçaram o Ocidente, o que já não pode ser afirmado pelo Ocidente.
Presumo que o senhor Jens Stoltenberg tem uma ideia do que o seu Ocidente é, e do que é o Ocidente para a sua NATO. Convinha que nos elucidasse.
É que este comunicado marca uma viragem decisiva no interior do Ocidente, protagonizado pela NATO, pelo menos nos cartazes: A concentração do poder numa única entidade, os Estados Unidos. A União Europeia, de novo com a Grã-Bretanha (que saiu sem pagar a conta e entrou pela porta do fundo, pela mão do chefe do gangue da rua da taberna), a Austrália e a Nova Zelândia, mais Israel, são agora uma aliança global sob comando completo dos Estados Unidos. E comando completo significa uma moeda e um exército únicos, uma política de confronto com os outros espaços para manutenção de um domínio ameaçado. A NATO passou a ser um exército imperial à escala planetária para garantir acesso a matérias-primas e para manter o controlo da emissão e circulação da moeda de troca internacional.
O secretário da NATO tem alguma explicação a fornecer aos “ocidentais” sobre esta nova atribuição de funções, sobre esta expansão do negócio com abertura de frentes em todos os mares e continentes?
É curioso que quanto às ameaças da China, esta não tenha retaliado quando o Ocidente chegou ao seu território e inviabilizado a Rota da Seda, cuja versão atualizada o Ocidente quer agora torpedear e destruir! Outros tempos!
O comunicado da NATO saído da cimeira de Madrid tem uma tradução: Para a cabeça do império NATO a China passou a ser o grande competidor, que ameaça os interesses dos Estados Unidos e logo os valores porque se rege.
Também fica implícito na exigência de aumento da cota dos membros da NATO até 2% para compra de armamento que estes novos sistemas de armas não se destinam a defender a Europa, nem os valores ocidentais, mas sim os interesses dos Estados Unidos no Mundo e em particular no Pacífico.
O comunicado da NATO tem ainda uma outra leitura, que os líderes europeus deviam ser chamados a explicar: os Estados Unidos, depois de terem criado condições para provocar a guerra na Ucrânia, depois de terem envolvido a Europa nela, preparam-se para envolver a Europa, em nome do Ocidente e da NATO, num conflito com a China no Oceano Pacífico?
É isto?
Por fim, quando o seráfico secretário-geral da NATO fala em ameaças ao Ocidente resultantes da invasão russa da Ucrânia está a ludibriar os cidadãos europeus, que não têm que ser instruídos em análises de situações de combate. O exército russo está desde Fevereiro a tentar conquistar uma faixa de cerca de 150 quilómetros num movimento para ocidente. A Rússia dispõe de muito limitada capacidade de projeção de forças a grande distância, tem muito poucos porta-aviões, por exemplo, que são os sistema típico de forças atacantes e dos impérios globais — caso da Inglaterra até à II Guerra Mundial.
É evidente para qualquer oficial de estado-maior, mesmo de uma pequena unidade, que as Forças Armadas russas não têm capacidade para construir e colocar em movimento um rolo compressor que passe sobre a Polónia, a Alemanha, a França, a Espanha e chegue ao Atlântico!
A política da NATO saída da cimeira de Madrid, com o pomposo título de “Novo Conceito Estratégico” assenta nesta falaciosa premissa!
O que os líderes europeus se comprometeram foi a aumentar as despesas para pagar armas dos EUA, da Austrália, da Nova Zelândia, do Japão contra a China!
Carlos Matos Gomes: Coronel (R) e escritor, Capitão na Revolução de 25 de Abril de 1974.
La conmemoración del primer aniversario de la invasión de Rusia a Ucrania ha servido para demostrar que la OTAN está dispuesta a llevar la guerra contra Rusia hasta sus últimas consecuencias. Biden declaró, en un acto coreografiado en la ciudad de Cracovia, Polonia, que Estados Unidos estaba dispuesto a hacer “todo lo necesario” para asegurar una victoria contra Rusia. Putin, por su lado, denunció, en un discurso ante la Duma, el tratado de inspección de armas nucleares con Estados Unidos. En este discurso Putin dejó traslucir la crisis del régimen político de Rusia, al denunciar que la oligarquía rusa extraía las riquezas del país para acumular capitales en las bolsas extranjeras y en los paraísos fiscales. La reestructuración de un régimen estructurado en torno a la restauración del capitalismo, sin capital privado, constituye un callejón sin salida. Esto lo advirtió, antes que nadie, la misma OTAN, que confiscó, además de las reservas internacionales de Rusia, los activos y propiedades de la oligarquía en el exterior, con la perspectiva de ‘renacionalizarlas’ en los países capitalistas de destino, luego de un proceso legal.
Este desarrollo describe un escenario de guerra mundial. Los parlamentos occidentales no solamente han votado un incremento enorme de la ayuda militar a Ucrania; también ha acelerado el envío de drones, tanques alemanes y franceses. El martes 28 de febrero, drones de Ucrania atacaron el interior de Rusia, a cien kilómetros de Moscú, y paralizaron varios aeropuertos, en especial el de San Petesburgo. Al mismo tiempo, fueron hackeadas la televisión y la radio en Rusia, al punto que afectó la transmisión del discurso de Putin en el principal canal del país. La prensa occidental ya no oculta la presencia en Ucrania de brigadas extranjeras, cuyo objetivo es operar en la retaguardia del ejército de Rusia en Ucrania. En ese contexto, Anthony Blinken, el secretario de Estado de Estados Unidos, advirtió a China de no proveer armamento letal a Rusia, a riesgo de sufrir las consecuencias. Como el régimen de Pekin no está asistiendo militarmente a Rusia, la advertencia implica la intención de la OTAN de escalar la guerra. Esta escalada obligaría, en cierto punto, a China a asistir militarmente a Moscú. Los voceros de la OTAN, de Rusia e incluso de China advierten que enfrentan un desafío “existencial”. Un analista hostil a Rusia, Anatol Lieven, ha escrito en el periódico británico The Guardian, que “impedir que Rusia intente retener Crimea, significaría la paralización permanente o la destrucción del Estado ruso”. Crimea es una península, en territorio ucraniano, pero históricamente rusa y con predomino de población rusa o prorrusa, donde se encuentra la principal base naval de Rusia. Zelensky ha repetido que el objetivo de su gobierno es echar a Rusia de Crimea.
En el terreno de la guerra, el ejército ruso estaría a punto de tomar la ciudad de Bakhmut, un nudo vial que permitiría desencadenar una ofensiva en gran escala en la región del Donbas. La OTAN prepara una contraofensiva, para principios del verano boreal. El presidente de Bielorrusia fue recibido con pompa en Pekin, cuando la prensa pro-OTAN asegura que este país se apresta a intervenir, desde la frontera norte, en Ucrania. Al mismo tiempo, se ha desatado una crisis política en Moldavia; una parte del país, Transnistria es, desde hace tiempo, un satélite de Moscú. En un escalamiento de la guerra, los analistas advierten que Rusia podría ocupar Moldavia. En otro escenario, Alemania acaba de prohibir a Brasil la exportación a Filipinas de los tanques Iveco Guaraní, que se fabrican con componentes alemanes. La razón es que Brasil se ha negado a entregar tanques propios a Ucrania. Esto ocurre cuando Alemania reclama, vivamente, la implementación del acuerdo Unión Europea-Mercosur. La metástasis de la guerra ha penetrado en el Medio Oriente: el secretario Blinken ha discutido, de acuerdo a la prensa israelí, la posibilidad de un ataque de Israel a las instalaciones de investigación nuclear de Irán, en represalia por la provisión de drones a Rusia, por parte del régimen de Teherán.
Una manifestación relevante del escalamiento de la guerra es la destrucción parcial de los gasoductos NordStream 1 y 2 por parte de un grupo de tareas de Estados Unidos y Noruega. Es lo que ha probado, sin sombras de duda ni desmentidas, el prestigioso periodista norteamericano Seymour Hersh, en base a fuentes incluso norteamericanas. El veto a la utilización de estos gasoductos, que debían abastecer del fluido ruso a Alemania y a la Unión Europea, por parte de Trump y de Biden, fue una de las provocaciones estratégicas que llevaron a Rusia a la guerra. También fue la “Asociación Estratégica Estados Unidos-Ucrania”, de noviembre de 2021, para incrementar los asaltos del gobierno de Kiev a las regiones del este de Ucrania. El carácter mundial de esta guerra no sólo está determinado por las potencias que involucra sino también por el propósito estratégico que guía a la OTAN, de un lado, y a Rusia, del otro. En las últimas horas, Dinamarca y Suecia han rechazado la investigación del atentado por personal independiente. El sabotaje ocurrió en las profundidades del mar Báltico, surcadas por cables de fibra óptica y otros canales de comunicación internacional.
La perspectiva de una escalada en la guerra y en el espacio geográfico, ha reanudado las propuestas para bloquear la continuidad del conflicto. “Rusia perdió iniciativa estratégica, señala un especialista militar italiano, pero Ucrania no puede ganar”, informa el corresponsal de Clarín en Roma. Propone, en consecuencia, una “solución coreana”, que consiste en un armisticio como el que divide a Corea entre Norte y Sur, desde hace 75 años. Ese armisticio fue seguido por una ayuda económica y militar sin precedentes de Estados Unidos a Corea del Sur, y trazó un cuadro de guerra permanente, por parte de Francia y Estados Unidos, en el sudeste de Asia, que sólo concluyó con la derrota norteamericana en Vietnam, centenares de miles de muertos, el acuerdo Nixon-Mao Tse Tung y la renuncia de Nixon. Durante 70 años, EE.UU. estableció una cuarentena contra Corea del Norte, que dura hasta hoy. Sorprende que una propuesta de armisticio pueda sobrevivir con semejante cuarentena contra Rusia, que ahora mismo está fracasando en forma significativa. En función de ese modelo, el autor propone una integración veloz de Ucrania a la UE, una sucursal de la OTAN. Un retorno al status anterior a la guerra bajo la forma precaria de un armisticio. Con un agravante: ni Estados Unidos ni la UE reúnen la fortaleza económica que siguió, por un breve período, a la segunda guerra mundial. El planteo del armisticio tiene, precisamente, una fuerte motivación adicional: “el cansancio (de la población) en los países de occidente”. En efecto, la pandemia y la guerra han desatado una crisis en las cadenas de producción y una suba impresionante en los precios de los alimentos y materias primas.
La ecuación del armisticio deja de lado la ofensiva de la OTAN contra China. El teatro global de la guerra no se restringiría. La OTAN ha señalado a China como “adversario estratégico”, o sea enemigo. El precario equilibrio que siguió a la restauración capitalista en China y Rusia -la globalización- se ha roto. Las condiciones sociales internas de las distintas potencias envueltas en la guerra se han deteriorado en forma marcada. Este es el contexto de la guerra provocada por la OTAN e iniciada por Rusia. La independencia de Ucrania está fuera de juego; Ucrania “está de facto” en la OTAN, proclamó su ministro de Defensa.
El escalamiento de la guerra es, precisamente, lo que urge el editorialista del Financial Times (28/2), Martín Wolf, un vocero del capital financiero, no solamente británico. “Occidente debe darle a Ucrania lo que necesita”, titula el artículo, seguido de una bajada significativa: “La guerra es un interés nacional vital de los países europeos y de los Estados Unidos”. Quien escribe esto no representa al ´establishment geopolítico´ – representa al de los fondos financieros internacionales, con trecientos billones de dólares en activos. Wolf señala que la carga de la asistencia a Ucrania “es excepcionalmente alta” para los países de la Unión Europea, incluido el sostenimiento de los refugiados de guerra –cuyo número y nacionalidades crecerá con la escalada del conflicto. Rusia puede ser derrotada militarmente en una guerra larga, dice, para lo cual se necesita una economía de guerra, no obstante la carga económica actual. En función de promover una guerra prolongada, respalda la propuesta de un analista militar de “invertir en capacidad industrial y apoyo a Ucrania en la escala que demanda lo que está en juego”. ¿Qué es lo que está en juego? “Rusia puede ser derrotada en el campo de batalla este año”, cita con aprobación.
Esto es lo que está, en efecto, en la agenda de las potencias de la OTAN –el pasaje a una economía de guerra. Las compañías de armamentos necesitan órdenes de producción de largo plazo para satisfacer las necesidades de la guerra, porque, además, sus derivaciones (guerras en Medio Oriente o Asia-Pacífico) deben ser planificadas de antemano. Esto que vale para los grandes pulpos norteamericanos, lo es todavía más para Alemania, más próxima al territorio de guerra y con una base industrial armamentista relativamente menor. En simultáneo con estos planteos, el FMI ha reclamado la participación de China en las reestructuraciones de deuda de países en default, para no provocar una quiebra del FMI, si tuviera que tolerar el incumplimiento del pago de deuda de esos países con el organismo. La UE, por su lado, ha decidido contrarrestar la penetración de China en los países que han adherido a la Ruta de la Seda, como se llama a las inversiones internacionales de China en infraestructuras y en empresas asociadas. La guerra se sustenta en un escenario de gran crisis económica y política internacional.
La guerra de la OTAN guarda diferencias importantes con guerras mundiales precedentes. De un lado, porque Estados Unidos es la expresión de un imperialismo realmente mundial, que tiene subordinadas a las potencias menores. El pasaje de su época de ascenso a la de declinación, abraza a la economía mundial en su conjunto; no se manifiesta en el ascenso de un imperialismo rival. Del otro, porque Rusia y China participan de esta guerra, no como potencias cuyas estructuras sociales son el resultado de un período histórico de formación del capital financiero, sino como un intento tardío de llegar a ese estadio, sin estaciones intermedias, como resultado de la conversión de la propiedad estatal en privada y de la economía dirigida a una economía mercantil. Emergen en un cuadro internacional establecido, al que no concurrieron en su formación. De importadoras de enormes sumas de capital extranjero, la exportación de capital de esas economías y Estados, con posterioridad, choca con los límites de la economía mundial. En este proceso no han desarrollado un capital financiero independiente del Estado, lo que debe llevar a un choque mortal entre uno y otro, como ha venido ocurriendo. El imperialismo mundial no ha podido conquistar una base de apoyo en ese capital financiero advenedizo, a pesar de haberlo integrado como apéndice de la corriente financiera internacional. Estas contradicciones explosivas tienen lugar en el cuadro de una crisis extraordinaria del clima y de un arsenal de armas nucleares –ambos capaces de provocar un gigantesco paso atrás de la humanidad.
Hace dos décadas que Estados Unidos acerca su dispositivo militar a Rusia. El abandono unilateral por Washington del Tratado INF fue la última y temeraria vuelta de tuerca, acompañado de su construcción del escudo antimisiles en Polonia y Rumanía, que puede ser transformado en un sistema de ataque.
Ese cerco militar estadounidense busca el dominio y control definitivo sobre las antiguas repúblicas soviéticas, la voladura del proyecto ruso de cautelosa reintegración del espacio soviético, y la consolidación del poder militar norteamericano en el planeta, y no renuncia, incluso, al desmembramiento de la actual Rusia.
Durante mucho tiempo Estados Unidos alegó que el despliegue de su escudo antimisiles en Polonia y Rumanía servía para prevenir un ataque a Europa de Irán o Corea del Norte. Era una grosera mentira porque el objetivo siempre fue Rusia. Ahora, Estados Unidos está evaluando incluso el despliegue de misiles de medio alcance en Europa transformando los países del Este «en trampolín para el enfrentamiento con Rusia»: Europa puede estar ante un panorama que recuerda a la «doble decisión de la OTAN» de 1979, que llevó a Estados Unidos a desplegar 108 misiles Pershing 2 en la RFA, además de 464 misiles de crucero (160 en Gran Bretaña, 112 en Alemania Occidental, 96 en Italia, 48 en Bélgica y otros 48 en Holanda) y creó una gravísima situación en el continente.
En ese cerco militar a Rusia, Ucrania desempeña una función decisiva. Washington, tras levantar la ficción (inventada por sus servicios secretos) de una supuesta movilización masiva de tropas rusas para invadir Ucrania, alega esa «amenaza» para amenazar a Moscú con severas sanciones económicas y otras acciones. Rusia ha negado las informaciones difundidas por el Departamento de Estado sobre supuestas concentraciones de tropas en la frontera con Ucrania, y equipara las alarmas creadas artificialmente con el clima que preparó el ataque de la Georgia de Saakashvili a Osetia del sur en 2008. En noviembre de 2021, el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, denunció que diez bombarderos estratégicos estadounidenses ensayaron un ataque con armas nucleares contra Rusia, desde el oeste y en oriente, durante los ejercicios militares Global Thunder. En ese mismo mes, aviones militares norteamericanos realizaron más de treinta vuelos en las cercanías del espacio aéreo ruso, mientras proliferaban las acusaciones occidentales sobre la preparación de un ataque ruso a Ucrania, que Moscú considera el pretexto urdido para justificar el despliegue de más fuerzas militares de la OTAN en las fronteras rusas. Añadiendo alarmas y presión sobre Moscú, el Washington Post publicaba el 3 de diciembre de 2021 un documento de los servicios de inteligencia estadounidenses según el cual Rusia prepara un contingente de 175.000 soldados para «invadir Ucrania a principios de 2022», información confirmada después por la Casa Blanca.
Pocos días después, cazas rusos siguieron a aviones de guerra estadounidenses y franceses que volaban en el Mar Negro cerca del espacio aéreo ruso. En ese escenario de agitación y fakenews, los servicios secretos ucranianos filtraron a los medios de comunicación que Rusia ha desplegado casi cien mil soldados en la frontera común y que se dispone a atacar Ucrania a finales de enero o principios de febrero de 2022. Ni Estados Unidos ni Ucrania han sido capaces de mostrar una imagen de ese supuesto y enorme contingente militar ruso desplegado. Lanzando gasolina al fuego, Zelenski acusó a Rusia de estar tras un intento de golpe de Estado que iba a tener lugar el 1 de diciembre de 2021, y que supuestamente habrían desarticulado los servicios de seguridad ucranianos. Zelenski no facilitó información para avalar la grave acusación, revelándose como otro espantajo más para incrementar la tensión en la zona del Mar Negro: todo huele a intoxicación. Poco después, el Alto Representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea, Josep Borrell, emitía un comunicado exigiendo a Moscú que dejase de enviar ayuda humanitaria al Donbás, arguyendo que «agravaba el conflicto». Borrell no hizo ninguna mención a la utilización por Ucrania de drones turcos para atacar, en una violación flagrante porque su uso está explícitamente prohibido en los acuerdos de Minsk, ni tampoco al aumento de tropas ucranianas en el límite con el Donbás.
Aunque ha cedido la tensión en la frontera polaco-bielorrusa por la llegada de refugiados de Oriente Medio, Anthony Blinken ha llegado a afirmar que la crisis migratoria en la frontera polaco-bielorrusa era un plan urdido por Putin y Lukashenko para desviar la atención de la masiva movilización de tropas rusas en la frontera con Ucrania. En perfecta coordinación con las acusaciones de Washington y Bruselas, la agencia Bloomberg llegó a publicar un supuesto plan de ataque ruso a Ucrania desde tres puntos: Crimea, la frontera sur rusa y Bielorrusia. Estados Unidos quiere mantener un cinturón de inestabilidad en la periferia rusa, y la revuelta de Kazajastán es otro aviso.
Cuando terminaba 2021, el secretario del Consejo de Seguridad y Defensa Nacional de Ucrania, Alexéi Danílov, declaró, como si levantara acta notarial, que no se veían signos de «ninguna amenaza de agresión abierta por parte de Rusia», aunque en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores de los países de la OTAN, en Riga, Stoltenberg aumentó las alarmas afirmando que los países miembros «deben prepararse para lo peor en Ucrania», acusando a Rusia de «preparar una incursión militar». A su vez, Putin alertó sobre la posibilidad de que la OTAN instale misiles en Ucrania, lo que dejaría a Moscú a menos de diez minutos de recibir el impacto de un ataque nuclear.
En la primera sesión del Consejo Ministerial de la OSCE, Lavrov, tras su tensa entrevista con Blinken, denunció que la OTAN ha rechazado las propuestas de Moscú para evitar incidentes peligrosos mientras continúa acercando su dispositivo militar a las fronteras rusas. Pese a ello, en la conversación telefónica entre Biden y Putin del 30 de diciembre de 2021, el presidente norteamericano exigió que Rusia «retire sus tropas de la frontera ucraniana» y que Estados Unidos «respondería a una invasión con las más duras sanciones desde 2014». Biden aseguró que «Estados Unidos no tiene intención de desplegar armas ofensivas en Ucrania», aunque Estados Unidos y Rusia definen de forma distinta el concepto de «armas ofensivas». Putin exigió que la OTAN no incorpore a Ucrania y paralice su expansión, y que Estados Unidos y sus aliados no desplieguen armamento ofensivo en las antiguas repúblicas soviéticas.
La conversación de Biden y Putin apenas sirvió para que Estados Unidos continuase gesticulando con el peligro del «expansionismo ruso», mientras Rusia planteó ante la hipotética mesa de negociaciones la exigencia de que Ucrania no se incorpore a la alianza occidental y que tanto la OTAN como Estados Unidos retiren su dispositivo militar de las fronteras rusas: es una evidencia que Estados Unidos lleva equipos y tropas cerca del territorio ruso, y no al revés. Días después, Putin afirmó que Rusia respondería al nuevo despliegue militar estadounidense y de la OTAN en las fronteras rusas, y criticó la belicosidad de Estados Unidos recordando que «destruyó Yugoslavia e Iraq e invadió Siria» sin ningún derecho a hacerlo y sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU.
Rusia ha propuesto formalmente a Estados Unidos y la OTAN la firma de un Acuerdo de garantías de seguridad que incluya el compromiso de resolver pacíficamente las disputas, y que no realicen ejercicios militares en las cercanías de las fronteras rusas y en Ucrania, Europa oriental, Cáucaso y Asia central. También, que se excluya el despliegue mutuo de misiles terrestres de corto y medio alcance que puedan alcanzar el territorio de la otra parte. Además, Rusia exige el compromiso jurídico de la OTAN para detener su expansión y para excluir la integración de Ucrania, Georgia y otros países en la alianza occidental, y que los firmantes renuncien a emplazar armas nucleares fuera de su territorio, retornando las desplegadas en la actualidad. Para Moscú, la seguridad internacional es «indivisible», y propone que tanto Estados Unidos como Rusia se comprometan a no enviar bombarderos ni buques dotados de armamento nuclear a las proximidades del territorio de la otra parte.
Con consumada hipocresía, Estados Unidos reclama un orden mundial «basado en reglas», aunque ha violado sistemáticamente el derecho internacional y las resoluciones de la ONU, y pese a su historial bélico reciente y sus numerosas agresiones militares. Delegaciones de los dos países mantendrán contactos en Ginebra a partir del 10 de enero de 2022: Washington admite la apertura de esas conversaciones, pero es poco probable que acepte las propuestas rusas. Estados Unidos y la OTAN van a continuar hostigando a Rusia, incrementando la tensión internacional.
El fantasma que recorre Europa en estos días es la deflación, que volvió a aparecer por primera vez en cuatro años. Los precios al consumidor cayeron 0,2% anual en agosto, comparado con 0,4% positivo en julio. Según Eurostat, la deflación le pegó a 12 de los 19 países que conforman la eurozona e incluyendo a algunas de las economías más grandes, como Alemania, Italia, España. Portugal y Grecia. La revaluación del euro de los últimos dos meses es uno de los factores que está alimentando el fenómeno, abaratando los precios de los productos importados. Los precios de los servicios, que se contrajeron 0,7%, lideraron la presión a la baja del índice.
El temor a que se instale una espiral deflacionaria preocupa grandemente al Banco Central Europeo, que deberá tomar una decisión cuando se reúna el próximo 10 de septiembre. Ya en su última reunión de junio, el BCE dispuso inyectar más liquidez a la economía aumentando la compra de bonos de 750.000 millones a 1,35 billones de euros hasta 2021. Entonces, el BCE recalculó a la baja la tasa de inflación para 2020, hasta el 0,2%. Pero no esperaba que los precios descendieran aún más.
Los analistas esperan que Christine Lagarde, la presidenta del BCE, disponga un nuevo programa de compra de bonos por otro medio billón de euros, que se implementaría a partir de diciembre. De todos modos, a esta altura nadie espera gran cosa de la política monetaria: la economía europea ya está en una trampa de liquidez de la que solo la expansión fiscal podrá rescatarla.
Para eso se anunció a fin de julio el paquete de reconstrucción de 750.000 millones de euros, luego de saberse que el PIB de la eurozona se había hundido 15% en el segundo trimestre del año comparado con el mismo período de 2019 y del 12% contra el trimestre anterior. Hasta hace algunos días se esperaba un repunte del 8% en el tercer trimestre (comparado con el segundo). Pero la reaparición de importantes focos de contagio de coronavirus en España y Francia que obligaron a recortar una vez más la actividad económica, está haciendo dudar a muchos acerca de este pronóstico. El problema es que el gasto de los hogares no termina de despegar en la medida en que no se disipa la incertidumbre acerca del futuro de la pandemia y su impacto en la economía.
En Francia, por ejemplo, la tasa de ahorro de los hogares subió desde un promedio del 15% en 2019 a casi el doble, 27,4% a fin de junio pasado. Esto podría deberse a que, privados de la posibilidad de gastar dinero durante las cuarentenas, los consumidores estarían experimentando una suerte de ahorro involuntario. Si este fuera el caso, cuando regrese la plena normalidad, la
demanda contenida pegaría un fuerte salto. Pero también podría darse el caso de que los consumidores, inquietos por su futuro, estén ahorrando más voluntariamente para construir una red de seguridad para prevenir nuevos malestares en el futuro. Esto no anticipa nada bueno para la ansiada reactivación.
En cualquier caso, no es el único problema que atraviesa la economía europea. En una declaración muy comentada, el presidente del Deutsche Bank, Christian Sewing, alertó ayer durante una conferencia en Frankfurt, que la multiplicación de “empresas zombies” en Europa amenaza con convertirse en otro lastre para la recuperación de la economía. El fenómeno de la economía empresarial zombie ya lleva varios años y refleja en parte el impacto de las políticas monetarias extremadamente laxas que han permitido a los bancos mantener vivas a empresas técnicamente quebradas. Pero últimamente, el problema se ha agravado ya que la pandemia multiplicó las ayudas gubernamentales a las empresas.
Según Sewing, el ejército de muertos vivientes en Alemania podría alcanzar a una de cada seis empresas. La proliferación de empresas zombies preocupa en Europa porque su sector bancario sale a rescatar a firmas que están con el agua al cuello gracias al exceso de liquidez con la certeza de que el prestamista de última instancia, el BCE, saldrá a rescatar a los bancos en caso de ser necesario.
En Alemania, el fenómeno se agrava porque, como parte del rescate estatal a la economía, el gobierno dispuso en marzo una moratoria de seis meses en los concursos y quiebras. La semana pasada, los partidos de la coalición gobernante acordaron extender la moratoria, que vence a fin de septiembre, al menos hasta marzo de 2021. El año próximo hay elecciones en Alemania y nadie del gobierno quiere transitarlas en medio de una oleada de quiebras. De todos modos, la ministra de justicia, la socialdemócrata Christine Lambrecht, aclaró que la extensión del plazo sólo se concederá a empresas que debieron sobre endeudarse a consecuencia de la crisis del coronavirus.
Según Peter Altmeier, el ministro de economía alemán, el PIB se contraerá un 5,8% este año, mejorando con respecto a una estimación previa del 6,3%. “La recesión en la primera mitad del año no fue tan mala como temíamos y la recuperación desde el punto más alto de la cuarentena está ocurriendo más rápido y más dinámicamente de lo que nos atrevíamos a esperar”, dijo a los periodistas el martes.
Los empresarios son más cautelosos. Joachim Lang, presidente de la Federación de Industrias Alemanas BDI (Bundesverband der Deutschen Industrie) cree que la situación sigue siendo muy seria. Citado por el Financial Times, dijo: “En términos de producción y exportaciones, la industria está todavía muy por debajo de los niveles del año previo. La recuperación ha comenzado, pero se prolongará durante varios trimestres en muchas industrias”. Si esto es lo que se espera en la economía que es la locomotora de Europa, la economía del euro tiene todavía mucha tela para cortar.