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sábado, mayo 16, 2026

¿Qué podría causar una guerra entre Estados Unidos y China?

Joseph S. Nye Jr.

06/03/2021

Cuando el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, recientemente reclamó un reseteo de las relaciones bilaterales con Estados Unidos, un portavoz de la Casa Blanca respondió que Estados Unidos consideraba que la relación entre ambos países era de una fuerte competencia y que requería de una posición de fortaleza. Es evidente que la administración del presidente Joe Biden no está simplemente revirtiendo las políticas de Trump.

Algunos analistas, citando la atribución de Tucídides de la guerra del Peloponeso al miedo de Esparta a una Atenas en ascenso, creen que la relación entre Estados Unidos y China está entrando en un período de conflicto en donde se enfrentan un poder hegemónico establecido con un retador cada vez más poderoso.

Yo no soy tan pesimista. En mi opinión, la interdependencia económica y ecológica reduce la probabilidad de una guerra fría real, mucho menos de una guerra caliente, porque ambos países tienen un incentivo para cooperar en muchas áreas. Al mismo tiempo, un error de cálculo siempre es posible, y algunos ven el peligro de “caminar como sonámbulos” hacia la catástrofe, como sucedió en la Primera Guerra Mundial.

La historia está plagada de casos de percepciones erróneas sobre los equilibrios de poder cambiantes. Por ejemplo, cuando el presidente Richard Nixon visitó China en 1972, quería equilibrar lo que veía como una creciente amenaza soviética para un Estados Unidos en decadencia. Pero lo que Nixon interpretó como una decadencia era en verdad el retorno a la normalidad de una participación artificialmente alta de Estados Unidos en la producción global después de la Segunda Guerra Mundial.

Nixon proclamó la multipolaridad, pero lo que siguió fue el fin de la Unión Soviética y el momento unipolar de Estados Unidos dos décadas después. Hoy, algunos analistas chinos subestiman la resiliencia de Estados Unidos y predicen un predominio chino, pero esto también podría resultar un error de cálculo peligroso.

Lo que resulta igualmente peligroso es que los norteamericanos sobreestimen o subestimen el poder chino, y en Estados Unidos hay grupos con incentivos económicos y políticos para ambas cosas. Medida en dólares, la economía de China tiene dos tercios del tamaño de la economía estadounidense, pero muchos economistas esperan que China supere a Estados Unidos en algún momento en los años 2030, dependiendo de las proyecciones de tasas de crecimiento chinas y norteamericanas.

¿Los líderes norteamericanos admitirán este cambio de una manera tal que permita una relación constructiva o sucumbirán al miedo? ¿Los líderes chinos asumirán más riesgos, o los chinos y los norteamericanos aprenderán a cooperar en la producción de bienes públicos globales bajo una distribución cambiante del poder?

Recuerden que Tucídides atribuyó la guerra que desintegró al antiguo mundo griego a dos causas: el ascenso de una nueva potencia y el miedo que esto generó en el poder establecido. La segunda causa es tan importante como la primera. Estados Unidos y China deben evitar temores exagerados que pudieran crear una nueva guerra fría o caliente.

Aún si China supera a Estados Unidos y se convierte en la mayor economía del mundo, el ingreso nacional no es la única medición del poder geopolítico. China se ubica muy por detrás de Estados Unidos en poder blando y el gasto militar norteamericano es casi cuatro veces el de China. Si bien las capacidades militares chinas han venido aumentando en los últimos años, los analistas que miran cuidadosamente el equilibrio militar concluyen que China no podrá excluir a Estados Unidos del Pacífico occidental.

Por otro lado, Estados Unidos alguna vez fue la principal economía comercial del mundo y su mayor prestador bilateral. Hoy, China es el principal socio comercial de casi 100 países, comparado con 57 en el caso de Estados Unidos. China planea prestar más de 1 billón de dólares para proyectos de infraestructura con su Iniciativa Cinturón y Ruta en los próximos diez años, mientras que Estados Unidos ha recortado la ayuda. China ganará poder económico a partir del mero tamaño de su mercado, así como de sus inversiones y asistencia para el desarrollo en el exterior. El poder general de China en relación al de Estados Unidos probablemente aumente.

De todos modos, los equilibrios de poder son difíciles de juzgar. Estados Unidos conservará ciertas ventajas de poder en el largo plazo que contrastan con áreas de vulnerabilidad china.

Una es la geografía. Estados Unidos está rodeado de océanos y vecinos que probablemente sigan siendo amigables. China tiene fronteras con 14 países y las disputas territoriales con India, Japón y Vietnam marcan límites a su poder duro y blando.

La energía es otra área donde Estados Unidos tiene una ventaja. Hace diez años, Estados Unidos dependía de energía importada, pero la revolución del gas esquisto transformó a Norteamérica, que pasó de importar a exportar energía. Al mismo tiempo, China se volvió más dependiente de las importaciones de energía de Oriente Medio, que debe transportar por rutas marítimas que destacan sus relaciones problemáticas con India.

Estados Unidos también tiene ventajas demográficas. Es el único país desarrollado importante que, según se proyecta, conservará su posición global (tercero) en términos de población. Si bien la tasa de crecimiento de la población de Estados Unidos se ha desacelerado en los últimos años, no se volverá negativa, como en Rusia, Europa y Japón. China, mientras tanto, teme y con razón “volverse vieja antes de volverse rica”. India pronto la superará como el país más poblado, y su fuerza laboral alcanzó un pico en 2015.

Estados Unidos también sigue liderando en tecnologías clave (biotecnología, nanotecnología, información) que son centrales para el crecimiento económico del siglo XXI. China está invirtiendo fuertemente en investigación y desarrollo, y compite bien en algunos campos. Pero 15 de las 20 principales universidades de investigación del mundo están en Estados Unidos; ninguna en China.

Quienes proclaman la Pax Sinica y la decadencia de Estados Unidos no tienen en cuenta el rango total de los recursos de poder. La soberbia norteamericana siempre es un peligro, pero también lo es el miedo exagerado, que puede conducir a una reacción desmesurada. Igual de peligroso es el creciente nacionalismo chino que, combinado con una creencia en la decadencia norteamericana, lleva a China a asumir riesgos mayores. Ambas partes deben tener cuidado de no cometer errores de cálculo. Después de todo, en la mayoría de los casos, el mayor riesgo que enfrentamos es nuestra propia capacidad de error.

* Profesor de la Universidad de Harvard. Su último libro es Do Morals Matter? Presidents and Foreign Policy from FDR to Trump.

Fuente: https://www.perfil.com/noticias/opinion/que-podria-causar-una-guerra-entre-estados-unidos-y-china.phtml

La indefinición imperial contemporánea

Claudio Katz

24/01/2021

El imperialismo es un dispositivo de dominación con modalidades históricas cambiantes. Las variantes territoriales, comerciales e intermedias precedieron al imperativo capitalista del beneficio. Esa diferencia queda diluida en el modelo de sucesiones hegemónicas.

El imperialismo clásico estuvo más signado por la guerra que por transformaciones económicas. El modelo posterior liderado por Estados Unidos buscó sofocar revoluciones e impedir el socialismo. La impotencia norteamericana actual contrasta con la flexibilidad del antecesor británico.

Las mutaciones en el capitalismo contemporáneo no tienen correlatos imperiales equivalentes. El neoliberalismo trastocó el funcionamiento del sistema, pero el imperialismo continúa sin brújula. Serán definitorios el choque con el rival asiático y las resistencias populares.

El imperialismo es el principal instrumento de dominación del capitalismo. Este sistema exige despliegues militares, presiones diplomáticas, chantajes económicos y sojuzgamientos culturales. Un régimen social basado en la explotación necesita mecanismos de coerción, disuasión y engaño para proteger las ganancias de los poderosos. Los mismos instrumentos se utilizan para zanjar los conflictos entre las potencias rivales.

El imperialismo opera en distintas latitudes a través de múltiples dispositivos. Pero su dinámica ha presentado formas muy cambiantes en cada época. Una revisión histórica esclarece esa mutación y el sentido actual del concepto.

Variedad de modelos

Los imperios precedieron al capitalismo. Pero en los regímenes feudales, tributarios y esclavistas, los mecanismos de sujeción se asentaban en la expansión territorial o el control del comercio. En esa distinción se basa la conceptualización propuesta por la historiadora marxista Ellen Meiksins Wood.

Señala que Roma forjó un imperio de la propiedad cimentado en la coerción militar, el rédito de la esclavitud y la conquista de territorios. Gestó sistemas de gobierno que asociaban a las aristocracias de cada lugar, con procesos de colonización y administración de un espacio gigantesco. Ese imperio combinó la extensión de la propiedad privada con el poder militar y cohesionó a las elites locales romanizadas a través de una ideología asentada en la religión.

También España comandó un vasto imperio territorial, organizado en torno al otorgamiento de tierras a cambios de servicios militares. Los conquistadores asumieron el control pleno de poblaciones que fueron devastadas mediante el sobre-trabajo. Los emisarios de la Corona justificaban esa empresa con mensajes de cristiandad (Wood, 2003: 24-41).

Los imperios comerciales asumieron otro perfil. La variante árabe-musulmana vinculó a comunidades dispersas en una actividad común regida por leyes, códigos morales y culturas articuladas por los líderes religiosos de las elites urbanas.
En las ciudades italianas, el imperio comercial fue controlado por las aristocracias financieras que monopolizaban el intercambio, en el fragmentado universo feudal. El uso de mercenarios para perpetrar acciones militares ilustró esa prioridad del manejo mercantil. Holanda desenvolvió otra modalidad del mismo tipo comercial, dominando las rutas marítimas a través de grandes compañías. No buscaba tributos, tierras, o minerales, sino el manejo pleno de esas conexiones (Wood, 2003: 42-70).

Esta mirada destaca que ningún imperio comercial alcanzó un status capitalista. Se sostenían en ganancias surgidas del intercambio y en la consiguiente secuencia de comprar barato y vender caro. No incluían el principio básico de un proceso de acumulación, sostenido en la competencia por reducir costos mediante el aumento de la productividad. Sólo corporizaron distintas modalidades de imperios pre-capitalistas.

Este enfoque considera que Gran Bretaña inauguró el pasaje a las formas actuales del imperialismo, a través de prolongadas transiciones y distintos cursos. La expansión imperial inglesa en América Norte sintetizó esa combinación de formas que obstruían y propiciaban el capitalismo. En el primer tipo se inscribe la reintroducción de la esclavitud permanente y hereditaria en las plantaciones de algodón, a fin de abaratar la industrialización inglesa. En el segundo terreno se sitúa la introducción de reglas de la agricultura capitalista, mediante el traslado de colonos que consumaron la apropiación del Nuevo Mundo (Wood, 2003: 71-86).

Ese imperio de colonos -ensayando en el laboratorio de Irlanda- incorporó relaciones capitalistas en el agro americano, a través de la ocupación de tierras y el exterminio de la población indígena. En las trece colonias de Nueva Inglaterra emergió el principio de la competencia por ganancias surgidas de la explotación, que posteriormente se extendió a la acumulación industrial en las ciudades. Ese nuevo pilar del lucro (ya no comercial) fue introducido mediante una forma de colonialismo pro-capitalista.

Wood igualmente recuerda que el modelo inglés en otras regiones (como la India) adoptó las viejas modalidades del tributo. Comenzó como una empresa comercial y se extendió a la conquista territorial. Bajo la administración de una compañía privada forjó un lucrativo mercado para la industria británica a costa de los artesanos locales.

Esta interpretación postula, por lo tanto, que el imperialismo capitalista sólo emergió en el siglo XIX bajo la conducción inglesa, en mixturas con las formas arcaicas precedentes. Gran Bretaña combinó tres modalidades anticipatorias del imperialismo contemporáneo. Lideró formas de colonialismo (implantación de poblaciones en territorios conquistados), de imperio formal (dominación explícita sobre otras naciones) y de imperio informal (preeminencia a través de la supremacía económica).

Esa diversidad de variantes inglesas se verificó en sus dominios coloniales (Canadá, Australia), formales (India), informales (América Latina) e híbridos (África austral). Pero en general apuntaló el componente capitalista, mediante la expansión del libre-comercio a fin de asegurar la colocación de los excedentes fabriles.

El imperialismo capitalista ha sido categóricamente dominante en el siglo XX bajo el liderazgo de Estados Unidos. Esa potencia sólo atravesó por un breve periodo anexionista de imperio formal. Rápidamente internacionalizó los imperativos del capitalismo. Recurrió a cierta ampliación territorial en el hemisferio americano, pero en general prescindió de las colonias y privilegió los mecanismos de asociación y subordinación de las elites locales.

Wood resalta que esa forma de imperio puro del capital está regida por la lógica del beneficio. La ocupación del nuevo espacio es complementaria o prescindible. La vieja coerción explícita y transparente es reemplazada por las modalidades opacas e impersonales de tiranía económica.

El régimen social subyacente es el principal factor diferenciador de los distintos imperios. Las antiguas formas territoriales, comerciales e intermedias operaban en sociedades muy distintas al capitalismo contemporáneo.

Los ciclos hegemónicos

Otro modelo de dinámicas imperiales privilegia el concepto de hegemonía para distinguir variedades históricas. Indaga cómo se combinaron la coerción con el consenso y estudia de qué forma la supremacía económica empalmó con la expansión territorial y la superioridad geopolítica (Arrighi, 1999: 42-106).

Este esquema inscribe los imperios en una sucesión de ciclos sistémicos de acumulación desde el siglo XV, que mixturaron lógicas económicas de desarrollo productivo y control financiero, con lógicas territoriales de ventaja militar. Cada hegemonía implicó distintas primacías mundiales, en la era genovesa (1340-1560), holandesa (1560-1780), británica (1740-1870) y estadounidense (1930-2000?).

El primer ciclo de ciudades italianas irrumpió en los intersticios del sistema medieval. Privilegió el comercio de larga distancia mediante una asociación con el imperio hispánico-portugués. Ese modelo fue sucedido por la dominación holandesa, que innovó las estructuras estatales y las técnicas militares sin utilizarlas para el control territorial. Priorizó las redes financieras y los tejidos comerciales.

La hegemonía británica introdujo, en cambio, el componente territorial y aprovechó la nueva centralidad del Océano Atlántico, para forjar un imperio marítimo. Utilizó las ventajas de la insularidad y consolidó un novedoso estado-nación derrotando al adversario francés. Recurrió al implante de colonos y al uso de la esclavitud para construir una supremacía global asentada en el libre-comercio y la preeminencia industrial.

Estados Unidos conquistó la primacía mundial, luego de completar un desarrollo interno signado por el exterminio de los indígenas, la masificación de la esclavitud y el ingreso de los inmigrantes. Potenció el uso de gigantescos recursos naturales con provechosas estrategias proteccionistas. En la expansión militar de la frontera interna se gestaron los cimientos del gendarme planetario del siglo XX (Arrighi, 1999: 288-390).

Este modelo de sucesiones hegemónicas resalta la vigencia de normas capitalistas comunes a lo largo de cinco centurias. Diverge del enfoque de Wood, centrado en la existencia de basamentos sociales diferenciados en los regímenes tributarios, feudales y capitalistas. En este esquema sólo Inglaterra (con formas intermedias) y Estados Unidos (con plenitud) se amoldan al último casillero.

La principal ventaja del abordaje de Wood radica en su distinción de los distintos imperios, en función de nítidas definiciones del capitalismo. Este sistema se basa en la competencia por beneficios surgidos de la explotación de los asalariados y no en la preeminencia de circuitos de intercambios. Por esa razón las ciudades italianas y Holanda encabezaron variedades de imperios comerciales y sus contrapartes de Roma o España conformaron modalidades territoriales. El capitalismo estuvo ausente en los dominios asentados en el liderazgo mercantil o la primacía espacial.

Los imperios de los últimos dos siglos no se distinguieron de sus precursores por la magnitud de las transacciones comerciales. Ese tipo de operaciones se ha verificado en todos los sistemas de los últimos dos milenios. Las diferencias tampoco derivan de la vigencia de modalidades estatales multinacionales (Gran Bretaña) o continentales (Estados Unidos), frente a los acotados precursores citadinos (Génova) o protonacionales (Holanda). Roma y España ya contaron con estructuras estatales gigantescas.

La novedad del imperio inglés fue la introducción de un soporte singular del beneficio industrial, que Estados Unidos amplificó posteriormente. Esta peculiaridad queda borrada si se razona con modelos de acumulación mundializados desde el siglo XV.

Es cierto que los distintos imperios no dominaron sólo a través de la fuerza. La hegemonía fue igualmente decisiva. Pero la variedad de ideologías obedeció a la vigencia de cimientos sociales diferenciados. La codicia por beneficios surgidos del intercambio (Génova y Holanda) se asentó en pilares muy distintos a la ambición de lucros derivados del imperativo de la inversión (Inglaterra y Estados Unidos). Si la especificidad de cada ciclo es analizada observando esos pilares, queda despejado el camino para comprender las formas antiguas y contemporáneas de dominación.

El período clásico

La era del imperio informal iniciada en 1830 -con dominio inglés del libre comercio- quedó cerrada en 1870 con la reinstalación de un escenario bélico. Ese retorno a la conflagración entre las principales potencias generalizó el uso del término imperialismo. Esa noción fue expuesta por teóricos como Hobson, que contrastaban el nuevo clima de confrontación mundial con la era previa de equilibrios pos-napoleónicos (Hobson, 1980).

En ese nuevo marco todas las potencias intentaron renovar sus credenciales en el campo de batalla. Las rezagadas (Alemania) ambicionaban el ensanche de su territorio para erigir un imperio formal. Las ascendentes (Estados Unidos) ya poseían una estructura económica privilegiada y preparaban el reemplazo del decaído líder inglés. La efervescencia militarista, la agresividad racista y la intolerancia chauvinista condujeron al tendal de muertos de la Primera Guerra mundial (Arrighi, 1978: cap 3).

Los nuevos imperios (Alemania, Japón, Estados Unidos) guerreaban en alianzas o disputas con sus precedentes (Francia, Inglaterra) por el control del mercado mundial, en desmedro de los imperios en extinción (Holanda, Bélgica, España, Portugal). Dirimían con protecciones y áreas monetarias el reparto de la periferia.

La teoría del imperialismo clásico que postuló Lenin aportó la principal conceptualización de ese período de traumáticas guerras interimperialistas y estallidos revolucionarios. El líder bolchevique atribuía esas conflagraciones a la competencia por mercados externos y fuentes de abastecimiento, en un escenario de posesiones coloniales ya repartidas entre las viejas potencias. La compulsión a disputar esos territorios reforzaba los desenlaces bélicos y reducía los márgenes de convivencia diplomática.

Partiendo de esa caracterización Lenin escribió un folleto político, que polemizaba con la expectativa socialdemócrata de evitar la guerra con propuestas de desarme y cooperación entre potencias rivales. El dirigente comunista objetaba esos planteos señalando que el militarismo no era una política equivocada de los capitalistas, sino el cruel resultado de la competencia por el beneficio.

El líder ruso subrayaba la inutilidad de la persuasión pacifista, cuando los acaudalados se disponían a resolver sus diferencias en las trincheras. Remarcaba que el curso militarista obedecía a tendencias objetivas y a decisiones estratégicas de los poderosos. En la coyuntura bélica de ese momento, resaltaba el predominio de la rivalidad sobre la asociación internacional, en las relaciones entre grandes empresas capitalistas (Lenin, 2006).

El dirigente de la revolución rusa registró con gran realismo las principales contradicciones de su época, frente a las utópicas expectativas de sus críticos. Propició políticas internacionalistas de resistencia a la inmolación de los reclutas y señaló que la paz debía conquistarse en una lucha simultánea contra el capitalismo.

En nuestra interpretación de ese enfoque hemos resaltado esa función política del texto de Lenin en el contexto omnipresente de la guerra. Destacamos ese sentido frente a otras interpretaciones centradas en los aspectos económicos de ese influente libro (Katz, 2011:17-32).

En este último terreno la concepción de Lenin reformulaba la visión expuesta por Hilferding. Resaltaba la existencia de un viraje general hacia el proteccionismo y la creciente gravitación de banqueros, que subordinaban a sus pares del comercio y la industria. También remarcaba la novedosa gravitación de los monopolios por la creciente escala de las empresas y la preeminencia de la exportación de capitales, como forma de absorber las ganancias gestadas en la periferia.

El debate entre marxistas sobre la pertinencia estas caracterizaciones persiste hasta la actualidad. Varios teóricos resaltan su inadecuación para el período de entre-guerra (Harvey, 2018), otros señalan la exageración en el rol del monopolio y la acotada relevancia de exportación de capital (Heinrich, 2008: 218-221). Algunos también destacan la extrapolación de rasgos de la economía alemana al resto de las potencias (Panitch, 2014).

Estas objeciones aluden a problemas efectivamente presentes en la teoría del imperialismo clásico, pero de escasas implicancias en su formulación original. A Lenin le interesaba demostrar cómo ciertos desequilibrios económicos desembocaban en conflagraciones inter-imperialistas. Analizaba de qué forma cada rasgo productivo, comercial o financiero de la nueva época acrecentaba las rivalidades dirimidas bajo el fuego de los cañones.

La función primordial de su texto era política. Por eso convergió en la batalla contra el militarismo con los revolucionarios que objetaban su mirada económica (Luxemburg). Y por el contrario chocó con pensadores que compartían su enfoque sobre los cambios financiero-productivos, desde la vereda opuesta del reformismo (Hilferding). El tono polémico de sus escritos no estaba referido al proteccionismo, la hegemonía financiera o los monopolios, sino a la actitud de los socialistas frente a la guerra.

Otro gran equívoco ha rodeado a la evaluación leninista del imperialismo como “etapa final” del capitalismo. El dirigente comunista efectivamente apostaba a una respuesta popular revolucionaria frente al desangre bélico, que pusiera fin a la tiranía mundial del lucro. El debut del socialismo en Rusia corroboró la validez de esa expectativa.

El curso posterior de la historia desembocó en otro resultado y el período analizado por Lenin derivó tan sólo una etapa clásica de los imperios capitalistas. Logró percibir la singularidad de una fase que podría haber cerrado la vigencia histórica del capitalismo. Pero los acontecimientos posteriores no condujeron a esa extinción.

Los cambios de posguerra

El fin de las confrontaciones bélicas entre potencias rivales diferencia al imperialismo de la segunda mitad del siglo XX de su precedente clásico. Persistieron los enfrentamientos pero sin conflagraciones generalizadas. Los choques no se extendieron a la esfera militar y prevaleció una administración geopolítica más concertada. El monumental arsenal bélico de Occidente fue en general utilizado para afianzar el despojo de la periferia.

La gestión del nuevo modelo bajo el mando de Estados Unidos incluyó una novedosa modalidad de imperialismo colectivo. La solidaridad militar occidental empalmó con la creciente asociación económica internacional entre firmas de distintas procedencias. La empresa multinacional se expandió y el proteccionismo perdió peso, frente a las presiones librecambistas desplegadas por las compañías que antecedieron a la globalización.

La dimensión de los mercados, la diversificación de los abastecimientos y la escala de la producción fueron determinantes de este nuevo escenario. La compulsión a reducir costos y aumentar la productividad afianzaron las alianzas entre firmas. A diferencia del período precedente esa interconexión no quedó restringida a compañías de la misma nacionalidad (Amin, 2013).

Pero como esa internacionalización de la economía no tuvo correspondencia directa en el plano estatal, el imperialismo continuó asentado en las viejas estructuras institucionales. Ninguna entidad global aportó los sistemas legales, las tradiciones sociales y la legitimidad política requerida para asegurar la reproducción global del capital.

La supremacía de Estados Unidos fue abrumadora y el imperialismo de ese período quedó identificado con su impronta. La OTAN se forjó bajo la conducción del Pentágono y las Naciones Unidas se localizaron en Nueva York. Ese predominio reflejó una superioridad económica que se estabilizó con la neutralización de los rivales. La vieja demolición de los competidores derrotados fue sustituida por el sostén de su reconstrucción bajo el mando del triunfador. Estados Unidos introdujo un sistema de alianzas subalternas para contrarrestar el resurgimiento de sus adversarios.

La primera potencia actuó como un sheriff global. Protegió a todas las clases dominantes de la insurgencia popular y la inestabilidad geopolítica. Por el cumplimiento de ese rol obtuvo financiamiento externo para sostener el dólar y los Bonos de Tesoro. El Pentágono fue el soporte estructural de Wall Street.

A diferencia del imperialismo clásico, las clases dominantes del Primer Mundo aceptaron ese padrinazgo militar. Por eso la seguridad colectiva sustituyó a la defensa nacional como principio rector de la intervención armada. Washington estableció vínculos privilegiados con las principales elites del planeta y universalizó su ideología de celebración del mercado y exaltación del individualismo.

La principal función del imperialismo de posguerra fue contener la oleada revolucionaria y el peligro del socialismo. Las bases norteamericanas se afincaron en todo el planeta para contrarrestar los levantamientos populares en América Latina, África y Asia.

La guerra fría contra la URSS fue otro componente decisivo de esa acción. Alineó a todas las clases capitalistas en una estrategia de tensión con el bloque socialista. Esa confrontación fue cualitativamente distinta a los choques inter-imperiales del pasado por la ausencia de primacía burguesa en la Unión Soviética.

El sistema de ese país no estaba comandado por una clase dominante, propietaria de los medios de producción y guiada por la meta de acumular capital. La burocracia gobernante defendía sus propios intereses y buscaba una coexistencia con Washington, para zanjar disputas en las áreas de influencia. Pero no actuaba con el patrón imperial de someter territorios para acrecentar las ganancias. El acoso de la URSS fue determinante del militarismo de posguerra y el fin de ese régimen inauguró la etapa actual de imperialismo del siglo XXI.

Comparación con el antecedente británico

En las últimas cuatro décadas se registró un cambio radical en el rol internacional de Estados Unidos. Una persistente crisis de conducción ha sucedido a la indiscutible primacía norteamericana de posguerra. Muchos autores destacan la semejanza de trayectorias declinantes con el precedente inglés (Roberts, 2016: 39-40). Señalan los parecidos en la gestión monetaria y la acción política.

Ambas potencias conformaron los únicos imperios capitalistas globales. En ese casillero no clasificaron los dominadores pre-capitalistas (Roma, España, Países Bajos) y no capitalistas (Unión Soviética). Otros imperios fallidos (Francia) o derrotados (Alemania, Japón) nunca lograron preeminencia planetaria.

El estatus mundial dominante de la dupla anglo-americana se asentó en la superioridad militar e incluyó también la economía, las finanzas y la cultura. Ambas potencias lograron supremacía industrial y captura de los flujos financieros. Ejercieron, además, una influencia intelectual arrolladora que se verificó en la universalización del inglés como lengua franca.

Pero el Reino Unido se distinguió de su par transatlántico por su capacidad de adecuación al repliegue. Exhibió una flexibilidad que Estados Unidos ni siquiera ha insinuado (Hobsbawm, 2007: cap 3).

El tamaño ha incidido en esa disparidad. En la limitada superficie de las islas británicas primó la emigración y en la inmensidad del territorio norteamericano prevaleció la recepción de pobladores. Mientras que Inglaterra debió conquistar otras regiones para disputar preeminencia, Estados Unidos se desenvolvió con la llegada de familias desposeídas. Basó su desarrollo en la tierra y no en incursiones marítimas externas. Mantuvo ciertos parecidos con la expansión de la vieja Rusia hacia las estepas desde el núcleo central moscovita. Recurrió, además, a un modelo auto-céntrico asentado en el mercado interior y sólo actuó a escala mundial, cuando maduró su proceso endógeno de acumulación. En ese momento ingresó en la batalla por el liderazgo imperial.

Pero esa ventaja de tamaño ha sido en un arma de doble filo. Permite pugnar con rivales equivalentes en el plano territorial (China), pero obstruye la adaptación que demostró su antecesor a un lugar más apto para continuar la carrera competitiva.
Esa carencia de flexibilidad norteamericana también deriva de su modelo industrial. Estados Unidos forjó la empresa verticalmente integrada, con estructuras burocráticas acordes a su monumental mercado interno. Por el contrario, Inglaterra se transformó en el primer taller del mundo -con abastecimiento externo y demandas de clientes foráneos- utilizando empresas altamente especializadas y flexibles (Arrighi, 1999: 288-322).

Cuando las transformaciones del capitalismo mundial afectaron la competitividad de ese modelo, Gran Bretaña relegó la industria renovando su primacía en el comercio y las finanzas. El viejo fabricante se reconvirtió en un nuevo centro de la intermediación y la banca. Estados Unidos no ha querido (o podido) emular esa mutación. Preserva una industria en desventaja, enraizada en la dimensión continental del país y ensaya dudosas incursiones en la esfera transnacional. Ha intentado compensar el repliegue fabril con la preeminencia de la moneda, las finanzas y la tecnología. Pero afronta déficits comerciales y desbalances de endeudamiento de mayor porte que su antecesor.

La inflexibilidad norteamericana frente a la plasticidad británica tiene notorios determinantes militares. Estados Unidos ha forjado una estructura bélica que supera cualitativamente a Inglaterra. Asumió un rol de protección del capitalismo mundial que los británicos nunca adoptaron. Ese inédito poder reduce la capacidad de maniobra para tantear renunciamientos en el escenario multipolar contemporáneo.

Gran Bretaña conocía sus límites para mantener el liderazgo mundial y se resignó a la pérdida del imperio durante la descolonización. Estados Unidos tiene cerrados los senderos para repetir esa retirada. Por esa razón se embarca una y otra vez en infructuosos operativos de recomposición de su liderazgo.

Inglaterra pudo procesar su salida del primer plano sin renunciar al intervencionismo externo. Ha participado en incontables operativos militares desde 1945 y mantiene 145 dispositivos bélicos en 42 países (Pilger, 2020). Incluso encaró con Thatcher incursiones navales de reconquista colonial (Malvinas), para apuntalar su arremetida interna contra la clase obrera y los sindicatos.

Pero esas acciones se enmarcan en la asociación con el sustituto imperial norteamericano. Por eso el corolario del operativo militar contra Argentina derivó durante el mando de Blair, en el mayor acompañamiento subordinado a las guerras de Estados Unidos (Balcanes, Afganistán, Irak) (Anderson, 2020).

Washington no puede emular ese curso británico de acciones militares secundarias y complementarias del líder imperial. Ningún socio lo reemplaza en su papel preeminente y en la función global que continua ejerciendo.

Estas diferencias inciden en la variable aplicación del concepto de imperio informal. Esa noción calzaba plenamente con el Reino Unido, pero tiene una cuestionable pertinencia para el caso norteamericano. Estados Unidos no dominó desde la posguerra sólo con primacía económica. Instrumentó un chantaje militar sin precedentes. Es cierto que nunca asentó su poderío en la ocupación, ni construyó dominios o áreas de colonización. Pero hizo valer como nadie su poder de fuego.
Gran Bretaña no lideró cruzadas de todo el capitalismo contra las revoluciones populares o las amenaza del socialismo. Por eso se adaptó al contexto poscolonial a cambio de acuerdos económicos favorables. El Pentágono maneja el mayor arsenal de la historia y tiene vedado ese curso.

El reemplazo imperial concertado que siguió el modelo anglo-americano no se aplica al escenario actual de tensión con China. Por esa razón Estados Unidos necesita renovar su primacía con exhibiciones de fuerza, afrontando resultados cada vez más adversos.

Finalmente también gravitan las peculiaridades ideológicas de ambas potencias. Aunque en su momento de mayor gloria Inglaterra administró una cuarta parte del planeta, siempre defendió sus intereses económicos en forma explícita. Invocó ciertamente un designio de “civilización”, pero más bien recurrió a mensajes de superioridad nacional, basados en algún mito fundador de su propia historia. No abusaba de mandatos de salvación de los subordinados de ultramar.

Estados Unidos se forjó en cambio como una nación sin raíces milenarias y expandió su dominación con ideologías universalistas. Siempre enmascaró su acción imperial con alegatos de socorro de la humanidad. Ese auto-engaño no sólo contrasta con la flexibilidad británica. Potencia todos los ingredientes de megalomanía que atascan a Washington en un callejón sin salida. Habrá que ver si ahora extiende ese impasse a Inglaterra, o si por el contrario el Brexit encarna otro episodio de la flexibilidad británica para amoldarse a una nueva era.

Dos mutaciones diferentes

Los tres modelos de imperialismo que rigieron desde el siglo XIX estuvieron estrechamente conectados con el funcionamiento del capitalismo de cada época. Pero ambas dimensiones no están sujetas al mismo patrón de transformación. El imperialismo asegura la continuidad del sistema y cumple un rol protagónico en las grandes crisis. Pero opera tan sólo como un mecanismo de protección de ese basamento. No constituye como el capitalismo un modo de producción o una estructura definitoria de las reglas imperantes en la sociedad.

Es importante reconocer estas diferencias entre el sistema y sus dispositivos, para notar cómo el imperialismo se amolda a cada período histórico del capitalismo. No conforma una de esas etapas. Sólo adapta sus modalidades a los cambiantes requerimientos del sistema. El capitalismo siempre incluyó modalidades coloniales o imperiales y ha utilizado cambiantes formas de opresión para ejercer su predominio a escala creciente.

Por esa razón es tan relevante la dimensión geopolítica y militar del imperialismo. Permite comprender cómo afronta el capitalismo sus propias crisis y de qué forma responde a las resistencias populares y a los desafíos revolucionarios.

El imperialismo presenta contornos económicos e ideológicos afines a la modalidad prevaleciente del capitalismo, pero su impronta específica está signada por el aspecto bélico. La identificación corriente del término con la guerra, las ocupaciones y las masacres expresa una acertada percepción de su significado. Es también adecuado el registro del alcance internacional de sus acciones.

Ciertamente existe una faceta económica peculiar del imperialismo que debe ser estudiada en forma específica. Esa indagación condujo a importantes hallazgos en las últimas décadas. Se demostró cómo los capitalistas del centro se apropian de los recursos de los países subdesarrollados.

El análisis de ese despojo corrobora la gravitación contemporánea del imperialismo, pero involucra tan sólo un componente del fenómeno. Las principales firmas de los países avanzados capturan rentas y ganancias de la periferia, a partir de la dominación geopolítico-militar que ejercen sus estados a nivel global. El epicentro del imperialismo se localiza en ese control. Antes de indagar los complejos laberintos de economía imperial hay que clarificar esos pilares bélicos y estatales del dispositivo. Por esa razón hemos comenzado por esa dimensión nuestra evaluación del imperialismo del siglo XXI.

La comprensión de ese dispositivo requiere esclarecer las transformaciones económicas recientes del capitalismo. Se necesita clarificar los cambios operados en la dinámica de la plusvalía, la acumulación y la tasa de ganancia. La evaluación inicial del imperialismo transita en cambio por otro camino. Antes de indagar las inversiones externas, los términos de intercambio o las tasas diferenciales de explotación hay que determinar quién y cómo ejerce la dominación geopolítico-militar a nivel global.

Estas diferencias de análisis en el estudio del capitalismo y del imperialismo se verifican en los disimiles resultados de ambas indagaciones. Mientras que las transformaciones registradas en el primer sistema están a la vista, los cambios en el segundo dispositivo no han quedado aún definidos. Son dos procesos sujetos a modificaciones de distinta índole.

El capitalismo contemporáneo ha mutado en forma radical bajo el impacto del neoliberalismo, la globalización, la digitalización, la precarización y la financiarización. Esas transformaciones no tienen correlato directo en el imperialismo. Los cambios en ambos planos se desenvuelven a un ritmo diferenciado. La mutación económica es drástica y sus manifestaciones geopolíticas son difusas. El capitalismo del siglo XXI es totalmente diferente a su precedente de posguerra y el imperialismo actual mantiene muchas áreas de continuidad con el modelo anterior. Esa asimetría presenta numerosas evidencias.

Transformaciones categóricas

El capitalismo actual emergió de la gran crisis de los años 70. Esa convulsión quedó cerrada en el nuevo modelo que encarnó el neoliberalismo. Desde ese momento ha predominado un bajo crecimiento en Occidente y una significativa expansión de Oriente, que no alcanza para motorizar la economía mundial. El descenso de Estados Unidos y el ascenso de China -en un marco de reducido incremento del PBI global-sintetizan ese escenario (Katz, 2020).

La globalización ha impactado en todas las áreas del sistema. Modificó la geografía industrial, mediante el desplazamiento de la producción hacia el continente asiático. Esa región se convirtió en el gran taller del planeta, en desmedro de la vieja primacía fabril de Europa y Estados Unidos. Este giro se asienta en el incremento de la explotación de los trabajadores y en un novedoso proceso de internacionalización productiva, con significativos correlatos comerciales y financieros.

La mundialización de la economía introdujo un creciente acortamiento de tiempos en la actividad productiva. Afianzó el protagonismo de las empresas transnacionales, a través del desdoblamiento internacional del proceso de fabricación.

Profundizó una nueva división global del trabajo, que apuntala modelos orientados por las exportaciones y articulados por las cadenas globales de valor. Estos circuitos potencian el peso de los bienes intermedios, consolidan la especialización vertical, la subcontratación, la deslocalización de las inversiones y la fragmentación de los insumos.

Ese drástico cambio del perfil productivo profundizó a su vez la subdivisión de la vieja periferia, en un grupo de países emergentes que se industrializa y otro que actualiza el viejo patrón de exportación de bienes primarios.

La nueva globalización productiva también se asienta en la revolución informática que alumbró el capitalismo digital. Esa mutación repite muchas características de procesos análogos de transformación tecnológica radical, que se verificaron desde el siglo XIX.

La revolución informática facilitó el abaratamiento de la fuerza de trabajo y de los insumos, mediante una significativa reducción del costo del transporte y las comunicaciones. Amplió el campo de negocios para inversiones multimillonarias en procesos de digitalización, que modificaron el ranking de las grandes firmas. Las empresas de alta tecnología lideran las ganancias y marcan el paso a todos los actores del sistema.

Esas transformaciones afianzan, además, un nuevo escenario laboral signado por la precarización, la inseguridad y la flexibilización. Los capitalistas instrumentan esos atropellos aprovechando las enormes reservas de fuerza de trabajo disponible a nivel global. Utilizan el recurso de trasladar plantas hacia regiones con sindicatos inexistentes, debilitados o proscriptos, para crear un clima de temor a la pérdida del empleo. La reconversión de los puestos de trabajo está condicionada por esa monumental remodelación geográfica de la industria y los servicios.

El proceso laboral registró, además, una diferenciación interna entre actividades de diseño, elaboración y fabricación, que trastocó todos los estándares del trabajo manual y mental. Las identidades laborales quedaron drásticamente afectadas por esa reestructuración.

La financiarización constituye otra mutación visible del capitalismo contemporáneo. No involucra sólo el gigantesco incremento de los activos financieros. Incluye significativas modificaciones cualitativas en la autofinanciación de las empresas, la titulación de los bancos y la gestión familiar de las hipotecas y las pensiones. Las convulsiones que genera esa expansión del universo financiero se entrelazan con conmociones derivadas del deterioro del medio ambiente.

La valorización capitalista socavó durante centurias los basamentos materiales de la reproducción económica. Pero el desastre ambiental de las últimas décadas tiende a quebrar los equilibrios ancestrales, que permitieron construir sociedades basadas en el intercambio con la naturaleza. Si el calentamiento global continúa profundizando la huella ecológica, el descalabro en ciernes dejará muy atrás a todas las convulsiones conocidas.

La debacle ambiental presenta ciertas semejanzas con la demolición generada por las dos guerras mundiales del siglo pasado. Se han forjado tendencias destructivas que escapan al control de los propios capitalistas y pueden desembocar en desastres sin retorno.

Estos peligros emergen periódicamente a la superficie a través de las crisis capitalistas del siglo XXI. Esas eclosiones no provienen de arrastres anteriores. Irrumpen como estallidos de los mercados a partir de las burbujas generadas por la financiarización. La convulsión del 2008 fue ilustrativa de esa variedad de desajustes. Comenzó con el impago de los deudores subprime y derivó en un traumático colapso de operaciones interbancarias.

Estas crisis difieren significativamente de las prevalecientes en los años 30. Ya no están signadas por la deflación y las quiebras bancarias. En la dinámica contemporánea perdura el rescate estatal de los bancos y la combinación de expansión monetaria con austeridad fiscal. Esa secuencia confirma el carácter perdurable del intervencionismo estatal.

Cuando esas crisis financieras precipitadas por la especulación con títulos y monedas alcanzan intensidades mayúsculas, emergen también los desequilibrios productivos subyacentes. La vieja y conocida sobreproducción es la principal causa de esas convulsiones, pero asume otra escala en la economía mundializada.

Nuevas modalidades de sobreproducción global itinerante impactan sobre todas las cadenas de valor. Esas tensiones desbordan la tradicional disputa entre potencias por la colocación de las mercancías sobrantes y provocan turbulentos procesos de desvalorización del capital.

Las mutaciones en el poder de compra acrecientan a su vez el efecto de esas crisis contemporáneas. La vieja norma de consumo estable ha sido reemplazada por modalidades de adquisición más imprevisibles y la erosión del poder adquisitivo profundiza el deterioro de los ingresos y la inseguridad laboral. Esa retracción del consumo corona la espiral de contradicciones del capitalismo actual.

Este repaso de los cambios en el funcionamiento y en las tensiones de ese sistema ilustra la enorme envergadura de las mutaciones registradas. El capitalismo del siglo XXI es radicalmente diferente a sus precedentes de la centuria pasada.

Alteraciones inciertas

Las transformaciones en la esfera imperial no presentan la misma contundencia que las modificaciones en el capitalismo. En el primer terreno se verifica una crisis signada por el reiterado fracaso del proyecto estadounidense de recuperación del liderazgo mundial.

La correlación que imperaba entre el capitalismo librecambista y la supremacía inglesa en el siglo XIX o entre el capitalismo intervencionista y la primacía norteamericana en la centuria posterior, no se verifica en la actualidad. El capitalismo globalizado, digital, precarizador y financiarizado se desenvuelve sin un comando geopolítico-militar. Estados Unidos no logra dirigirlo, ni tiene reemplazantes a la vista.

La primera potencia persiste como el gendarme del sistema. Con un presupuesto bélico gigantesco domina los mares, controla los cielos y maneja las redes informáticas. Todavía resuenan los ecos de la mortífera advertencia que emitió con el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón y los efectos de las sangrientas incursiones aéreas de las últimas décadas.
Pero ese poder ha quedado socavado por las limitaciones de una potencia corroída por crisis internas, que paralizan su función directriz de la política global. La OTAN subsiste como un mastodonte afectado por agudas divergencias de financiación. La norma de viejos imperios subordinados en forma sigilosa (Inglaterra) o conflictiva (Francia) perdura, pero cada potencia busca su propia reubicación global tomando distancia de la obediencia a Washington.

Estados Unidos se apoya en ramificaciones regionales para sostener su poder global. Incentiva el colonialismo tardío de Israel para controlar el Medio Oriente y acrecienta el arsenal de Australia para custodiar Oceanía. Mantiene el acompañamiento de Canadá a sus operaciones y consolida las bases de Colombia para auditar a América Latina. Sus misiles de Europa del Este apuntan contra Rusia y el armamento provisto a Japón y Corea del Sur amenaza a China.

¿Pero qué capacidad demuestra Washington para imponer su agenda a esta red de socios, apéndices o vasallos? En las últimas décadas ha fallado en todas las regiones. Mantiene la misma primacía formal de posguerra en un escenario radicalmente opuesto. Exhibe un poder bélico descomunal, sin la cohesión requerida para hacer valer esa fuerza.

Por esta razón el imperialismo del siglo XXI no presenta una fisonomía definida. Es una categoría en gestación, que sólo adoptará un contorno nítido cuando la crisis de Estados Unidos alcance un punto de resolución.

Convulsiones a la vista

Los estudios sobre el imperialismo florecieron durante la centuria pasada y disminuyeron drásticamente al comienzo del nuevo milenio. La propia utilización del término quedó excluida del vocabulario corriente de las Ciencias Sociales. El neoliberalismo y la globalización monopolizaron la atención de los analistas y dominaron todas las reflexiones sobre el capitalismo contemporáneo.

La escalada de guerras regionales, el drama de los refugiados y el impacto del terrorismo reintrodujeron el interés por el tema. Los interrogantes sobre el imperialismo quedaron asociados a la evaluación del alicaído intento estadounidense de recuperar primacía.

En la década pasada esa indagación incluyó una generalizada revitalización del término imperio. Pero ese cambio de lenguaje no modificó la sustancia del problema. En los hechos resulta indistinto el manejo de las dos denominaciones. Imperialismo e imperio encajan por igual en el rol que desenvuelve Estados Unidos. Desde la posguerra ya no opera como un contrincante más en el tablero interimperialista y tampoco devino en un imperio único de todo el sistema.

La primera potencia no ha confrontado en términos bélicos con rivales equivalentes y tampoco incorporó a su entramado a las principales clases dominantes o estados de planeta. Se ubicó en la cima de una estructura asociada de imperialismo colectivo.

Como ese dispositivo se encuentra en plena de remodelación, su tipificación en plural (imperialismo) o en singular (imperio) no aporta ninguna clarificación. El sistema de dominación mundial actual no se asemeja a la era clásica de batallas innterimperiales, ni tampoco consagra un centro exclusivo de gestión global.

Otras aplicaciones más valorativas de imperio e imperialismo afrontan más inconvenientes. Suelen ponderar o denigrar las modalidades de la gobernanza mundial. En las Ciencias Políticas convencionales el primer término es sinónimo de orden y el segundo de confrontación. Ambos sentidos eluden indagar la conexión de esas variantes con el funcionamiento del capitalismo o con las necesidades de las clases dominantes.

Todos los interrogantes que genera el imperialismo del siglo XXI han cobrado otra dimensión desde el shock generado por el Gran Confinamiento del 2020. La crisis de la pandemia ha puesto de relieve la magnitud de los cataclismos naturales que potencia el capitalismo. El coronavirus constituye una señal de alarma de la catástrofe en ciernes si no se logra atemperar el cambio climático.

La paralización mayúscula de la economía y el inédito socorro estatal para evitar la depresión, confluyeron el año pasado con la contracción del ingreso de los trabajadores, la ampliación de la precarización laboral y la consolidación de la desigualdad. La pandemia ha retratado el funcionamiento de un sistema asentado en la opresión. Ese régimen no podría subsistir sin la protección que brinda el imperialismo a los dominadores.

Ese dispositivo cumple numerosas funciones, pero prioriza el sometimiento de los trabajadores. Es un mecanismo construido para lidiar con las resistencias populares masivas. El imperialismo incluye la intervención militar contra esos levantamientos y el fomento de la guerra entre los propios desposeídos para desviar el descontento popular.

Las grandes revoluciones populares fueron el principal trasfondo de las acciones bélicas del sistema. Esas sublevaciones determinaron el curso seguido por el imperialismo clásico y su corolario de posguerra. La variante actual quedará también signada por la dinámica que asuman las rebeliones de los oprimidos. Pero la arena más inmediata de definición del imperialismo del siglo XXI se localiza en el choque que opone a Estados Unidos con China. Abordaremos ese tema en nuestro próximo texto.

Referencias

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Hobsbawm, Eric, (2007). Guerra y paz en el siglo XXI, Editorial Crítica, Barcelona.

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Panitch, Leo (2014). Repensando o marxismo e o imperialismo para o século XXI, Tensões Mundiais. Fortaleza, v. 10, n. 18, 19.

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Roberts Michael (2016). The long depression, Haymarket Books, 2016.

Wood, Ellen Meiksins (2003) Empire of capital, Londres/Nueva York, Verso.

La recuperación imperial fallida de Estados Unidos

Claudio Katz

25/01/2021

Estados Unidos intenta recuperar su alicaído dominio mundial capturando riquezas, sofocando rebeliones y disuadiendo competidores. Sostiene ese operativo con un gigantesco poder militar y una gravosa economía armamentista.

Las guerras híbridas han transformado radicalmente el intervencionismo imperial. Multiplicaron el caótico escenario de refugiados y víctimas civiles que genera la demolición de varios estados.

La ruptura de la cohesión interna es el principal obstáculo al resurgimiento imperial estadounidense. Los fracasos económicos y geopolíticos de Trump confirmaron esas limitaciones. Esa impotencia no disminuyó el rearme con nuevos dispositivos atómicos. Con mayor diplomacia Biden insistirá en políticas agresivas utilizando desgastadas coberturas ideológicas.

El intento estadounidense de recuperar dominio mundial es la principal característica del imperialismo del siglo XXI. Washington pretende retomar esa primacía frente a las adversidades generadas por la globalización y la multipolaridad. Confronta con el surgimiento de un gran rival y con la insubordinación de sus viejos aliados.

La primera potencia ha perdido autoridad y capacidad de intervención. Busca contrarrestar la diseminación del poder mundial y la sistemática erosión de su liderazgo. En las últimas décadas ensayó varios cursos infructuosos para revertir su declive y continúa tanteando esa resurrección.

Todas sus acciones se cimentan en el uso de la fuerza. Estados Unidos perdió el control de la política internacional que exhibía en el pasado, pero mantiene un gran poder de fuego. Expande un destructivo arsenal para forzar su propia recomposición. Esa conducta confirma la aterradora dinámica del imperialismo como mecanismo de dominación.

En la primera mitad del siglo XX las grandes potencias disputaban el liderazgo mundial por medio de la guerra. En el período subsiguiente, Estados Unidos ejerció esa conducción con intervenciones armadas en la periferia para confrontar con la amenaza socialista. En la actualidad el capitalismo occidental afronta una crisis muy severa con su timonel averiado.

Washington pretende reconquistar supremacía en tres áreas que definen el dominio imperial: el manejo de los recursos naturales, el sometimiento de los pueblos y la neutralización de los rivales. Todos sus operativos apuntan a capturar riquezas, sofocar rebeliones y disuadir competidores.

El control de las materias primas es indispensable para sostener la primacía militar y garantizar los abastecimientos que impactan sobre el curso de la economía. La contención de las sublevaciones populares es esencial para estabilizar el orden capitalista que el Pentágono aseguró durante décadas. Estados Unidos intenta mantener la fuerza que tradicionalmente utilizó para intervenir en América Latina, África, Medio Oriente y el Sur de Asia. Necesita también lidiar con el desafiante chino para doblegar a otros rivales. En esas batallas se dirime el éxito o naufragio de la resurrección imperial estadounidense.

La centralidad bélica

El imperialismo es sinónimo de poder militar. Todas las potencias han dominado mediante esa carta sabiendo que el capitalismo no podría subsistir sin ejércitos. Es cierto que el sistema recurre también a la manipulación, el engaño y la desinformación, pero no sustituye la amenaza coercitiva por la simple preeminencia ideológica. Combina la violencia con el consentimiento y hace valer un poder implícito (soft power) que se asienta en el poder explícito (hard power).

Conviene recordar estos fundamentos, frente a las teorías que reemplazan el imperialismo por la hegemonía como concepto ordenador de la geopolítica contemporánea. Ciertamente los poderosos han reforzado su prédica a través de los medios de comunicación. Desenvuelven un sistemático trabajo de desinformación y

ocultamiento de la realidad. También perfeccionaron el uso de las instituciones políticas y judiciales del estado para asegurar sus privilegios. Pero en el orden internacional la supremacía de las grandes potencias se dirime por medio de amenazas militares.

El sistema global opera con un resguardo bélico comandado por Estados Unidos. Desde 1945 la primera potencia emprendió 211 intervenciones en 67 países. Mantiene actualmente 250.000 soldados estacionados en 700 bases distribuidas en 150 naciones (Chacón, 2019). Esa mega-estructura ha guiado la política norteamericana desde el lanzamiento de las bombas atómicas en Nagasaki e Hiroshima y la conformación de la OTAN como brazo auxiliar del Pentágono.

Las tres principales incursiones de la guerra fría (Corea en 1950-1953, Vietnam en 1955-1975 y Afganistán en 1978-1989) demostraron el mortífero alcance de ese poder. Washington ha edificado un tejido internacional de instalaciones militares sin precedentes en la historia (Mancillas, 2018).

El control de las materias primas ha sido determinante de muchas operaciones bélicas. Las masacres que padece Medio Oriente para dirimir quién maneja el petróleo ilustran esa centralidad. Esa disputa detonó la sangría de Irak y Libia e influyó en las incursiones de Afganistán y Siria. Las reservas es crudo son también el botín ambicionado por los generales que organizan el acoso de Irán y el cerco de Venezuela.

Economía armamentista

La política exterior estadounidense está condicionada por la red de contratistas que se enriquecen con la guerra. Lucran con la fabricación de explosivos que deben probarse en algún rincón del planeta. El aparato industrial-militar necesita esas confrontaciones. Se nutre de un gasto que no aumenta sólo en períodos de intenso belicismo, sino también en las fases de distensión.

Gran parte del cambio tecnológico se procesa en la órbita militar. La informática, la aeronáutica y la actividad espacial son los epicentros de esa experimentación. Los grandes proveedores del Pentágono aprovechan el resguardo del presupuesto estatal, para fabricar artefactos veinte veces más costosos que sus equivalentes civiles. Operan con cuantiosas sumas, en un sector autonomizado de las restricciones competitivas del mercado (Katz, 2003).

Ese modelo armamentista se desenvuelve al compás de las exportaciones. Las 48 grandes firmas del complejo industrial-militar manejan el 64% de la fabricación bélica mundial. Entre el 2015 y el 2019 el volumen de sus ventas ascendió un 5,5% en comparación al quinquenio anterior y un 20% en relación al período 2005-2009.

El gasto militar global alcanzó en 2017 su mayor nivel desde el final de la guerra fría (1,74 billones de dólares), con Estados Unidos a la cabeza de todas las transacciones (Ferrari, 2020). La primera potencia concentra la mitad de los desembolsos y patrocina a las cinco primeras empresas de esa actividad.

El protagonismo tecnológico norteamericano depende de esa primacía internacional en el sector bélico. El desarrollo del capitalismo digital de la última década ha transitado por fabricaciones militares previas y es congruente con el uso de armas dentro del país. Estados Unidos es el principal mercado de las 12.000 millones de balas que se fabrican anualmente. La Asociación Nacional del Rifle brinda sostén material y cultural a la continuada centralidad del Pentágono.

Pero esa gravitación de la economía armamentista también genera muchas adversidades al sistema productivo. Exige un volumen de financiamiento que el país no puede proveer con recursos propios. El bache es cubierto con un déficit fiscal y un endeudamiento externo que amenazan el señoreaje del dólar.

Estados Unidos sostuvo su andamiaje militar desde la posguerra con el gran tributo que impuso a sus socios. Esa carga es actualmente resistida por los aliados europeos y ha desencadenado una crisis de financiamiento de la OTAN. Desaparecida la Unión Soviética, el Viejo Continente objeta la utilidad de un dispositivo que Washington utiliza para sus propios intereses.

La economía militar estadounidense se asienta en un modelo de altos costos y baja competitividad. El gendarme del capitalismo pudo forzar durante mucho tiempo la subordinación de sus desarmados rivales. Pero ya no cuenta con el mismo margen para administrar sus gravosas innovaciones en el área militar. Otros países desenvuelven los mismos cambios tecnológicos con operaciones más baratas y eficientes en la esfera civil.

El gasto bélico influye en forma muy contradictoria sobre el ciclo de la economía norteamericana. Apuntala el nivel de actividad cuando el estado canaliza impuestos hacia una demanda cautiva. También absorbe capitales excedentes que no encuentran inversiones rentables en otras ramas. Pero en las coyunturas adversas, incrementa el déficit fiscal y captura porciones del gasto púbico que podrían destinarse a numerosas asignaciones productivas. En esos momentos los réditos que generan las erogaciones militares para la tecnología y las exportaciones, no compensan el deterioro (y nefasto direccionamiento) de los recursos públicos.

Las guerras de nuevo tipo

La actual intervención externa de Estados Unidos recrea los viejos patrones de la acción imperial. La conspiración persiste como el componente central de esas modalidades. La vieja tradición de la CIA en golpes de estado contra los gobiernos progresistas ha reaparecido en numerosos países.

Washington retoma también las “guerras de aproximación” (proxy war), en las áreas priorizadas para hostilizar a las naciones crucificadas por el Departamento de Estado (China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela) (Petras, 2018).

Pero el fracaso de Irak marcó un giro en las modalidades de intervención. Esa ocupación desembocó en un gran fracaso por la resistencia afrontada en el país y por la propia inconsistencia del operativo. Ese fiasco indujo la sustitución de las invasiones tradicionales por una nueva variedad de guerras híbridas (VVAA, 2019).

En esas incursiones las acciones bélicas corrientes son reemplazadas por una amalgama de acciones no convencionales, con mayor peso de fuerzas para-estatales y uso creciente del terror. Este tipo de operaciones ha predominado en los Balcanes, Siria, Yemen y Libia (Korybko, 2020).

En esos casos la acción imperial asume una connotación policial de hostigamiento, que privilegia el sometimiento a la victoria explícita sobre los adversarios. Esas intervenciones amplían los operativos que la DEA perfeccionó en su pulseada con el narcotráfico. El control del país acosado se torna más relevante (o factible) que su derrota y la agresión con alta tecnología ocupa un lugar preeminente (“guerras de quinta generación”).

En incontables casos el componente terrorista de esas acciones ha desbordado el curso diseñado por la Casa Blanca, generando una secuencia autónoma de acciones destructivas. Ese descontrol se verificó con los talibanes, inicialmente adiestrados en Afganistán para acosar a un gobierno pro-soviético. Lo mismo ocurrió con los yihadistas, entrenados en Arabia Saudita para erosionar a los gobiernos laicos del mundo árabe.

A través de guerras hibridas Estados Unidos intenta controlar a sus rivales, sin consumar intervenciones bélicas en regla. Combina el cerco económico y la provocación terrorista, con la promoción de conflictos étnicos, religiosos o nacionales en los países diabolizados. También propicia la canalización derechista del descontento a través de los líderes autoritarios que han usufructuado de las “revoluciones de colores”. Esos operativos han permitido incorporar a varios países del Este Europeo al cerco de la OTAN contra Rusia.

Las guerras híbridas incluyen campañas mediáticas más penetrantes que la vieja batería de posguerra contra el comunismo. Con nuevos enemigos (terrorismo, islamistas, narcotráfico), amenazas (estados fallidos) y peligros (expansionismo chino), Washington despliega sus campañas, mediante una extendida red de fundaciones y ONGs. También utiliza la guerra de la información en las redes sociales.

Las agresiones imperiales incluyen una novedosa variedad de recursos. Basta observar lo sucedido en Sudamérica con la operación implementada por varios jueces y medios de comunicaciones contra los líderes progresistas (lawfare), para mensurar el alcance de esas conspiraciones. Pero esos atropellos suscitan inéditas conmociones en incontables planos.

Escenarios caóticos

Durante la primera mitad del siglo XX imperaron las conflagraciones a escala industrial, con masas de uniformados exterminados por la maquinaria bélica. En esas guerras totales con muertes anónimas se impuso el indiscriminado entierro de los “soldados desconocidos” (Traverso, 2019).

En las últimas décadas ha prevalecido otra modalidad de acciones con decreciente compromiso de tropas en los campos de batalla. Estados Unidos perfeccionó ese curso, mediante los bombardeos aéreos que destruyen aldeas sin la presencia directa de los marines. Ese tipo de intervención se afianzó con la generalización de drones y satélites.

Con esas modalidades el imperialismo del siglo XXI destruye o balcaniza a los países que obstaculizan el resurgimiento de la dominación norteamericana. El aumento del número de miembros en las Naciones Unidas es un indicador de esa remodelación.

La población desarmada ha sido la principal afectada por incursiones que disolvieron la vieja distinción entre combatientes y civiles. Solamente el 5% de las víctimas de la Primera Guerra Mundial eran ciudadanos no alistados. Esta cifra se elevó al 66% en la Segunda Guerra y promedia el 80-90% en los conflictos actuales (Hobsbawm, 2007: cap 1).

Las operaciones que sostiene el Pentágono han barrido definitivamente con todas las normas de las Convenciones de La Haya (1899 y 1907), que distinguían a los uniformados de los civiles. La misma disolución se verifica en los conflictos externos e internos de numerosos estados. La frontera entre la paz y la guerra se ha diluido, potenciando el indescriptible sufrimiento de los refugiados. El organismo que computa el número de esos desamparados registró en 2019 un total de 79,5 millones de personas desplazadas de sus hogares (Unhcr-Acnur, 2020).

Esa monumental cifra de traslados forzosos ilustra el grado de violencia imperante. Aunque los conflictos no alcancen la generalizada escala del pasado, sus consecuencias sobre los civiles son proporcionalmente mayores.

La agresión imperial quebranta en forma sistemática las fronteras entre los países. Impone una remodelación geográfica que contrasta con las rígidas barreras limítrofes de la guerra fría. Esas líneas definan estrictos campos de confrontación y contenían a las poblaciones en sus localidades de origen.

Los estallidos bélicos actuales potencian los efectos de la creciente presión emigratoria hacia los centros del hemisferio norte. La huida de la guerra confluye con la masiva escapatoria de la devastación económica que padecen varios países de la periferia.

El imperialismo estadounidense es el principal causante de las tragedias bélicas contemporáneas. Provee armas, auspicia tensiones raciales, religiosas o étnicas y promueve prácticas terroristas que destruyen a los países afectados (Armanian, 2017).

Lo ocurrido el mundo árabe ilustra esa secuencia. Bajo las órdenes de sucesivos presidentes, Estados Unidos implementó la demolición de Afganistán (Reagan-Carter), Irak (Bush) y Siria (Obama). Esas masacres implicaron 220.000 muertos en el primer país, 650.000 en el segundo y 250.000 en el tercero. La disgregación social y el resentimiento político generado por esas matanzas desencadenaron, a su vez, atentados suicidas en los países centrales. El terror desembocó en enceguecidas respuestas de más terror.

Las atrocidades imperiales han socavado los propios objetivos de esas incursiones. Para desplazar a Gadafi el imperialismo pulverizó la integridad territorial de Libia y deshizo el sistema de tapones construido en el Norte de África para contener la emigración hacia Europa. El país se convirtió en un centro de explotación de migrantes, gestionado por las mafias que Occidente financió para apoderarse de Libia. Frente a semejante desmadre, los viejos colonialistas ya no diseñan nuevas fronteras formales. Sólo improvisan mecanismos de contención de los refugiados (Buxton; Akkerman, 2018).

El Pentágono ha desplegado, además, unas 50 bases ocultas en África, mientras las compañías petroleras occidentales controlan a los tiros sus yacimientos de Nigeria, Sudan y Níger (Armanian, 2018). Ese apetito por los recursos naturales es el trasfondo de las tragedias en el continente negro. La acción imperial ha incentivado los enfrentamientos étnicos ancestrales para incrementar su manejo de esos recursos.

La fractura interna

El principal obstáculo que afronta la recomposición imperial estadounidense es la ruptura de la cohesión interna del país. Ese cimiento sostuvo durante décadas la intervención de la primera potencia en el resto del mundo. Pero el gigante del Norte ha registrado un cambio radical como consecuencia del retroceso económico, la grieta política, las tensiones raciales y la nueva conformación étnico-poblacional. La uniformidad cultural que nutría el “sueño americano” se ha diluido y Estados Unidos afronta una fractura sin precedentes.

Las divisiones han erosionado el sustento de la injerencia norteamericana en el exterior. Las operaciones militares no cuentan con el aval del pasado y han quedado afectadas por el fin de la conscripción. Washington ya no embarca en sus incursiones a un ejército de reclutas, ni justifica esas acciones con mensajes de ciega fidelidad a la bandera. Para consumar operativos quirúrgicos opta por un armamento más acotado y de mayor precisión. Prioriza el impacto mediático y la contención de bajas en sus propias filas.

La privatización de la guerra sintetiza esas tendencias. Se ha generalizado el uso de mercenarios y contratistas que negocian el precio de cada masacre. Esta modalidad de belicismo sin compromiso de la población, explica la pérdida de interés general por las acciones imperiales. Las guerras sin reclutas exigen mayores gastos, pero atenúan las resistencias internas. Impiden incluso percibir los fracasos en territorios lejanos (Irak, Afganistán) como adversidades propias.

Pero la contrapartida de ese divorcio es la creciente dificultad imperial para incursionar en proyectos más ambiciosos. Resulta muy difícil recuperar el liderazgo mundial, sin la adhesión de segmentos significativos de la población.

El imperialismo de posguerra se asentaba en una autoridad oficial que se ha disipado. El fin del alistamiento masivo introdujo un nuevo derecho democrático, que paradójicamente deteriora la capacidad del estado norteamericano para recuperar su decaído poder imperial (Hobsbawm, 2007: cap 5).

La privatización de la guerra acentúa, a su vez, los traumáticos efectos del divorcio entre los gendarmes y la población. El trauma de los retornados de Irak o Afganistán ilustra ese efecto. El uso de mercenarios también expande la militarización interna y la incontrolable explosión de violencia que suscita la libre portación de armas.

Esta secuencia de corrosiones asume un alcance mayor con la canalización derechista del descontento social. Esa captación política despuntó con el TEA Party y se afianzó con el Trumpismo.

La xenofobia, el chauvinismo y el supremacismo blanco se han extendido con discursos racistas que culpabilizan a las minorías, los migrantes y los extranjeros del declive estadounidense. Pero esa furia nacionalista sólo ahonda la fractura interna, sin recrear la base social extendida que utilizaba el imperialismo estadounidense para incursionar en el exterior.

Los fallidos de Trump

Los últimos cuatro años aportaron un categórico retrato del fracasado intento estadounidense de recuperar dominio imperial. Trump privilegió la recomposición de la economía y pretendió utilizar la superioridad militar del país para apuntalar el relanzamiento productivo.

Con ese soporte encaró durísimas negociaciones externas, a fin de extender al plano comercial las ventajas monetarias que mantiene el dólar. Propició acuerdos bilaterales y cuestionó el libre-comercio para aprovechar la primacía financiera de Wall Street y la Reserva Federal.

Trump intentó preservar la supremacía tecnológica mediante crecientes exigencias de cobro de la propiedad intelectual. Con ese control de la financiarización y del capitalismo digital esperaba forjar un nuevo equilibrio entre los sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. Apostó a combinar la protección local con los negocios mundiales.

El multimillonario priorizó la contención de China. Encaró una brutal pulseada para reducir el déficit comercial, a fin de repetir el sometimiento que impuso Reagan a Japón en los años 80. Buscó además afianzar las ventajas sobre Europa, aprovechando la existencia de un aparato estatal unificado, frente a competidores transatlánticos que no logran extender su unificación monetaria al plano fiscal y bancario. Bajo la apariencia de un improvisado desorden, el ocupante de la Casa Blanca concibió un ambicioso plan de recuperación estadounidense (Katz, 2020).

Pero su estrategia dependía del aval de los aliados (Australia, Arabia Saudita, Israel), la subordinación de los socios (Europa, Japón) y la complacencia de un adversario (Rusia) para forzar la capitulación de otro (China). El magnate no consiguió esos alineamientos y el relanzamiento norteamericano falló desde el principio.

La confrontación con China fue su principal fracaso. Las amenazas no amedrentaron al dragón asiático, que aceptó mayores compras y menores exportaciones, sin convalidar la apertura financiera y el freno de las inversiones tecnológicas. China no acomodó su política monetaria a los reclamos de un deudor, que ha colocado el grueso de sus títulos en los bancos asiáticos.

Tampoco los socios de Estados Unidos resignaron los negocios con el gran cliente asiático. Europa no se sumó a la confrontación con China e Inglaterra continuó jugando su propia partida en el mundo. El gigante oriental incrementó para colmo su intercambio comercial con todos los países del hemisferio americano (Merino, 2020).

Trump sólo logró inducir un alivio de coyuntura, sin revertir ningún desequilibrio significativo de la economía. Esa carencia de resultados salió a flote en la crisis que precipitó la pandemia y en su propia eyección de la Casa Blanca.

Las mismas adversidades se verificaron en la órbita geopolítica. El magnate intentó neutralizar la pesada herencia de fracasos militares. Propició un manejo cauto de las aventuras bélicas frente al fiasco de Irak, el pozo de Somalia y los despistes de Siria.

Para desandar las infructuosas campañas de Bush forzó retiradas de tropas en los escenarios más expuestos. Transfirió operaciones a sus socios sauditas e israelíes y redujo el protagonismo previo. Sostuvo la anexión de Cisjordania y las masacres de los yemenitas, pero no comprometió al Pentágono con otra intervención. Prescindió de los marines de la crisis libia, sustrajo efectivos de Siria y abandonó a los aliados kurdos. En esa zona avaló la gravitación de Turquía y consintió la preeminencia de Rusia.

Trump volvió a experimentar la misma impotencia de sus antecesores en el control de la proliferación nuclear. Esa incapacidad para restringir la tenencia de bombas atómicas a un selecto club de potencias ilustra las limitaciones norteamericanas. Estados Unidos no puede dictar el rumbo del planeta, si una pequeña franja de países comparte el poder de chantaje que otorgan las cargas nucleares.

Las fracasadas tratativas con Corea del Norte confirmaron esas flaquezas de Washington. Kim perfeccionó la estructura de misiles y rechazó la oferta de desarme a cambio de provisiones de energía o alimentos. Sabe que únicamente el poderío nuclear impide la repetición en su país de lo ocurrido en Irak, Libia o Yugoslavia.

Ese resguardo atómico es la carta contra un imperio que impuso la división de la península coreana y rechaza cualquier tratativa de reunificación. Estados Unidos veta constantemente los avances en la propuesta ruso-china de frenar la militarización de ambos lados (Gandásegui, 2017). Pero al cabo de varias amenazas Trump archivó su pose de fanfarrón y aceptó la simple continuidad de las conversaciones.

Una barrera muy semejante encontró en Irán. También ahí la prioridad imperialista ha sido el freno del desarrollo nuclear para garantizar el monopolio atómico regional de Israel. Trump rompió el acuerdo de desarme suscripto por Obama y viabilizado a través de una verificación internacional.

El magnate redobló las provocaciones con embargos y atentados. El asesinato del general Soleimani fue el punto culminante de esa agresión. Implicó un descarado acto de terrorismo hacia el jefe del ejército de un país, que no perpetró ninguna agresión contra Estados Unidos. Pero ese tipo de crímenes -seguido por la eliminación de varios científicos de alto rango- no ha logrado detener la paulatina incorporación de Irán al club de los países protegidos con la coraza atómica.

Esa misma diseminación del poder nuclear impide a Washington imponer su arbitraje en otros conflictos regionales. Las tensiones entre Pakistán e India oponen, por ejemplo, a dos ejércitos con ese tipo de armamento y consiguiente capacidad para autonomizarse del tutelaje imperial

Trump falló también en sus agresiones contra Venezuela. Propició todos los complots imaginables para recuperar el control de la principal reserva petrolera del hemisferio y no pudo doblegar al chavismo. Sus amenazas chocaron con la imposibilidad de repetir las viejas intervenciones militares en América Latina.

La nueva estrategia de rearme

Trump no se limitó a retacear la presencia militar en el exterior con la expectativa de relanzar la economía. Incrementó en forma drástica el presupuesto militar para descartar cualquier sugerencia de efectivo repliegue imperial. Esas erogaciones saltaron de 580.000 millones de dólares (2016) a 713.000 millones (2020).

Garantizó ganancias récord a los fabricantes de misiles y ensayó una mega-bomba de inédito alcance en Afganistán.

El magnate relanzó la guerra de las galaxias y rompió los tratados de desarme nuclear. También avaló al giro hacia la “Competencia entre los Principales Poderes” (GPC), en reemplazo de la “Guerra Global contra el Terrorismo” (GWOT). Ese cambio tiende a sustituir la identificación, rastreo y destrucción de fuerzas adversas en remotas áreas de Asia, África o Medio Oriente por un rearme preparatorio de conflictos más convencionales. Con ese viraje propició cerrar el capítulo-Bush de incursiones en áreas alejadas, para retomar la confrontación tradicional con los enemigos del Pentágono (Klare 2020).

Con esa óptica el magnate complementó las presiones comerciales sobre China con un gran despliegue de la flota del Pacífico. Exigió la desmilitarización de los arrecifes del Mar del Sur para quebrantar el escudo defensivo de su rival. Reforzó drásticamente el desplazamiento de tropas iniciado por Obama desde Medio Oriente hacia el continente asiático.

La presión sobre China escaló con la ampliación de la marina y la adquisición de un asombroso número de buques y submarinos. La fuerza aérea fue modernizada en sintonía con todas las innovaciones de la inteligencia artificial y el adiestramiento en ciberguerras.

Para hostilizar a China, Trump reforzó el bloque forjado con India, Japón, Australia y Corea del Sur (Quad). Ese alineamiento militar presupone que los eventuales choques con Beijing se librarán en el Océano Pacífico e Índico. Un connotado asesor del Departamento de Estado localiza en esa región el desenlace de la confrontación sino-estadounidense (Mearsheimer, 2020).

La estrategia frente a Rusia fue más cautelosa y amoldada al intento inicial de atraer a Putin a un acuerdo contra Xi Jin Ping. Del fracaso de ese operativo emergieron las iniciativas de reequipamiento de los ejércitos terrestres en el continente europeo. La Casa Blanca continuó su trabajo de cooptación militar de los países fronterizos con Rusia y extendió la red de misiles de la OTAN desde las Repúblicas Bálticas y Polonia hasta Rumania.

Con esa nueva estrategia el despliegue de armas nucleares retomó su vieja centralidad. Trump aprobó el desarrollo de municiones atómicas basadas en ojivas de alcance acotado y misiles balísticos de lanzamiento marítimo. Las primeras series de estas bombas ya fueron fabricadas y entregadas al alto mando.

Para desenvolver esos fulminantes artefactos Trump rompió los tratados de racionalización nuclear concertados en 1987. Puso fin al mecanismo de compatibilizar con Rusia la destrucción del armamento obsoleto. Apadrinó, además, la primera prueba de un misil de mediano alcance desde el final de la guerra fría.

La nueva estrategia bélica explica la brutal exigencia de mayor financiación europea de la OTAN. Con actitudes de matón, el magnate recordó que Occidente debe solventar los auxilios prestados por Estados Unidos. Esa demanda generó la mayor tensión transatlántica desde la posguerra.

Trump buscó arrastrar a sus aliados a conflictos con China y Rusia, que socavan los negocios del Viejo Continente. En esa región existe una seria resistencia a la militarización que propicia Estados Unidos. Pero el capitalismo europeo no ha podido emanciparse de la tutela bélica norteamericana y por eso acompañó las incursiones de Irak y Ucrania. Rechaza la demanda de mayor gasto en la OTAN, pero sin romper la subordinación a Washington.

El alterimperialismo europeo concibe su propio sistema de defensa en estrecha conexión con el Pentágono y por esa razón no logra consumar la unificación de su propio ejército. Existe un divorcio entre la supremacía militar de Francia y el poder económico de Alemania que impide materializar esa iniciativa (Serfati, 2018).

Trump no pudo someter a Europa, pero sus interlocutores de Bruselas, Paris y Berlín continuaron careciendo de una brújula propia. Esa indefinición acrecentó la capacidad exhibida por Rusia para contener la recomposición imperial estadunidense. Putin reforzó el dique defensivo que estableció con Xi Jinping y salió airoso de las pulseadas geopolíticas en Siria, Crimea y Nagorno-Karabaj. Es muy visible el abismo imperante entre estos resultados y la disgregación que prevalecía en la era de Yeltsin.

Como China no disputa con la misma frontalidad geopolítica sus logros son menos visibles, pero exhibe resultados económicos impresionantes en su puja con Estados Unidos. El mandato de millonario retrató la incapacidad norteamericana para recuperar primacía imperial.

El asalto al capitolio

Trump se despidió con una aventura que retrata la magnitud de la crisis política estadounidense. La invasión al Congreso no fue un acto improvisado. Los grupos ultraderechistas difundieron previamente el plan, financiaron viajes, reservaron hoteles y transportaron armas. Al interior del recinto siguieron las rutas de acceso a los despachos señaladas por los diputados cómplices.

La policía creó una zona liberada y aseguró durante horas la presencia de los asaltantes. Si un grupo de afroamericanos hubiera intentado una acción semejante habría sido acribillado al instante. Las manifestaciones pacíficas en ese mismo lugar concluyeron en los últimos años con centenares de heridos y detenidos.

Trump participó directamente en la asonada. Instigó a los manifestantes, mantuvo comunicaciones con sus líderes y les prometió apoyó. El objetivo de la acción era presionar a los congresistas republicanos que cuestionaban la impugnación de la elección. Ese apriete incluía amenazas para forzarlos a seguir la instrucción presidencial. Con la provocación en el Capitolio el magnate intentó sostener su absurda denuncia de fraude. Consiguió mantener la lealtad de un centenar de legisladores y demorar el desalojo, pero al final abandonó la partida y condenó a los ocupantes.

La incursión fue tan surrealista como los especímenes que la perpetraron. El grupo de alucinados que se retrató en los sillones del Congreso parecía extraído de una tira fantástica de la televisión. Pero el bizarro acto que consumaron no borra la huella fascista del operativo.

Todos los delirantes que intervinieron en la toma integran algún grupo de las milicias supremacistas. Actúan en sectas fanáticas (QAnon Shaman) o se referencian en la congresista que ganó su mandato con el símbolo de la ametralladora (Marjorie Taylor Greene). Los gendarmes que abrieron las puertas del Congreso participan en esas formaciones ultra-derechistas.

Los grupos paramilitares cuentan con 50.000 miembros bien pertrechados. Se especializan en atacar manifestaciones juveniles o democráticas y hace pocos meses realizaron un ensayo del asalto frente a la legislatura de Michigan. Una cuarta parte de esas milicias está integrada por soldados o policías y esa afiliación quedó confirmada en la lista de detenidos por el ataque al Capitolio.

La elevada presencia militar en los pelotones fascistas forzó dos pronunciamientos del alto mando, rechazando el involucramiento de las fuerzas armadas en las aventuras del trumpismo. Diez ex secretarios de Defensa firmaron esa advertencia y el FBI organizó la ceremonia de nombramiento de Biden con un inédito operativo para desmantelar eventuales atentados. Al cabo de muchos años de libre circulación y prédica, los grupos fascistas se han transformado en la principal amenaza terrorista. Los supremacistas (y no lo herederos de Bin Laden) son señalados como el gran peligro en ciernes. A diferencia de lo ocurrido con las Torres Gemelas esta vez el enemigo es interno.

Esos grupos se sostienen en una base social racista que actualizó los emblemas neo-confederados. Retoman las periódicas oleadas de reacción contra las conquistas democráticas. En el pasado ajusticiaban a esclavos liberados o atentaban contra los derechos civiles. Ahora rechazan la integración racial, el multiculturalismo y la acción afirmativa.

Los afroamericanos persisten como el principal blanco de un resentimiento que se extiende a los inmigrantes. Por esa razón la impugnación del resultado electoral anti-Trump fue tan intensa en los estados con votantes negros y latinos. Los extremistas evangélicos añaden su cruzada contra el aborto y el feminismo a la campaña ultra-conservadora.

El asalto al Capitolio no fue la antítesis de la realidad estadounidense que imagina Biden. Expresa el agonizante estado del sistema político y complementa todas las anomalías que salieron a flote durante los comicios. La irrupción de fascistas armados en el Congreso no es ajena al sistema electoral antidemocrático que digita la plutocracia gobernante.

Las tentativas de golpe eran el único ingrediente que faltaba en ese infame dispositivo. Las hordas de Trump llenaron ese vacío, sepultando todas las burlas hacia los regímenes políticos de América Latina. Esta vez el típico episodio de una Republicana Bananera se localizó en Washington. Los bandoleros no asaltaron el Parlamento de Honduras, Bolivia o El Salvador. El operativo que exporta el Departamento de Estado y organiza la embajada yanqui fue implementado en casa.

Las consecuencias políticas de ese episodio son inconmensurables. Afectan directamente la capacidad de intervención imperial. La OEA tendrá que reinventar sus guiones para condenar “las violaciones a las instituciones democráticas”, en los países que simplemente imiten lo ocurrido en Washington. También deberá explicar por qué razón la cúpula de los Republicanos y Demócratas toleraron esa incursión, sin ninguna represalia contundente contra sus responsables.

Los efectos más perdurables aún son nebulosos, pero las comparaciones que se establecieron con la captura de Roma por los bárbaros o con las marchas de Mussolini ilustran la gravedad de lo ocurrido. Varios historiadores estiman que el país afronta el mayor enfrentamiento interno desde la guerra civil del siglo XIX.

En lo inmediato se perfilan dos escenarios contrapuestos de declive o resurgimiento de Trump. Los exponentes de la primera previsión destacan que la aventura golpista acentuó un deterioro ya soportado por el magnate, como consecuencia de la pandemia y la derrota electoral (PSL, 2021; Naím, 2021). Zafó de la destitución (25ª Enmienda), pero no de un impechment que podría inhabilitarlo a futuro. Se despidió con la deserción de funcionarios, rechazos de congresistas republicanos y un vergonzoso auto-indulto de sus cómplices. La ceremonia militarizada del traspaso disuadió las marchas previstas de apoyo a su gestión.

Trump fue abandonado por sectores de las finanzas y la industria que solventaron su campaña y el poder tecnológico lo repudió cortando sus cuentas en Twitter y Facebook. El establishment teme los incontrolables efectos de las jugadas del ex presidente. Si la decadencia de Trump se corrobora, el asalto al Capitolio será recordado como el “Tejerazo” de España en 1981 (intento final y fallido del franquismo para conservar el poder).

Pero una biblioteca opuesta de analistas estima que lo ocurrido no modificará la sólida inserción política del trumpismo (Vandepitte, 2021; Farber, 2021; Post, 2020). El millonario cuenta con una base social que reunió al 47 % de los votantes y sometió al partido republicano a su liderazgo. Muchos legisladores han repetido su fábula del fraude electoral, con el alocado agregado que fue perpetrado por un fantasmal grupo izquierdista (Antifas).

Esta visión postula que el trumpismo se ha consolidado dentro de la estructura estatal (gendarmes, jueces, funcionarios) y podría construir una tercera formación para desafiar el bipartidismo, si no logra domesticar el hervidero republicano. La inhabilitación de Trump sería contrarrestada por el protagonismo de sus hijos o algún otro sucesor. Y la animadversión de los financistas sería compensada con otros contribuyentes.

Pero las dos opciones de caída o persistencia del trumpismo no dependen sólo del comportamiento de las elites y los realineamientos de los Republicanos. Aún está pendiente la reacción en el polo opuesto de jóvenes, precarizados, afroamericanos, feministas y latinos, que antes del período electoral ocuparon las calles con enormes manifestaciones. Si esas voces retoman su presencia -con la demanda de democratizar el sistema electoral- el futuro del magnate se dirimirá en otro escenario.

Continuidades e interrogantes

La salida de Trump reducirá el tono de la retórica imperial, pero no la intensidad de las agresiones estadounidenses. Con mayor uso de la diplomacia y la hipocresía, Biden comparte las políticas de estado de su antecesor.

Los dos partidos del establishment se han alternado en el manejo de las estructuras que sostienen la preeminencia militar de la primera potencia. Las evidencias de este belicismo compartido son incontables. Los Demócratas no sólo iniciaron las grandes guerras de Corea y Vietnam. Tanto Clinton como Obama autorizaron más incursiones externas que Trump y en el 2002 el propio Biden apoyó la invasión a Irak, supervisó la intervención en Libia y avaló el golpe en Honduras (Luzzani, 2020).

El dispositivo imperial norteamericano se asienta en un sistema político antidemocrático, que garantiza el periódico reparto de los cargos públicos entre las dos formaciones tradicionales. En la última elección fue particularmente visible cómo operan esos mecanismos de manipulación. En Estados Unidos no funciona el principio elemental de una persona-un voto. Tampoco existe un padrón federal o una autoridad electoral única. Hay que inscribirse y el ganador de cada estado se queda con todos los electores.

La plutocracia que maneja ese sistema asegura su continuidad con los descomunales gastos de campaña que proveen las grandes empresas (10.800 millones de dólares en el 2020). Los 50 estadounidenses más ricos -que poseen una riqueza equivalente a la mitad de los habitantes del país- tienen garantizado su control del régimen. Con ese basamento se definen las estrategias imperiales que utiliza la primera potencia para dictar lecciones de democracia al resto del mundo.

Biden se apresta a retomar la política externa tradicional manchada por los exabruptos de su antecesor. Intentará en esa esfera el mismo retorno a la “normalidad” que promete en el ámbito interior. Los medios de comunicación acompañan ese maquillaje.

El nuevo morador de la Casa Blanca apuntala el neoliberalismo con algunas pinceladas de progresismo en la agenda de las minorías, el feminismo y el cambio climático. Esa misma mixtura instrumentará en la arena exterior, rodeando los lineamientos básicos del imperio con mayores ornamentos de retórica amigable. Esa línea ha sido sugerida por los tradicionales asesores del Departamento de Estado (Nye, 2020). Biden implementará esa combinación aprovechando su larga experiencia de medio siglo en los intersticios de Washington.

Ya colocó el mismo equipo de funcionarios de Obama en los puestos claves de la política exterior. Pero no podrá repetir simplemente el globalismo multilateral de esa gestión. Con los Tratados de Libre-comercio Transpacíficos (TTP) y Transatlánticos (TTIO), Obama propiciaba una red de alianzas asiáticas para rodear a China y un tejido de acuerdos con Europa para aislar a Rusia. Ninguno de esos convenios pudo concretarse, antes de su brutal entierro por el bilateralismo mercantilista de Trump. Es muy improbable que Biden pueda retomar el curso precedente, como pilar económico de su estrategia imperial.

Para comandar los mega-tratados comerciales con Europa y Asia se requiere una economía de alta eficiencia que Estados Unidos ya no maneja. No alcanza con el dólar, la alta tecnología y el Pentágono. Ni siquiera en el propio hemisferio americano la primera potencia logró consumar una estrategia librecambista. Sólo consolidó el T-MEC con México, sin reinstalar ninguna variante del ALCA en el resto de la región.

Por otra parte, la crisis de la globalización persiste y la prédica de Trump para confrontar con los adversarios comerciales ha calado en el electorado. Existe una fuerte corriente de opinión hostil al globalismo tradicional de las elites costeras. A ese malestar se añade el Gran Confinamiento generado por la pandemia y la inédita paralización del transporte y el comercio internacional. La confluencia de obstáculos para retomar el multilateralismo es muy significativa.

Biden deberá concebir un nuevo pilar para su programa externo con otro equilibrio entre americanistas y globalistas. De la misma forma que Trump se distanció del intervencionismo de Bush, Biden deberá ensayar algún coctel más alejado del formato Demócrata tradicional.

Sus primeros pasos apuntarán a recomponer relaciones tradicionales con los aliados de la OTAN. Intentará cicatrizar las heridas dejadas por su antecesor, retomando proyectos para lidiar con el cambio climático (Acuerdo de Paris). Buscará “descarbonizar” el sector eléctrico con incentivos a las energías renovables e impulsos al auto eléctrico. Pero esas iniciativas no resuelven el gran dilema de la estrategia frente a China.

En este terreno sobran los indicios de continuidad. Biden intensificará la presión para gestar una OTAN del Pacífico-Índico (Dohert, 2020). Australia ya decidió participar en ejercicios navales con Japón y transformarse en el gran portaviones regional del Pentágono. A su vez, Taiwán ha sido provisto de un novedoso armamento aéreo y la India brinda señales de aprobación al acoso en el Mar de China (Donnet, 2020).

El nuevo presidente tratará de incorporar a Europa a esta campaña. Se apresta a suturar las heridas dejadas por Trump, aprovechando el novedoso clima de adversidad con China que despunta entre las elites del Viejo Continente. La Unión Europea designó al gigante oriental como un “competidor estratégico” y los gobiernos de Alemania, Francia e Inglaterra negocian el veto a Huawei en sus redes 5G. Macron acaba nombrar incluso un representante galo en el cuarteto belicista que formó el Pentágono en Asia (Quad).

Pero nadie sabe aún cómo se financiará la OTAN y la lista de temas en conflicto con Viejo Continente es muy extendida. Incluye la postura estadounidense frente al Brexit y una definición frente al proyecto trumpista de tratado de libre comercio anglo-americano. También sigue pendiente la postura del Departamento de Estado frente al gasoducto que conectará a Alemania con Rusia.

Biden adscribe al fanatismo pro-israelí de su antecesor, pero Europa propicia un contrapeso más equilibrado con el mundo árabe. Deberá resolver si mantiene la presión bélica sobre Irán, o si por el contrario restablece el tratado nuclear que propician las empresas de Alemania y Francia.

Estas definiciones incidirán en la estrategia bélica de Biden. Tendrá que optar entre el retaceo de tropas que caracterizó a Trump o el intervencionismo que propiciaban Obama-Clinton. Apuntalar las guerras hibridas o el rearme para grandes conflagraciones involucra otra definición de peso. Pero en cualquiera de esas variantes, se dispone a insistir en el proyecto imperial de recuperación estadounidense.

Atascos en la ideología

Es probable que Biden retome el estandarte de los derechos humanos como justificación de la política imperial. Esa cobertura ha sido tradicionalmente utilizada para enmascarar los operativos de intervención. Trump abandonó esos mensajes y simplemente optó por disparatadas afirmaciones sin ninguna pretensión de credibilidad.

La presión sobre China que concibe Biden seguramente incluirá alguna alusión a la falta de democracia. En ese caso difundirá condenas de los mismos atropellos que se realizan en los países asociados con la primera potencia. Lo que se silencia de Arabia Saudita, Colombia o Israel ocuparía la primera plana de cuestionamientos a Beijing.

Biden reemplazaría las burdas acusaciones de competencia desleal o fabricación del coronavirus por críticas a la ausencia de libertad de expresión y reunión. Quizás señale también la responsabilidad china en el deterioro del medio ambiente, para atraer al subordinado cómplice europeo.

Pero no será sencillo colocar a China en la lista de países afectados por una tiranía. El imperialismo de los derechos humanos ha sido habitualmente instrumentado para tutelar pequeñas (o medianas) naciones. En esos casos se realza la inoperancia de un “estado fallido” y la consiguiente necesidad del socorro humanitario. Con esa cobertura se arremetió en Somalia, Haití, Serbia, Irak, Afganistán o Libia.

Los invasores nunca explican la selectividad de ese padrinazgo. Excluyen a incontables países sujetos a las mismas anomalías. Además descalifican a la población “rescatada” presentándola como una multitud incapaz de gestionar su propio destino.

La contención de masacres derivadas de enfrentamientos étnicos, religiosos o tribales ha sido otro pretexto de la intervención. Se lo utilizó en África y en los Balcanes, alegando la necesidad de contener matanzas entre poblaciones enemistadas. También en esos casos se ha supuesto que sólo una fuerza armada foránea puede pacificar a los pueblos enfrentados.

Pero ese padrinazgo imperial contrasta con la frecuente incapacidad para arbitrar los propios conflictos internos. Nadie sugiere una mediación externa para resolver esas tensiones. La esencia del imperialismo justamente radica en el auto-asignado derecho a intervenir en otro país, para administrar los problemas que en casa se gestionan sin ninguna injerencia foránea.

Lo mismo ocurre con el enjuiciamiento de los culpables. Los acusados de los países periféricos quedan sujetos a normas del derecho internacional, que no se aplican a sus pares del Primer Mundo. Milosevic puede enfrentar un tribunal, pero Kissinger está invariablemente exento de ese infortunio.

Con esa conducta Estados Unidos actualiza el acervo de hipocresía heredada de Gran Bretaña. En el siglo XIX la flota inglesa hostigaba el tráfico internacional de esclavos con argumentos libertarios, que encubrían su propósito de controlar la totalidad del transporte marítimo. Washington recurre a un estandarte parecido y olvida los monumentales desastres que generan las potencias auto-concebidas como salvadoras de la humanidad. Esas intervenciones suelen empeorar los escenarios que prometían enmendar.

Si Biden intenta retomar ese vetusto guión liberal incrementará la pérdida de credibilidad que afecta actualmente a Estados Unidos. El discurso oficial de los derechos humanos está desgastado. Fue la gran bandera de la Segunda Guerra y perdió consistencia durante el macartismo. Reapareció con la implosión de la URSS, pero volvió a quedar descascarada con las tropelías de Bush y las complicidades de Obama.

Lo mismo ocurre con el estandarte de la democracia, que en la variante imperial estadounidense siempre combinó el universalismo con la excepcionalidad. Con el primer pilar se justificó el rol misionero providencial de la primera potencia y con el segundo el periódico repliegue aislacionista.

La mitología que cultiva Washington mixtura un llamado al protagonismo planetario (“el mundo está destinado a seguirnos”) con mensajes de protección del propio territorio (“no involucrar al país en causas ajenas”). De esa mixtura emergió la autoimagen de Estados Unidos como una fuerza militar activa, pero sujeta a operaciones solicitadas, remuneradas o mendigadas por el resto del mundo (Anderson, 2016).

Las facetas intervencionistas y aislacionistas siempre tuvieron basamentos divergentes en las mistificaciones de las elites de las costas y los prejuicios del interior norteamericano. Ambas corrientes se complementaron, fusionaron y volvieron a fracturarse. Ese contrapunto fue actualizado por los globalistas contra los americanistas y ahora por Biden contra Trump.

Pero las dos vertientes se sostienen en la misma obsesión inmemorial por la seguridad, en un país curiosamente privilegiado por la protección geográfica. El temor a la agresión externa alcanzó picos de paranoia durante la tensión con la URSS y resurgió con oleadas de pánico irracional durante la reciente “guerra contra el terrorismo”.

La ideología imperial estadounidense afronta las mismas dificultades que la concepción americanista del mundo. Ambas enaltecen los valores del capitalismo, ponderan el individualismo, idealizan la competencia, glorifican el beneficio, mistifican el riesgo, alaban el enriquecimiento y justifican la desigualdad.

Estos fundamentos consolidaron la hegemonía estadounidense de posguerra y lograron cierta sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero ya no se sostienen en la primacía económica de Norteamérica y han quedado transformados por su reconversión en ideales de otras clases capitalistas del mundo. Los mitos estadounidenses no tienen la preeminencia del pasado (Boron, 2019).

En la segunda mitad del siglo XX el imperialismo estadounidense complementó la coerción, con una ideología que conquistó preeminencia en el lenguaje y la cultura. Esa influencia persiste pero con modalidades más autonomizadas de la matriz estadounidense y los intentos de recomposición imperial deben lidiar con ese dato. La crisis de largo plazo -que analizaremos en nuestro próximo texto- determina irresolubles tensiones en múltiples planos.

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Estados Unidos: la imposibilidad de una vuelta pacífica al bipartidismo

Jimena Vergara

10/01/2020

[Nota de la redacción] Este artículo es la desgrabación editada de la entrevista realizada con Jimena Vergara desde Nueva York, a la que se puede acceder aquí.

Después de lo que pasó esta semana, está claro que no hay vuelta atrás para el imperialismo estadounidense. Con las imágenes de ultraderechistas abriéndose paso hacia el Congreso sin ninguna resistencia seria por parte de la policía del Capitolio volviéndose virales en todo el mundo, la hegemonía ya debilitada de los EE.UU. está en duda hoy más que nunca. Durante décadas, republicanos y demócratas promovieron en todo el mundo golpes de estado, cambios de régimen o intervenciones militares directas contra las semicolonias en nombre de su “democracia” perfecta y con el ejército más poderoso del planeta: esa imagen global está estallando por los aires.

En sus cuatro años en el cargo, Trump no llevó hasta el final su programa proteccionista pero sí logró cambiar la agenda internacional: se distanció de los aliados tradicionales de Estados Unidos como la Unión Europea, se embarcó en una guerra comercial con China, hizo estallar el acuerdo nuclear con Irán, impuso un nuevo acuerdo comercial con México y superó las expectativas del Partido Republicano en su alianza estratégica con el Estado de Israel. Joe Biden asumirá la presidencia para tratar de recrear una suerte de normalidad pre-trumpista imposible. La “globalización armoniosa” en la que los aliados de Estados Unidos trabajaban para sostener el liderazgo norteamericano es cosa del pasado. El agotamiento del proyecto neoliberal puesto de relieve con la crisis de 2008 y exacerbado por la Pandemia del 2020 es lo que explica en parte el surgimiento del populismo de derecha a nivel internacional. La contradicción estructural entre la decadencia imperial de Estados Unidos y el ascenso de China será fuente de tensiones en el próximo periodo histórico con consecuencias aún insospechadas. El liderazgo estadounidense se resquebraja con la Pandemia aun haciendo estragos y una economía que no encuentra como restaurar el crecimiento económico previo al 2008.

La crisis del bipartidismo norteamericano

Lo que sucedió en Washington el miércoles es solo un síntoma de una crisis orgánica del régimen estadounidense. El agotamiento de la gran empresa burguesa que fue el neoliberalismo está mostrando sus secuelas con una gran crisis económica cuyo derrotero es aún incierto, una gran crisis de representación política donde las pasiones, aspiraciones y reivindicaciones de las masas ya no caben en el corset de los dos partidos del capital imperialista, como lo evidencia la existencia del trumpismo por derecha y del sanderismo por izquierda. Una crisis de las instituciones del estado imperialista como la policía, el colegio electoral, la corte suprema, todas instituciones odiadas por las masas. Y un odio cada vez más creciente a Wall Street y los super-ricos para los que el establishment de ambos partidos gobierna producto de la aberrante desigualdad. En las calles esta polarización se expresó este año con el movimiento Black Live Matters por un lado y con las marchas de la ultraderecha por otro.

Trump y el Partido Republicano

El Partido Republicano está en una crisis existencial. Ser el Partido Republicano o ser el partido de Donald Trump. El asalto al Capitolio sólo profundizó la división entre los republicanos del establishment y el ala trumpista. Los republicanos, fueron cada vez más incapaces de contener a los sectores de extrema derecha que crecieron luego de la crisis capitalista de 2008. El establishment republicano sabe que enemistarse con Trump es perder el caudal de votos que les devolvió el poder en el 2016. Pero su alianza con Trump también les costó la elección en Georgia. No está claro si los republicanos podrán hacer que los partidarios de Trump regresen al redil o si vamos a una ruptura que tendría consecuencias inciertas. Pero lo que es un hecho es que el trumpismo es un fenómeno social que goza de buena salud y el populismo de derecha, anclado en la crisis económica y social para ser parte de las tendencias que se fortalecerán hacia el futuro.

El escenario que le espera al nuevo gobierno de Biden

El asalto al Capitolio marca el fin de la ilusión de una transición pacífica de regreso al proyecto neoliberal bipartidista de los años de Obama. Joe Biden y Kamala Harris se preparan para asumir el cargo en 13 días. Las masas que votaron por Biden tienen ilusiones en hacer realidad los planteamientos progresistas del ala izquierda del partido demócrata representada por Bernie Sanders y en terminar con la violencia racista de los departamentos de policía. El Partido Demócrata liderará el ejecutivo y tendrá el control de ambas cámaras, en medio de una profunda crisis social y económica y los capitalistas esperan que Biden aplique los planes de austeridad para que la crisis la paguen los trabajadores y los pobres. En este momento, el establishment, desde los republicanos y demócratas hasta el ejército, está unido contra Trump porque amenaza con arrancar la frágil máscara de la farsa de la democracia estadounidense. Pero no los une el amor sino el espanto. El gobierno Biden será un gobierno que tendrá que gestionar la crisis de la hegemonía estadounidense, cumplir fielmente la agenda de Wall Street, lidiar con la amplia base social trumpista y con las aspiraciones de sus propios votantes

¿Qué debería debatir y proponerse la izquierda?

El futuro está lleno de oportunidades para la izquierda revolucionaria. La juventud millenial y centennial ya no cree en el capitalismo y se interesa por las ideas socialistas. El movimiento Black Live Matters abrió la posibilidad de que la lucha por la liberación negra se transforme en la lucha por acabar con el régimen imperialista y sus instituciones podridas. La clase obrera estadounidense está levantando cabeza con nuevos procesos de lucha por sindicalización como en Amazon y Google, tendencias a la unidad entre trabajadores precarios y sindicalizados y tendencias a la unidad entre el movimiento negro y la clase obrera. Así lo demostraron los grandes paros portuarios que paralizaron 29 puertos en el cénit del movimiento Black Live Matters. La lucha de clases debe desarrollarse donde sea posible, apoyando firmemente toda resistencia contra la austeridad capitalista y la opresión racista, con un programa que tenga como objetivo cuestionar el capitalismo en su conjunto, y apostar a poner en pie la gran fuerza de la clase obrera norteamericana. La subordinación al Partido Demócrata es un cáncer que afecta a gran parte de la izquierda estadounidense. Necesitamos una organización de la clase trabajadora y los oprimidos completamente independiente del Partido Demócrata, revolucionaria y antiimperialista. Tal organización debe servir para enfrentar a los neoliberales y la ultraderecha xenófoba no solo en las urnas, sino en las calles, comunidades y lugares de trabajo, así como también dar la pelea en el ámbito de las ideas y la teoría.

Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Estados-Unidos-La-imposibilidad-de-una-vuelta-pacifica-al-bipartidismo

Los aranceles de Estados Unidos contra China «inician una guerra comercial de 50 años»

Pepe Escobar

10/07/2018

Más allá del primer misil de la medianoche del 5 de julio, un disparo que podría convertirse en una guerra comercial despiadada, la lucha de aranceles entre China y los Estados Unidos debe verse en el contexto de un gran escenario de combate geopolítico y económico.

Este «big game», como todo tipo de escenarios especulativos sobre cómo evolucionan las luchas tarifarias, son cuestiones periféricas. El objetivo final que acaba de comenzar no es supuestamente un «libre comercio» disfuncional; el objetivo es » Made in China 2025″ o una China establecida como una potencia de alta tecnología a la par, o incluso superior a los EE. UU. y a la Unión Europea.

Ahora conviene recordar que fue Alemania quien realmente proporcionó algunas de las ideas del plan «Made in China 2025» a través de su estrategia Industry 4.0.

Made in China 2025 se dirige a 10 campos tecno-estratégicos: tecnología de la información, incluidas las redes 5G y la ciber-seguridad; robótica; aeroespacial; ingeniería oceánica; ferrocarriles de alta velocidad; vehículos con nueva energía; equipo de poder; maquinaria de agricultura; nuevos materiales y biomedicina.

Para que Made in China 2025 rinda frutos, Pekín ya ha invertido en cinco centros nacionales de innovación manufacturera y 48 centros provinciales, conjuntamente se construirán otros 40 centros nacionales hasta el 2025. Además, para el 2030 -a través de una estrategia paralela- China debería establecerse como el líder mundial en inteligencia artificial (AI).

El mantra del sueño chino del presidente Xi Jinping, también denominado «el gran rejuvenecimiento de la nación china», está estrictamente relacionado no solo con Made in China 2025, internamente, sino también, con el concepto básico de la política exterior de China; la construcción de las Nuevas Rutas de la Seda (Belt and Road Initiative – BRI). Por tanto Made in China 2025 y las Rutas de la Seda son absolutamente innegociables.

No hay ninguna evidencia, en absoluto, de que Made in USA 2025 esté en juego. La Casa Blanca prefiere enmarcar todo el proceso como una batalla contra la «agresión económica» de China. La Estrategia de Seguridad Nacional enmarca a China como el principal desafío al poder de Estados Unidos. La Estrategia de Defensa Nacional del Pentágono considera a China como «un competidor estratégico que utiliza una economía depredadora».

Entonces… ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Innovar o perecer

David Harvey, en The New Imperialism, toma prestado del libro The Global Gamble de P. Gowan, para enfatizar cómo ambos ven «la reestructuración radical del capitalismo internacional después de 1973 como una serie de apuestas por parte de los Estados Unidos para tratar de mantener su posición hegemónica en los asuntos económicos mundiales contra Europa, Japón y más tarde contra el Este y Sureste de Asia».

Antes de que terminara el milenio, Harvey ya subrayaba cómo Wall Street y el Tesoro de Estados Unidos se desenvolvieron como «un formidable instrumento del arte de gobernar económico para impulsar tanto el proceso de globalización como producir transformaciones neoliberales en las naciones asociadas».

China, por su parte, desempeñó magistralmente este juego de reorientación capitalista: invertir sin restricciones en lo que puede describirse como «neoliberalismo con características chinas» y sacar provecho de la proyección del poder económico de EE.UU., a través de los mercados abiertos y de la OMC.

Ahora finalmente, a una velocidad vertiginosa, China está lista para invertir en su propia proyección de poder económico. Como Harvey señaló hace más de una década, el próximo paso para el capitalismo de Asia Oriental sería «alejarse de la dependencia del mercado estadounidense» hacia el «cultivo de un mercado interno».

Harvey describió el enorme programa de modernización chino como «una versión interna del programa que EE.UU., hizo internamente en los años 50 y 60 a través de la sub-urbanización y el desarrollo del llamado «Sun Belt».

Secuencialmente, China estaría «desviando gradualmente el capital excedente de Japón, Taiwán y Corea del Sur y disminuyendo así los flujos hacia Estados Unidos». Esto ya está sucediendo.

El presidente Trump no es exactamente un geopolítico de mirada estratégica. La razón de estos aranceles puede forzar que las cadenas de suministro de las corporaciones estadounidenses se vuelvan menos dependientes de China, pero tal como ha constituido la economía global no se provocará la ruina de estas cadenas de suministro, como lo espera Trump con la vuelta a Estados Unidos de la producción deslocalizada. En la ubicación también rigen la lógica turbo-capitalista; las corporaciones siempre privilegiarán costos más bajos de mano de obra y de producción, donde sea que se encuentren.

Cuando se trata de la batalla por la innovación de primera línea, entre China y EE. UU., la estrategia del Grupo Chino de Desarrollo de Zhongguancun (ZDG) que ha invertido en alta tecnología en los centros de excelencia de los propios EE.UU. es un caso fascinante

ZDG ha establecido una serie de centros de innovación en el extranjero. El Centro de Innovación ZGC clave se encuentra en Santa Clara, California, muy cerca de Stanford y los campus de Google y Apple. Luego ha instalado un nuevo centro en Boston a dos pasos de Harvard y MIT.

Estos centros ofrecen el «paquete completo»: desde laboratorios de última generación hasta, capitales a través de un fondo de inversión. La matriz proviene del Gobierno de Pekín, a través del distrito tecnológico de la ciudad. Y huelga decir que ZDG se alinea completamente con las Rutas de la Seda en su expansión para «aprender la experiencia en el extranjero de un ecosistema de innovación».

De qué trata Made in China 2025. ¿Medio siglo de guerra comercial? Entonces, ¿qué pasa después?

En medio de un tsunami de histeria, el análisis serio de Li Xiao, decano de la escuela de economía de la Universidad de Jilin, es más que bienvenido.

Li apuesta por la yugular, destacando que «el progreso de China es esencialmente un aumento de estatus dentro del sistema impuesto por el dólar». Desde el punto de vista de Pekín el cambio es imperativo, pero será gradual. «El objetivo de la internacionalización del yuan no es reemplazar el dólar. El sistema del dólar es insustituible en el corto plazo. Nuestro objetivo para el yuan es reducir el riesgo y el costo en un sistema de este tipo».

Li, de manera realista, también admite que «el conflicto entre dos grandes potencias podría continuar por lo menos 50 años o incluso más. Todo lo que sucede hoy es solo un telón de fondo de la historia».

Implícito en el telón de fondo se encuentran los líderes chinos que parecen interpretar el primer disparo de Tump como la aceleración de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE.UU. La conclusión a la que ha llegado Pekín es forzosa, Estados Unidos ahora está amenazando el sueño chino.

Como el sueño chino incluye sin discusión «el rejuvenecimiento de la nación», el proyecto «Made in China 2025», Las Rutas de la Seda, la multipolaridad y China como motor de la integración de Eurasia no son negociables, no es de extrañar que el escenario esté preparado para una inevitable e importante turbulencia.

Fuente: http://www.atimes.com/article/tariffs-kick-off-50-year-trade-war-with-china/?cn-reloaded=1

Traducción de Emilio Pizocaro para rebelión.org

Perdió Trump, Biden no ganó. Es la geopolítica

Manolo Monereo

Hace cuatro años pronostiqué la victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton. Ahora las cosas estaban más claras, quizás demasiado. El desgaste del presidente norteamericano parecía evidente y las encuestas auguraban una victoria nítida de la dupla Biden/Harris. Me ha sorprendido la consistencia y la fuerza del voto republicano. Biden ha sido el candidato más votado de la historia de EEUU; el segundo ha sido el candidato Trump. Lo que teníamos delante de nuestros ojos era una enorme polarización y una fortísima movilización que ha ido creciendo día a día. A Trump lo ha derrotado una “coalición negativa”. El “todos contra el presidente” ha funcionado. ¿Hubiese perdido Trump sin la covid-19? No lo creo. La pandemia ha sido un catalizador que ha activado una amplia oposición cansada de tanta retórica, de tanto negacionismo que contrastaba con una imponente cifra de muertos, de infectados y, sobre todo, que ponía de manifiesto el desastroso, caro e injusto sistema sanitario norteamericano. El aparato del Partido Demócrata ha hecho de esta cuestión el tema central de su campaña; no se equivocaron.

¿Gana Biden? Lo dudo. Una coalición negativa (de eso sabe mucho Donald Trump) es relativamente fácil de ahormar en determinadas circunstancias. La propuesta Biden/Harris se ha ido construyendo por oposición, atrapando perfiles de votantes, sumando expectativas sociales y traduciéndolas en votos. Trump, como tantos otros populistas de derechas, domina el discurso, la capacidad para definir enemigos y situar como fuerza social a aquellos que cuentan poco o que se sienten marginados de la política. La piedra de toque es gobernar; es decir, diseñar estrategias, alianzas sociales, gestionar la maquinaria del Estado y tener un equipo solvente que dé confianza a la ciudadanía. Trump ha sido demasiadas veces su peor enemigo; ha emitido mensajes contradictorios y sus decisiones han carecido la más de las veces de coherencia. Las memorias de John Bolton dan cuenta de una gestión caprichosa, carente de fundamentos y de una improvisación impropia de un dirigente político. La polarización que tan buenos resultados le ha dado, le ha impedido ampliar consensos; abrió todos los frentes posibles y se equivocó en el fundamental, la pandemia. Aun así, ha conseguido casi la mitad de los votos.

Trump fue la reacción de una Norteamérica profunda que estaba harta del reinado de Obama y de los demócratas, que tenía la sensación de que EEUU se estaba quedando atrás frente a una China que le disputaba abiertamente la hegemonía y, era básico, que se sentía en la obligación de defender una identidad político-cultural en peligro. Los datos electorales nos dicen que estas percepciones se han hecho fuertes, han devenido en cultura política y que con Trump o sin él, seguirán estando ahí. Con Biden/Harris llega al gobierno la derecha del Partido Demócrata. De nuevo, como diría la Nancy Fraser, ¿“neoliberalismo progresista” en el poder? Seguramente. Habrá neoliberalismo sin duda; progresismo en los grandes enunciados sobre feminismo, crisis climática y apoyo a las minorías. Los retos son grandes, las expectativas creadas son muchas. El bloque del “no” sumaba muchas cosas, demasiadas; demandas viejas y nuevas, necesidades sociales históricamente insatisfechas, libertades por conquistar y dignidades pisoteadas. Al principio todo será fácil y se cabalgará con el entusiasmo de la victoria. Pronto se tomarán decisiones y se verá el margen de maniobra real en la Cámara de Representantes y en el Senado, no hay que olvidarlo, en momentos de pandemia y de depresión económica, social, político cultural.

No es este el momento de hacer una evaluación de lo que sido el gobierno de Donald Trump y sus políticas. El “América primero” fue el intento de situar a la ofensiva a un país en decadencia en un mundo que iniciaba una gran transición geopolítica. China era el enemigo, si no a batir, al menos, frenar. EEUU no podía consentir (nunca lo ha consentido) la hegemonía de una potencia enemiga en el hemisferio oriental. En términos militares: repliegue táctico, reducir el frente y acumular fuerza en el punto decisivo. En un primer momento intentó hacer la “jugada Kissinger” al revés; es decir, una alianza, más o menos explícita, con Rusia frente a China. No le fue posible. Constató la enorme habilidad de China para usar en su favor las instituciones y tratados multilaterales creados por los EEUU y, a martillazos, la administración Trump fue agrietándolos, cuando no, rompiéndolos sin miramientos. Un tema tan central como la OTAN fue dejado a un lado, los aliados tradicionales fueron maltratados en el marco de una estrategia que tenía como objetivo central Asia y sus enormes desafíos. Ha sido penoso ver a los dirigentes políticos europeos ir detrás de un presidente norteamericano que los trataba con prepotencia y, a veces, con un desprecio rayano en la humillación. Demasiadas ocurrencias, excesivas prisas y decisiones arbitrarias. Eso sí, Israel, Israel siempre al mando.

La otra cara del asunto, la política interna, lo esperado y un poco más. Gobierno al servicio de los ricos, masivas ayudas a las grandes empresas y defensa intransigente de los postulados liberales más rancios. La Reserva Federal inyectando masivamente dinero y el gobierno acumulando deuda. Los datos macroeconómicos antes de la pandemia eran buenos, eso sí, conviviendo con enormes desigualdades, bajos salarios, carencias estructurales de servicios públicos, sobrexplotación de una fuerza de trabajo segmentada territorialmente, por su composición racial y por su género. La retórica nacionalista e industrialista no se vio traducida en políticas concretas y los llamamientos al retorno de empresas o a la reintroducción de las cadenas de valor no encontraron demasiado eco; por cierto, los demócratas llevan propuestas parecidas en su programa electoral.

Asombra las loas a la democracia americana y a su supuesta salvación, Biden. Bastaría tomar nota del sistema electoral y de los juegos de estrategia de las élites para darse cuenta que se trata de la quintaesencia de un sistema político plutocrático, centralmente antidemocrático y controlado por los grandes poderes económicos, mayoritariamente alineados hoy con la derecha del partido demócrata. El asombro se convierte en perplejidad cuando se conjetura que la nueva administración será positiva para las relaciones internacionales, las instituciones multilaterales y para la salud del planeta. Hablar de la supuesta ejemplaridad democrática de EEUU no ayuda a entender un mundo que está cambiando radicalmente y que lo hace en contra de su hegemonía, de su, hasta ahora, indiscutible dominio; frente a un orden creado a su imagen y beneficio; tampoco ayuda, paradójicamente, a comprender la reacción de una parte significativa de la población norteamericana que se ha movilizado contra un poder autoritario al servicio de una oligarquía cada vez más rica y omnipotente.

¿Qué cabe esperar de la nueva administración? Habrá, seguramente, una reordenación de prioridades donde lo interno y lo internacional se solaparán en función de intereses del momento. Según algunos medios, estaríamos ante un programa económico y social marcadamente de izquierdas que significaría, en la práctica, una enmienda a la totalidad a la política seguida por Trump. Esto ya lo oímos con Clinton y con Obama. Necesariamente tiene que haber un giro sustancial en el combate contra el virus, importantes inversiones en la sanidad pública y una mayor atención a las enormes desigualdades sociales y territoriales, sin olvidar la cuestión del desempleo que ha crecido mucho con la pandemia.

Los cambios, a mi juicio, vendrán de la política internacional de la nueva administración demócrata. En primer lugar, China será el enemigo a batir, el adversario sistémico (como lo denomina la UE) a contener y derrotar. Para EEUU es una cuestión existencial: no consentirán, repito, la hegemonía del viejo imperio en el hemisferio oriental. Hablar de cuestión existencial significa que irán en serio y hasta el final empleando todos sus enormes medios, todas sus capacidades, combinando poder duro y blando, guerras económicas e hibridas, el ciber espacio y la inteligencia artificial. Sin olvidar un asunto no siempre bien subrayado, su desequilibrante superioridad político-militar y geoestratégica. En segundo lugar, la estrategia va a cambiar. Será, por decirlo así, trilateral. EEUU sabe que, por sí mismo, no puede ganar esta la guerra y necesita aliados estables. Se trata de construir un bloque alternativo a China-Rusia a nivel mundial sumando a la UE, a Gran Bretaña, a Australia, Japón y Corea del Sur. La condición previa es que, de una y otra forma, los aliados cuenten, sean tomados en consideración e incorporados en las decisiones. Es lo que no supo ver Donald Trump. El territorio es favorable y el señor Borrell, disponible. Es más, Pedro Sánchez, discípulo siempre aventajado, habla ya de construir económica y políticamente un espacio transatlántico más allá de Berlín y de París. La UE quiere ser aliada privilegiada a cambio de renunciar a ser un sujeto político autónomo, un actor internacional con intereses propios y definidos; protagonista de un mundo multipolar en construcción. La Unión Europea parte de una alianza estratégica hegemonizada por los EEUU, Esta es la línea de demarcación decisiva que marcará el futuro de nuestro país.

La OTAN, en tercer lugar, va a ser refundada por enésima vez. Será el eje vertebrador de la estrategia político militar ampliando, aún más, sus zonas de influencia. La llamada Defensa Europea queda así definida: fuerza complementaria y subalterna a la política global de la OTAN; es decir, de EEUU. Por último, en esta estrategia tendrá mucha importancia lo ideológico, la plataforma político-cultural que legitime el discurso de esta nueva etapa que se abre. El objetivo explícito será reconstruir el Orden Liberal Internacional frente a las viejas políticas de Donald Trump y el autoritarismo de China y Rusia. La nueva administración retomará viejos temas y viejas consignas en nombre del multilateralismo, el libre comercio y los derechos humanos. La confrontación será sistemática y a nivel global. Veremos la exigencia de derechos humanos en Bielorrusia, en Hong Kong, en China, en Rusia. En paralelo, el retorno a los acuerdos de París, a la OMS y, reservas, renegociar los acuerdos con Irán.

Antes hablé de Nancy Fraser. Como es conocido, ella defendió un populismo progresista frente al populismo reaccionario de Donald Trump. Esto no es lo que ha ganado en EEUU. Biden-Harris representan lo que la conocida politóloga norteamericana llamó el “neoliberalismo progresista”. Es difícil que el banderín de enganche para el” nuevo consenso transatlántico” sea este término. Vendrá un “liberalismo progresista” que exprese una nueva síntesis y que permita romper con la tradición de la izquierda europea. En medio, una crisis geopolítica de enormes dimensiones, una pandemia que muta en depresión económica, social y psíquica y una sociedad que vive entre el miedo y el resentimiento. El quién gana lo veremos pronto.

Artículo publicado originalmente en Cuarto Poder.

Fuente: https://www.elviejotopo.com/topoexpress/perdio-trump-biden-no-gano/

El síndrome Qing de Estados Unidos

Tras la leyenda de la manipulación electoral rusa, ya asoma el “peligro chino”

Rafael Poch

Si algo ha dejado claro la última campaña electoral es que Estados Unidos no tiene una estrategia para el nuevo mundo del Siglo XXI.

Tras la leyenda de la manipulación electoral rusa, ya asoma el “peligro chino”

Estados Unidos pasa por ser una “sociedad abierta” -incluso la sociedad abierta por excelencia- sin embargo es obvio que las preguntas esenciales sobre su comportamiento internacional ni se plantean, ni pueden siquiera ser planteadas. Por ejemplo, la mera hipótesis de que el país deje de ser la “potencia número uno” en el próximo futuro -una posibilidad en absoluto excéntrica- no solo es implanteable, sino que tiene categoría de simple herejía: Nadie en Estados Unidos está dispuesto a discutir la posibilidad de que el país llegue a ser un “número 2” mundial y tal enunciado, “sería suicida para cualquier político que lo planteara”, constata el politólogo Kishore Mahbubani de la Universidad de Singapur.

En su último libro Has China Won?, repleto del sentido común y la racionalidad que favorece la independencia de criterio tan rara entre los expertos occidentales , Mahbubani expone cómo, pese al declive, ningún líder de Estados Unidos ha propuesto hasta la fecha un ajuste estratégico o estructural para ponerse a tono con la nueva realidad del mundo. Es lo que el ilustre historiador chino Wang Gungwu describe como el “síndrome Qing de América”.

Los políticos de Estados Unidos cometen el mismo error que los mandarines de la última fase de la Dinastía Qing del siglo XIX. Aquellos chinos no entendían que el ascenso de Occidente significaba que China debía cambiar de rumbo. “Los confiados mandarines del último periodo Qing despreciaban la posibilidad de la emergencia de un nuevo mundo que pudiera desafiar a su superior sistema”, explica Wang. Desde “siempre” China había sido “número uno”, su civilización se contemplaba como la mejor mientras se cocía en su propia salsa, despreciando o ignorando los profundos cambios que sucedían a su alrededor. El mero hecho de mirar lo que pasaba fuera ya era herejía.

No estaba previsto

El ascenso de China es uno de los cambios profundos del mundo de hoy. La integración de China en la globalización, entendida como el seudónimo del dominio mundial de Estados Unidos, contenía implícitamente como consecuencia el escenario de convertirla en vasallo de Occidente. Para comprar un solo avión Boeing a Estados Unidos, China debía producir cien millones de pares de pantalones. No estaba previsto que jugando en el terreno diseñado por otros, China torciera aquel propósito. El “milagro chino” fue usar una receta occidental diseñada para su sometimiento para fortalecerse de forma autónoma e independiente.

“La estrategia produjo complicaciones y complejidades que desembocaron en una China más poderosa que no respondía a las expectativas occidentales”, constataba desconcertado el comentarísta de la CNN Fareed Zakaria. La situación recuerda a la de un tahúr que jugando una partida de póker contra un adversario insignificante constata que pierde la partida pese a jugar con cartas marcadas. No estaba previsto y la reacción del tahúr en tal situación es volcar la mesa y desenfundar la pistola.

Si algo ha dejado claro la última campaña electoral en Estados Unidos es confirmar que ese país no tiene una estrategia para el nuevo mundo del Siglo XXI. La única receta clara para impedir el declive es la guerra, comercial y tecnológica, y la amenaza militar con una diplomacia cada vez más nuclearizada. Trump ha dividido a su país en casi todo excepto en su guerra comercial y tecnológica contra China. Esa beligerancia es algo que se da por supuesto en los candidatos a la presidencia que compiten entre sí por demostrar quien mima más a los militares y al complejo militar-industrial y quien es más antichino, huyendo como de la peste de cualquier veleidad de flojera ante el adversario. No es solo una “vaca sagrada” ideológica que se desprende de la inercia de un siglo de dominio mundial, sino una tara estructural.

El gasto en armas y guerras no es algo que en Estados Unidos se decida en el marco de una estrategia nacional racional que valora qué sistemas de armas se necesitan para la situación geopolítica presente y concreta, dice Mahbubani. “Las armas se compran como resultado de un complejo sistema de lobbismo a cargo de los fabricantes que ubicaron astutamente sus industrias en todas las circunscripciones congresuales de América, con lo que los políticos que quieren mantener los puestos de trabajo en sus territorios (y su propio puestos en el Congreso) son quienes deciden qué armas se producirán para el ejército”.

Ventajas del adversario

No hay en China nada parecido al complejo militar-industrial de Estados Unidos que fomenta estructuralmente el militarismo y el imperialismo con sus poderosos “lobbies” y think tanks. Los mandarines de Estados Unidos son prisioneros de una red que complica sobremanera su adaptación al nuevo mundo. Su poderoso y eficaz aparato de propaganda (“información & entretenimiento”) presenta al régimen político de Estados Unidos de partido único bicéfalo basado en la aristocracia del dinero, como una democracia. A su lado el régimen del Partido Comunista Chino, que es una estructura meritocrática, es visto como algo arcaico y brutal. No hay duda de que el régimen chino tiene muchos problemas y carencias, pero desde luego también algunas virtudes. Impide, por ejemplo, la aparición de Trumps nacionalistas chinos y potencia a muchos de los más capaces y mejores hacia arriba. Hoy por hoy, como dice Mahbubani, “desempeña un bien global garantizando que China se comporte como un actor racional y estable en el mundo y no como un sujeto nacionalista enfadado distorsionador del orden regional y global”. En materia de cambio climático, China no sigue el ejemplo de Estados Unidos. Un gobierno chino democráticamente electo (en el sentido americano del término) habría tenido gran presión para hacer lo mismo que Estados Unidos en lugar de proclamar su objetivo de desarrollar una “civilización ecológica”.

Hay 193 países miembros en la ONU. ¿Quién, Estados Unidos o China, está remando en la misma dirección que la mayoría de los 191 y quién lo hace en contra, mientras ningunea o abandona las instituciones y acuerdos internacionales?, se pregunta Mahbubani. En las condiciones democráticas sugeridas para China desde Occidente, sería mucho más difícil para ese país mantener su proverbial prudencia internacional y su no injerencia en los asuntos internos de otros conforme se hace más poderosa. Antes de cargarse a un régimen que juega en otra liga de civilización, hay que pensar en sus alternativas para el caso de que abrazara lo que se le recomienda desde la occidental.

¿Expansionismo?

La crisis financiera global de 2008, genuino detritus de la economía de casino con centro en Estados Unidos, ofreció la primera evidencia de debilidad occidental: China gobernó la situación mucho mejor, como había pasado ocho años antes con el estallido de la burbuja dot-com. Las desastrosas consecuencias de las guerras que siguieron al 11-S neoyorkino hicieron patente una criminal irresponsabilidad. La retirada de Estados Unidos del acuerdo sobre cambio climático y la mala gestión de la crisis de la pandemia en Occidente (en comparación no solo con China, sino con el conjunto de Asia oriental) incrementaron esa evidencia de decadencia y desbarajuste. Ante esos hechos se hacía bien patente el desfase de la célebre recomendación de Deng Xiaoping de finales de los años ochenta en materia de política exterior: “Observar la situación con calma, mantenernos firmes en nuestras posiciones. Responder con cautela. Solapar nuestras capacidades y esperar el momento oportuno. Nunca reclamar el liderazgo”.

La situación general invitaba desde hace tiempo a actualizar aquella prudente directriz, pero es la creciente virulencia de la guerra comercial y tecnológica, de las provocaciones militares y de las campañas de denigración de los últimos meses, la que determina un cambio de tonos. Xi Jinping aprovechó el aniversario de la guerra de Corea para sacar pecho en octubre. Dijo que “el pueblo chino no creará problemas, pero tampoco tenemos miedo, y no importa las dificultades o desafíos que enfrentemos, nuestras piernas no temblarán y nuestras espaldas no se doblarán”, y que “nunca permaneceremos de brazos cruzados cuando nuestra soberanía esté amenazada y no permitiremos nunca a ningún ejército invadir o dividir a nuestro país”. En mayo, el ministro de exteriores, Wang Yi, respondió a los juicios de Trump sobre el “virus chino” diciendo, “jamás tomaremos la iniciativa de intimidar a otros, pero tenemos principios. Ante las calumnias deliberadas, responderemos con fuerza, protegeremos nuestro honor nacional y nuestra dignidad en tanto pueblo”.

Aisladas de su contexto, todas estas declaraciones se utilizan en Occidente para confirmar los peligros de una China crecida y agresiva. Pero el hecho es que en más de cuarenta años, mientras Occidente se implicaba en guerras en Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y Siria, entre otras, China no ha participado en ningún conflicto bélico. Las tensiones y reivindicaciones chinas en lugares como Tibet, Xinjiang, Hong Kong o Taiwan, se mencionan como prueba de “expansionismo”, cuando esas reivindicaciones son mas legítimas que las de Estados Unidos sobre Texas, California o todo el sur del país arrebatado a México en el XIX. Con toda su brutalidad, la política de Pekín en Xinjiang no tiene nada que ver con la medicina para atajar el mismo problema por parte de Estados Unidos y su guerra contra el terror, que incluye millones de muertos, la devastación de sociedades enteras y la primera legalización de la tortura en un país occidental en el siglo XXI. En Taiwán es ridículo presentar como “expansionismo” la reclamación china de la isla cuando desde 1972 Estados Unidos reconoce que “Taiwán es parte de China” pese a lo cual incumple reiteradamente su compromiso, declarado en 1982, de no vender armas a la isla por encima de una discreta cantidad y calidad.

Como en Taiwán, las tensiones militares en el Mar de la China Meridional se derivan principalmente de la intervención militar de Estados Unidos en la región para “contener” a Pekín. China fue la última de las cinco naciones implicadas en fortificar las islas en disputa de ese mar. Vietnam ocupa hoy más de cuarenta islas en el archipiélago del Paracelso, China veinte. En la Spratly, China controla ocho islas, Filipinas nueve, Malasia cinco y Taiwán una. Malasia, Filipinas y Vietnam fueron los primeros en reivindicar como suyas esas islas, lo que empujó a China a imitarlas. Todo eso se omite en el habitual informe sobre las tensiones en aquella zona. China mantiene muchos tiras y aflojas con sus vecinos (y tiene muchos), pero no hay guerras. Y sobre todo, si hay que hablar de gobernanza mundial hay que poner por delante una carencia de China que contrasta fuertemente con Estados Unidos y sus aliados occidentales: China carece de ideología mesiánica y de cualquier propósito de convertir en chinos a los demás países del mundo. La promoción de un chinese way of life no figura en los catálogos de exportación chinos, lo que supone una mayor garantía para la diversidad mundial.

El precio de la miope arrogancia de los mandarines de la última época Qing fue terrible para China. Los Estados Unidos actuales están en una posición mucho más fuerte que la China de entonces. No está en juego la integridad de Estados Unidos, ni su territorio va a ser invadido, repartido, violentado o inundado de opio, pero no hay duda de que la suma de las taras estructurales militaristas y de la ceguera de una superpotencia ante su declive se cobran un precio. Y en el mundo de hoy, repleto de armas nucleares, ese precio está llamado a ser inmenso.

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Fuente: https://rafaelpoch.com/2020/11/03/el-sindrome-qing-de-estados-unidos/#more-531

[Entrevista] Pablo Pozzi: “Esta explosión popular muestra la crisis y decadencia del sistema norteamericano”

Brenda Hamilton

Empecemos por los orígenes. ¿Por qué se dice que el racismo en Estados Unidos lo “institucionalizó el Estado”? ¿Qué significaron y qué implicancias tuvieron las leyes Jim Crow?

Racismo en múltiples sentidos. Desde el momento de la esclavitud en adelante se instituye un sistema de explotación que plantea que los negros van a ser inferiores y, por lo tanto, esclavizables. ¿Esto qué significa? Que la visión política, ideológica y cultural que se impone es que los negros tienen problemas para vivir como adultos con derechos y respondabilidades. De hecho, se los ve básicamente como un poquito mejor que animales pero como niños que no tienen capacidad de desarrollar patrones de civilización como podrían desarrollar los hombres blancos. Esto se va a diferenciar de un sistema originalmente colonial en el cual, además de tener a africanos importados como esclavos, también tienen servidumbre por deudas: los deudores en Inglaterra eran transportados al “Nuevo Mundo” donde tenían que trabajar a cambio de, eventualmente, obtener su libertad siete años más tarde.

Esto se va a a institucionalizar de distintas maneras. La manera más simple es una cantidad de aspectos legales donde (los esclavos, NdT) son declarados propiedad desde el momento en el cual se instituye la Constitución norteamericana y define a los esclavos como que cuentan como tres quintas partes de un blanco para fines de representación electoral. Esto dice, básicamente, que (los negros, NdT) a) no son como los blancos, b) valen menos que ellos, c) que no tienen acceso a la ciudadanía. Estas leyes se van a ir continuando no solo con las cuestiones constitucionales y en términos de propiedad, sino, además, con una cantidad de leyes y de constumbres. Las leyes Jim Crow combinan ambas cosas, es decir, la legislación estadual y muncipal con las costumbres, donde los negros tienen que vivir en formas absolutamente separadas de los blancos. ¿Esto qué es lo que garantiza? Básicamente, que ellos trabajen en la tierra como esclavos y dificulta su fuga, porque efectivamente los esclavos no solo apuntan a fugarse sino tambien llevan adelante distintas formas de resistencia: desde quemar la cosecha y matar animales hasta hacer rebeliones de esclavos, que hubo una cuantas y muy cruentas en EE.UU.

Las leyes Jim Crow básicamente son esa mezcla de costumbre y municipio donde el negro no puede comer en el mismo lugar que el blanco, no puede ir al mismo baño, no puede tomar agua en el mismo lugar que el blanco, inclusve cosas abolutamrnte ridículas: cuando se establece la Coca-Cola y aparecen máquinas expendedoras de botellas de Coca-Cola había para blancos y para negros. En la práctica, eso va a implicar cuestiones puntuales como por ejemplo que los negros tienen que hablar de cierta forma- comiendose las eses y cosas por el estilo- no mirar a los ojos, si son acusados por una mujer blanca de hostigamiento son automáticamente culpables, etc. Implica la segregación, de hecho, aunque los norteamericanos no se identifican con el apartheid sudafricano, es básicamente eso.

En este mismo sentido, ¿Cómo se relaciona esta legislación con las relaciones capital-trabajo?

La esclavitud es un tipo de relación capital-trabajo, claramente. De hecho, una plantación de azúcar, algodón o de arroz, no tiene sentido sin tener esclavos. El modo de producción es: tierra más mano de obra que tiene que estar fijada a la tierra. Esto implica legislación y conceptos que se llevan adelante. Más adelante, una vez que se decreta la libertad de los esclavos, estos son tambien fijados a la tierra a través de distintas formas: peonazgo por deudas, papeletas de conchabo o, simplemente, cuestiones como el papel que cumple las fuerzas policiales para mantenerlos en la zona, o, inclusive, el surgimiento de organizaciones como el Ku Klux Klan cuyo eje básico es mantener (la fijación a la tierra, NdT).

¿Por qué es importante esto? Porque los esclavos, una vez liberados, es decir, los esclavos libertos, obtienen la posibilidad de negociar (el precio de, NdT) su mano de obra y pretenden- caraduras (risas)- mejores condiciones de trabajo; trabajan menos horas, lo cual hace plantear a los dueños de los ex-esclavos (ahora sus patrones), que los negros son vagos porque quieren trabajar menos de las 24 horas diarias; pretenden educación para los hijos, reunificación familiar y una cantidad de demandas más. Entonces, entre 1865- donde se produce la liberación de esclavos- hasta la década de 1960, es decir durante 100, (la igualdad, NdT) se verá dificultada por la legislación y por unos niveles de violencia muy altos. El problema del Ku Klux Klan y de este tipo de legislación, no es un problema de racismo, es un problema de capital-trabajo. Es un problema de cómo fijar la mano de obra a la tierra y abaratar su costo netamente. Esto es justificado por una serie de preceptos e ideologías racistas que, además, van a desarrollarse, a través de 100 años, “sustentados” por estudios de supuestos académicos e intelectuales. Desde un tal Frederick Hoffman, que 1892 hace un estudio muy famoso en ese momento, “demostrando” la inferioridad de los negros, hasta un estudio de 1944 de un famoso sociólogo llamado ¿Nirval? que plantea básicamente lo mismo.

¿Qué rol jugaron los sindicatos en ese sentido? ¿Qué debates se dieron al interior de las organizaciones sobre la sindicalización de los afroamericanos, mujeres e inmigrantes?

(Esto que venimos hablando, NdT), además, toma cuerpo y forma en el sistema político y en los sindicatos. En el primero dificultando que puedan votar o postularse, de hecho, uno de los problemas que tienen los blancos en el sistema político es que en los primeros años de la libertad de los negros, los negros votan- y lo peor es que votan negros. Entre 1865 y 1868/9, tenes diputados negros a nivel nacional, tenes legisladores negros a nivel local. Esto después de 1876 deja de existir, no hay más negros hasta la década de 1960. En el caso sindical, los negros son rechazados por el sindicalismo hegemónico- el sindicalismo empresarial vinculado a Gompers- prohibiéndoles la afiliación desde los estatutos. De hecho, colaboran con el Estado y con las patronales para destruir las organizaciones gremiales que se planteen la organización de los negros. Por ejemplo, el caso de la Orden de los Caballeros del Trabajo que organizaba hombres, mujeres y negros. Esto puede ser interesante para quien le interesen los problemas de género. Además de estar vetados los negros de los estatutos de las organizaciones, también lo estaban las mujeres, que tampoco tenían derechos políticos y también tenían elementos de segregación importantes. Recién en la década de 1960, muchos de estos estatutos sindicales fueron modificados a través del movimiento de los derechos civiles de los negros y, además, un cambio sumamente importante: pensar que los esclavos trabajaban en el campo, esto implica que la vasta mayoría de los afroamericanos era rurales.

Entre la Primera Guerra Mundial y luego durante la Segunda Guerra, cuando los obreros blancos fueron enviados a la guerra, fueron reemplazados en fábricas como Ford, por afroaméricanos venidos desde el sur en pésimas condiciones y con salarios 53% más bajos que los blancos. Esto implica, además, que en el contexto de legislación más ideología racista más costumbres racistas, hay bastante división dentro del movimiento obrero norteamericano entre negros y blancos, no solo a nivel sindical sino a nivel general, donde los blancos consideran que los negros vienen a bajar el salario. Esto implica una cantidad de debates del sindicalismo y el movimiento obrero. Pensemos que los socialistas, hacia 1900, son los que plantean la organización de los negros, como después lo plantean los comunistas y, luego, ya con mucho menor fuerza, los trotskistas.

Estamos hablando de los socialistas que organizan la IWW (International Workers of the World, NdT) y que organizan a todo el mundo en un sindicato, ese es básicamente su planteo, ya que para ellos los convenios sindicales no sirven para nada si no tienen a la fuerza obrera como su principal eje, sean hombres, mujeres, negros, blancos o hispanos. Por lo tanto, serán perseguidos y asesinados de una inmensa cantidad de lados. De hecho, el núcleo de la IWW fundará el PC (Partido Comunista, NdT) en la década del 20. En el caso de los comunistas, en la década del 20 y 30, organizan una cantidad de fuerzas importantes, una es la La Liga de Arrendatarios y de Aparceros del sur, que además tiene de desarrollarse sindicalmente, se desarrolla en la autodefensa. Cuando vienen los grupos tipo Klan a ejercer violencia sobre ellos, se defienden de forma armada netamente con bastante éxito.

El problema sindical es un problema serio porque además para el sindicalismo hegemónico, el objetivo del sindicato es colaborar con la patronal de manera que la torta sea más grande y, por lo tanto, el porcentaje que reciban los trabajadores tambien sea más grande. No como porcentaje de la torta sino que si crece la torta, tu pedacido tambien será un poquito mayor. Eso va a impliar que los sindicatos norteamericanos son reacios a organizar a los negros, lo mismo que a los trabajadores sin oficio, inmigrantes, católicos, etc. básicamente porque el criterio del sindicalismo hegemónico es “pocos pero buenos”, esa es su consigna, en referencia a aquellos que tienen una alta capacidad de negociacion, porque tienen buenos salarios y puestos claves en la producción.

Esto se modificará en la década del 30 donde, luego de una inmensa cantidad de luchas sociales, surge el CIO, cuyo objetivo es el sindicalismo por rama de industria. Esto se va a modificar en la década del 50, como subproducto de la Segunda Guerra Mundial. Unos 16 millones de soldados norteamericanos serán puestos bajo bandera y más allá de las peliculas que reivindican a los negros que sirven en las Fuerzas Armadas, serán pocos en ese momento y serán usados para cavar letrinas, cargar munciones y cosas por el estilo. En la práctica, una de las huelgas más importantes de la época será en el 1944, cuando están cargando un barco de municiones en el puerto de Seattle y el barco explota, matando a un montón de obreros afroamericanos que estaban descargandolo y se declara una huelga general en ese momento. Los organizadores y 50 activistas negros son condenados y expulsados. Tomó 50 años más para que el Estado norteamericano decidiera que no lo habían hecho tan mal y que no eran culpables de nada, un poco tarde.

En la práctica, lo que representan esos 16 millones de soldados blancos que van a la guerra, es que hay que reemplazarlos en las fábricas por negros y por mujeres, para sorpresa de los estatutos sindicales y las patronales, que consideraban que ninguno de los dos tenía la capacidad de desarrollar una tarea o un oficio con cierta idoneidad. Hay pilas de estudio que muestran esto. Cuando va a terminar la guerra, el objetivo es que vuelvan a su lugar de preguerra, algo que es resistido arduamente y no ocurre. Pero además, uno de los problemas de ambos, en este caso particular de los afroamericanos, es que se creen el discurso de la guerra, de que era una guerra por la democracia, la igualdad y para eliminar la opresión y tener derechos. Por lo tanto, una cantidad de ellos que habían trabajado en fábricas y habían hecho experiencia sindical o que habían regresado de la guerra, empiezan a movilizarse contra la legislación que le impide sus derechos (en su país, NdT). En los años 51, 52 y 53, vas a tener las movilizaciones de la colectividad negra, la más conocida de ellas es el boicott al transporte público de Montgomery. La historia oficial dice que un día se subió una señora costurera llamada Rosa Parks, se sentó en la parte de adelante y le ordenaron que fuera detrás porque había un blanco que quería sentarse y ella dijo una frase histórica, “mis pies están cansados pero mi alma no”-sensacional Rosa Parks- y después de eso la detuvieron.

Mujer tenía que ser…

Sí, la verdad que sí. Es interesante porque la familias negras eran familias fuertemente matriarcales, ya que los hombres eran vendidos como esclavos y las madres eran consideradas elementos de reproducción, donde cada hijo nuevo era un esclavo nuevo y por lo tanto capital. Siempre entonces tuvieron un peso muy importante en la comunidad negra, lo mismo que los predicadores y sacerdotes.

Lo que no te dicen del conflicto que se generó con Rosa Parks es que cuando la detienen y todos los negros hacen paro, dejan de tomar el transporte publico por 9 meses, algo sensacional. Cualquiera que haya militado o activado sabe que eso no puede ser así porque si, lo que había realmente detrás de Rosa Parks eran varias organizaciones. Las iglesias bautistas negras del sur, las organizaciones de derechos civiles, la NAACP (Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color), el PC que jugaba un rol importante. Esto es notable porque además era época del macartismo. Entonces todos juntos eligen un vocero público, ya que todos estaban a favor de la lucha por los derechos civiles y en contra de la discriminación a los negros, pero no se fian muchos los unos de los otros. Por eso traen a alguien de afuera, a un sacerdote que era Martin Luther King que a partir de esto se hace famoso. Vuelvo a insistir, lo que no te muestran tantas películas -como Selma u otras- es lo que hay detrás de Martin Luther King, que es un entramando inmenso de organizaciones. Donde no solo participan negros, sino que también hay blancos, o no solo las iglesias sino también la izquierda.

Parte de la cuestión, como en el caso de otros movimientos, donde el más conocido es el de Ghandi, el movimiento de los derechos civiles desarrolla tácticas pacifistas, que son exitosas en parte porque lo que hay detrás son amenazas fuertes de violencia. ¿Por qué negocia el presidente de EEUU con un tipo como Martin Luther King? Porque temen que si no los recibís, ese movimiento tan masivo se puede canalizar por vías no institucionales, porque además hay todo un sector de la comunidad negra y sobre todo la juventud que plantean medidas fuertes de autodefensa. No estoy hablando de que estos tipos estuvieran comprando bazucas o tanques, estoy hablando de que tienen una actitud mucho más confrontativa contra las bandas paramilitares como el Ku Klux Klan o mismo contra las policías de las zonas.

El punto más álgido del movimiento antirracista se dio en la década del 60 como parte de la lucha por los derechos civiles, junto al movimiento antibélico que cuestionaba la política imperialista en la guerra de Vietnam, y la segunda ola del feminismo. ¿Qué rol cumplieron las organizaciones como los Panteras Negras en este proceso?

Este movimiento, entonces, es la base central para las experiencias que hacen después los otros movimientos como el antibélico, los antiimperialistas e inclusive el feminismo, donde se da una fuerte diferenciación dentro del feminismo nortemericano. En donde una cosa son las feministas obreras y otras las universitarias, sin minimizar ni a uno ni al otro solo marcandolo.

En ese contexto emergen una gran cantidad de organizaciones dentro de la comunidad negra, en donde las más conocidas son las Panteras Negras, pero también hay un montón de otras, como el movimiento obrero revolucionario desde las fábricas Dodge, la Liga Revolucionaria de Obreros Negros y otras, que cumplen un rol muy importante y se radicalizan con rapidez. Hoy en día vemos que las Panteras Negras son basicamente un grupo nacionalista, y emergen como eso, pero rapidamente adopta, a fines de los 60, una serie de cuestiones del maoísmo y de los vietnamitas. Teniendo todas estas organizaciones una relación estrecha con los partidos de izquierda, como el PC, el SWP, el partido Mundo Obrero y otros grupos que también fueron muy importantes a la hora de organizar a la comunidad y en poder brindar experiencia y activistas experimentados para poder llevar adelante las luchas.

En una entrevista reciente para La Izquierda Diario planteaste que el desarrollo de las revueltas que están teniendo lugar en EE.UU., toman la forma en la que tradicionalmente se desarrolló la lucha de clases en ese país, es decir, a través del motín. ¿Podrías desarrollar esa idea? ¿En qué consiste esa tradición y como pensas la comparación con la actualidad?

Pensemos un poco lo que pasa después de la Segunda Guerra Mundial en EE.UU. e incluso durante la guerra. Vos sos una persona marginada, de las así llamadas minorías, o sos negro, o hispano, y no tenes acceso a los canales políticos normales, ni tenes posibilidad de plantear tus reivindicaciones dentro de ese sistema. Estas sometido a la violencia tanto de la policía como de los diversos grupos de entonces, estando en algún lugar de California o en el Harlem, pasas hambre, tenes problemas de trabajo, sos discriminado de forma permanente y encima la policía entra y te pega ¿Entonces qué haces? Lo que sucede ahí es algo casi espontáneo, emerge la bronca que lleva a una exploción social, es decir a los famosos motines. En donde, en la práctica, la comunidad sale y rompe todo, desde los patrulleros que son enviados a controlarlos, hasta los comercios de la zona. La reacción del Estado es mandar a la guardia nacional a reprimir -tal como intenta hacer ahora Trump- y una vez que terminan de reprimir, se envía ayuda económica a esas zonas, para que no vuelva a ocurrir en el corto tiempo.

Entonces el motín en la práctica tiene un cierto éxito, porque logra parte de sus reivindicaciones como es mejorar sus condiciones, pero no cambia la situación de fondo. Esto va a significar que entre los años 50 y 60 haya centenares de motines, parte del problema es que al no volcarse en organización no va a modificar la situación y se va a recurrir al motín como medida una y otra vez, apuntando de alguna forma a modificar cosas pero volviéndose complicado el objetivo.

Parte de los movimientos por los derechos civiles, junto con los motines y movilizaciones es lo que permite que, en un sistema como el de EE.UU., por ejemplo las universidades norteamericanas establecen un sistema de cuotas, en donde por cada camada que ingresa a la univseridad, tiene que haber un porcentaje de estas minorías que primero fueron los negros, y luego las mujeres.
Esto inicialmente está bien, pero eventualmente genera problemas ¿Qué pasa si tenes más mujeres o negros inteligentes que hombres blancos? ¿Y si estos son más que la cuota? ¿Respetas la cuota o no? ¿Los discriminas y los metes afuera o no? Entonces es complicado y va tomando este sistema una tendencia clasista, en donde se tiende a elegir a hombres y mujeres de familias acomodadas y pudientes. Esto es muy interesante porque entonces tenemos una cultura que es sobre todo para aquellos que son burgueses, ricos y que pueden ir a buenas escuelas privadas, mientras los demás no tienen acceso a las mismas instituciones y los dejan por fuera de esta cultura. Lo cual es una barbaridad, ya que también tienen su cultura, la cual el sistema educativo debería valorar.

Esta bronca, que de todas maneras tiene la comunidad afroamericana y otros sectores que se expresa a través de motines, tienen una diferenciación clara con los motines que se dan actualmente con la explosión social generada por la muerte de George Floyd. La diferenciación es primero porque si bien la prensa insiste en que es una movilización racial, si uno ve bien por la tele encuentra que hay negros, blancos, mestizos, hombres, mujeres. En realidad, hay una cantidad muy grande de gente saliendo por el caso de George Floyd, que es multiracial y no simplemente de un sector racial y punto. En segundo lugar, la otra diferencia que se ve cuando uno vuelve sobre estos videos, es que del lado de las fuerzas represivas también hay negros, porque las policías nortamericanas incorporan una cantidad de gente de estos sectores oprimidos como elemento represivo.

Entonces, lo que tenemos que ver acá, es que toda esta explosión social por George Floyd es producto de una política de gatillo fácil que ocurre en EE.UU. donde hay cientos de muertos. En el último año y medio hubo alrededor de 1230 blancos muertos por gatillo facil en EE.UU., mas o menos unos 600 negros, unos 450 hispanos o latinos, y casi 600 otras personas que no se identifican o que son asiáticas. Esto es muy ilustrativo porque muestra que hay una política de gatillo fácil, donde además la cantidad de policías procesados a partir de eso es cercana a cero. La otra cuestión que muestra es que si calculamos que los negros son aproximadamente un 10% de la población de EE.UU. y los hispanos el 13%, pero la suma de negros, hispanos y asiaticos por gatillo fácil es más o menos la misma que la de los blancos, eso implica que estos sectores de la población estan afectados 4 veces más que los blancos pobres al gatillo facil. En general, además, estas víctimas son gente humilde y trabajadora. En síntesis, el gatillo fácil es una política hacia los sectores pobres y trabajadores, es una política de clase y de raza ya que también mueren blancos aunque estén mucho menos afectados.

La bronca, además de tener que ver con que murió mucha gente por esta política, tiene que ver con que el desempleo entre estos sectores históricamente fue muy alta y creció sobre todo después de la crisis en 2008, que con la pandemia se convirtió en una epidemia de desempleo. Se habla de que hay 42 millones de personas cobrando seguro de desempleo, y hay una cantidad de otros millones que ni siquiera cobran este seguro: la gente que trabaja de manera informal o con changas, afectando primero a las mujeres, después a los hombres negros -si sos mujer y negra mucho peor-, y después a todos los demás sectores, donde la mayoria de estos sectores ni siquiera estan sindicalizados. Entonces no solo es un problema de gatillo fácil como muestra la muerte de George Floyd, ya que lo que expresa este último motín o la exploción popular muestra la crisis y decadencia del sistema norteamericano.

Entonces tenemos que preguntarnos porqué hay tantos casos de gatillo fácil en EE.UU., y acá tenemos que volver sobre los cambios importantes que hubo en las fuerzas policiales y de seguridad en EE.UU., sobre todo a partir del gobierno de Reagan. No porque antes no existiera esa práctica sino que la política de gatillo fácil se vuelve una epidemia a partir de 1982 con la militarización de la policía, por ejemplo con el caso del intendente Frank Rizzo de Philadelphia que cambio desde la vestimenta hasta la forma de entrenamiento con armas largas. También en esta época se desarrollan las policías tipo SWAT, que vemos en las películas saliendo a combatir supuestas pandillas de narcotraficantes con armamento pesado, pero en realidad son los enviados a detener hombres negros en sus casas que con armas largas, escudos, palos y gritos los sacan de sus casas.

Para esto hubo una modificación legal, por ejemplo con varias leyes acordadas desde 1984 en la corte suprema que establecen lo que se conoce como la “doctrina de la buena fe”, en donde dice que las fuerzas policiales del Estado son inimputables si se puede suponer que los hechos que realizaron lo hicieron por la “buena fe”. Osea si balearon un hombre negro en la calle porque estaba caminando rápido se puede alegar “buena fe” y decir que estaba escapando, o lo mismo si te detienen y pretenden revisar tu auto. Porque la reglamentación desde 1984 dice que no tienen que tener ni orden de cacheo ni orden judicial, sino solo tener esa “buena fe” de que estás transportando o haciendo algo ilegal, y hacer valer por lo tanto la ley. Lo que quiere decir que, entonces, hay una impunidad muy grande para las fuerzas de seguridad en EE.UU.

Si nos preguntamos porqué pasa en esta época y no antes, la respuesta es medio obvia y tiene que ver con que Reagan inaugura la época neoliberal. Una época donde se pierden las conquistas sociales, donde se empobrece a la población -con 25% de norteamericanos se encuentran en el nivel de subsistencia- , donde no hay seguro médico, no hay licencia por maternidad, ni licencias por goce de sueldo, y en donde tus hijos pueden morir de desnutrición o envenenados por el plomo que hay en la pintura de las paredes del departamento que alquilan, porque la mayoría tampoco puede acceder a tener una casa. La forma de mantener a esa gente “en su lugar” es elevar los niveles de represión y la primera trinchera para reprimir es la policía. Entonces, cuando las movilizaciones por George Floyd reclaman inicialmente que esa polícia sea suspendida y juzgada, se reclama también que se le baje el presupuesto a la policía, dándole así un golpe fuerte al neoliberalismo que se basa en niveles muy elevados de represión que mantienen una tasa de explotación inaceptable.

En la actualidad, si bien la sindicalización de la clase obrera sigue siendo menor que a principios de los 80, la proporción de negros, latinos y asiáticos en los sindicatos es mayor, llegando a un tercio del total de los sindicalizados. ¿Por qué crees que sucede esto? ¿Hubo algún cambio en la política de los sindicatos con respecto a la lucha contra el racismo a partir de ello?

Los sindicatos norteamericanos se han lamentado por la muerte de George Floyd pero han rechazado criticar a la policía, entre otras cosas porque el sindicato nacional de policías es parte de la AFL-CIO, y al mismo tiempo, todos los sindicatos tienen un departamento de la mujer y un departamento contra el racismo. ¿Hasta dónde esto es exitoso? Depende del sindicato, hay algunos mejores y otros peores. Parte del problema es que es muy difícil hacer un sindicato en EEUU, casi tan difícil como sindicalizar a obreros no sindicalizados, la ley dificulta terriblemente la sindicalización de la misma manera que favorece la burocratización de los gremios. Un sindicalista, por ejemplo, puede ganar 10 veces más que un obrero sindicalizado a su propio gremio, además de eternizarse en los cargos. Como el caso del sindicato de camioneros del histórico Jimmy Hoffa, que ahora el líder es Jimmy Hoffa Junior, el hijo del desaparecido, es decir, un tipo que es abogado y que nunca fue obrero. Si alguien que no conoce ni practicó nunca ese trabajo lidera el gremio es mínimamente algo notable.

Hay algunos sindicatos que han intentado sindicalizar gente y nuevos sectores para lograr su organización, y algunos tuvieron cierto éxito dependiendo el momento. En donde suelen crecer más es en los que la que son amplios y están ligados a determinada industria o rubro en particular, pero sigue estando muy bajo el nivel de sindicalización, siendo cercano al 6% en obreros industriales sindicalizados, y el total aumenta porque hay más empleados sindicalizados en el Estado o gremios como el docente que tiene alto nivel de sindicalizados en EE.UU., lo mismo que los obreros del vestido. Siendo estos dos últimos gremios mayormente femeninos aunque todavía hay pocas mujeres líderes de los sindicatos, ya que el machismo opera de formas muy distintas. En ese sentido es complejo, estando la zona sur del país escasamente sindicalizado, encontrándose mayores niveles en Nueva York o California.

La actual rebelión que tiene lugar en el corazón del imperialismo se da en un año electoral en EE.UU. Históricamente al Partido Demócrata se lo conoce por ser “el cementerio de los movimientos sociales” ¿A qué se debe ese nombre? ¿Qué rol jugó y juega en ese sentido?

El Partido Demócrata ha tenido una capacidad inmensa de cooptar y de hacer suyas algunas reivindicaciones de los movimientos sociales, pero mucho más tarde, dándole cierto lugar a sus dirigentes. Lo que es interesante, porque el Partido Demócrata incluye al Ku Klux Klan, a los neonazis y también a la socialdemocracia norteamericana. Históricamente ha canalizado las reivindicaciones de los distintos movimientos a través de las instituciones del sistema, esto implica que en general logran pocos cambios para la totalidad de la gente y algunos cambios importantes para unos sectores más de élite a quienes ellos (Partido Demócrata, NdT) apuntan y organizan.

Este año electoral es, además, increíblemente complicado. Primero, porque es posible que Trump vuelve a ganar, en el sentido de que en enero tenía el 50% de aprobación popular, siendo un troglodita que hace quedar a Bolsonaro como un poroto al lado de él, y, sin embargo, tiene 50% de aprobación. Cuando empezó la pandemia seguía teniendo un apoyo alto, pero hoy en día con los hechos de George Floyd tiene alrededor del 43% de aprobación, es decir que no a colapsado encima en un contexto en donde las elecciones se deciden por el colegio electoral y no por el voto popular, osea dependiendo de cómo se distribuye ese 43% de posibles votantes, puede ganar.

Y también que la maquinaria republicana recién se está viendo cómo empieza a funcionar, con declaraciones de Trump que dicen que las movilizaciones las hicieron los movimientos “Antifa” y la izquierda -ojala hubiese sido cierto- tienen bastante eco en un gran cantidad de sectores norteamericanos. O lo mismo las críticas a que China creó el coronavirus, o que Putin está planificando el fraude para que Trump pierda una vez más. Trump entonces tiene una forma de jugar con los prejuicios y con la ignorancia de la gente con cierto éxito.

Y del otro lado tenés al Partido Demócrata que viene de fracaso en fracaso, con un candidato como Biden al que se le ve la hilacha, en donde todo el mundo admite que la candidatura de Sanders hubiera probablemente triunfado ante Trump. Pero una vez más, Sanders, fiel a su postura, traiciona a su base social y decide quedarse apoyando al Partido Demócrata aunque le hayan hecho tantas maniobras. Los demócratas entonces van a elegir como candidato a Joe Biden, que fue vicepresidente y tiene una trayectoria de negocios raros, amigo de Arabia Saudita, de Israel y el belicismo, un hombre del complejo militar industrial y de Wall Street. Pero además de eso, tiene un serio problema para hablar en público, no porque sea tonto sino porque aparentemente tiene un problema de arteriosclerosis que no se lo permite, se equivoca del lugar donde esta, cambia la sintaxis de las oraciones, y por eso parte de la campaña de los demócratas es que Biden no participe de la campaña, es decir, lograr que lo voten sin participar.

Osea que Trump sigue teniendo chances de ganar, y no debería ser así después de 2 millones de enfermos de COVID-19, más de 100 mil muertos por la pandemia, lo que pasó con George Floyd y con tantas personas saliendo a las calles en las movilizaciones, y pese al lío económico, aún mantiene un apoyo importante.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Entrevista-Pablo-Pozzi-Esta-explosion-popular-muestra-la-crisis-y-decadencia-del-sistema