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martes, agosto 11, 2026

La guerra, el escenario nuclear

Jorge Altamira

05/10/2022

Red de Geografía Económica 1427/22

https://groups.google.com/g/redgeoecon/c/Il8-rzfL_X4

Hace un par de semanas, el ejército ucraniano de la OTAN fingió una operación militar de envergadura en la región de Kherson, en el sur del Donbass, sólo para lanzar un ataque relámpago en el norte, en Kharkov, donde ocupó sin resistencia miles de kilómetros cuadrados de territorio. Luego de que los generales rusos se jactaran de haber defendido con éxito el sur -el último eslabón de territorio que comunica a Rusia con la península de Crimea- , un nuevo asalto de Ucrania-OTAN tomó una parte de la misma Kherson. La anexión de las regiones de Lugansk y Donesk, votada por la Duma rusa, quedó puesta en ridículo. El vocero de prensa de Putin tuvo la ocurrencia de informar que desconocía los límites geográficos de los territorios anexados, que han ido cambiando de mano y que es objeto de una ofensiva fulminante antes de que comience el invierno. La Duma de Putin ha sido incapaz de definir en términos exactos el territorio que pretende anexar.

La OTAN no solamente ha explotado a su favor la extensión de las líneas de suministro del ejército ruso para atacar sus puntos más débiles y romper su cadena logística. El generalato ruso ha respondido a cada ataque de la OTAN con uniforme ucraniano, mediante la retirada. El sueño de Putin se ha hecho realidad: tiene un cuerpo de oficiales de características zaristas. La incompetencia del alto mando del Kremlin es objeto de furiosas críticas en los medios de comunicación de Rusia. En estas condiciones, no debiera sorprender que la convocatoria a nuevos reclutas haya sido respondida con la deserción. La oligarquía de Moscú busca nuevos contingentes en las naciones más pobres de la Federación y entre los sectores empobrecidos, como hacía Nicolás “El Sangriento” en la guerra contra Japón. El colapso político del régimen putiniano se encuentra a la orden del día. Algunos ‘ensayistas’ de Occidente ya aventuran que el desplome de Putin podría iniciar una desintegración nacional de Rusia y una guerra mundial de mayor alcance por la apropiación de sus despojos.

Los reveses de Rusia en Ucrania han puesto en la agenda la posibilidad del inicio de una guerra nuclear; Putin lo ha planteado abiertamente. En la prensa se menta la utilización de bombas atómicas “tácticas”, a usar en el frente de batalla, como si esto no fuera el inicio de una guerra nuclear. El efecto radioactivo de esos artefactos ‘menores’ alcanzaría a gran parte de Europa y, alternativamente, a Rusia. La respuesta de la OTAN a esta amenaza catastrófica ha sido la complicidad. Tanto Biden como su secretario de Estado, Anthony Blinken, advirtieron que Putin estaba ‘bluffeando’ o que recibiría una réplica adecuada a la circunstancia. Los estados mayores de la OTAN están simulando modelos de un eventual uso de armas nucleares. Aunque pareciera obvio que la OTAN pretende el retiro de Rusia de Ucrania, no ha dicho si pretende obtener ese objetivo por medio de un acuerdo político o una rendición. Es decir que sólo admitiría una capitulación de Putin. Esto es alentar que se sucedan ataques nucleares y ulteriormente la capitulación. Entre “un acuerdo de Versalles” (1918), que de todos modos produjo el desangre financiero de Alemania, y la ocupación de Berlín (1946), Biden acaricia esta alternativa, aunque lleva a una guerra nuclear ‘corta’.

Abonan esta estrategia política los atentados sufridos por los gasoductos NordStream 1 y 2, encargados de abastecer de gas a la Unión Europea. Jeffrey Sachs, un alto miembro del establishment norteamericano, acaba de presentar pruebas de que esos ataques terroristas fueron ejecutados por EE. UU. y Polonia. Sachs dirigió el equipo de economistas que planificó la privatización de la propiedad estatal de la Unión Soviética en tiempo record. No es un “outlier” –un ‘rebelde sin causa’ de la élite-. El significado de esos sabotajes es estratégico, porque pone fin a cualquier posibilidad de que un acuerdo de cese de la guerra permita reanudar la provisión de gas a Europa de parte de Rusia. Sin un ancla económica internacional en Europa, Rusia enfrenta la desintegración nacional. China no puede funcionar como un sustituto estratégico de Europa, porque no está en sus planes cortar lazos con la economía mundial. El fracaso de Rusia en Ucrania ya ha producido un distanciamiento con la camarilla de Putin.

Los sabotajes de EE. UU. y Polonia a los dos gasoductos colocan a la Unión Europea bajo la dependencia de la provisión de gas de ultramar, varias veces más caro que el ruso, y de las gasieras norteamericanas (gas no convencional). La guerra de Estados Unidos contra Rusia apunta a una recolonización de Europa. El imperialismo norteamericano apunta a una capitulación de Putin, no a un retiro de Rusia de Ucrania por medio de un acuerdo con Rusia.

En esta línea extrema de la guerra de la OTAN, la crisis europea no cesa de agravarse. Alemania acaba de establecer un presupuesto de 200.000 millones de euros para subsidiar el precio de gas de hogares y empresas. No sólo es una parva de dinero que no pueden reunir los socios de la UE, sino que satura el mercado internacional de capitales, porque los subsidios se financiarán por medio de deuda. Es lo que intentó hacer Liz Truss, cuando Gran Bretaña no tiene espaldas para tomar deuda internacional de envergadura, acompañada de una reducción de los impuestos a las ganancias y a los ingresos de los grandes capitales, sin recurrir a un aumento severo de la tasa de interés. El gobierno de Biden ha iniciado una política de suba violenta de tasas de interés, para financiar a EE. UU. con más deuda internacional y capturar los excedentes comerciales y el ahorro del resto del mundo. Por primera vez desde 2005, la cuenta de capital en América Latina es negativa, debido a la salida de 70.000 millones de dólares en lo que va de 2022. La guerra imperialista mundial tiene un efecto demoledor sobre las naciones más débiles y sobre la masa de los trabajadores.

La guerra solamente puede terminar mediante la destrucción del imperialismo y la victoria del socialismo. Acuerdo o rendición, el escenario bélico se agravará, a la par de la crisis mundial y de las rivalidades capitalistas. Por primera vez se presenta el riesgo de guerra atómica, en primer lugar porque es un peligro que emerge de la guerra misma que se encuentra en desarrollo; en segundo lugar, por la disposición de Rusia y de la OTAN de dirimir en duelo en este terreno y preparándose para ello. Mientras la anexión de Ucrania por parte de Rusia se desmorona, la anexión de Ucrania de parte de la OTAN está en auge. Estados Unidos gobierna a la OTAN como un monarca a sus vasallos. En Alemania y en la República Checa hay movilizaciones crecientes contra la guerra. En Francia y en Gran Bretaña especialmente hay grandes huelgas contra la carestía, la desvalorización de salarios e incluso el empleo. Lo mismo en Estados Unidos. América Latina es un polvorín.

Es urgente una movilización sistemática contra la guerra. Las consignas: Abajo la guerra imperialista. No a la guerra nuclear –crimen de lesa humanidad. Por la unión internacional de los trabajadores, por un gobierno de trabajadores.

Fuente original del texto: https://politicaobrera.com/8063-la-guerra-el-escenario-nuclear

Por qué el atribulado imperio estadounidense podría desmoronarse rápidamente

Richard D. Wolff

01/11/2021 | Publicado en Asia Times el 31/10/2021

Las guerras estadounidenses perdidas en Irak y Afganistán expusieron la extralimitación imperial más allá de lo que incluso 20 años de guerra podrían lograr. El hecho de que las derrotas se prolongaran durante tantos años muestra que la política interna y la financiación del complejo militar-industrial interno fueron, más que la geopolítica, los impulsores clave de estas guerras. Los imperios pueden morir por extralimitarse y sacrificar objetivos ampliamente sociales por los estrechos intereses de las minorías políticas y económicas.

Estados Unidos tiene el 4.25% de la población mundial, pero representa aproximadamente el 20% de las muertes mundiales por Covid-19. Una rica superpotencia mundial con una industria médica altamente desarrollada demostró estar muy mal preparada y ser incapaz de hacer frente a una pandemia viral.

Los niveles de deuda (gubernamental, corporativa y familiar) se encuentran todos en los registros históricos o cerca de ellos y están aumentando. La Reserva Federal, con sus años de flexibilización cuantitativa, alimenta y, por lo tanto, apoya el aumento de la deuda.

Los funcionarios en los niveles más altos ahora están discutiendo la posible emisión de una moneda de platino de un billón de dólares para que la Fed entregue esa suma en nuevo crédito al Tesoro de los Estados Unidos para permitir un mayor gasto público.

El propósito va mucho más allá de las disputas políticas sobre el tope de la deuda nacional. El objetivo es nada menos que liberar al gobierno para inyectar cantidades aún más masivas de dinero nuevo en el sistema capitalista para sostenerlo en tiempos de dificultad sin precedentes.

La Fed se enteró de que el capitalismo de hoy necesita tales cantidades de estímulo monetario gracias a los tres colapsos recientes (2000, 2008 y 2020) presenciados por el sistema capitalista. Un imperio desesperado se acerca a una versión de la Teoría Monetaria Moderna de la que los líderes del imperio se burlaron y rechazaron no hace mucho.

La extrema desigualdad, que ya era una característica distintiva de Estados Unidos, se agravó durante la pandemia. Esta desigualdad alimenta el aumento de la pobreza y el aumento de las divisiones sociales entre los que tienen, los que no tienen y los que piensan que tienen cada vez más ansiedad.

Los intentos de los empleadores de recuperar las ganancias perdidas por la pandemia y el colapso capitalista durante 2020 y 2021 han llevado a muchos a imponer restricciones adicionales a los empleados. Esto ha llevado a huelgas oficiales y no oficiales que continúan en medio de un movimiento sindical que está despertando. A nivel individual, la tasa de trabajadores que han dejado sus trabajos ha alcanzado niveles récord.

Los intentos de los empleadores por recuperar las ganancias perdidas en los últimos dos años también se reflejan en la inflación en curso que azota al imperio. Los empleadores fijan los precios de lo que venden. Saben que la Fed ha aumentado el poder adquisitivo potencial al inundar los mercados con dinero nuevo.

La demanda reprimida por la pandemia y las crisis económicas ayudarán, al menos por un tiempo, a sostener la inflación. Pero incluso si es temporal, la inflación empeorará aún más las desigualdades de ingresos y riqueza y, por lo tanto, preparará a EE. UU. para la próxima crisis. Además de los tres colapsos de este nuevo siglo (2000, 2008 y 2020), cada uno peor que el anterior, otro colapso, que podría ser aún peor, podría desafiar la supervivencia del sistema capitalista.

Incendios, inundaciones, huracanes, sequías: los signos de la catástrofe climática, sin mencionar sus costos en rápido aumento, se suman a la sensación de fatalidad inminente provocada por todos los demás signos del declive del imperio. También en este caso, la pequeña minoría de líderes de la industria de los combustibles fósiles ha logrado bloquear o retrasar la acción social necesaria para hacer frente al problema.

Los imperios declinan cuando sus largos hábitos de servir a las élites minoritarias los ciegan a esos momentos en los que la supervivencia del sistema requiere superar las necesidades de esas élites, al menos por un tiempo.

Por primera vez en más de un siglo, Estados Unidos tiene un competidor global real, serio y ascendente. Los sistemas británico, alemán, ruso y japonés nunca alcanzaron ese estatus. La República Popular de China ahora tiene.

Ninguna política establecida de Estados Unidos con respecto a China ha resultado viable debido a las divisiones internas de Estados Unidos y al espectacular crecimiento de China. Los líderes políticos y los contratistas de “defensa” encuentran atractivo atacar a China. La denuncia de China sirve como chivo expiatorio popular para muchos políticos de ambos partidos y como apoyo para un gasto de defensa cada vez mayor por parte de los militares.

Sin embargo, los principales segmentos de las grandes empresas corporativas han invertido cientos de miles de millones en China y en cadenas de suministro globales vinculadas a China. No quieren arriesgarlos. Además, durante décadas, China ha ofrecido una de las fuerzas laborales de menor costo, mejor educadas, capacitadas y disciplinadas del mundo, junto con el mercado de más rápido crecimiento del mundo para bienes de capital y de consumo.

Las empresas estadounidenses competitivas creen que el éxito global requiere que sus empresas estén bien establecidas en esa nación con la población más grande del mundo, entre los trabajadores menos costosos del mundo y con el mercado de más rápido crecimiento del mundo.

Todo lo que se enseña y se aprende en las escuelas de negocios respalda ese punto de vista. Por lo tanto, la Cámara de Comercio de EE. UU. Se opuso a las guerras comerciales / arancelarias del expresidente Donald Trump y ahora se opone al exagerado programa de ataques contra China del presidente Joe Biden.

No hay forma de que Estados Unidos cambie las políticas económicas y políticas básicas de China, ya que esas son precisamente las que llevaron a China a su posición ahora envidiada a nivel mundial de ser un competidor de una superpotencia como Estados Unidos. Mientras tanto, se espera que China alcance a los Estados Unidos con la igualdad de tamaño económico antes del final de esta década.

El problema para el imperio estadounidense crece y Estados Unidos permanece estancado en divisiones que excluyen cualquier cambio significativo, excepto quizás un conflicto armado y una guerra nuclear impensable.

Cuando los imperios declinan, pueden caer en espirales descendentes que se refuerzan a sí mismos. Esta espiral descendente ocurre cuando los ricos y poderosos responden usando sus posiciones sociales para descargar los costos del declive sobre la masa de la población. Eso solo empeora las desigualdades y divisiones que provocaron el declive en primer lugar.

Los Pandora Papers recientemente publicados ofrecen una visión útil del elaborado mundo de vastas riquezas ocultas a los gobiernos recaudadores de impuestos y al conocimiento público. Tal ocultación se debe en parte al esfuerzo por aislar la riqueza de los ricos de ese declive.

Eso explica en parte por qué la exposición de los Papeles de Panamá en 2016 no hizo nada para detener la ocultación. Si el público supiera acerca de los recursos ocultos, su tamaño, orígenes y propósitos, la demanda pública de acceso a los activos ocultos se volvería abrumadora. Los recursos ocultos se verían como los mejores objetivos posibles para su uso a fin de frenar o revertir el declive.

El declive provoca más escondites y eso, a su vez, empeora el declive. La espiral descendente está comprometida. Además, los intentos de distraer a un público cada vez más ansioso, demonizando a los inmigrantes, convirtiendo a China en chivo expiatorio y participando en guerras culturales, muestran rendimientos decrecientes. El declive del imperio continúa, pero sigue siendo ampliamente negado o ignorado como si no importara.

Prosiguen los viejos rituales de la política, la economía y la cultura convencionales. Sólo sus tonos se han convertido en los de profundas divisiones sociales, amargas recriminaciones y manifiestas hostilidades internas que proliferan por todo el paisaje. Estos desconciertan y molestan a muchos estadounidenses que todavía necesitan negar que las crisis han acosado al capitalismo estadounidense y que su imperio está en declive.

Este artículo fue elaborado por Economy for All , un proyecto del Independent Media Institute, que lo proporcionó a Asia Times.

Richard D. Wolff es profesor emérito de economía en la Universidad de Massachusetts, Amherst, y profesor invitado en el Programa de Posgrado en Asuntos Internacionales de la New School University, en Nueva York. Sus tres libros recientes con Democracy at Work son The Sickness Is the System: When Capitalism Fails to Save Us From Pandemics or Itself, Understanding Marxism, and Understanding Socialism.

Fuente original del texto y la imagen: https://asiatimes.com/2021/10/why-the-troubled-us-empire-could-quickly-fall-apart/

Por qué el capitalismo se está yendo de EE.UU., en busca de ganancias

Richard D. Wolff

Red de Geografía Económica 1234/23 | https://groups.google.com/g/redgeoecon/c/cQkYdDgZehI/m/MiWc_-zNAwAJ

23/08/2023

El capitalismo estadounidense primitivo se centró en Nueva Inglaterra. Después de un tiempo, la búsqueda de ganancias llevó a muchos capitalistas a abandonar esa zona y trasladar la producción a Nueva York y los estados del Atlántico medio. Gran parte de Nueva Inglaterra quedó con edificios de fábricas abandonadas y pueblos deprimidos evidentes hasta el día de hoy.

Eventualmente, los empleadores se mudaron nuevamente, abandonando Nueva York y el Atlántico medio por el Medio Oeste. La misma historia se repetía a medida que el centro del capitalismo se reubicaba en el Lejano Oeste, el Sur y el Sudoeste. Términos descriptivos como “Rust Belt”, “desindustrialización” y “desierto manufacturero” se aplican cada vez más a cada vez más partes del capitalismo estadounidense.

Mientras los movimientos del capitalismo se mantuvieran principalmente dentro de los EE. UU., las alarmas lanzadas por sus víctimas abandonadas continuaron siendo regionales, sin convertirse todavía en un problema nacional. Sin embargo, en las últimas décadas, muchos capitalistas han trasladado instalaciones de producción e inversiones fuera de los EE. UU., reubicándolas en otros países, especialmente en China.

Controversias y alarmas en curso rodean este éxodo capitalista. Incluso los célebres sectores de alta tecnología, posiblemente el único centro robusto que queda del capitalismo estadounidense, han invertido mucho en otros lugares.

Desde la década de 1970, los salarios eran mucho más bajos en el extranjero y los mercados también crecían más rápido allí. Cada vez más capitalistas estadounidenses tenían que irse o arriesgarse a perder su ventaja competitiva sobre los capitalistas (europeos y japoneses, así como estadounidenses) que se habían ido antes a China y mostraban tasas de ganancia sorprendentemente mejoradas.

El sistema recompensa a los que ya son ricos

Más allá de China, otros países asiáticos, sudamericanos y africanos también ofrecieron incentivos de bajos salarios y mercados en crecimiento, lo que eventualmente atrajo a los capitalistas estadounidenses y otros a trasladar inversiones allí.

Las ganancias de los movimientos de esos capitalistas estimularon más movimientos. Las crecientes ganancias regresaron para impulsar los mercados bursátiles de EE. UU. y produjeron grandes aumentos en los ingresos y la riqueza.

Eso benefició principalmente a los ya ricos accionistas corporativos y altos ejecutivos corporativos. Ellos, a su vez, promovieron y financiaron afirmaciones ideológicas de que el abandono de EE. UU. por parte del capitalismo fue en realidad una gran ganancia para la sociedad estadounidense en su conjunto.

Esas afirmaciones, clasificadas bajo los títulos de “neoliberalismo” y “globalización”, sirvieron perfectamente para ocultar u oscurecer un hecho clave: el objetivo principal y el resultado de que los capitalistas abandonaran Estados Unidos eran mayores ganancias, principalmente para los pocos más ricos.

El neoliberalismo fue una nueva versión de una vieja teoría económica que justificaba las “libres elecciones” de los capitalistas como el medio necesario para lograr una eficiencia óptima para economías enteras. De acuerdo con la visión neoliberal, los gobiernos deberían minimizar cualquier regulación u otra interferencia en las decisiones de los capitalistas con fines de lucro.

El neoliberalismo celebró la “globalización”, su nombre preferido para la elección de los capitalistas de trasladar la producción al exterior. Se dijo que la “libre elección” permitía una producción “más eficiente” de bienes y servicios porque los capitalistas podían aprovechar los recursos de origen mundial.

El punto y el remate que fluyen de las exaltaciones del neoliberalismo, las opciones libres de los capitalistas y la globalización fueron que todos los ciudadanos se beneficiaron cuando el capitalismo avanzó . Con la excepción de algunos disidentes (incluidos algunos sindicatos), los políticos, los medios de comunicación y los académicos se unieron en gran medida a las intensas animaciones de la globalización neoliberal del capitalismo.

Las consecuencias económicas del movimiento del capitalismo impulsado por las ganancias fuera de sus antiguos centros (Europa Occidental, América del Norte y Japón) llevaron al capitalismo a su crisis actual.

Ventaja: China

Primero, los salarios reales se estancaron en los viejos centros. Los empleadores que podían exportar puestos de trabajo (especialmente en la industria) lo hicieron. Los empresarios que no pudieron (especialmente en los sectores de servicios) los automatizaron.

A medida que las oportunidades laborales en Estados Unidos dejaron de aumentar, también lo hicieron los salarios. Dado que la globalización y la automatización impulsaron las ganancias corporativas y los mercados bursátiles mientras que los salarios se estancaron, los viejos centros del capitalismo exhibieron una ampliación extrema de las brechas de ingresos y riqueza. Profundizando las divisiones sociales siguió y culminó en la crisis del capitalismo ahora.

En segundo lugar, a diferencia de muchos otros países pobres, China poseía la ideología y la organización para asegurarse de que las inversiones realizadas por los capitalistas sirvieran al propio plan de desarrollo y estrategia económica de China.

China requería compartir las tecnologías avanzadas de los capitalistas entrantes (a cambio del acceso de esos capitalistas a mano de obra china de bajo salario y mercados chinos en rápida expansión). A los capitalistas que ingresaron a los mercados de Beijing también se les exigió que facilitaran las asociaciones entre los productores chinos y los canales de distribución en sus países de origen.

La estrategia de China de priorizar las exportaciones significaba que necesitaba asegurar el acceso a los sistemas de distribución (y, por lo tanto, a las redes de distribución controladas por los capitalistas) en sus mercados objetivo. Se desarrollaron asociaciones mutuamente rentables entre China y distribuidores globales como Walmart.

El “socialismo con características chinas” de Beijing incluía un poderoso estado y partido político centrado en el desarrollo. Conjuntamente supervisaban y controlaban una economía que mezclaba el capitalismo privado con el estatal.

En ese modelo, los empleadores privados y los empleadores estatales dirigen cada uno masas de empleados en sus respectivas empresas. Ambos conjuntos de patrones funcionan sujetos a las intervenciones estratégicas de un partido y un gobierno decididos a lograr sus objetivos económicos.

Como resultado de cómo definió y operó su socialismo, la economía de China ganó más (especialmente en el crecimiento del PIB) de la globalización neoliberal que Europa Occidental, América del Norte y Japón. China creció lo suficientemente rápido como para competir ahora con los viejos centros del capitalismo.

Respuesta miope de Estados Unidos

El declive de EE. UU. dentro de una economía mundial cambiante ha contribuido a la crisis del capitalismo estadounidense. Para el imperio estadounidense que surgió de la Segunda Guerra Mundial, China y sus aliados BRICS (Brasil, Rusia, India y Sudáfrica) representan su primer desafío económico serio y sostenido.

La reacción oficial de Estados Unidos a estos cambios hasta ahora ha sido una mezcla de resentimiento, provocación y negación. Esas no son soluciones a la crisis ni ajustes exitosos a una realidad cambiada.

En tercer lugar, la guerra de Ucrania ha expuesto los efectos clave de los movimientos geográficos del capitalismo y el declive económico acelerado de los EE. UU. en relación con el ascenso económico de China. Por lo tanto, la guerra de sanciones dirigida por Estados Unidos contra Rusia no ha logrado aplastar el rublo ni colapsar la economía rusa.

Ese fracaso se debió en buena parte a que Rusia obtuvo un apoyo crucial de las alianzas (BRICS) ya construidas alrededor de China. Esas alianzas, enriquecidas por las inversiones de capitalistas nacionales y extranjeros, especialmente en China e India, proporcionaron mercados alternativos cuando las sanciones cerraron los mercados occidentales a las exportaciones rusas.

Las brechas anteriores de ingresos y riqueza en los EE. UU., empeoradas por la exportación y la automatización de empleos bien remunerados, socavaron la base económica de esa “gran clase media” de la que tantos empleados creían formar parte.

Durante las últimas décadas, los trabajadores que esperaban disfrutar del “sueño americano” descubrieron que los costos elevados de los bienes y servicios hacían que el sueño estuviera fuera de su alcance. Sus hijos, especialmente los obligados a pedir prestado para la universidad, se encontraban en una situación similar o peor.

Defiéndete

Surgieron resistencias de todo tipo (impulsos de sindicalización, huelgas, “populismos” de izquierda y derecha) a medida que las condiciones de vida de la clase trabajadora seguían deteriorándose. Para empeorar las cosas, los medios de comunicación celebraron la asombrosa riqueza de los pocos que más se beneficiaron de la globalización neoliberal.

En los EE. UU., fenómenos como el expresidente Donald Trump, el senador independiente de Vermont Bernie Sanders, la supremacía blanca, la sindicalización, las huelgas, el anticapitalismo explícito, las guerras “culturales” y el extremismo político frecuentemente extraño reflejan divisiones sociales cada vez más profundas.

Muchos en los Estados Unidos se sienten traicionados después de haber sido abandonados por el capitalismo. Sus diferentes explicaciones de la traición exacerban la sensación de crisis generalizada en la nación.

La reubicación global del capitalismo ayudó a elevar el PIB total de las naciones BRICS (China + aliados) muy por encima del Grupo de los Siete (EE.UU. + aliados). Para todos los países del Sur Global, sus solicitudes de asistencia para el desarrollo ahora pueden dirigirse a dos posibles encuestados (China y EE. UU.), no solo al de Occidente.

Cuando las entidades chinas invierten en África, por supuesto, sus inversiones están estructuradas para ayudar tanto a los donantes como a los receptores. Si la relación entre ellos es imperialista o no depende de los detalles de la relación y su balance de ganancias netas.

Esas ganancias para los BRICS probablemente serán sustanciales. El ajuste de Rusia a las sanciones relacionadas con Ucrania en su contra no solo lo llevó a apoyarse más en los BRICS, sino que también intensificó las interacciones económicas entre los miembros de los BRICS.

Crecieron los vínculos económicos existentes y los proyectos conjuntos entre ellos. Los nuevos están surgiendo rápidamente. Como era de esperar, países adicionales en el Sur Global han solicitado recientemente la membresía BRICS.

El capitalismo ha avanzado, abandonando sus viejos centros y, por lo tanto, llevando sus problemas y divisiones a niveles de crisis. Debido a que las ganancias aún regresan a los viejos centros, aquellos que recolectan las ganancias se engañan a sí mismos y a sus países haciéndoles pensar que todo está bien en y para el capitalismo global. Como esas ganancias agravan fuertemente las desigualdades económicas, allí se profundizan las crisis sociales.

Por ejemplo, la ola de militancia laboral que se extiende por casi todas las industrias estadounidenses refleja la ira y el resentimiento contra esas desigualdades. El chivo expiatorio histérico de varias minorías por demagogos y movimientos de derecha es otro reflejo del empeoramiento de las dificultades.

Otro más es la creciente comprensión de que el problema, en su raíz, es el sistema capitalista. Todos estos son componentes de la crisis actual.

Incluso en los nuevos centros dinámicos del capitalismo, una cuestión socialista crítica vuelve a agitar las mentes de la gente. ¿Es deseable o sostenible la organización de los lugares de trabajo en los nuevos centros, conservando el antiguo modelo capitalista de empleadores frente a empleados tanto en empresas privadas como estatales?

¿Es aceptable que un pequeño grupo de empleadores tome de manera exclusiva e inexplicable la mayoría de las decisiones clave en el lugar de trabajo (qué, dónde y cómo producir y qué hacer con las ganancias)?

Eso es claramente antidemocrático. Los empleados de los nuevos centros del capitalismo ya cuestionan el sistema; algunos han comenzado a desafiarlo y moverse en su contra. Cuando esos nuevos centros celebren alguna variedad de socialismo, es más probable (y antes) que los empleados se resistan a la subordinación a los residuos del capitalismo en sus lugares de trabajo.

Este artículo fue producido por Economy for All , un proyecto del Independent Media Institute, que lo proporcionó a Asia Times.

Cómo Estados Unidos eliminó el oleoducto Nord Stream

El New York Times lo llamó un “misterio”, pero Estados Unidos ejecutó una operación marítima encubierta que se mantuvo en secreto, hasta ahora.

Seymour Hersh / Substack

Red de Geografía Económica 298/23 | https://groups.google.com/g/redgeoecon/c/KHMzta_2HGc

8 de febrero de 2023

CORRIENTE DEL NORTE

El Centro de Salvamento y Buceo de la Marina de los EE. UU. se encuentra en un lugar tan oscuro como su nombre, en lo que alguna vez fue un camino rural en la zona rural de la ciudad de Panamá, una ciudad turística que ahora está en auge en el extremo suroeste de Florida, 70 millas al sur de Alabama. borde. El complejo del centro es tan anodino como su ubicación: una monótona estructura de hormigón posterior a la Segunda Guerra Mundial que tiene el aspecto de una escuela secundaria vocacional en el lado oeste de Chicago. Una lavandería que funciona con monedas y una escuela de baile se encuentran al otro lado de lo que ahora es una calle de cuatro carriles.

El centro ha estado entrenando buzos de aguas profundas altamente calificados durante décadas que, una vez asignados a las unidades militares estadounidenses en todo el mundo, son capaces de realizar buceo técnico para hacer el bien, utilizando explosivos C4 para limpiar puertos y playas de escombros y artefactos explosivos sin detonar, así como los malos, como volar plataformas petroleras extranjeras, obstruir las válvulas de admisión de las centrales eléctricas submarinas, destruir las esclusas de canales de navegación cruciales. El centro de la ciudad de Panamá, que cuenta con la segunda piscina cubierta más grande de América, fue el lugar perfecto para reclutar a los mejores y más taciturnos graduados de la escuela de buceo que lograron con éxito el verano pasado lo que tenían autorizado a hacer a 260 pies bajo la superficie. del Mar Báltico.

En junio pasado, los buzos de la Marina, que operaban bajo la cobertura de un ejercicio de la OTAN de mediados de verano ampliamente publicitado conocido como BALTOPS 22 , colocaron los explosivos activados de forma remota que, tres meses después, destruyeron tres de los cuatro oleoductos Nord Stream, según una fuente con conocimiento directo de la planificación operativa.

Dos de los gasoductos, que se conocían colectivamente como Nord Stream 1, habían estado proporcionando a Alemania y gran parte de Europa occidental gas natural ruso barato durante más de una década. Se había construido un segundo par de tuberías, llamadas Nord Stream 2, pero aún no estaban operativas. Ahora, con las tropas rusas reunidas en la frontera con Ucrania y la guerra más sangrienta en Europa desde 1945 a la vista, el presidente Joseph Biden vio los oleoductos como un vehículo para que Vladimir Putin usara el gas natural como arma para sus ambiciones políticas y territoriales.

Cuando se le pidió un comentario, Adrienne Watson, una portavoz de la Casa Blanca, dijo en un correo electrónico: “Esto es una ficción falsa y completa”. Tammy Thorp, portavoz de la Agencia Central de Inteligencia, escribió de manera similar: “Esta afirmación es total y absolutamente falsa”.

La decisión de Biden de sabotear los oleoductos se produjo después de más de nueve meses de debates altamente secretos dentro de la comunidad de seguridad nacional de Washington sobre la mejor manera de lograr ese objetivo. Durante gran parte de ese tiempo, el problema no era si hacer la misión, sino cómo hacerla sin tener una idea clara de quién era el responsable.

Había una razón burocrática vital para confiar en los graduados de la escuela de buceo hardcore del centro en la ciudad de Panamá. Los buzos eran solo de la Marina, y no miembros del Comando de Fuerzas Especiales de Estados Unidos, cuyas operaciones encubiertas deben informarse al Congreso e informarse con anticipación a los líderes del Senado y la Cámara, la llamada Banda de los Ocho . La Administración Biden estaba haciendo todo lo posible para evitar filtraciones, ya que la planificación se llevó a cabo a fines de 2021 y en los primeros meses de 2022.

El presidente Biden y su equipo de política exterior —el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, el secretario de Estado Tony Blinken y Victoria Nuland, la subsecretaria de Estado para Políticas— expresaron su hostilidad hacia los dos oleoductos, que funcionaron uno al lado del otro durante 750 millas bajo el Mar Báltico desde dos puertos diferentes en el noreste de Rusia cerca de la frontera con Estonia, pasando cerca de la isla danesa de Bornholm antes de terminar en el norte de Alemania.

La ruta directa, que eludió cualquier necesidad de transitar por Ucrania, había sido una bendición para la economía alemana, que disfrutó de una abundancia de gas natural ruso barato, suficiente para hacer funcionar sus fábricas y calentar sus hogares, al tiempo que permitía a los distribuidores alemanes vender el exceso de gas, a un precio razonable. un beneficio, en toda Europa occidental. Una acción que podría atribuirse a la administración violaría las promesas de EE. UU. de minimizar el conflicto directo con Rusia. El secreto era esencial.

Desde sus primeros días, Washington y sus socios antirrusos de la OTAN vieron Nord Stream 1 como una amenaza para el dominio occidental. El holding detrás de esto, Nord Stream AG, se incorporó en Suiza en 2005 en sociedad con Gazprom, una empresa rusa que cotiza en bolsa que produce enormes ganancias para los accionistas y que está dominada por oligarcas que se sabe que están esclavizados por Putin. Gazprom controlaba el 51 por ciento de la empresa, con cuatro empresas energéticas europeas, una en Francia, una en los Países Bajos y dos en Alemania, que compartían el 49 por ciento restante de las acciones y tenían derecho a controlar las ventas posteriores del gas natural de bajo costo a locales. distribuidores en Alemania y Europa Occidental. Las ganancias de Gazprom se compartieron con el gobierno ruso, y se estimó que los ingresos estatales de gas y petróleo en algunos años ascenderían hasta el 45 por ciento del presupuesto anual de Rusia.

Los temores políticos de Estados Unidos eran reales: Putin ahora tendría una importante fuente de ingresos adicional y muy necesaria, y Alemania y el resto de Europa occidental se volverían adictos al gas natural de bajo costo suministrado por Rusia, al tiempo que disminuiría la dependencia europea de Estados Unidos. De hecho, eso es exactamente lo que sucedió. Muchos alemanes vieron Nord Stream 1 como parte de la liberación de la famosa teoría Ostpolitik del ex canciller Willy Brandt , que permitiría a la Alemania de la posguerra rehabilitarse a sí misma y a otras naciones europeas destruidas en la Segunda Guerra Mundial, entre otras iniciativas, utilizando gas ruso barato para alimentar un próspera economía comercial y de mercado de Europa Occidental.

Nord Stream 1 era lo suficientemente peligroso, en opinión de la OTAN y Washington, pero Nord Stream 2, cuya construcción se completó en septiembre de 2021 , si los reguladores alemanes lo aprueban, duplicaría la cantidad de gas barato que estaría disponible para Alemania y Europa Oriental. El segundo gasoducto también proporcionaría suficiente gas para más del 50 por ciento del consumo anual de Alemania. Las tensiones aumentaban constantemente entre Rusia y la OTAN, respaldadas por la política exterior agresiva de la Administración Biden.

La oposición a Nord Stream 2 estalló en la víspera de la toma de posesión de Biden en enero de 2021, cuando los republicanos del Senado, encabezados por Ted Cruz de Texas, plantearon repetidamente la amenaza política del gas natural ruso barato durante la audiencia de confirmación de Blinken como Secretario de Estado. Para entonces, un Senado unificado había aprobado con éxito una ley que, como dijo Cruz a Blinken, “detuvo [el oleoducto] en seco”. Habría una enorme presión política y económica por parte del gobierno alemán, entonces encabezado por Angela Merkel, para poner en funcionamiento el segundo oleoducto.

¿Biden se enfrentaría a los alemanes? Blinken dijo que sí, pero agregó que no había discutido los puntos de vista específicos del presidente entrante. “Conozco su fuerte convicción de que esto es una mala idea, el Nord Stream 2”, dijo. “Sé que nos haría usar todas las herramientas persuasivas que tenemos para convencer a nuestros amigos y socios, incluida Alemania, de que no sigan adelante”.

Unos meses más tarde, cuando la construcción del segundo oleoducto estaba casi terminada, Biden parpadeó. Ese mayo, en un cambio sorprendente , la administración renunció a las sanciones contra Nord Stream AG, y un funcionario del Departamento de Estado admitió que tratar de detener el oleoducto a través de sanciones y diplomacia “siempre había sido una posibilidad remota”. Detrás de escena, los funcionarios de la administración supuestamente instaron al presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, que para entonces enfrentaba una amenaza de invasión rusa, a no criticar la medida.

Hubo consecuencias inmediatas. Los republicanos del Senado, encabezados por Cruz, anunciaron un bloqueo inmediato de todos los candidatos de política exterior de Biden y retrasaron la aprobación del proyecto de ley anual de defensa durante meses, hasta bien entrado el otoño. Más tarde , Politico describió el giro de Biden en el segundo oleoducto ruso como “la única decisión, posiblemente más que la caótica retirada militar de Afganistán, que ha puesto en peligro la agenda de Biden”.

La administración se tambaleaba, a pesar de obtener un respiro de la crisis a mediados de noviembre, cuando los reguladores de energía de Alemania suspendieron la aprobación del segundo gasoducto Nord Stream. Los precios del gas natural aumentaron un 8 % en cuestión de días , en medio de los crecientes temores en Alemania y Europa de que la suspensión del gasoducto y la creciente posibilidad de una guerra entre Rusia y Ucrania conducirían a un invierno frío muy no deseado. Washington no tenía claro cuál era la posición de Olaf Scholz, el recién nombrado canciller de Alemania. Meses antes, después de la caída de Afganistán, Scholtz había respaldado públicamente el llamado del presidente francés Emmanuel Macron a una política exterior europea más autónoma en un discurso en Praga, lo que claramente sugería menos confianza en Washington y sus acciones volubles.

A lo largo de todo esto, las tropas rusas se habían ido acumulando de manera constante y siniestra en las fronteras de Ucrania y, a finales de diciembre, más de 100.000 soldados estaban en posición de atacar desde Bielorrusia y Crimea. La alarma crecía en Washington, incluida una evaluación de Blinken de que ese número de tropas podría “duplicarse en poco tiempo”.

La atención de la administración se centró una vez más en Nord Stream. Mientras Europa siguiera dependiendo de los oleoductos para obtener gas natural barato, Washington temía que países como Alemania fueran reacios a suministrar a Ucrania el dinero y las armas que necesitaba para derrotar a Rusia.

Fue en este momento inestable que Biden autorizó a Jake Sullivan a reunir a un grupo interinstitucional para idear un plan.

Todas las opciones estaban sobre la mesa. Pero sólo uno saldría.

PLANIFICACIÓN

En diciembre de 2021, dos meses antes de que los primeros tanques rusos entraran en Ucrania, Jake Sullivan convocó una reunión de un grupo de trabajo recién formado (hombres y mujeres del Estado Mayor Conjunto, la CIA y los Departamentos de Estado y del Tesoro) y preguntó para recomendaciones sobre cómo responder a la inminente invasión de Putin.

Sería la primera de una serie de reuniones de alto secreto, en una sala segura en un piso superior del Antiguo Edificio de Oficinas Ejecutivas, adyacente a la Casa Blanca, que también fue el hogar de la Junta Asesora de Inteligencia Extranjera del Presidente (PFIAB) . Hubo la charla habitual de ida y vuelta que finalmente condujo a una pregunta preliminar crucial: ¿La recomendación enviada por el grupo al presidente sería reversible, como otra capa de sanciones y restricciones monetarias, o irreversible, es decir, acciones cinéticas, que no se puede deshacer?

Lo que quedó claro para los participantes, según la fuente con conocimiento directo del proceso, es que Sullivan tenía la intención de que el grupo presentara un plan para la destrucción de los dos oleoductos Nord Stream, y que estaba cumpliendo con los deseos de los Presidente.

Durante las próximas reuniones, los participantes debatieron opciones para un ataque. La Marina propuso utilizar un submarino recién comisionado para asaltar el oleoducto directamente. La Fuerza Aérea discutió el lanzamiento de bombas con fusibles retardados que podrían activarse de forma remota. La CIA argumentó que cualquier cosa que se hiciera, tendría que ser encubierta. Todos los involucrados entendieron lo que estaba en juego. “Esto no es cosa de niños”, dijo la fuente. Si el ataque fuera rastreable hasta Estados Unidos, “es un acto de guerra”.

En ese momento, la CIA estaba dirigida por William Burns, un exembajador en Rusia de buenos modales que se había desempeñado como subsecretario de Estado en la administración Obama. Burns autorizó rápidamente un grupo de trabajo de la Agencia cuyos miembros ad hoc incluían, por casualidad, a alguien que estaba familiarizado con las capacidades de los buzos de aguas profundas de la Armada en la Ciudad de Panamá. Durante las próximas semanas, los miembros del grupo de trabajo de la CIA comenzaron a elaborar un plan para una operación encubierta que utilizaría buzos de aguas profundas para provocar una explosión a lo largo del oleoducto.

Algo así se había hecho antes. En 1971, la comunidad de inteligencia estadounidense se enteró de fuentes aún no reveladas que dos unidades importantes de la Armada rusa se comunicaban a través de un cable submarino enterrado en el Mar de Okhotsk, en la costa del Lejano Oriente de Rusia. El cable vinculaba un comando regional de la Armada con el cuartel general continental en Vladivostok.

Un equipo cuidadosamente seleccionado de agentes de la Agencia Central de Inteligencia y la Agencia de Seguridad Nacional se reunió en algún lugar del área de Washington, bajo una cubierta profunda, y elaboró un plan, utilizando buzos de la Armada, submarinos modificados y un vehículo de rescate submarino profundo, que tuvo éxito, después de mucho ensayo y error, en la localización del cable ruso. Los buzos colocaron un sofisticado dispositivo de escucha en el cable que interceptó con éxito el tráfico ruso y lo registró en un sistema de grabación.

La NSA se enteró de que altos oficiales de la marina rusa, convencidos de la seguridad de su enlace de comunicación, charlaban con sus compañeros sin encriptación. El dispositivo de grabación y su cinta tuvieron que ser reemplazados mensualmente y el proyecto siguió adelante alegremente durante una década hasta que se vio comprometido por un técnico civil de la NSA de cuarenta y cuatro años llamado Ronald Pelton que hablaba ruso con fluidez. Pelton fue traicionado por un desertor ruso en 1985 y condenado a prisión. Los rusos le pagaron solo $ 5,000 por sus revelaciones sobre la operación, junto con $ 35,000 por otros datos operativos rusos que proporcionó y que nunca se hicieron públicos.

Ese éxito submarino, cuyo nombre en código es Ivy Bells, fue innovador y arriesgado, y produjo inteligencia invaluable sobre las intenciones y la planificación de la Armada rusa.

Aún así, el grupo interinstitucional inicialmente se mostró escéptico sobre el entusiasmo de la CIA por un ataque encubierto en aguas profundas. Había demasiadas preguntas sin respuesta. Las aguas del mar Báltico estaban fuertemente patrulladas por la armada rusa y no había plataformas petrolíferas que pudieran usarse como cobertura para una operación de buceo. ¿Tendrían que ir los buzos a Estonia, justo al otro lado de la frontera de los muelles de carga de gas natural de Rusia, para entrenarse para la misión? “Sería una mierda de cabra”, le dijeron a la Agencia.

A lo largo de “todas estas intrigas”, dijo la fuente, “algunos trabajadores de la CIA y del Departamento de Estado decían: ‘No hagas esto. Es estúpido y será una pesadilla política si sale a la luz’”.

Sin embargo, a principios de 2022, el grupo de trabajo de la CIA informó al grupo interinstitucional de Sullivan: “Tenemos una forma de volar los oleoductos”.

Lo que vino después fue impresionante. El 7 de febrero, menos de tres semanas antes de la aparentemente inevitable invasión rusa de Ucrania, Biden se reunió en su oficina de la Casa Blanca con el canciller alemán Olaf Scholz, quien, después de algunos vacilaciones, ahora estaba firmemente en el equipo estadounidense. En la conferencia de prensa que siguió, Biden dijo desafiante: “ Si Rusia invade. . . ya no habrá un Nord Stream 2. Le pondremos fin ”.

Veinte días antes, el subsecretario Nuland había entregado esencialmente el mismo mensaje en una sesión informativa del Departamento de Estado, con poca cobertura de prensa. “Quiero ser muy clara con ustedes hoy”, dijo en respuesta a una pregunta. “Si Rusia invade Ucrania, de una forma u otra Nord Stream 2 no avanzará ”.

Varios de los involucrados en la planificación de la misión del oleoducto quedaron consternados por lo que vieron como referencias indirectas al ataque.

“Fue como poner una bomba atómica en el suelo de Tokio y decirles a los japoneses que la vamos a detonar”, dijo la fuente. “El plan era que las opciones se ejecutaran después de la invasión y no se anunciaran públicamente. Biden simplemente no lo entendió o lo ignoró”.

La indiscreción de Biden y Nuland, si eso es lo que fue, podría haber frustrado a algunos de los planificadores. Pero también creó una oportunidad. Según la fuente, algunos de los altos funcionarios de la CIA determinaron que volar el oleoducto “ya no podía considerarse una opción encubierta porque el presidente acaba de anunciar que sabíamos cómo hacerlo”.

El plan para hacer estallar Nord Stream 1 y 2 fue repentinamente degradado de una operación encubierta que requería que se informara al Congreso a una que se consideró como una operación de inteligencia altamente clasificada con apoyo militar de EE. UU. Según la ley, explicó la fuente, “ya no existía el requisito legal de informar la operación al Congreso. Todo lo que tenían que hacer ahora era simplemente hacerlo, pero aún así tenía que ser secreto. Los rusos tienen una vigilancia superlativa del Mar Báltico”.

Los miembros del grupo de trabajo de la Agencia no tenían contacto directo con la Casa Blanca y estaban ansiosos por saber si el presidente quería decir lo que había dicho, es decir, si la misión estaba ahora en marcha. La fuente recordó: “Bill Burns regresa y dice: ‘Hazlo'”.

“La marina noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en aguas poco profundas a unas pocas millas de la isla de Bornholm en Dinamarca. . .”

LA OPERACION

Noruega fue el lugar perfecto para la base de la misión.

En los últimos años de la crisis Este-Oeste, el ejército estadounidense ha ampliado enormemente su presencia dentro de Noruega, cuya frontera occidental se extiende a lo largo de 1.400 millas a lo largo del Océano Atlántico norte y se fusiona con Rusia sobre el Círculo Polar Ártico. El Pentágono ha creado empleos y contratos bien remunerados, en medio de cierta controversia local, al invertir cientos de millones de dólares para mejorar y expandir las instalaciones de la Armada y la Fuerza Aérea estadounidenses en Noruega. Los nuevos trabajos incluían, lo que es más importante, un radar avanzado de apertura sintética en el norte que era capaz de penetrar profundamente en Rusia y se puso en línea justo cuando la comunidad de inteligencia estadounidense perdió el acceso a una serie de sitios de escucha de largo alcance dentro de China.

Una base de submarinos estadounidense recientemente renovada, que había estado en construcción durante años, entró en funcionamiento y ahora más submarinos estadounidenses pueden trabajar en estrecha colaboración con sus colegas noruegos para monitorear y espiar un importante reducto nuclear ruso a 250 millas al este, en el Península de Kola. Estados Unidos también ha ampliado enormemente una base aérea noruega en el norte y entregó a la fuerza aérea noruega una flota de aviones de patrulla P8 Poseidon construidos por Boeing para reforzar su espionaje de largo alcance en todo lo relacionado con Rusia.

A cambio, el gobierno noruego enfureció a los liberales y algunos moderados en su parlamento en noviembre pasado al aprobar el Acuerdo de Cooperación de Defensa Suplementario (SDCA). Según el nuevo acuerdo, el sistema legal estadounidense tendría jurisdicción en ciertas “áreas acordadas ” en el norte sobre los soldados estadounidenses acusados de delitos fuera de la base, así como sobre los ciudadanos noruegos acusados o sospechosos de interferir con el trabajo en la base.

Noruega fue uno de los signatarios originales del Tratado de la OTAN en 1949, en los primeros días de la Guerra Fría. Hoy, el comandante supremo de la OTAN es Jens Stoltenberg, un anticomunista comprometido, que se desempeñó como primer ministro de Noruega durante ocho años antes de pasar a su alto puesto en la OTAN, con el respaldo de Estados Unidos, en 2014. Era de línea dura en todo lo relacionado con Putin y Rusia, que había cooperado con la comunidad de inteligencia estadounidense desde la guerra de Vietnam. Se ha confiado en él completamente desde entonces. “Él es el guante que se adapta a la mano estadounidense”, dijo la fuente.

De vuelta en Washington, los planificadores sabían que tenían que ir a Noruega. “Odiaban a los rusos, y la armada noruega estaba llena de magníficos marineros y buzos que tenían generaciones de experiencia en la exploración altamente rentable de petróleo y gas en aguas profundas”, dijo la fuente. También se podía confiar en ellos para mantener la misión en secreto. (Los noruegos también pueden haber tenido otros intereses. La destrucción de Nord Stream, si los estadounidenses pudieran lograrlo, permitiría a Noruega vender mucho más de su propio gas natural a Europa).

En algún momento de marzo, algunos miembros del equipo volaron a Noruega para reunirse con el Servicio Secreto y la Armada de Noruega. Una de las preguntas clave era dónde exactamente en el Mar Báltico era el mejor lugar para colocar los explosivos. Nord Stream 1 y 2, cada uno con dos conjuntos de tuberías, estaban separados en gran parte por poco más de una milla mientras se dirigían al puerto de Greifswald en el extremo noreste de Alemania.

La armada noruega no tardó en encontrar el lugar adecuado, en las aguas poco profundas del mar Báltico, a unas pocas millas de la isla de Bornholm en Dinamarca. Los oleoductos se extendían a más de una milla de distancia a lo largo de un fondo marino que tenía solo 260 pies de profundidad. Eso estaría dentro del alcance de los buzos, quienes, operando desde un cazaminas de clase Alta noruego, bucearían con una mezcla de oxígeno, nitrógeno y helio saliendo de sus tanques, y colocarían cargas de C4 en forma de planta en las cuatro tuberías con protección de concreto. cubre Sería un trabajo tedioso, lento y peligroso, pero las aguas de Bornholm tenían otra ventaja: no había grandes corrientes de marea, lo que habría dificultado mucho la tarea de bucear.

Después de un poco de investigación, los estadounidenses estaban todos adentro.

En este punto, el oscuro grupo de buceo profundo de la Marina en la ciudad de Panamá entró en juego una vez más. Las escuelas de aguas profundas en la Ciudad de Panamá, cuyos alumnos participaron en Ivy Bells, son vistas como un remanso no deseado por los graduados de élite de la Academia Naval en Annapolis, quienes generalmente buscan la gloria de ser asignados como Seal, piloto de combate o submarinista. . Si uno debe convertirse en un “zapato negro”, es decir, un miembro del mando de la nave de superficie menos deseable, siempre hay al menos un deber en un destructor, crucero o barco anfibio. La menos glamorosa de todas es la guerra de minas. Sus buzos nunca aparecen en las películas de Hollywood, ni en la portada de revistas populares.

“Los mejores buzos con calificaciones de buceo profundo son una comunidad compacta, y solo los mejores son reclutados para la operación y se les dice que estén preparados para ser llamados a la CIA en Washington”, dijo la fuente.

Los noruegos y los estadounidenses tenían una ubicación y los operativos, pero había otra preocupación: cualquier actividad submarina inusual en las aguas de Bornholm podría llamar la atención de las armadas sueca o danesa, que podrían informarla.

Dinamarca también había sido uno de los signatarios originales de la OTAN y era conocida en la comunidad de inteligencia por sus vínculos especiales con el Reino Unido. Suecia había solicitado ser miembro de la OTAN y había demostrado su gran habilidad en el manejo de sus sistemas de sensores magnéticos y de sonido submarinos que rastreaban con éxito los submarinos rusos que ocasionalmente aparecían en aguas remotas del archipiélago sueco y se veían obligados a salir a la superficie.

Los noruegos se unieron a los estadounidenses para insistir en que algunos altos funcionarios de Dinamarca y Suecia debían ser informados en términos generales sobre la posible actividad de buceo en la zona. De esa forma, alguien superior podría intervenir y mantener un informe fuera de la cadena de mando, aislando así la operación del oleoducto. “Lo que les dijeron y lo que sabían era diferente a propósito”, me dijo la fuente. (La embajada noruega, a la que se le pidió que comentara sobre esta historia, no respondió).

Los noruegos fueron clave para resolver otros obstáculos. Se sabía que la armada rusa poseía tecnología de vigilancia capaz de detectar y activar minas submarinas. Los artefactos explosivos estadounidenses debían camuflarse de manera que parecieran ante el sistema ruso como parte del fondo natural, algo que requería adaptarse a la salinidad específica del agua. Los noruegos tenían una solución.

Los noruegos también tenían una solución a la cuestión crucial de cuándo debería llevarse a cabo la operación. Cada junio, durante los últimos 21 años, la Sexta Flota estadounidense, cuyo buque insignia tiene su sede en Gaeta, Italia, al sur de Roma, ha patrocinado un importante ejercicio de la OTAN en el Mar Báltico en el que participaron decenas de barcos aliados de toda la región. El ejercicio actual, realizado en junio, se conocería como Baltic Operations 22 o BALTOPS 22 . Los noruegos propusieron que esta sería la cubierta ideal para plantar las minas.

Los estadounidenses proporcionaron un elemento vital: convencieron a los planificadores de la Sexta Flota para que agregaran un ejercicio de investigación y desarrollo al programa. El ejercicio, como lo hizo público la Marina , involucró a la Sexta Flota en colaboración con los “centros de investigación y guerra” de la Marina. El evento en el mar se llevaría a cabo frente a la costa de la isla de Bornholm e involucraría a equipos de buzos de la OTAN que plantarían minas, con equipos competidores que utilizarían la última tecnología submarina para encontrarlas y destruirlas.

Era a la vez un ejercicio útil y una tapadera ingeniosa. Los muchachos de la ciudad de Panamá harían lo suyo y los explosivos C4 estarían en su lugar al final de BALTOPS22, con un temporizador de 48 horas adjunto. Todos los estadounidenses y noruegos se habrían ido hace mucho tiempo con la primera explosión.

Los días estaban contando. “El tiempo corría y nos acercábamos a la misión cumplida”, dijo la fuente.

Y entonces: Washington tuvo dudas. Las bombas aún se colocarían durante BALTOPS, pero a la Casa Blanca le preocupaba que la ventana de dos días para su detonación estuviera demasiado cerca del final del ejercicio, y sería obvio que Estados Unidos había estado involucrado.

En cambio, la Casa Blanca tenía una nueva solicitud: “¿Pueden los muchachos en el campo encontrar alguna forma de volar las tuberías más tarde cuando se les ordene?”

Algunos miembros del equipo de planificación estaban enojados y frustrados por la aparente indecisión del presidente. Los buzos de la ciudad de Panamá habían practicado repetidamente la colocación del C4 en tuberías, como lo harían durante BALTOPS, pero ahora el equipo de Noruega tenía que idear una manera de darle a Biden lo que quería: la capacidad de emitir una orden de ejecución exitosa a la vez. de su elección.

Encargarse de un cambio arbitrario de última hora era algo que la CIA estaba acostumbrada a manejar. Pero también renovó las preocupaciones que algunos compartían sobre la necesidad y la legalidad de toda la operación.

Las órdenes secretas del presidente también evocaron el dilema de la CIA en los días de la guerra de Vietnam, cuando el presidente Johnson, confrontado por un creciente sentimiento contra la guerra de Vietnam, ordenó a la agencia que violara sus estatutos, que específicamente le prohibían operar dentro de Estados Unidos, espiando a los líderes contra la guerra. para determinar si estaban siendo controlados por la Rusia comunista.

La agencia finalmente accedió y, a lo largo de la década de 1970, quedó claro hasta dónde había estado dispuesta a llegar. Hubo revelaciones posteriores en los periódicos después de los escándalos de Watergate sobre el espionaje de la Agencia a ciudadanos estadounidenses, su participación en el asesinato de líderes extranjeros y su socavación del gobierno socialista de Salvador Allende.

Esas revelaciones llevaron a una serie dramática de audiencias a mediados de la década de 1970 en el Senado, dirigida por Frank Church de Idaho, que dejó en claro que Richard Helms, el director de la Agencia en ese momento, aceptó que tenía la obligación de hacer lo que el Presidente quería, incluso si eso significaba violar la ley.

En un testimonio inédito a puerta cerrada, Helms explicó con pesar que “casi tienes una Inmaculada Concepción cuando haces algo” bajo órdenes secretas de un presidente. “Ya sea que esté bien que lo tengas, o que esté mal que lo tengas, [la CIA] trabaja bajo diferentes reglas y reglas básicas que cualquier otra parte del gobierno”. Básicamente, les estaba diciendo a los senadores que él, como jefe de la CIA, entendía que había estado trabajando para la Corona, y no para la Constitución.

Los estadounidenses que trabajaban en Noruega operaron bajo la misma dinámica y diligentemente comenzaron a trabajar en el nuevo problema: cómo detonar de forma remota los explosivos C4 por orden de Biden. Era una tarea mucho más exigente de lo que entendían los de Washington. No había forma de que el equipo en Noruega supiera cuándo el presidente podría presionar el botón. ¿Sería en unas pocas semanas, en muchos meses o en medio año o más?

El C4 conectado a las tuberías sería activado por una boya de sonar lanzada por un avión con poca antelación, pero el procedimiento involucró la tecnología de procesamiento de señales más avanzada. Una vez instalados, los dispositivos de temporización retrasados conectados a cualquiera de los cuatro oleoductos podrían activarse accidentalmente debido a la compleja combinación de ruidos de fondo del océano en todo el mar Báltico, que está muy transitado: barcos cercanos y distantes, perforaciones submarinas, eventos sísmicos, olas e incluso mar. criaturas Para evitar esto, la boya de sonar, una vez colocada, emitiría una secuencia de sonidos tonales únicos de baja frecuencia, muy parecidos a los emitidos por una flauta o un piano, que serían reconocidos por el dispositivo de tiempo y, después de unas horas preestablecidas. de retraso, disparar los explosivos.

El 26 de septiembre de 2022, un avión de vigilancia P8 de la Armada de Noruega realizó un vuelo aparentemente de rutina y dejó caer una boya de sonar. La señal se extendió bajo el agua, inicialmente a Nord Stream 2 y luego a Nord Stream 1. Unas horas más tarde, se activaron los explosivos C4 de alta potencia y tres de las cuatro tuberías quedaron fuera de servicio. En unos pocos minutos, los charcos de gas metano que permanecían en las tuberías cerradas se podían ver extendiéndose en la superficie del agua y el mundo se enteró de que algo irreversible había sucedido.

CAER

Inmediatamente después del bombardeo del oleoducto, los medios estadounidenses lo trataron como un misterio sin resolver. Rusia fue repetidamente citada como probable culpable , impulsada por filtraciones calculadas de la Casa Blanca, pero sin nunca establecer un motivo claro para tal acto de autosabotaje, más allá de la simple retribución. Unos meses más tarde, cuando se supo que las autoridades rusas habían estado obteniendo discretamente estimaciones del costo de reparación de los oleoductos, el New York Times describió la noticia como “teorías complicadas sobre quién estaba detrás” del ataque. Ningún periódico estadounidense importante profundizó en las amenazas anteriores a los oleoductos hechas por Biden y el subsecretario de Estado Nuland.

Si bien nunca estuvo claro por qué Rusia buscaría destruir su propio oleoducto lucrativo, una justificación más reveladora para la acción del presidente provino del secretario de Estado Blinken.

Cuando se le preguntó en una conferencia de prensa en septiembre pasado sobre las consecuencias del empeoramiento de la crisis energética en Europa Occidental, Blinken describió el momento como potencialmente bueno:

“Es una gran oportunidad para eliminar de una vez por todas la dependencia de la energía rusa y así quitarle a Vladimir Putin el uso de armas como medio para avanzar en sus diseños imperiales. Eso es muy significativo y ofrece una gran oportunidad estratégica para los años venideros, pero mientras tanto estamos decididos a hacer todo lo posible para asegurarnos de que las consecuencias de todo esto no recaigan sobre los ciudadanos de nuestros países o, para el caso, alrededor del mundo.”

Más recientemente, Victoria Nuland expresó su satisfacción por la desaparición del más nuevo de los oleoductos. Al testificar en una audiencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado a fines de enero, le dijo al Senador Ted Cruz: “Al igual que usted, estoy, y creo que la Administración está muy satisfecha de saber que Nord Stream 2 es ahora, como le gusta decir, un trozo de metal en el fondo del mar.”

La fuente tenía una visión mucho más callejera de la decisión de Biden de sabotear más de 1500 millas del oleoducto Gazprom a medida que se acercaba el invierno. “Bueno”, dijo, hablando del presidente, “debo admitir que el tipo tiene un par de cojones. Dijo que lo iba a hacer y lo hizo”.

Cuando se le preguntó por qué pensaba que los rusos no respondieron, dijo cínicamente: “Tal vez quieren la capacidad de hacer las mismas cosas que hizo Estados Unidos.

“Fue una hermosa historia de portada”, continuó. “Detrás había una operación encubierta que colocó expertos en el campo y equipos que operaban con una señal encubierta.

“El único defecto fue la decisión de hacerlo”.

Fuente: https://scheerpost.com/2023/02/08/how-america-took-out-the-nord-stream-pipeline/

La recuperación imperial fallida de Estados Unidos

Claudio Katz

25/01/2021

Estados Unidos intenta recuperar su alicaído dominio mundial capturando riquezas, sofocando rebeliones y disuadiendo competidores. Sostiene ese operativo con un gigantesco poder militar y una gravosa economía armamentista.

Las guerras híbridas han transformado radicalmente el intervencionismo imperial. Multiplicaron el caótico escenario de refugiados y víctimas civiles que genera la demolición de varios estados.

La ruptura de la cohesión interna es el principal obstáculo al resurgimiento imperial estadounidense. Los fracasos económicos y geopolíticos de Trump confirmaron esas limitaciones. Esa impotencia no disminuyó el rearme con nuevos dispositivos atómicos. Con mayor diplomacia Biden insistirá en políticas agresivas utilizando desgastadas coberturas ideológicas.

El intento estadounidense de recuperar dominio mundial es la principal característica del imperialismo del siglo XXI. Washington pretende retomar esa primacía frente a las adversidades generadas por la globalización y la multipolaridad. Confronta con el surgimiento de un gran rival y con la insubordinación de sus viejos aliados.

La primera potencia ha perdido autoridad y capacidad de intervención. Busca contrarrestar la diseminación del poder mundial y la sistemática erosión de su liderazgo. En las últimas décadas ensayó varios cursos infructuosos para revertir su declive y continúa tanteando esa resurrección.

Todas sus acciones se cimentan en el uso de la fuerza. Estados Unidos perdió el control de la política internacional que exhibía en el pasado, pero mantiene un gran poder de fuego. Expande un destructivo arsenal para forzar su propia recomposición. Esa conducta confirma la aterradora dinámica del imperialismo como mecanismo de dominación.

En la primera mitad del siglo XX las grandes potencias disputaban el liderazgo mundial por medio de la guerra. En el período subsiguiente, Estados Unidos ejerció esa conducción con intervenciones armadas en la periferia para confrontar con la amenaza socialista. En la actualidad el capitalismo occidental afronta una crisis muy severa con su timonel averiado.

Washington pretende reconquistar supremacía en tres áreas que definen el dominio imperial: el manejo de los recursos naturales, el sometimiento de los pueblos y la neutralización de los rivales. Todos sus operativos apuntan a capturar riquezas, sofocar rebeliones y disuadir competidores.

El control de las materias primas es indispensable para sostener la primacía militar y garantizar los abastecimientos que impactan sobre el curso de la economía. La contención de las sublevaciones populares es esencial para estabilizar el orden capitalista que el Pentágono aseguró durante décadas. Estados Unidos intenta mantener la fuerza que tradicionalmente utilizó para intervenir en América Latina, África, Medio Oriente y el Sur de Asia. Necesita también lidiar con el desafiante chino para doblegar a otros rivales. En esas batallas se dirime el éxito o naufragio de la resurrección imperial estadounidense.

La centralidad bélica

El imperialismo es sinónimo de poder militar. Todas las potencias han dominado mediante esa carta sabiendo que el capitalismo no podría subsistir sin ejércitos. Es cierto que el sistema recurre también a la manipulación, el engaño y la desinformación, pero no sustituye la amenaza coercitiva por la simple preeminencia ideológica. Combina la violencia con el consentimiento y hace valer un poder implícito (soft power) que se asienta en el poder explícito (hard power).

Conviene recordar estos fundamentos, frente a las teorías que reemplazan el imperialismo por la hegemonía como concepto ordenador de la geopolítica contemporánea. Ciertamente los poderosos han reforzado su prédica a través de los medios de comunicación. Desenvuelven un sistemático trabajo de desinformación y

ocultamiento de la realidad. También perfeccionaron el uso de las instituciones políticas y judiciales del estado para asegurar sus privilegios. Pero en el orden internacional la supremacía de las grandes potencias se dirime por medio de amenazas militares.

El sistema global opera con un resguardo bélico comandado por Estados Unidos. Desde 1945 la primera potencia emprendió 211 intervenciones en 67 países. Mantiene actualmente 250.000 soldados estacionados en 700 bases distribuidas en 150 naciones (Chacón, 2019). Esa mega-estructura ha guiado la política norteamericana desde el lanzamiento de las bombas atómicas en Nagasaki e Hiroshima y la conformación de la OTAN como brazo auxiliar del Pentágono.

Las tres principales incursiones de la guerra fría (Corea en 1950-1953, Vietnam en 1955-1975 y Afganistán en 1978-1989) demostraron el mortífero alcance de ese poder. Washington ha edificado un tejido internacional de instalaciones militares sin precedentes en la historia (Mancillas, 2018).

El control de las materias primas ha sido determinante de muchas operaciones bélicas. Las masacres que padece Medio Oriente para dirimir quién maneja el petróleo ilustran esa centralidad. Esa disputa detonó la sangría de Irak y Libia e influyó en las incursiones de Afganistán y Siria. Las reservas es crudo son también el botín ambicionado por los generales que organizan el acoso de Irán y el cerco de Venezuela.

Economía armamentista

La política exterior estadounidense está condicionada por la red de contratistas que se enriquecen con la guerra. Lucran con la fabricación de explosivos que deben probarse en algún rincón del planeta. El aparato industrial-militar necesita esas confrontaciones. Se nutre de un gasto que no aumenta sólo en períodos de intenso belicismo, sino también en las fases de distensión.

Gran parte del cambio tecnológico se procesa en la órbita militar. La informática, la aeronáutica y la actividad espacial son los epicentros de esa experimentación. Los grandes proveedores del Pentágono aprovechan el resguardo del presupuesto estatal, para fabricar artefactos veinte veces más costosos que sus equivalentes civiles. Operan con cuantiosas sumas, en un sector autonomizado de las restricciones competitivas del mercado (Katz, 2003).

Ese modelo armamentista se desenvuelve al compás de las exportaciones. Las 48 grandes firmas del complejo industrial-militar manejan el 64% de la fabricación bélica mundial. Entre el 2015 y el 2019 el volumen de sus ventas ascendió un 5,5% en comparación al quinquenio anterior y un 20% en relación al período 2005-2009.

El gasto militar global alcanzó en 2017 su mayor nivel desde el final de la guerra fría (1,74 billones de dólares), con Estados Unidos a la cabeza de todas las transacciones (Ferrari, 2020). La primera potencia concentra la mitad de los desembolsos y patrocina a las cinco primeras empresas de esa actividad.

El protagonismo tecnológico norteamericano depende de esa primacía internacional en el sector bélico. El desarrollo del capitalismo digital de la última década ha transitado por fabricaciones militares previas y es congruente con el uso de armas dentro del país. Estados Unidos es el principal mercado de las 12.000 millones de balas que se fabrican anualmente. La Asociación Nacional del Rifle brinda sostén material y cultural a la continuada centralidad del Pentágono.

Pero esa gravitación de la economía armamentista también genera muchas adversidades al sistema productivo. Exige un volumen de financiamiento que el país no puede proveer con recursos propios. El bache es cubierto con un déficit fiscal y un endeudamiento externo que amenazan el señoreaje del dólar.

Estados Unidos sostuvo su andamiaje militar desde la posguerra con el gran tributo que impuso a sus socios. Esa carga es actualmente resistida por los aliados europeos y ha desencadenado una crisis de financiamiento de la OTAN. Desaparecida la Unión Soviética, el Viejo Continente objeta la utilidad de un dispositivo que Washington utiliza para sus propios intereses.

La economía militar estadounidense se asienta en un modelo de altos costos y baja competitividad. El gendarme del capitalismo pudo forzar durante mucho tiempo la subordinación de sus desarmados rivales. Pero ya no cuenta con el mismo margen para administrar sus gravosas innovaciones en el área militar. Otros países desenvuelven los mismos cambios tecnológicos con operaciones más baratas y eficientes en la esfera civil.

El gasto bélico influye en forma muy contradictoria sobre el ciclo de la economía norteamericana. Apuntala el nivel de actividad cuando el estado canaliza impuestos hacia una demanda cautiva. También absorbe capitales excedentes que no encuentran inversiones rentables en otras ramas. Pero en las coyunturas adversas, incrementa el déficit fiscal y captura porciones del gasto púbico que podrían destinarse a numerosas asignaciones productivas. En esos momentos los réditos que generan las erogaciones militares para la tecnología y las exportaciones, no compensan el deterioro (y nefasto direccionamiento) de los recursos públicos.

Las guerras de nuevo tipo

La actual intervención externa de Estados Unidos recrea los viejos patrones de la acción imperial. La conspiración persiste como el componente central de esas modalidades. La vieja tradición de la CIA en golpes de estado contra los gobiernos progresistas ha reaparecido en numerosos países.

Washington retoma también las “guerras de aproximación” (proxy war), en las áreas priorizadas para hostilizar a las naciones crucificadas por el Departamento de Estado (China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela) (Petras, 2018).

Pero el fracaso de Irak marcó un giro en las modalidades de intervención. Esa ocupación desembocó en un gran fracaso por la resistencia afrontada en el país y por la propia inconsistencia del operativo. Ese fiasco indujo la sustitución de las invasiones tradicionales por una nueva variedad de guerras híbridas (VVAA, 2019).

En esas incursiones las acciones bélicas corrientes son reemplazadas por una amalgama de acciones no convencionales, con mayor peso de fuerzas para-estatales y uso creciente del terror. Este tipo de operaciones ha predominado en los Balcanes, Siria, Yemen y Libia (Korybko, 2020).

En esos casos la acción imperial asume una connotación policial de hostigamiento, que privilegia el sometimiento a la victoria explícita sobre los adversarios. Esas intervenciones amplían los operativos que la DEA perfeccionó en su pulseada con el narcotráfico. El control del país acosado se torna más relevante (o factible) que su derrota y la agresión con alta tecnología ocupa un lugar preeminente (“guerras de quinta generación”).

En incontables casos el componente terrorista de esas acciones ha desbordado el curso diseñado por la Casa Blanca, generando una secuencia autónoma de acciones destructivas. Ese descontrol se verificó con los talibanes, inicialmente adiestrados en Afganistán para acosar a un gobierno pro-soviético. Lo mismo ocurrió con los yihadistas, entrenados en Arabia Saudita para erosionar a los gobiernos laicos del mundo árabe.

A través de guerras hibridas Estados Unidos intenta controlar a sus rivales, sin consumar intervenciones bélicas en regla. Combina el cerco económico y la provocación terrorista, con la promoción de conflictos étnicos, religiosos o nacionales en los países diabolizados. También propicia la canalización derechista del descontento a través de los líderes autoritarios que han usufructuado de las “revoluciones de colores”. Esos operativos han permitido incorporar a varios países del Este Europeo al cerco de la OTAN contra Rusia.

Las guerras híbridas incluyen campañas mediáticas más penetrantes que la vieja batería de posguerra contra el comunismo. Con nuevos enemigos (terrorismo, islamistas, narcotráfico), amenazas (estados fallidos) y peligros (expansionismo chino), Washington despliega sus campañas, mediante una extendida red de fundaciones y ONGs. También utiliza la guerra de la información en las redes sociales.

Las agresiones imperiales incluyen una novedosa variedad de recursos. Basta observar lo sucedido en Sudamérica con la operación implementada por varios jueces y medios de comunicaciones contra los líderes progresistas (lawfare), para mensurar el alcance de esas conspiraciones. Pero esos atropellos suscitan inéditas conmociones en incontables planos.

Escenarios caóticos

Durante la primera mitad del siglo XX imperaron las conflagraciones a escala industrial, con masas de uniformados exterminados por la maquinaria bélica. En esas guerras totales con muertes anónimas se impuso el indiscriminado entierro de los “soldados desconocidos” (Traverso, 2019).

En las últimas décadas ha prevalecido otra modalidad de acciones con decreciente compromiso de tropas en los campos de batalla. Estados Unidos perfeccionó ese curso, mediante los bombardeos aéreos que destruyen aldeas sin la presencia directa de los marines. Ese tipo de intervención se afianzó con la generalización de drones y satélites.

Con esas modalidades el imperialismo del siglo XXI destruye o balcaniza a los países que obstaculizan el resurgimiento de la dominación norteamericana. El aumento del número de miembros en las Naciones Unidas es un indicador de esa remodelación.

La población desarmada ha sido la principal afectada por incursiones que disolvieron la vieja distinción entre combatientes y civiles. Solamente el 5% de las víctimas de la Primera Guerra Mundial eran ciudadanos no alistados. Esta cifra se elevó al 66% en la Segunda Guerra y promedia el 80-90% en los conflictos actuales (Hobsbawm, 2007: cap 1).

Las operaciones que sostiene el Pentágono han barrido definitivamente con todas las normas de las Convenciones de La Haya (1899 y 1907), que distinguían a los uniformados de los civiles. La misma disolución se verifica en los conflictos externos e internos de numerosos estados. La frontera entre la paz y la guerra se ha diluido, potenciando el indescriptible sufrimiento de los refugiados. El organismo que computa el número de esos desamparados registró en 2019 un total de 79,5 millones de personas desplazadas de sus hogares (Unhcr-Acnur, 2020).

Esa monumental cifra de traslados forzosos ilustra el grado de violencia imperante. Aunque los conflictos no alcancen la generalizada escala del pasado, sus consecuencias sobre los civiles son proporcionalmente mayores.

La agresión imperial quebranta en forma sistemática las fronteras entre los países. Impone una remodelación geográfica que contrasta con las rígidas barreras limítrofes de la guerra fría. Esas líneas definan estrictos campos de confrontación y contenían a las poblaciones en sus localidades de origen.

Los estallidos bélicos actuales potencian los efectos de la creciente presión emigratoria hacia los centros del hemisferio norte. La huida de la guerra confluye con la masiva escapatoria de la devastación económica que padecen varios países de la periferia.

El imperialismo estadounidense es el principal causante de las tragedias bélicas contemporáneas. Provee armas, auspicia tensiones raciales, religiosas o étnicas y promueve prácticas terroristas que destruyen a los países afectados (Armanian, 2017).

Lo ocurrido el mundo árabe ilustra esa secuencia. Bajo las órdenes de sucesivos presidentes, Estados Unidos implementó la demolición de Afganistán (Reagan-Carter), Irak (Bush) y Siria (Obama). Esas masacres implicaron 220.000 muertos en el primer país, 650.000 en el segundo y 250.000 en el tercero. La disgregación social y el resentimiento político generado por esas matanzas desencadenaron, a su vez, atentados suicidas en los países centrales. El terror desembocó en enceguecidas respuestas de más terror.

Las atrocidades imperiales han socavado los propios objetivos de esas incursiones. Para desplazar a Gadafi el imperialismo pulverizó la integridad territorial de Libia y deshizo el sistema de tapones construido en el Norte de África para contener la emigración hacia Europa. El país se convirtió en un centro de explotación de migrantes, gestionado por las mafias que Occidente financió para apoderarse de Libia. Frente a semejante desmadre, los viejos colonialistas ya no diseñan nuevas fronteras formales. Sólo improvisan mecanismos de contención de los refugiados (Buxton; Akkerman, 2018).

El Pentágono ha desplegado, además, unas 50 bases ocultas en África, mientras las compañías petroleras occidentales controlan a los tiros sus yacimientos de Nigeria, Sudan y Níger (Armanian, 2018). Ese apetito por los recursos naturales es el trasfondo de las tragedias en el continente negro. La acción imperial ha incentivado los enfrentamientos étnicos ancestrales para incrementar su manejo de esos recursos.

La fractura interna

El principal obstáculo que afronta la recomposición imperial estadounidense es la ruptura de la cohesión interna del país. Ese cimiento sostuvo durante décadas la intervención de la primera potencia en el resto del mundo. Pero el gigante del Norte ha registrado un cambio radical como consecuencia del retroceso económico, la grieta política, las tensiones raciales y la nueva conformación étnico-poblacional. La uniformidad cultural que nutría el “sueño americano” se ha diluido y Estados Unidos afronta una fractura sin precedentes.

Las divisiones han erosionado el sustento de la injerencia norteamericana en el exterior. Las operaciones militares no cuentan con el aval del pasado y han quedado afectadas por el fin de la conscripción. Washington ya no embarca en sus incursiones a un ejército de reclutas, ni justifica esas acciones con mensajes de ciega fidelidad a la bandera. Para consumar operativos quirúrgicos opta por un armamento más acotado y de mayor precisión. Prioriza el impacto mediático y la contención de bajas en sus propias filas.

La privatización de la guerra sintetiza esas tendencias. Se ha generalizado el uso de mercenarios y contratistas que negocian el precio de cada masacre. Esta modalidad de belicismo sin compromiso de la población, explica la pérdida de interés general por las acciones imperiales. Las guerras sin reclutas exigen mayores gastos, pero atenúan las resistencias internas. Impiden incluso percibir los fracasos en territorios lejanos (Irak, Afganistán) como adversidades propias.

Pero la contrapartida de ese divorcio es la creciente dificultad imperial para incursionar en proyectos más ambiciosos. Resulta muy difícil recuperar el liderazgo mundial, sin la adhesión de segmentos significativos de la población.

El imperialismo de posguerra se asentaba en una autoridad oficial que se ha disipado. El fin del alistamiento masivo introdujo un nuevo derecho democrático, que paradójicamente deteriora la capacidad del estado norteamericano para recuperar su decaído poder imperial (Hobsbawm, 2007: cap 5).

La privatización de la guerra acentúa, a su vez, los traumáticos efectos del divorcio entre los gendarmes y la población. El trauma de los retornados de Irak o Afganistán ilustra ese efecto. El uso de mercenarios también expande la militarización interna y la incontrolable explosión de violencia que suscita la libre portación de armas.

Esta secuencia de corrosiones asume un alcance mayor con la canalización derechista del descontento social. Esa captación política despuntó con el TEA Party y se afianzó con el Trumpismo.

La xenofobia, el chauvinismo y el supremacismo blanco se han extendido con discursos racistas que culpabilizan a las minorías, los migrantes y los extranjeros del declive estadounidense. Pero esa furia nacionalista sólo ahonda la fractura interna, sin recrear la base social extendida que utilizaba el imperialismo estadounidense para incursionar en el exterior.

Los fallidos de Trump

Los últimos cuatro años aportaron un categórico retrato del fracasado intento estadounidense de recuperar dominio imperial. Trump privilegió la recomposición de la economía y pretendió utilizar la superioridad militar del país para apuntalar el relanzamiento productivo.

Con ese soporte encaró durísimas negociaciones externas, a fin de extender al plano comercial las ventajas monetarias que mantiene el dólar. Propició acuerdos bilaterales y cuestionó el libre-comercio para aprovechar la primacía financiera de Wall Street y la Reserva Federal.

Trump intentó preservar la supremacía tecnológica mediante crecientes exigencias de cobro de la propiedad intelectual. Con ese control de la financiarización y del capitalismo digital esperaba forjar un nuevo equilibrio entre los sectores globalistas y americanistas de la clase dominante. Apostó a combinar la protección local con los negocios mundiales.

El multimillonario priorizó la contención de China. Encaró una brutal pulseada para reducir el déficit comercial, a fin de repetir el sometimiento que impuso Reagan a Japón en los años 80. Buscó además afianzar las ventajas sobre Europa, aprovechando la existencia de un aparato estatal unificado, frente a competidores transatlánticos que no logran extender su unificación monetaria al plano fiscal y bancario. Bajo la apariencia de un improvisado desorden, el ocupante de la Casa Blanca concibió un ambicioso plan de recuperación estadounidense (Katz, 2020).

Pero su estrategia dependía del aval de los aliados (Australia, Arabia Saudita, Israel), la subordinación de los socios (Europa, Japón) y la complacencia de un adversario (Rusia) para forzar la capitulación de otro (China). El magnate no consiguió esos alineamientos y el relanzamiento norteamericano falló desde el principio.

La confrontación con China fue su principal fracaso. Las amenazas no amedrentaron al dragón asiático, que aceptó mayores compras y menores exportaciones, sin convalidar la apertura financiera y el freno de las inversiones tecnológicas. China no acomodó su política monetaria a los reclamos de un deudor, que ha colocado el grueso de sus títulos en los bancos asiáticos.

Tampoco los socios de Estados Unidos resignaron los negocios con el gran cliente asiático. Europa no se sumó a la confrontación con China e Inglaterra continuó jugando su propia partida en el mundo. El gigante oriental incrementó para colmo su intercambio comercial con todos los países del hemisferio americano (Merino, 2020).

Trump sólo logró inducir un alivio de coyuntura, sin revertir ningún desequilibrio significativo de la economía. Esa carencia de resultados salió a flote en la crisis que precipitó la pandemia y en su propia eyección de la Casa Blanca.

Las mismas adversidades se verificaron en la órbita geopolítica. El magnate intentó neutralizar la pesada herencia de fracasos militares. Propició un manejo cauto de las aventuras bélicas frente al fiasco de Irak, el pozo de Somalia y los despistes de Siria.

Para desandar las infructuosas campañas de Bush forzó retiradas de tropas en los escenarios más expuestos. Transfirió operaciones a sus socios sauditas e israelíes y redujo el protagonismo previo. Sostuvo la anexión de Cisjordania y las masacres de los yemenitas, pero no comprometió al Pentágono con otra intervención. Prescindió de los marines de la crisis libia, sustrajo efectivos de Siria y abandonó a los aliados kurdos. En esa zona avaló la gravitación de Turquía y consintió la preeminencia de Rusia.

Trump volvió a experimentar la misma impotencia de sus antecesores en el control de la proliferación nuclear. Esa incapacidad para restringir la tenencia de bombas atómicas a un selecto club de potencias ilustra las limitaciones norteamericanas. Estados Unidos no puede dictar el rumbo del planeta, si una pequeña franja de países comparte el poder de chantaje que otorgan las cargas nucleares.

Las fracasadas tratativas con Corea del Norte confirmaron esas flaquezas de Washington. Kim perfeccionó la estructura de misiles y rechazó la oferta de desarme a cambio de provisiones de energía o alimentos. Sabe que únicamente el poderío nuclear impide la repetición en su país de lo ocurrido en Irak, Libia o Yugoslavia.

Ese resguardo atómico es la carta contra un imperio que impuso la división de la península coreana y rechaza cualquier tratativa de reunificación. Estados Unidos veta constantemente los avances en la propuesta ruso-china de frenar la militarización de ambos lados (Gandásegui, 2017). Pero al cabo de varias amenazas Trump archivó su pose de fanfarrón y aceptó la simple continuidad de las conversaciones.

Una barrera muy semejante encontró en Irán. También ahí la prioridad imperialista ha sido el freno del desarrollo nuclear para garantizar el monopolio atómico regional de Israel. Trump rompió el acuerdo de desarme suscripto por Obama y viabilizado a través de una verificación internacional.

El magnate redobló las provocaciones con embargos y atentados. El asesinato del general Soleimani fue el punto culminante de esa agresión. Implicó un descarado acto de terrorismo hacia el jefe del ejército de un país, que no perpetró ninguna agresión contra Estados Unidos. Pero ese tipo de crímenes -seguido por la eliminación de varios científicos de alto rango- no ha logrado detener la paulatina incorporación de Irán al club de los países protegidos con la coraza atómica.

Esa misma diseminación del poder nuclear impide a Washington imponer su arbitraje en otros conflictos regionales. Las tensiones entre Pakistán e India oponen, por ejemplo, a dos ejércitos con ese tipo de armamento y consiguiente capacidad para autonomizarse del tutelaje imperial

Trump falló también en sus agresiones contra Venezuela. Propició todos los complots imaginables para recuperar el control de la principal reserva petrolera del hemisferio y no pudo doblegar al chavismo. Sus amenazas chocaron con la imposibilidad de repetir las viejas intervenciones militares en América Latina.

La nueva estrategia de rearme

Trump no se limitó a retacear la presencia militar en el exterior con la expectativa de relanzar la economía. Incrementó en forma drástica el presupuesto militar para descartar cualquier sugerencia de efectivo repliegue imperial. Esas erogaciones saltaron de 580.000 millones de dólares (2016) a 713.000 millones (2020).

Garantizó ganancias récord a los fabricantes de misiles y ensayó una mega-bomba de inédito alcance en Afganistán.

El magnate relanzó la guerra de las galaxias y rompió los tratados de desarme nuclear. También avaló al giro hacia la “Competencia entre los Principales Poderes” (GPC), en reemplazo de la “Guerra Global contra el Terrorismo” (GWOT). Ese cambio tiende a sustituir la identificación, rastreo y destrucción de fuerzas adversas en remotas áreas de Asia, África o Medio Oriente por un rearme preparatorio de conflictos más convencionales. Con ese viraje propició cerrar el capítulo-Bush de incursiones en áreas alejadas, para retomar la confrontación tradicional con los enemigos del Pentágono (Klare 2020).

Con esa óptica el magnate complementó las presiones comerciales sobre China con un gran despliegue de la flota del Pacífico. Exigió la desmilitarización de los arrecifes del Mar del Sur para quebrantar el escudo defensivo de su rival. Reforzó drásticamente el desplazamiento de tropas iniciado por Obama desde Medio Oriente hacia el continente asiático.

La presión sobre China escaló con la ampliación de la marina y la adquisición de un asombroso número de buques y submarinos. La fuerza aérea fue modernizada en sintonía con todas las innovaciones de la inteligencia artificial y el adiestramiento en ciberguerras.

Para hostilizar a China, Trump reforzó el bloque forjado con India, Japón, Australia y Corea del Sur (Quad). Ese alineamiento militar presupone que los eventuales choques con Beijing se librarán en el Océano Pacífico e Índico. Un connotado asesor del Departamento de Estado localiza en esa región el desenlace de la confrontación sino-estadounidense (Mearsheimer, 2020).

La estrategia frente a Rusia fue más cautelosa y amoldada al intento inicial de atraer a Putin a un acuerdo contra Xi Jin Ping. Del fracaso de ese operativo emergieron las iniciativas de reequipamiento de los ejércitos terrestres en el continente europeo. La Casa Blanca continuó su trabajo de cooptación militar de los países fronterizos con Rusia y extendió la red de misiles de la OTAN desde las Repúblicas Bálticas y Polonia hasta Rumania.

Con esa nueva estrategia el despliegue de armas nucleares retomó su vieja centralidad. Trump aprobó el desarrollo de municiones atómicas basadas en ojivas de alcance acotado y misiles balísticos de lanzamiento marítimo. Las primeras series de estas bombas ya fueron fabricadas y entregadas al alto mando.

Para desenvolver esos fulminantes artefactos Trump rompió los tratados de racionalización nuclear concertados en 1987. Puso fin al mecanismo de compatibilizar con Rusia la destrucción del armamento obsoleto. Apadrinó, además, la primera prueba de un misil de mediano alcance desde el final de la guerra fría.

La nueva estrategia bélica explica la brutal exigencia de mayor financiación europea de la OTAN. Con actitudes de matón, el magnate recordó que Occidente debe solventar los auxilios prestados por Estados Unidos. Esa demanda generó la mayor tensión transatlántica desde la posguerra.

Trump buscó arrastrar a sus aliados a conflictos con China y Rusia, que socavan los negocios del Viejo Continente. En esa región existe una seria resistencia a la militarización que propicia Estados Unidos. Pero el capitalismo europeo no ha podido emanciparse de la tutela bélica norteamericana y por eso acompañó las incursiones de Irak y Ucrania. Rechaza la demanda de mayor gasto en la OTAN, pero sin romper la subordinación a Washington.

El alterimperialismo europeo concibe su propio sistema de defensa en estrecha conexión con el Pentágono y por esa razón no logra consumar la unificación de su propio ejército. Existe un divorcio entre la supremacía militar de Francia y el poder económico de Alemania que impide materializar esa iniciativa (Serfati, 2018).

Trump no pudo someter a Europa, pero sus interlocutores de Bruselas, Paris y Berlín continuaron careciendo de una brújula propia. Esa indefinición acrecentó la capacidad exhibida por Rusia para contener la recomposición imperial estadunidense. Putin reforzó el dique defensivo que estableció con Xi Jinping y salió airoso de las pulseadas geopolíticas en Siria, Crimea y Nagorno-Karabaj. Es muy visible el abismo imperante entre estos resultados y la disgregación que prevalecía en la era de Yeltsin.

Como China no disputa con la misma frontalidad geopolítica sus logros son menos visibles, pero exhibe resultados económicos impresionantes en su puja con Estados Unidos. El mandato de millonario retrató la incapacidad norteamericana para recuperar primacía imperial.

El asalto al capitolio

Trump se despidió con una aventura que retrata la magnitud de la crisis política estadounidense. La invasión al Congreso no fue un acto improvisado. Los grupos ultraderechistas difundieron previamente el plan, financiaron viajes, reservaron hoteles y transportaron armas. Al interior del recinto siguieron las rutas de acceso a los despachos señaladas por los diputados cómplices.

La policía creó una zona liberada y aseguró durante horas la presencia de los asaltantes. Si un grupo de afroamericanos hubiera intentado una acción semejante habría sido acribillado al instante. Las manifestaciones pacíficas en ese mismo lugar concluyeron en los últimos años con centenares de heridos y detenidos.

Trump participó directamente en la asonada. Instigó a los manifestantes, mantuvo comunicaciones con sus líderes y les prometió apoyó. El objetivo de la acción era presionar a los congresistas republicanos que cuestionaban la impugnación de la elección. Ese apriete incluía amenazas para forzarlos a seguir la instrucción presidencial. Con la provocación en el Capitolio el magnate intentó sostener su absurda denuncia de fraude. Consiguió mantener la lealtad de un centenar de legisladores y demorar el desalojo, pero al final abandonó la partida y condenó a los ocupantes.

La incursión fue tan surrealista como los especímenes que la perpetraron. El grupo de alucinados que se retrató en los sillones del Congreso parecía extraído de una tira fantástica de la televisión. Pero el bizarro acto que consumaron no borra la huella fascista del operativo.

Todos los delirantes que intervinieron en la toma integran algún grupo de las milicias supremacistas. Actúan en sectas fanáticas (QAnon Shaman) o se referencian en la congresista que ganó su mandato con el símbolo de la ametralladora (Marjorie Taylor Greene). Los gendarmes que abrieron las puertas del Congreso participan en esas formaciones ultra-derechistas.

Los grupos paramilitares cuentan con 50.000 miembros bien pertrechados. Se especializan en atacar manifestaciones juveniles o democráticas y hace pocos meses realizaron un ensayo del asalto frente a la legislatura de Michigan. Una cuarta parte de esas milicias está integrada por soldados o policías y esa afiliación quedó confirmada en la lista de detenidos por el ataque al Capitolio.

La elevada presencia militar en los pelotones fascistas forzó dos pronunciamientos del alto mando, rechazando el involucramiento de las fuerzas armadas en las aventuras del trumpismo. Diez ex secretarios de Defensa firmaron esa advertencia y el FBI organizó la ceremonia de nombramiento de Biden con un inédito operativo para desmantelar eventuales atentados. Al cabo de muchos años de libre circulación y prédica, los grupos fascistas se han transformado en la principal amenaza terrorista. Los supremacistas (y no lo herederos de Bin Laden) son señalados como el gran peligro en ciernes. A diferencia de lo ocurrido con las Torres Gemelas esta vez el enemigo es interno.

Esos grupos se sostienen en una base social racista que actualizó los emblemas neo-confederados. Retoman las periódicas oleadas de reacción contra las conquistas democráticas. En el pasado ajusticiaban a esclavos liberados o atentaban contra los derechos civiles. Ahora rechazan la integración racial, el multiculturalismo y la acción afirmativa.

Los afroamericanos persisten como el principal blanco de un resentimiento que se extiende a los inmigrantes. Por esa razón la impugnación del resultado electoral anti-Trump fue tan intensa en los estados con votantes negros y latinos. Los extremistas evangélicos añaden su cruzada contra el aborto y el feminismo a la campaña ultra-conservadora.

El asalto al Capitolio no fue la antítesis de la realidad estadounidense que imagina Biden. Expresa el agonizante estado del sistema político y complementa todas las anomalías que salieron a flote durante los comicios. La irrupción de fascistas armados en el Congreso no es ajena al sistema electoral antidemocrático que digita la plutocracia gobernante.

Las tentativas de golpe eran el único ingrediente que faltaba en ese infame dispositivo. Las hordas de Trump llenaron ese vacío, sepultando todas las burlas hacia los regímenes políticos de América Latina. Esta vez el típico episodio de una Republicana Bananera se localizó en Washington. Los bandoleros no asaltaron el Parlamento de Honduras, Bolivia o El Salvador. El operativo que exporta el Departamento de Estado y organiza la embajada yanqui fue implementado en casa.

Las consecuencias políticas de ese episodio son inconmensurables. Afectan directamente la capacidad de intervención imperial. La OEA tendrá que reinventar sus guiones para condenar “las violaciones a las instituciones democráticas”, en los países que simplemente imiten lo ocurrido en Washington. También deberá explicar por qué razón la cúpula de los Republicanos y Demócratas toleraron esa incursión, sin ninguna represalia contundente contra sus responsables.

Los efectos más perdurables aún son nebulosos, pero las comparaciones que se establecieron con la captura de Roma por los bárbaros o con las marchas de Mussolini ilustran la gravedad de lo ocurrido. Varios historiadores estiman que el país afronta el mayor enfrentamiento interno desde la guerra civil del siglo XIX.

En lo inmediato se perfilan dos escenarios contrapuestos de declive o resurgimiento de Trump. Los exponentes de la primera previsión destacan que la aventura golpista acentuó un deterioro ya soportado por el magnate, como consecuencia de la pandemia y la derrota electoral (PSL, 2021; Naím, 2021). Zafó de la destitución (25ª Enmienda), pero no de un impechment que podría inhabilitarlo a futuro. Se despidió con la deserción de funcionarios, rechazos de congresistas republicanos y un vergonzoso auto-indulto de sus cómplices. La ceremonia militarizada del traspaso disuadió las marchas previstas de apoyo a su gestión.

Trump fue abandonado por sectores de las finanzas y la industria que solventaron su campaña y el poder tecnológico lo repudió cortando sus cuentas en Twitter y Facebook. El establishment teme los incontrolables efectos de las jugadas del ex presidente. Si la decadencia de Trump se corrobora, el asalto al Capitolio será recordado como el “Tejerazo” de España en 1981 (intento final y fallido del franquismo para conservar el poder).

Pero una biblioteca opuesta de analistas estima que lo ocurrido no modificará la sólida inserción política del trumpismo (Vandepitte, 2021; Farber, 2021; Post, 2020). El millonario cuenta con una base social que reunió al 47 % de los votantes y sometió al partido republicano a su liderazgo. Muchos legisladores han repetido su fábula del fraude electoral, con el alocado agregado que fue perpetrado por un fantasmal grupo izquierdista (Antifas).

Esta visión postula que el trumpismo se ha consolidado dentro de la estructura estatal (gendarmes, jueces, funcionarios) y podría construir una tercera formación para desafiar el bipartidismo, si no logra domesticar el hervidero republicano. La inhabilitación de Trump sería contrarrestada por el protagonismo de sus hijos o algún otro sucesor. Y la animadversión de los financistas sería compensada con otros contribuyentes.

Pero las dos opciones de caída o persistencia del trumpismo no dependen sólo del comportamiento de las elites y los realineamientos de los Republicanos. Aún está pendiente la reacción en el polo opuesto de jóvenes, precarizados, afroamericanos, feministas y latinos, que antes del período electoral ocuparon las calles con enormes manifestaciones. Si esas voces retoman su presencia -con la demanda de democratizar el sistema electoral- el futuro del magnate se dirimirá en otro escenario.

Continuidades e interrogantes

La salida de Trump reducirá el tono de la retórica imperial, pero no la intensidad de las agresiones estadounidenses. Con mayor uso de la diplomacia y la hipocresía, Biden comparte las políticas de estado de su antecesor.

Los dos partidos del establishment se han alternado en el manejo de las estructuras que sostienen la preeminencia militar de la primera potencia. Las evidencias de este belicismo compartido son incontables. Los Demócratas no sólo iniciaron las grandes guerras de Corea y Vietnam. Tanto Clinton como Obama autorizaron más incursiones externas que Trump y en el 2002 el propio Biden apoyó la invasión a Irak, supervisó la intervención en Libia y avaló el golpe en Honduras (Luzzani, 2020).

El dispositivo imperial norteamericano se asienta en un sistema político antidemocrático, que garantiza el periódico reparto de los cargos públicos entre las dos formaciones tradicionales. En la última elección fue particularmente visible cómo operan esos mecanismos de manipulación. En Estados Unidos no funciona el principio elemental de una persona-un voto. Tampoco existe un padrón federal o una autoridad electoral única. Hay que inscribirse y el ganador de cada estado se queda con todos los electores.

La plutocracia que maneja ese sistema asegura su continuidad con los descomunales gastos de campaña que proveen las grandes empresas (10.800 millones de dólares en el 2020). Los 50 estadounidenses más ricos -que poseen una riqueza equivalente a la mitad de los habitantes del país- tienen garantizado su control del régimen. Con ese basamento se definen las estrategias imperiales que utiliza la primera potencia para dictar lecciones de democracia al resto del mundo.

Biden se apresta a retomar la política externa tradicional manchada por los exabruptos de su antecesor. Intentará en esa esfera el mismo retorno a la “normalidad” que promete en el ámbito interior. Los medios de comunicación acompañan ese maquillaje.

El nuevo morador de la Casa Blanca apuntala el neoliberalismo con algunas pinceladas de progresismo en la agenda de las minorías, el feminismo y el cambio climático. Esa misma mixtura instrumentará en la arena exterior, rodeando los lineamientos básicos del imperio con mayores ornamentos de retórica amigable. Esa línea ha sido sugerida por los tradicionales asesores del Departamento de Estado (Nye, 2020). Biden implementará esa combinación aprovechando su larga experiencia de medio siglo en los intersticios de Washington.

Ya colocó el mismo equipo de funcionarios de Obama en los puestos claves de la política exterior. Pero no podrá repetir simplemente el globalismo multilateral de esa gestión. Con los Tratados de Libre-comercio Transpacíficos (TTP) y Transatlánticos (TTIO), Obama propiciaba una red de alianzas asiáticas para rodear a China y un tejido de acuerdos con Europa para aislar a Rusia. Ninguno de esos convenios pudo concretarse, antes de su brutal entierro por el bilateralismo mercantilista de Trump. Es muy improbable que Biden pueda retomar el curso precedente, como pilar económico de su estrategia imperial.

Para comandar los mega-tratados comerciales con Europa y Asia se requiere una economía de alta eficiencia que Estados Unidos ya no maneja. No alcanza con el dólar, la alta tecnología y el Pentágono. Ni siquiera en el propio hemisferio americano la primera potencia logró consumar una estrategia librecambista. Sólo consolidó el T-MEC con México, sin reinstalar ninguna variante del ALCA en el resto de la región.

Por otra parte, la crisis de la globalización persiste y la prédica de Trump para confrontar con los adversarios comerciales ha calado en el electorado. Existe una fuerte corriente de opinión hostil al globalismo tradicional de las elites costeras. A ese malestar se añade el Gran Confinamiento generado por la pandemia y la inédita paralización del transporte y el comercio internacional. La confluencia de obstáculos para retomar el multilateralismo es muy significativa.

Biden deberá concebir un nuevo pilar para su programa externo con otro equilibrio entre americanistas y globalistas. De la misma forma que Trump se distanció del intervencionismo de Bush, Biden deberá ensayar algún coctel más alejado del formato Demócrata tradicional.

Sus primeros pasos apuntarán a recomponer relaciones tradicionales con los aliados de la OTAN. Intentará cicatrizar las heridas dejadas por su antecesor, retomando proyectos para lidiar con el cambio climático (Acuerdo de Paris). Buscará “descarbonizar” el sector eléctrico con incentivos a las energías renovables e impulsos al auto eléctrico. Pero esas iniciativas no resuelven el gran dilema de la estrategia frente a China.

En este terreno sobran los indicios de continuidad. Biden intensificará la presión para gestar una OTAN del Pacífico-Índico (Dohert, 2020). Australia ya decidió participar en ejercicios navales con Japón y transformarse en el gran portaviones regional del Pentágono. A su vez, Taiwán ha sido provisto de un novedoso armamento aéreo y la India brinda señales de aprobación al acoso en el Mar de China (Donnet, 2020).

El nuevo presidente tratará de incorporar a Europa a esta campaña. Se apresta a suturar las heridas dejadas por Trump, aprovechando el novedoso clima de adversidad con China que despunta entre las elites del Viejo Continente. La Unión Europea designó al gigante oriental como un “competidor estratégico” y los gobiernos de Alemania, Francia e Inglaterra negocian el veto a Huawei en sus redes 5G. Macron acaba nombrar incluso un representante galo en el cuarteto belicista que formó el Pentágono en Asia (Quad).

Pero nadie sabe aún cómo se financiará la OTAN y la lista de temas en conflicto con Viejo Continente es muy extendida. Incluye la postura estadounidense frente al Brexit y una definición frente al proyecto trumpista de tratado de libre comercio anglo-americano. También sigue pendiente la postura del Departamento de Estado frente al gasoducto que conectará a Alemania con Rusia.

Biden adscribe al fanatismo pro-israelí de su antecesor, pero Europa propicia un contrapeso más equilibrado con el mundo árabe. Deberá resolver si mantiene la presión bélica sobre Irán, o si por el contrario restablece el tratado nuclear que propician las empresas de Alemania y Francia.

Estas definiciones incidirán en la estrategia bélica de Biden. Tendrá que optar entre el retaceo de tropas que caracterizó a Trump o el intervencionismo que propiciaban Obama-Clinton. Apuntalar las guerras hibridas o el rearme para grandes conflagraciones involucra otra definición de peso. Pero en cualquiera de esas variantes, se dispone a insistir en el proyecto imperial de recuperación estadounidense.

Atascos en la ideología

Es probable que Biden retome el estandarte de los derechos humanos como justificación de la política imperial. Esa cobertura ha sido tradicionalmente utilizada para enmascarar los operativos de intervención. Trump abandonó esos mensajes y simplemente optó por disparatadas afirmaciones sin ninguna pretensión de credibilidad.

La presión sobre China que concibe Biden seguramente incluirá alguna alusión a la falta de democracia. En ese caso difundirá condenas de los mismos atropellos que se realizan en los países asociados con la primera potencia. Lo que se silencia de Arabia Saudita, Colombia o Israel ocuparía la primera plana de cuestionamientos a Beijing.

Biden reemplazaría las burdas acusaciones de competencia desleal o fabricación del coronavirus por críticas a la ausencia de libertad de expresión y reunión. Quizás señale también la responsabilidad china en el deterioro del medio ambiente, para atraer al subordinado cómplice europeo.

Pero no será sencillo colocar a China en la lista de países afectados por una tiranía. El imperialismo de los derechos humanos ha sido habitualmente instrumentado para tutelar pequeñas (o medianas) naciones. En esos casos se realza la inoperancia de un “estado fallido” y la consiguiente necesidad del socorro humanitario. Con esa cobertura se arremetió en Somalia, Haití, Serbia, Irak, Afganistán o Libia.

Los invasores nunca explican la selectividad de ese padrinazgo. Excluyen a incontables países sujetos a las mismas anomalías. Además descalifican a la población “rescatada” presentándola como una multitud incapaz de gestionar su propio destino.

La contención de masacres derivadas de enfrentamientos étnicos, religiosos o tribales ha sido otro pretexto de la intervención. Se lo utilizó en África y en los Balcanes, alegando la necesidad de contener matanzas entre poblaciones enemistadas. También en esos casos se ha supuesto que sólo una fuerza armada foránea puede pacificar a los pueblos enfrentados.

Pero ese padrinazgo imperial contrasta con la frecuente incapacidad para arbitrar los propios conflictos internos. Nadie sugiere una mediación externa para resolver esas tensiones. La esencia del imperialismo justamente radica en el auto-asignado derecho a intervenir en otro país, para administrar los problemas que en casa se gestionan sin ninguna injerencia foránea.

Lo mismo ocurre con el enjuiciamiento de los culpables. Los acusados de los países periféricos quedan sujetos a normas del derecho internacional, que no se aplican a sus pares del Primer Mundo. Milosevic puede enfrentar un tribunal, pero Kissinger está invariablemente exento de ese infortunio.

Con esa conducta Estados Unidos actualiza el acervo de hipocresía heredada de Gran Bretaña. En el siglo XIX la flota inglesa hostigaba el tráfico internacional de esclavos con argumentos libertarios, que encubrían su propósito de controlar la totalidad del transporte marítimo. Washington recurre a un estandarte parecido y olvida los monumentales desastres que generan las potencias auto-concebidas como salvadoras de la humanidad. Esas intervenciones suelen empeorar los escenarios que prometían enmendar.

Si Biden intenta retomar ese vetusto guión liberal incrementará la pérdida de credibilidad que afecta actualmente a Estados Unidos. El discurso oficial de los derechos humanos está desgastado. Fue la gran bandera de la Segunda Guerra y perdió consistencia durante el macartismo. Reapareció con la implosión de la URSS, pero volvió a quedar descascarada con las tropelías de Bush y las complicidades de Obama.

Lo mismo ocurre con el estandarte de la democracia, que en la variante imperial estadounidense siempre combinó el universalismo con la excepcionalidad. Con el primer pilar se justificó el rol misionero providencial de la primera potencia y con el segundo el periódico repliegue aislacionista.

La mitología que cultiva Washington mixtura un llamado al protagonismo planetario (“el mundo está destinado a seguirnos”) con mensajes de protección del propio territorio (“no involucrar al país en causas ajenas”). De esa mixtura emergió la autoimagen de Estados Unidos como una fuerza militar activa, pero sujeta a operaciones solicitadas, remuneradas o mendigadas por el resto del mundo (Anderson, 2016).

Las facetas intervencionistas y aislacionistas siempre tuvieron basamentos divergentes en las mistificaciones de las elites de las costas y los prejuicios del interior norteamericano. Ambas corrientes se complementaron, fusionaron y volvieron a fracturarse. Ese contrapunto fue actualizado por los globalistas contra los americanistas y ahora por Biden contra Trump.

Pero las dos vertientes se sostienen en la misma obsesión inmemorial por la seguridad, en un país curiosamente privilegiado por la protección geográfica. El temor a la agresión externa alcanzó picos de paranoia durante la tensión con la URSS y resurgió con oleadas de pánico irracional durante la reciente “guerra contra el terrorismo”.

La ideología imperial estadounidense afronta las mismas dificultades que la concepción americanista del mundo. Ambas enaltecen los valores del capitalismo, ponderan el individualismo, idealizan la competencia, glorifican el beneficio, mistifican el riesgo, alaban el enriquecimiento y justifican la desigualdad.

Estos fundamentos consolidaron la hegemonía estadounidense de posguerra y lograron cierta sobrevida adicional bajo el neoliberalismo. Pero ya no se sostienen en la primacía económica de Norteamérica y han quedado transformados por su reconversión en ideales de otras clases capitalistas del mundo. Los mitos estadounidenses no tienen la preeminencia del pasado (Boron, 2019).

En la segunda mitad del siglo XX el imperialismo estadounidense complementó la coerción, con una ideología que conquistó preeminencia en el lenguaje y la cultura. Esa influencia persiste pero con modalidades más autonomizadas de la matriz estadounidense y los intentos de recomposición imperial deben lidiar con ese dato. La crisis de largo plazo -que analizaremos en nuestro próximo texto- determina irresolubles tensiones en múltiples planos.

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La vuelta del nacionalismo económico: EE.UU. dice adiós a las “cadenas globales de valor”

Pablo Maas

21/06/2021 | Publicado en la Red de Geografía Económica 677/21 el 17/06/2021

https://groups.google.com/g/redgeoecon/c/DhY5-hVVkDM

El comercio internacional se expandió velozmente a partir de 1990, la década de oro de la globalización, impulsado principalmente por el auge de las Cadenas Globales de Valor (CGV).

La fragmentación de la producción entre países y empresas y la hiperespecialización produjeron beneficios y costos. Las ganancias de las CGV no se repartieron equitativamente entre países y al interior de estos. Las grandes corporaciones que tercerizaron tareas y la producción de partes y piezas disfrutaron de mayores márgenes y ganancias, lo que sugiere que “un creciente porcentaje de las reducciones de costos de la participación en las CGV no fueron transferidas a los consumidores”, según reconoció el Banco Mundial en un célebre informe (“Trading for development in the age of global value chains, 2020”).

Los costos incluyeron fuertes impactos sobre el medio ambiente, especialmente en cuanto a la generación de CO2 por el mayor uso del transporte. El bacalao noruego, por ejemplo, se pesca en el Mar del Norte, se filetea en China y se envasa en México, para ser vendido en un supermercado de Oslo. Esta “cadena de valor” que da la vuelta al mundo puede ser rentable para algún empresario individual, pero su valor para la sociedad deja mucho que desear si se incorporaran los costos ambientales.

Los sectores más avanzados de la industria ya están reconociendo esta nueva realidad. En junio del año pasado, Unilever anunció que etiquetará 70.000 de sus productos con información sobre la huella de carbono de sus procesos de fabricación y distribución. Es parte de un proyecto que apunta a reducir sus emisiones a cero para 2037.

Las CGV se expandieron sin pausa entre 1990 y 2007, cuando llegaron a justificar más de la mitad del comercio internacional. La Gran Recesión de 2008-2009 les asestó un duro golpe, ya que las inversiones y el crecimiento del comercio global se frenaron bruscamente.

Allí comenzó una curva descendente que se aceleró con la pandemia, pero que ya venía retrocediendo a causa de factores estructurales. Se ha comprobado que la elasticidad ingreso del comercio (el volumen de intercambio generado por aumentos en la producción) es decreciente. Esto es especialmente cierto para las economías grandes. China, por ejemplo, está produciendo muchos más bienes en su propia casa, lo que la ha tornado menos dependiente de las importaciones. El porcentaje de partes importadas en las exportaciones chinas cayó de alrededor del 50% en la década de 1990 a poco más del 30% en 2015, según cifras del Banco Mundial.

En Estados Unidos, el boom del petróleo shale entre 2010 y 2015 le permitió reducir sus importaciones de crudo en una cuarta parte. Hay que recordar que, después del shock petrolero de 1973, Washington reforzó su política de abastecimiento de bienes estratégicos y prohibió las exportaciones de crudo de su territorio, un cepo que duró más de 40 años.

Ahora mismo, el nuevo Gobierno demócrata, alarmado por los impactos económicos de la pandemia, se dispone a desarmar varias CGV. Un estudio publicado este mes (“Building resilient supply chains, revitalizing American manufacturing and fostering broad-based growth”) propone acciones para encarar debilidades en al menos cuatro cadenas de abastecimiento que considera críticas, igual que el petróleo en la década de 1970: la producción de semiconductores, la manufactura de baterías eléctricas de gran capacidad, el abastecimiento de materiales y minerales críticos (como tierras raras) y la provisión de productos e insumos activos farmacéuticos.

El objetivo es “fortalecer las cadenas de abastecimiento estadounidenses para promover la seguridad económica, la seguridad nacional y los trabajos bien pagos y sindicalizados, aquí en casa”, sostiene el documento, un verdadero manifiesto de nacionalismo económico.

En el caso de los semiconductores, que están en la base de los circuitos integrados esenciales para la vida moderna, el informe sostiene que Estados Unidos es sumamente dependiente para su abastecimiento de Taiwan.

Pero una prolongada sequía en esa isla que afectó la producción de semiconductores está provocando desde hace más de un año grandes perturbaciones en numerosas industrias, como la automotriz, telecomunicaciones y computación, que hacen uso intensivo de microchips. Sin los componentes electrónicos que manejan los sistemas de frenos, de seguridad y controles de las funciones del motor, los autos no se pueden terminar de ensamblar. La escasez mundial de chips le costará este año a la industria automotriz US$ 110.000 millones y cuatro millones de vehículos no fabricados, observa el documento preparado para la Casa Blanca.

Las repercusiones de este fenómeno traen sorpresas a cada momento. La escasez de autos nuevos produjo una demanda inusitada de autos usados en Estados Unidos, cuyos precios subieron más de 10% en abril. Este es uno de los factores que está llevando la tasa de inflación a niveles que no se veían hace dos décadas. La participación de EE.UU. en la manufactura global de semiconductores pasó del 37% al 12% en los últimos 20 años. “La tercerización ha ido demasiado lejos”, dijo el informe. Nadie había previsto que una sequía en Taiwán podía tener repercusiones en la tasa de inflación de Estados Unidos.

Washington también es extremadamente vulnerable en su disponibilidad de baterías eléctricas, una tecnología que será clave en el Siglo XXI y en la que la Unión Europea esta hace tiempo construyendo su propia cadena de abastecimiento para no depender de terceros. Un panorama similar se da en la industria farmacéutica, en la que India y China dominan la producción de genéricos y principios activos y en la de tierras raras, en la que China posee una capacidad desproporcionada de refinación, dejando a EE.UU. extremadamente vulnerable en un momento de crecientes tensiones bilaterales.

Por eso no extraña el regreso del nacionalismo económico. En los próximos meses, la administración de Joe Biden va a inyectar decenas de miles de millones para reactivar estas industrias, doblegar las fuerzas centrífugas que las alejaron de su territorio y ponerse a la vanguardia de la manufactura y la innovación en las tecnologías claves para el Siglo XXI. Parece que la globalización, al final, no era una fuerza imparable de la naturaleza. Era reversible, como lo está demostrando la nueva política industrial de Washington.

Fuente original: https://eleconomista.com.ar/2021-06-la-vuelta-del-nacionalismo-economico-ee-uu-dice-adios-a-las-cadenas-globales-de-valor/

[Entrevista] Pablo Pozzi: “Esta explosión popular muestra la crisis y decadencia del sistema norteamericano”

Brenda Hamilton

Empecemos por los orígenes. ¿Por qué se dice que el racismo en Estados Unidos lo “institucionalizó el Estado”? ¿Qué significaron y qué implicancias tuvieron las leyes Jim Crow?

Racismo en múltiples sentidos. Desde el momento de la esclavitud en adelante se instituye un sistema de explotación que plantea que los negros van a ser inferiores y, por lo tanto, esclavizables. ¿Esto qué significa? Que la visión política, ideológica y cultural que se impone es que los negros tienen problemas para vivir como adultos con derechos y respondabilidades. De hecho, se los ve básicamente como un poquito mejor que animales pero como niños que no tienen capacidad de desarrollar patrones de civilización como podrían desarrollar los hombres blancos. Esto se va a diferenciar de un sistema originalmente colonial en el cual, además de tener a africanos importados como esclavos, también tienen servidumbre por deudas: los deudores en Inglaterra eran transportados al “Nuevo Mundo” donde tenían que trabajar a cambio de, eventualmente, obtener su libertad siete años más tarde.

Esto se va a a institucionalizar de distintas maneras. La manera más simple es una cantidad de aspectos legales donde (los esclavos, NdT) son declarados propiedad desde el momento en el cual se instituye la Constitución norteamericana y define a los esclavos como que cuentan como tres quintas partes de un blanco para fines de representación electoral. Esto dice, básicamente, que (los negros, NdT) a) no son como los blancos, b) valen menos que ellos, c) que no tienen acceso a la ciudadanía. Estas leyes se van a ir continuando no solo con las cuestiones constitucionales y en términos de propiedad, sino, además, con una cantidad de leyes y de constumbres. Las leyes Jim Crow combinan ambas cosas, es decir, la legislación estadual y muncipal con las costumbres, donde los negros tienen que vivir en formas absolutamente separadas de los blancos. ¿Esto qué es lo que garantiza? Básicamente, que ellos trabajen en la tierra como esclavos y dificulta su fuga, porque efectivamente los esclavos no solo apuntan a fugarse sino tambien llevan adelante distintas formas de resistencia: desde quemar la cosecha y matar animales hasta hacer rebeliones de esclavos, que hubo una cuantas y muy cruentas en EE.UU.

Las leyes Jim Crow básicamente son esa mezcla de costumbre y municipio donde el negro no puede comer en el mismo lugar que el blanco, no puede ir al mismo baño, no puede tomar agua en el mismo lugar que el blanco, inclusve cosas abolutamrnte ridículas: cuando se establece la Coca-Cola y aparecen máquinas expendedoras de botellas de Coca-Cola había para blancos y para negros. En la práctica, eso va a implicar cuestiones puntuales como por ejemplo que los negros tienen que hablar de cierta forma- comiendose las eses y cosas por el estilo- no mirar a los ojos, si son acusados por una mujer blanca de hostigamiento son automáticamente culpables, etc. Implica la segregación, de hecho, aunque los norteamericanos no se identifican con el apartheid sudafricano, es básicamente eso.

En este mismo sentido, ¿Cómo se relaciona esta legislación con las relaciones capital-trabajo?

La esclavitud es un tipo de relación capital-trabajo, claramente. De hecho, una plantación de azúcar, algodón o de arroz, no tiene sentido sin tener esclavos. El modo de producción es: tierra más mano de obra que tiene que estar fijada a la tierra. Esto implica legislación y conceptos que se llevan adelante. Más adelante, una vez que se decreta la libertad de los esclavos, estos son tambien fijados a la tierra a través de distintas formas: peonazgo por deudas, papeletas de conchabo o, simplemente, cuestiones como el papel que cumple las fuerzas policiales para mantenerlos en la zona, o, inclusive, el surgimiento de organizaciones como el Ku Klux Klan cuyo eje básico es mantener (la fijación a la tierra, NdT).

¿Por qué es importante esto? Porque los esclavos, una vez liberados, es decir, los esclavos libertos, obtienen la posibilidad de negociar (el precio de, NdT) su mano de obra y pretenden- caraduras (risas)- mejores condiciones de trabajo; trabajan menos horas, lo cual hace plantear a los dueños de los ex-esclavos (ahora sus patrones), que los negros son vagos porque quieren trabajar menos de las 24 horas diarias; pretenden educación para los hijos, reunificación familiar y una cantidad de demandas más. Entonces, entre 1865- donde se produce la liberación de esclavos- hasta la década de 1960, es decir durante 100, (la igualdad, NdT) se verá dificultada por la legislación y por unos niveles de violencia muy altos. El problema del Ku Klux Klan y de este tipo de legislación, no es un problema de racismo, es un problema de capital-trabajo. Es un problema de cómo fijar la mano de obra a la tierra y abaratar su costo netamente. Esto es justificado por una serie de preceptos e ideologías racistas que, además, van a desarrollarse, a través de 100 años, “sustentados” por estudios de supuestos académicos e intelectuales. Desde un tal Frederick Hoffman, que 1892 hace un estudio muy famoso en ese momento, “demostrando” la inferioridad de los negros, hasta un estudio de 1944 de un famoso sociólogo llamado ¿Nirval? que plantea básicamente lo mismo.

¿Qué rol jugaron los sindicatos en ese sentido? ¿Qué debates se dieron al interior de las organizaciones sobre la sindicalización de los afroamericanos, mujeres e inmigrantes?

(Esto que venimos hablando, NdT), además, toma cuerpo y forma en el sistema político y en los sindicatos. En el primero dificultando que puedan votar o postularse, de hecho, uno de los problemas que tienen los blancos en el sistema político es que en los primeros años de la libertad de los negros, los negros votan- y lo peor es que votan negros. Entre 1865 y 1868/9, tenes diputados negros a nivel nacional, tenes legisladores negros a nivel local. Esto después de 1876 deja de existir, no hay más negros hasta la década de 1960. En el caso sindical, los negros son rechazados por el sindicalismo hegemónico- el sindicalismo empresarial vinculado a Gompers- prohibiéndoles la afiliación desde los estatutos. De hecho, colaboran con el Estado y con las patronales para destruir las organizaciones gremiales que se planteen la organización de los negros. Por ejemplo, el caso de la Orden de los Caballeros del Trabajo que organizaba hombres, mujeres y negros. Esto puede ser interesante para quien le interesen los problemas de género. Además de estar vetados los negros de los estatutos de las organizaciones, también lo estaban las mujeres, que tampoco tenían derechos políticos y también tenían elementos de segregación importantes. Recién en la década de 1960, muchos de estos estatutos sindicales fueron modificados a través del movimiento de los derechos civiles de los negros y, además, un cambio sumamente importante: pensar que los esclavos trabajaban en el campo, esto implica que la vasta mayoría de los afroamericanos era rurales.

Entre la Primera Guerra Mundial y luego durante la Segunda Guerra, cuando los obreros blancos fueron enviados a la guerra, fueron reemplazados en fábricas como Ford, por afroaméricanos venidos desde el sur en pésimas condiciones y con salarios 53% más bajos que los blancos. Esto implica, además, que en el contexto de legislación más ideología racista más costumbres racistas, hay bastante división dentro del movimiento obrero norteamericano entre negros y blancos, no solo a nivel sindical sino a nivel general, donde los blancos consideran que los negros vienen a bajar el salario. Esto implica una cantidad de debates del sindicalismo y el movimiento obrero. Pensemos que los socialistas, hacia 1900, son los que plantean la organización de los negros, como después lo plantean los comunistas y, luego, ya con mucho menor fuerza, los trotskistas.

Estamos hablando de los socialistas que organizan la IWW (International Workers of the World, NdT) y que organizan a todo el mundo en un sindicato, ese es básicamente su planteo, ya que para ellos los convenios sindicales no sirven para nada si no tienen a la fuerza obrera como su principal eje, sean hombres, mujeres, negros, blancos o hispanos. Por lo tanto, serán perseguidos y asesinados de una inmensa cantidad de lados. De hecho, el núcleo de la IWW fundará el PC (Partido Comunista, NdT) en la década del 20. En el caso de los comunistas, en la década del 20 y 30, organizan una cantidad de fuerzas importantes, una es la La Liga de Arrendatarios y de Aparceros del sur, que además tiene de desarrollarse sindicalmente, se desarrolla en la autodefensa. Cuando vienen los grupos tipo Klan a ejercer violencia sobre ellos, se defienden de forma armada netamente con bastante éxito.

El problema sindical es un problema serio porque además para el sindicalismo hegemónico, el objetivo del sindicato es colaborar con la patronal de manera que la torta sea más grande y, por lo tanto, el porcentaje que reciban los trabajadores tambien sea más grande. No como porcentaje de la torta sino que si crece la torta, tu pedacido tambien será un poquito mayor. Eso va a impliar que los sindicatos norteamericanos son reacios a organizar a los negros, lo mismo que a los trabajadores sin oficio, inmigrantes, católicos, etc. básicamente porque el criterio del sindicalismo hegemónico es “pocos pero buenos”, esa es su consigna, en referencia a aquellos que tienen una alta capacidad de negociacion, porque tienen buenos salarios y puestos claves en la producción.

Esto se modificará en la década del 30 donde, luego de una inmensa cantidad de luchas sociales, surge el CIO, cuyo objetivo es el sindicalismo por rama de industria. Esto se va a modificar en la década del 50, como subproducto de la Segunda Guerra Mundial. Unos 16 millones de soldados norteamericanos serán puestos bajo bandera y más allá de las peliculas que reivindican a los negros que sirven en las Fuerzas Armadas, serán pocos en ese momento y serán usados para cavar letrinas, cargar munciones y cosas por el estilo. En la práctica, una de las huelgas más importantes de la época será en el 1944, cuando están cargando un barco de municiones en el puerto de Seattle y el barco explota, matando a un montón de obreros afroamericanos que estaban descargandolo y se declara una huelga general en ese momento. Los organizadores y 50 activistas negros son condenados y expulsados. Tomó 50 años más para que el Estado norteamericano decidiera que no lo habían hecho tan mal y que no eran culpables de nada, un poco tarde.

En la práctica, lo que representan esos 16 millones de soldados blancos que van a la guerra, es que hay que reemplazarlos en las fábricas por negros y por mujeres, para sorpresa de los estatutos sindicales y las patronales, que consideraban que ninguno de los dos tenía la capacidad de desarrollar una tarea o un oficio con cierta idoneidad. Hay pilas de estudio que muestran esto. Cuando va a terminar la guerra, el objetivo es que vuelvan a su lugar de preguerra, algo que es resistido arduamente y no ocurre. Pero además, uno de los problemas de ambos, en este caso particular de los afroamericanos, es que se creen el discurso de la guerra, de que era una guerra por la democracia, la igualdad y para eliminar la opresión y tener derechos. Por lo tanto, una cantidad de ellos que habían trabajado en fábricas y habían hecho experiencia sindical o que habían regresado de la guerra, empiezan a movilizarse contra la legislación que le impide sus derechos (en su país, NdT). En los años 51, 52 y 53, vas a tener las movilizaciones de la colectividad negra, la más conocida de ellas es el boicott al transporte público de Montgomery. La historia oficial dice que un día se subió una señora costurera llamada Rosa Parks, se sentó en la parte de adelante y le ordenaron que fuera detrás porque había un blanco que quería sentarse y ella dijo una frase histórica, “mis pies están cansados pero mi alma no”-sensacional Rosa Parks- y después de eso la detuvieron.

Mujer tenía que ser…

Sí, la verdad que sí. Es interesante porque la familias negras eran familias fuertemente matriarcales, ya que los hombres eran vendidos como esclavos y las madres eran consideradas elementos de reproducción, donde cada hijo nuevo era un esclavo nuevo y por lo tanto capital. Siempre entonces tuvieron un peso muy importante en la comunidad negra, lo mismo que los predicadores y sacerdotes.

Lo que no te dicen del conflicto que se generó con Rosa Parks es que cuando la detienen y todos los negros hacen paro, dejan de tomar el transporte publico por 9 meses, algo sensacional. Cualquiera que haya militado o activado sabe que eso no puede ser así porque si, lo que había realmente detrás de Rosa Parks eran varias organizaciones. Las iglesias bautistas negras del sur, las organizaciones de derechos civiles, la NAACP (Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color), el PC que jugaba un rol importante. Esto es notable porque además era época del macartismo. Entonces todos juntos eligen un vocero público, ya que todos estaban a favor de la lucha por los derechos civiles y en contra de la discriminación a los negros, pero no se fian muchos los unos de los otros. Por eso traen a alguien de afuera, a un sacerdote que era Martin Luther King que a partir de esto se hace famoso. Vuelvo a insistir, lo que no te muestran tantas películas -como Selma u otras- es lo que hay detrás de Martin Luther King, que es un entramando inmenso de organizaciones. Donde no solo participan negros, sino que también hay blancos, o no solo las iglesias sino también la izquierda.

Parte de la cuestión, como en el caso de otros movimientos, donde el más conocido es el de Ghandi, el movimiento de los derechos civiles desarrolla tácticas pacifistas, que son exitosas en parte porque lo que hay detrás son amenazas fuertes de violencia. ¿Por qué negocia el presidente de EEUU con un tipo como Martin Luther King? Porque temen que si no los recibís, ese movimiento tan masivo se puede canalizar por vías no institucionales, porque además hay todo un sector de la comunidad negra y sobre todo la juventud que plantean medidas fuertes de autodefensa. No estoy hablando de que estos tipos estuvieran comprando bazucas o tanques, estoy hablando de que tienen una actitud mucho más confrontativa contra las bandas paramilitares como el Ku Klux Klan o mismo contra las policías de las zonas.

El punto más álgido del movimiento antirracista se dio en la década del 60 como parte de la lucha por los derechos civiles, junto al movimiento antibélico que cuestionaba la política imperialista en la guerra de Vietnam, y la segunda ola del feminismo. ¿Qué rol cumplieron las organizaciones como los Panteras Negras en este proceso?

Este movimiento, entonces, es la base central para las experiencias que hacen después los otros movimientos como el antibélico, los antiimperialistas e inclusive el feminismo, donde se da una fuerte diferenciación dentro del feminismo nortemericano. En donde una cosa son las feministas obreras y otras las universitarias, sin minimizar ni a uno ni al otro solo marcandolo.

En ese contexto emergen una gran cantidad de organizaciones dentro de la comunidad negra, en donde las más conocidas son las Panteras Negras, pero también hay un montón de otras, como el movimiento obrero revolucionario desde las fábricas Dodge, la Liga Revolucionaria de Obreros Negros y otras, que cumplen un rol muy importante y se radicalizan con rapidez. Hoy en día vemos que las Panteras Negras son basicamente un grupo nacionalista, y emergen como eso, pero rapidamente adopta, a fines de los 60, una serie de cuestiones del maoísmo y de los vietnamitas. Teniendo todas estas organizaciones una relación estrecha con los partidos de izquierda, como el PC, el SWP, el partido Mundo Obrero y otros grupos que también fueron muy importantes a la hora de organizar a la comunidad y en poder brindar experiencia y activistas experimentados para poder llevar adelante las luchas.

En una entrevista reciente para La Izquierda Diario planteaste que el desarrollo de las revueltas que están teniendo lugar en EE.UU., toman la forma en la que tradicionalmente se desarrolló la lucha de clases en ese país, es decir, a través del motín. ¿Podrías desarrollar esa idea? ¿En qué consiste esa tradición y como pensas la comparación con la actualidad?

Pensemos un poco lo que pasa después de la Segunda Guerra Mundial en EE.UU. e incluso durante la guerra. Vos sos una persona marginada, de las así llamadas minorías, o sos negro, o hispano, y no tenes acceso a los canales políticos normales, ni tenes posibilidad de plantear tus reivindicaciones dentro de ese sistema. Estas sometido a la violencia tanto de la policía como de los diversos grupos de entonces, estando en algún lugar de California o en el Harlem, pasas hambre, tenes problemas de trabajo, sos discriminado de forma permanente y encima la policía entra y te pega ¿Entonces qué haces? Lo que sucede ahí es algo casi espontáneo, emerge la bronca que lleva a una exploción social, es decir a los famosos motines. En donde, en la práctica, la comunidad sale y rompe todo, desde los patrulleros que son enviados a controlarlos, hasta los comercios de la zona. La reacción del Estado es mandar a la guardia nacional a reprimir -tal como intenta hacer ahora Trump- y una vez que terminan de reprimir, se envía ayuda económica a esas zonas, para que no vuelva a ocurrir en el corto tiempo.

Entonces el motín en la práctica tiene un cierto éxito, porque logra parte de sus reivindicaciones como es mejorar sus condiciones, pero no cambia la situación de fondo. Esto va a significar que entre los años 50 y 60 haya centenares de motines, parte del problema es que al no volcarse en organización no va a modificar la situación y se va a recurrir al motín como medida una y otra vez, apuntando de alguna forma a modificar cosas pero volviéndose complicado el objetivo.

Parte de los movimientos por los derechos civiles, junto con los motines y movilizaciones es lo que permite que, en un sistema como el de EE.UU., por ejemplo las universidades norteamericanas establecen un sistema de cuotas, en donde por cada camada que ingresa a la univseridad, tiene que haber un porcentaje de estas minorías que primero fueron los negros, y luego las mujeres.
Esto inicialmente está bien, pero eventualmente genera problemas ¿Qué pasa si tenes más mujeres o negros inteligentes que hombres blancos? ¿Y si estos son más que la cuota? ¿Respetas la cuota o no? ¿Los discriminas y los metes afuera o no? Entonces es complicado y va tomando este sistema una tendencia clasista, en donde se tiende a elegir a hombres y mujeres de familias acomodadas y pudientes. Esto es muy interesante porque entonces tenemos una cultura que es sobre todo para aquellos que son burgueses, ricos y que pueden ir a buenas escuelas privadas, mientras los demás no tienen acceso a las mismas instituciones y los dejan por fuera de esta cultura. Lo cual es una barbaridad, ya que también tienen su cultura, la cual el sistema educativo debería valorar.

Esta bronca, que de todas maneras tiene la comunidad afroamericana y otros sectores que se expresa a través de motines, tienen una diferenciación clara con los motines que se dan actualmente con la explosión social generada por la muerte de George Floyd. La diferenciación es primero porque si bien la prensa insiste en que es una movilización racial, si uno ve bien por la tele encuentra que hay negros, blancos, mestizos, hombres, mujeres. En realidad, hay una cantidad muy grande de gente saliendo por el caso de George Floyd, que es multiracial y no simplemente de un sector racial y punto. En segundo lugar, la otra diferencia que se ve cuando uno vuelve sobre estos videos, es que del lado de las fuerzas represivas también hay negros, porque las policías nortamericanas incorporan una cantidad de gente de estos sectores oprimidos como elemento represivo.

Entonces, lo que tenemos que ver acá, es que toda esta explosión social por George Floyd es producto de una política de gatillo fácil que ocurre en EE.UU. donde hay cientos de muertos. En el último año y medio hubo alrededor de 1230 blancos muertos por gatillo facil en EE.UU., mas o menos unos 600 negros, unos 450 hispanos o latinos, y casi 600 otras personas que no se identifican o que son asiáticas. Esto es muy ilustrativo porque muestra que hay una política de gatillo fácil, donde además la cantidad de policías procesados a partir de eso es cercana a cero. La otra cuestión que muestra es que si calculamos que los negros son aproximadamente un 10% de la población de EE.UU. y los hispanos el 13%, pero la suma de negros, hispanos y asiaticos por gatillo fácil es más o menos la misma que la de los blancos, eso implica que estos sectores de la población estan afectados 4 veces más que los blancos pobres al gatillo facil. En general, además, estas víctimas son gente humilde y trabajadora. En síntesis, el gatillo fácil es una política hacia los sectores pobres y trabajadores, es una política de clase y de raza ya que también mueren blancos aunque estén mucho menos afectados.

La bronca, además de tener que ver con que murió mucha gente por esta política, tiene que ver con que el desempleo entre estos sectores históricamente fue muy alta y creció sobre todo después de la crisis en 2008, que con la pandemia se convirtió en una epidemia de desempleo. Se habla de que hay 42 millones de personas cobrando seguro de desempleo, y hay una cantidad de otros millones que ni siquiera cobran este seguro: la gente que trabaja de manera informal o con changas, afectando primero a las mujeres, después a los hombres negros -si sos mujer y negra mucho peor-, y después a todos los demás sectores, donde la mayoria de estos sectores ni siquiera estan sindicalizados. Entonces no solo es un problema de gatillo fácil como muestra la muerte de George Floyd, ya que lo que expresa este último motín o la exploción popular muestra la crisis y decadencia del sistema norteamericano.

Entonces tenemos que preguntarnos porqué hay tantos casos de gatillo fácil en EE.UU., y acá tenemos que volver sobre los cambios importantes que hubo en las fuerzas policiales y de seguridad en EE.UU., sobre todo a partir del gobierno de Reagan. No porque antes no existiera esa práctica sino que la política de gatillo fácil se vuelve una epidemia a partir de 1982 con la militarización de la policía, por ejemplo con el caso del intendente Frank Rizzo de Philadelphia que cambio desde la vestimenta hasta la forma de entrenamiento con armas largas. También en esta época se desarrollan las policías tipo SWAT, que vemos en las películas saliendo a combatir supuestas pandillas de narcotraficantes con armamento pesado, pero en realidad son los enviados a detener hombres negros en sus casas que con armas largas, escudos, palos y gritos los sacan de sus casas.

Para esto hubo una modificación legal, por ejemplo con varias leyes acordadas desde 1984 en la corte suprema que establecen lo que se conoce como la “doctrina de la buena fe”, en donde dice que las fuerzas policiales del Estado son inimputables si se puede suponer que los hechos que realizaron lo hicieron por la “buena fe”. Osea si balearon un hombre negro en la calle porque estaba caminando rápido se puede alegar “buena fe” y decir que estaba escapando, o lo mismo si te detienen y pretenden revisar tu auto. Porque la reglamentación desde 1984 dice que no tienen que tener ni orden de cacheo ni orden judicial, sino solo tener esa “buena fe” de que estás transportando o haciendo algo ilegal, y hacer valer por lo tanto la ley. Lo que quiere decir que, entonces, hay una impunidad muy grande para las fuerzas de seguridad en EE.UU.

Si nos preguntamos porqué pasa en esta época y no antes, la respuesta es medio obvia y tiene que ver con que Reagan inaugura la época neoliberal. Una época donde se pierden las conquistas sociales, donde se empobrece a la población -con 25% de norteamericanos se encuentran en el nivel de subsistencia- , donde no hay seguro médico, no hay licencia por maternidad, ni licencias por goce de sueldo, y en donde tus hijos pueden morir de desnutrición o envenenados por el plomo que hay en la pintura de las paredes del departamento que alquilan, porque la mayoría tampoco puede acceder a tener una casa. La forma de mantener a esa gente “en su lugar” es elevar los niveles de represión y la primera trinchera para reprimir es la policía. Entonces, cuando las movilizaciones por George Floyd reclaman inicialmente que esa polícia sea suspendida y juzgada, se reclama también que se le baje el presupuesto a la policía, dándole así un golpe fuerte al neoliberalismo que se basa en niveles muy elevados de represión que mantienen una tasa de explotación inaceptable.

En la actualidad, si bien la sindicalización de la clase obrera sigue siendo menor que a principios de los 80, la proporción de negros, latinos y asiáticos en los sindicatos es mayor, llegando a un tercio del total de los sindicalizados. ¿Por qué crees que sucede esto? ¿Hubo algún cambio en la política de los sindicatos con respecto a la lucha contra el racismo a partir de ello?

Los sindicatos norteamericanos se han lamentado por la muerte de George Floyd pero han rechazado criticar a la policía, entre otras cosas porque el sindicato nacional de policías es parte de la AFL-CIO, y al mismo tiempo, todos los sindicatos tienen un departamento de la mujer y un departamento contra el racismo. ¿Hasta dónde esto es exitoso? Depende del sindicato, hay algunos mejores y otros peores. Parte del problema es que es muy difícil hacer un sindicato en EEUU, casi tan difícil como sindicalizar a obreros no sindicalizados, la ley dificulta terriblemente la sindicalización de la misma manera que favorece la burocratización de los gremios. Un sindicalista, por ejemplo, puede ganar 10 veces más que un obrero sindicalizado a su propio gremio, además de eternizarse en los cargos. Como el caso del sindicato de camioneros del histórico Jimmy Hoffa, que ahora el líder es Jimmy Hoffa Junior, el hijo del desaparecido, es decir, un tipo que es abogado y que nunca fue obrero. Si alguien que no conoce ni practicó nunca ese trabajo lidera el gremio es mínimamente algo notable.

Hay algunos sindicatos que han intentado sindicalizar gente y nuevos sectores para lograr su organización, y algunos tuvieron cierto éxito dependiendo el momento. En donde suelen crecer más es en los que la que son amplios y están ligados a determinada industria o rubro en particular, pero sigue estando muy bajo el nivel de sindicalización, siendo cercano al 6% en obreros industriales sindicalizados, y el total aumenta porque hay más empleados sindicalizados en el Estado o gremios como el docente que tiene alto nivel de sindicalizados en EE.UU., lo mismo que los obreros del vestido. Siendo estos dos últimos gremios mayormente femeninos aunque todavía hay pocas mujeres líderes de los sindicatos, ya que el machismo opera de formas muy distintas. En ese sentido es complejo, estando la zona sur del país escasamente sindicalizado, encontrándose mayores niveles en Nueva York o California.

La actual rebelión que tiene lugar en el corazón del imperialismo se da en un año electoral en EE.UU. Históricamente al Partido Demócrata se lo conoce por ser “el cementerio de los movimientos sociales” ¿A qué se debe ese nombre? ¿Qué rol jugó y juega en ese sentido?

El Partido Demócrata ha tenido una capacidad inmensa de cooptar y de hacer suyas algunas reivindicaciones de los movimientos sociales, pero mucho más tarde, dándole cierto lugar a sus dirigentes. Lo que es interesante, porque el Partido Demócrata incluye al Ku Klux Klan, a los neonazis y también a la socialdemocracia norteamericana. Históricamente ha canalizado las reivindicaciones de los distintos movimientos a través de las instituciones del sistema, esto implica que en general logran pocos cambios para la totalidad de la gente y algunos cambios importantes para unos sectores más de élite a quienes ellos (Partido Demócrata, NdT) apuntan y organizan.

Este año electoral es, además, increíblemente complicado. Primero, porque es posible que Trump vuelve a ganar, en el sentido de que en enero tenía el 50% de aprobación popular, siendo un troglodita que hace quedar a Bolsonaro como un poroto al lado de él, y, sin embargo, tiene 50% de aprobación. Cuando empezó la pandemia seguía teniendo un apoyo alto, pero hoy en día con los hechos de George Floyd tiene alrededor del 43% de aprobación, es decir que no a colapsado encima en un contexto en donde las elecciones se deciden por el colegio electoral y no por el voto popular, osea dependiendo de cómo se distribuye ese 43% de posibles votantes, puede ganar.

Y también que la maquinaria republicana recién se está viendo cómo empieza a funcionar, con declaraciones de Trump que dicen que las movilizaciones las hicieron los movimientos “Antifa” y la izquierda -ojala hubiese sido cierto- tienen bastante eco en un gran cantidad de sectores norteamericanos. O lo mismo las críticas a que China creó el coronavirus, o que Putin está planificando el fraude para que Trump pierda una vez más. Trump entonces tiene una forma de jugar con los prejuicios y con la ignorancia de la gente con cierto éxito.

Y del otro lado tenés al Partido Demócrata que viene de fracaso en fracaso, con un candidato como Biden al que se le ve la hilacha, en donde todo el mundo admite que la candidatura de Sanders hubiera probablemente triunfado ante Trump. Pero una vez más, Sanders, fiel a su postura, traiciona a su base social y decide quedarse apoyando al Partido Demócrata aunque le hayan hecho tantas maniobras. Los demócratas entonces van a elegir como candidato a Joe Biden, que fue vicepresidente y tiene una trayectoria de negocios raros, amigo de Arabia Saudita, de Israel y el belicismo, un hombre del complejo militar industrial y de Wall Street. Pero además de eso, tiene un serio problema para hablar en público, no porque sea tonto sino porque aparentemente tiene un problema de arteriosclerosis que no se lo permite, se equivoca del lugar donde esta, cambia la sintaxis de las oraciones, y por eso parte de la campaña de los demócratas es que Biden no participe de la campaña, es decir, lograr que lo voten sin participar.

Osea que Trump sigue teniendo chances de ganar, y no debería ser así después de 2 millones de enfermos de COVID-19, más de 100 mil muertos por la pandemia, lo que pasó con George Floyd y con tantas personas saliendo a las calles en las movilizaciones, y pese al lío económico, aún mantiene un apoyo importante.

Fuente: http://www.laizquierdadiario.com/Entrevista-Pablo-Pozzi-Esta-explosion-popular-muestra-la-crisis-y-decadencia-del-sistema

[Adelanto] El mapa de los debates recientes sobre el imperialismo

A continuación publicamos un nuevo adelanto del libro El imperialismo en tiempos de desorden mundial, de Esteban Mercatante, publicado recientemente por Ediciones IPS.

Esteban Mercatante

10/05/2021 | Publicado en la Red de Geografía Económica 475/21 el 09/05/2021

La relevancia y significación actual de la categoría de imperialismo viene siendo muy debatida hace tiempo en ámbitos afines al marxismo. Son varios los ejes a partir de los cuáles se ordenan las discusiones. Vamos a recorrer a continuación algunos de los núcleos de problemas que hemos ido abordando y algunos de los autores que aparecen en los artículos que integran esta compilación.

La globalización de la explotación

El aspecto distintivo del capitalismo, desde finales de la década de 1970, ha sido la internacionalización productiva, que dio un salto cualitativo desde 1990, cuando se impuso la restauración capitalista en casi todos los países en los que la burguesía había sido expropiada durante el siglo XX. El motor principal de este proceso estuvo en la búsqueda del capital por explotar en la mayor medida posible la fuerza de trabajo de los países más pobres. El motivo de esta orientación hacia la periferia no es ningún secreto: el capital paga para explotar esta fuerza de trabajo salarios que son una ínfima fracción de los que deben pagar en los países imperialistas. En El imperialismo del siglo XXI, John Smith analiza todas las consecuencias que ha tenido la internacionalización productiva para la fuerza de trabajo de lo que define como el “Sur Global”. Argumenta, con razón, que esta ya no puede considerarse “periférica”. Como resultado de la conformación de las cadenas globales de valor, pasó a ser el “centro” de la explotación global.

La brecha de salarios entre los países imperialistas y el resto del planeta es un fenómeno que acompañó toda la historia del capitalismo, y no es ninguna novedad. Lo novedoso durante las últimas décadas fue la forma en que, gracias a los desarrollos de la logística y las comunicaciones (desde los containers a las plataformas digitales), el capital pudo ejercer en gran escala lo que el analista de Morgan Stanley, Stephen Roach, calificó como un “arbitraje global”, estableciendo cada eslabón del proceso productivo allí donde fuera más rentable.

El de Smith fue el primer abordaje sistemático en términos marxistas de las consecuencias de las llamadas cadenas globales de valor, y de las relaciones de explotación que van asociadas a las mismas. Suscita, al mismo tiempo, algunos aspectos polémicos, que debatimos en una entrevista con el autor. En el terreno teórico, Smith propone, siguiendo a Andy Higginbottom, que debería introducirse una tercera forma de incremento de la plusvalía que se una a las dos que analizó Karl Marx. Recordemos que en El capital Marx se refiere a la plusvalía absoluta (que se incrementa cuando se alarga la jornada), y a la plusvalía relativa (vinculada al abaratamiento de la fuerza de trabajo cuando se reduce el tiempo necesario para producir las mercancías que entran en la canasta de consumo de la misma). La tercera forma, propuesta por Smith y Higginbottom, es la superexplotación. La misma consistiría, básicamente, en pagar por la fuerza de trabajo menos de lo que vale, y sería esto lo que hace en gran escala el capital, sobre todo imperialista, en el Sur Global.

El planteo tiene varios problemas. En primer lugar, como podemos observar en el libro de Smith, queda opacada la importancia que juega la explotación en los propios países imperialistas, y cómo la internacionalización productiva fue una vía para imponer también ahí peores condiciones a la fuerza de trabajo. En segundo lugar, si hablamos de una “superexplotación” que se mantiene en el tiempo, deberíamos hablar más bien de que hay una tasa de explotación más elevada. La idea de superexplotación como una situación sistemática y permanente en relación con algún nivel “normal” de explotación genera más confusión que otra cosa. Si una baja del salario por debajo del presunto valor en un determinado espacio económico se prolonga en el tiempo, más bien estaría indicando que el capital logró allí imponer un valor de la fuerza de trabajo más bajo. Se trataría, entonces, de una mayor tasa de explotación a secas, ya no una superexplotación. Agreguemos que Marx, que reconoció la importancia que tenía para los capitalistas este pago de la fuerza de trabajo por debajo de su valor, no le otorgó un estatus teórico al nivel de la plusvalía absoluta o relativa, que están definidas en un plano conceptual más abstracto.

La segunda dificultad que encontramos en el esquema teórico de Smith, que divide al mundo en un Norte explotador y un Sur Global explotado, es qué lugar tiene China. Ese es el núcleo de su polémica con David Harvey. Como se puede ver en la entrevista que le realizamos, esta es una dificultad persistente que no termina de resolver. La internacionalización de las relaciones de explotación sobre la que hace énfasis Smith es muy importante para comprender el imperialismo contemporáneo, pero debemos inscribirla en un análisis que integre el conjunto de las determinaciones que hacen al desarrollo desigual –y combinado– tal como se ha venido produciendo en las últimas décadas. La crítica de las posiciones, tanto de Smith como de Harvey, en la polémica que mantuvieron, permite avanzar en ese abordaje integrador.

EE. UU. ¿decadencia o poderío indisputado?

En uno de esos números especiales de New Left Review, compuesto de dos artículos titulados “Imperium” y “Consilium” [1], Perry Anderson daba cuenta en 2013 de la situación actual del poderío de EE. UU., la potencia que impuso los términos para la articulación del espacio capitalista después de II Guerra Mundial, de la que emergió como clara ganadora –junto con la URSS, a cuyo colapso había apostado el imperialismo después del ataque de Alemania, pero que por el contrario terminó expandiendo con el Ejército Rojo su esfera de influencia en Europa–. Anderson realiza en estos artículos un apretado recorrido por la política exterior de EE. UU., desde sus orígenes como federación hasta la actualidad, y al mismo tiempo, de las elaboraciones producidas por los principales pensadores de la política exterior. Anderson comenta con ironía sobre “la naturaleza fantástica de las construcciones” que realizan los estrategas norteamericanos. “Grandes reajustes en el tablero de ajedrez de Eurasia, vastos países movidos como tantos castillos o peones a través de este; extensiones de la OTAN al Estrecho de Bering”. Parece que la única forma de pensar el restablecimiento del liderazgo norteamericano “fuera imaginar un mundo enteramente distinto” [2]. Lo que resultaba curioso, a pesar de estos ácidos comentarios, es que el diagnóstico de Anderson, si bien reconocía que “la primacía norteamericana no es ya el corolario de la civilización del capital”, tampoco daba demasiada entidad a las dificultades presentadas al poderío norteamericano.

Una posición todavía más enfática sobre la fortaleza que mantiene EE. UU. la encontramos en Leo Panitch y Sam Gindin, autores de La construcción del capitalismo global. La economía política del imperio estadounidense. Panitch y Gindin caracterizan la forma en que EE. UU. aseguró su primacía garantizando la integración de todas las economías capitalistas y la apertura del comercio y los movimientos de capitales como un “imperio informal”. Su trabajo empieza polemizando con la idea de que la globalización pueda entenderse simplemente como resultado de la tendencia del capital a expandirse globalmente. Como señala Panitch en una entrevista que le realizamos, los Estados son, por el contrario, los “autores” de la globalización. Esta es una premisa importante contra cualquier visión mecanicista de la internacionalización como mero resultado de las tendencias económicas; les permite a los autores mostrar la importancia que tuvo lo que definen como una “internacionalización del Estado”, comprometido a asegurar la reproducción del capital en todo el planeta, para darle forma a la internacionalización productiva.

El núcleo del debate que tenemos con Panitch y Gindin es si puede hablarse de un “imperio informal” liderado por EE. UU. con la solidez que ellos le otorgan. Para los autores, el compromiso de los Estados con la expansión global del capital resta hoy motivos para cualquier enfrentamiento entre ellos que supere el nivel de los roces diplomáticos. La manera en que fue gestionada la crisis de 2008 y sus consecuencias fue vista por los autores como una confirmación de su tesis. Recordemos que ese año tuvo lugar la crisis financiera con epicentro en EE. UU., y se inició la Gran Recesión, que fue la peor crisis mundial desde la década de 1930, y golpeó más duramente en EE. UU. y la UE. A diferencia de lo que ocurrió en la Gran Depresión de entreguerras, EE. UU. comandó políticas de respuesta a la crisis coordinadas con el resto de las potencias, y varios países “emergentes”, a través del G20, que contuvieron la expansión del shock financiero y limitaron la caída de la economía. Aunque muchos países, especialmente los de la UE, atravesaron en los años siguientes severas consecuencias como resultado de los trastornos generados por el colapso de 2008 y por las medidas tomadas para hacerle frente [3].

El planteo de Panitch y Gindin podemos tomarlo como un llamado de atención a no subestimar la continuidad del liderazgo que ejerce EE. UU., no solo en el terreno militar donde conserva una superioridad indiscutida, sino también en el plano monetario y financiero en el que la Reserva Federal se ha convertido en una especie de banco central global a través de los canjes de divisas y sus amplias líneas de crédito. Pero su argumento tiende a subestimar cómo estas intervenciones unieron siempre el rol de gobernanza del capitalismo global y la competencia despiadada por mantener la primacía. Y, sobre todo, no permite dar cuenta de por qué ha sido el propio EE. UU., con Donald Trump, el que avanzó en una impugnación de aspectos centrales de ese “imperio informal” para privilegiar una intervención imperialista más agresiva basada en el unilateralismo. Para los autores, a juzgar por las elaboraciones más recientes, la “crisis política” que llevó a Trump al poder, y que su gobierno profundizó, no parece haber dañado las capacidades de funcionamiento del “imperio norteamericano”, que no han sufrido grandes alternaciones ni visto reducido su poderío. China no aparece tampoco en ningún plano como desafío significativo. Creemos que, con todos los puntos sugerentes y relevantes que ofrece su estudio sobre la forma en que EE. UU. gobernó y construyó la globalización, este enfoque lo deja cada vez más desajustado para dar cuenta de las tendencias a la ruptura de dicho orden que podemos ver en numerosos terrenos.

Otras posiciones con las que tenemos que vérnoslas en el debate sobre el imperialismo contemporáneo, son las de quienes sostienen que la internacionalización productiva va inevitablemente de la mano de la conformación de una burguesía plenamente trasnacional y de un Estado global cuya constitución estaría teniendo lugar (William I. Robinson); o las de quienes sostienen que el centro de poder en el capitalismo globalizado pasó a manos de las firmas multinacionales que subordinan a los países, incluyendo los imperialistas (Ernesto Screpanti).

El lugar de China

Si el poderío que conserva EE. UU. o no es una de las cuestiones principales que atraviesa los debates sobre el imperialismo, la otra es el lugar de China. Esto implica discutir, en primer lugar, cómo caracterizar la formación económico-social de este país, con todas las complejidades que implica su desarrollo combinado. El interrogante sobre cuál es el alcance que tiene su desarrollo capitalista está íntimamente relacionado a determinar en qué medida se encuentra el Estado chino embarcado en un curso imperialista. Como se desprende de un análisis de la posición global de China, en comparación con las de las potencias como el que realizamos en las notas que integran esta compilación, surge un panorama de contrastes: numerosas dimensiones nos llevarían a caracterizarla claramente como una de las principales potencias, mientras que otras (como la baja productividad general de su economía asociada a las fuertes disparidades de su desarrollo) inhiben la posibilidad de hablar seriamente en ese sentido. No sorprende, entonces, la amplitud de las divergencias que se ponen de manifiesto en la literatura sobre la cuestión.

Durante la presidencia de Donald Trump en EE. UU., las relaciones con China se tensaron al máximo, marcadas por la “guerra comercial” que el magnate anunció en marzo de 2018. Este conflicto tiene como trasfondo la competencia por la primacía con EE. UU. –empezando por el terreno tecnológico–. Aunque con la llegada de Biden al poder puedan cambiar los modos y los medios, la rivalidad con China seguirá siendo el aspecto ordenador en la estrategia del imperialismo estadounidense para frenar la erosión de su posición de liderazgo mundial.

Desde 2017, Trump había dejado a China una vía libre en materia de asociación comercial con otros países, al renunciar al Acuerdo Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) y al Acuerdo de Comercio e Inversión Transatlántico (TTIP, por sus siglas en inglés). Estos se diseñaron durante el gobierno de Obama, y apuntaban a reforzar la integración de las principales economías del planeta, excluyendo a China. El rechazo de Trump a “subordinar” a EE. UU. en asociaciones de este tipo, con el argumento de que benefician a los demás países a costa del empleo en EE. UU., resultó favorable a China en más de un sentido. En primer lugar, desbarató lo que era la intención del TPP y TTIP, de condicionarla a través de dejarla afuera de grandes asociaciones comerciales que incluirían virtualmente a todos los demás países relevantes por el volumen de su comercio. Quien está afuera, debe aceptar para participar las normas que imponen los países integrados, y esta era la amenaza para China. Pero además, el abandono de EE. UU. de su lugar tradicional como adalid de la apertura comercial, le permitió a China ocupar ese lugar. En cada foro internacional durante estos años, Xi Jinping destacó el compromiso de China con la integración comercial.

En los días posteriores al triunfo de Biden, se produjeron dos noticias que envían el mensaje de que China buscará mantener el terreno ganado. Primero llegó el anuncio de un entendimiento de China con otros 14 países de Asia para conformar la Asociación Económica Integral Regional (RCEP). A esta le siguió la noticia de un avance en el acuerdo entre China y la UE, socio históricamente privilegiado de EE. UU. China defiende el terreno ganado, y los demás países envían la señal de que no estaban esperando pacientemente que la autoproclamada “nación indispensable” vuelva a comprometerse en los asuntos mundiales.

El imposible retorno de la “normalidad” pre-Trump

Hemos presentado algunas de las dimensiones centrales de los debates recientes sobre imperialismo. También se suman otras de importancia, como son, por ejemplo, el rol de las finanzas y el papel que juega allí la city londinese, que abordamos a partir del trabajo de Tony Norfield.

Pero el mayor interrogante que se plantea es cómo seguirán desarrollándose las tendencias más convulsivas a inestables que se vienen desarrollando en los últimos años, agravadas seguramente por las consecuencias que dejará la crisis generada por el Covid-19. A partir de que Trump dejó la escena en enero [4], ¿volverán las relaciones internacionales a parecerse a lo que eran antes de su presidencia?

El pronóstico al respecto no resulta alentador para los sectores del gran capital trasnacional y las élites políticas que aguardan un liderazgo norteamericano que reafirme el “globalismo”. Las condiciones para el liderazgo norteamericano se vienen deteriorando hace tiempo, por cuestiones objetivas; los traspiés de la política imperialista –y los giros ciclotímicos de Trump– agravaron el deterioro del “poder blando”, y alienaron la relación con algunos aliados, pero el problema de fondo, que reside en la dificultad de alinear sus intereses con EE. UU. –o la capacidad de este último de imponer que se sigan subordinando– viene desde antes. La administración Biden, todo lo indica, estará absorbida por la agenda doméstica, empezando por encarar mayores medidas de estímulo para intentar acelerar la recuperación de la economía y dejar atrás los estragos de la pandemia. Cualquier regreso a la normalidad como el que ambicionan los estrategas geopolíticos más preeminentes de EE. UU. parece lejos de su alcance. Las escenas de confusión y divisiones que exhibe la clase dominante norteamericana son una clara muestra de decadencia del principal garante y defensor de la opresión capitalista en todo el mundo.

Como señalaba Lenin, y es clave tener muy presente, el imperialismo es “reacción en toda la línea” y “recrudecimiento de la opresión nacional”. Por eso, cualquier aspiración de terminar con el capitalismo y su orden basado en la explotación tiene que partir de una radiografía detallada de las fortalezas y talones de Aquiles del imperialismo. Hoy todo indica que, en condiciones agravadas por una crisis peor que la de 2008, vamos a escenarios de continua profundización de las rivalidades y tensiones, así como los mayores choques entre clases.

Este texto es una versión actualizada en enero de 2021 del artículo publicado originalmente en Ideas de Izquierda en agosto de 2020.

Presentación de El imperialismo en tiempos de desorden mundial: https://www.laizquierdadiario.com/El-imperialismo-en-tiempos-de-desorden-mundial

El libro se puede adquirir a través de la web de Ediciones IPS: https://edicionesips.com.ar/producto/el-imperialismo-en-tiempos-de-desorden-mundial/

Fuente original: https://www.laizquierdadiario.com/Adelanto-El-mapa-de-los-debates-recientes-sobre-el-imperialismo

El síndrome Qing de Estados Unidos

Tras la leyenda de la manipulación electoral rusa, ya asoma el “peligro chino”

Rafael Poch

Si algo ha dejado claro la última campaña electoral es que Estados Unidos no tiene una estrategia para el nuevo mundo del Siglo XXI.

Tras la leyenda de la manipulación electoral rusa, ya asoma el “peligro chino”

Estados Unidos pasa por ser una “sociedad abierta” -incluso la sociedad abierta por excelencia- sin embargo es obvio que las preguntas esenciales sobre su comportamiento internacional ni se plantean, ni pueden siquiera ser planteadas. Por ejemplo, la mera hipótesis de que el país deje de ser la “potencia número uno” en el próximo futuro -una posibilidad en absoluto excéntrica- no solo es implanteable, sino que tiene categoría de simple herejía: Nadie en Estados Unidos está dispuesto a discutir la posibilidad de que el país llegue a ser un “número 2” mundial y tal enunciado, “sería suicida para cualquier político que lo planteara”, constata el politólogo Kishore Mahbubani de la Universidad de Singapur.

En su último libro Has China Won?, repleto del sentido común y la racionalidad que favorece la independencia de criterio tan rara entre los expertos occidentales , Mahbubani expone cómo, pese al declive, ningún líder de Estados Unidos ha propuesto hasta la fecha un ajuste estratégico o estructural para ponerse a tono con la nueva realidad del mundo. Es lo que el ilustre historiador chino Wang Gungwu describe como el “síndrome Qing de América”.

Los políticos de Estados Unidos cometen el mismo error que los mandarines de la última fase de la Dinastía Qing del siglo XIX. Aquellos chinos no entendían que el ascenso de Occidente significaba que China debía cambiar de rumbo. “Los confiados mandarines del último periodo Qing despreciaban la posibilidad de la emergencia de un nuevo mundo que pudiera desafiar a su superior sistema”, explica Wang. Desde “siempre” China había sido “número uno”, su civilización se contemplaba como la mejor mientras se cocía en su propia salsa, despreciando o ignorando los profundos cambios que sucedían a su alrededor. El mero hecho de mirar lo que pasaba fuera ya era herejía.

No estaba previsto

El ascenso de China es uno de los cambios profundos del mundo de hoy. La integración de China en la globalización, entendida como el seudónimo del dominio mundial de Estados Unidos, contenía implícitamente como consecuencia el escenario de convertirla en vasallo de Occidente. Para comprar un solo avión Boeing a Estados Unidos, China debía producir cien millones de pares de pantalones. No estaba previsto que jugando en el terreno diseñado por otros, China torciera aquel propósito. El “milagro chino” fue usar una receta occidental diseñada para su sometimiento para fortalecerse de forma autónoma e independiente.

“La estrategia produjo complicaciones y complejidades que desembocaron en una China más poderosa que no respondía a las expectativas occidentales”, constataba desconcertado el comentarísta de la CNN Fareed Zakaria. La situación recuerda a la de un tahúr que jugando una partida de póker contra un adversario insignificante constata que pierde la partida pese a jugar con cartas marcadas. No estaba previsto y la reacción del tahúr en tal situación es volcar la mesa y desenfundar la pistola.

Si algo ha dejado claro la última campaña electoral en Estados Unidos es confirmar que ese país no tiene una estrategia para el nuevo mundo del Siglo XXI. La única receta clara para impedir el declive es la guerra, comercial y tecnológica, y la amenaza militar con una diplomacia cada vez más nuclearizada. Trump ha dividido a su país en casi todo excepto en su guerra comercial y tecnológica contra China. Esa beligerancia es algo que se da por supuesto en los candidatos a la presidencia que compiten entre sí por demostrar quien mima más a los militares y al complejo militar-industrial y quien es más antichino, huyendo como de la peste de cualquier veleidad de flojera ante el adversario. No es solo una “vaca sagrada” ideológica que se desprende de la inercia de un siglo de dominio mundial, sino una tara estructural.

El gasto en armas y guerras no es algo que en Estados Unidos se decida en el marco de una estrategia nacional racional que valora qué sistemas de armas se necesitan para la situación geopolítica presente y concreta, dice Mahbubani. “Las armas se compran como resultado de un complejo sistema de lobbismo a cargo de los fabricantes que ubicaron astutamente sus industrias en todas las circunscripciones congresuales de América, con lo que los políticos que quieren mantener los puestos de trabajo en sus territorios (y su propio puestos en el Congreso) son quienes deciden qué armas se producirán para el ejército”.

Ventajas del adversario

No hay en China nada parecido al complejo militar-industrial de Estados Unidos que fomenta estructuralmente el militarismo y el imperialismo con sus poderosos “lobbies” y think tanks. Los mandarines de Estados Unidos son prisioneros de una red que complica sobremanera su adaptación al nuevo mundo. Su poderoso y eficaz aparato de propaganda (“información & entretenimiento”) presenta al régimen político de Estados Unidos de partido único bicéfalo basado en la aristocracia del dinero, como una democracia. A su lado el régimen del Partido Comunista Chino, que es una estructura meritocrática, es visto como algo arcaico y brutal. No hay duda de que el régimen chino tiene muchos problemas y carencias, pero desde luego también algunas virtudes. Impide, por ejemplo, la aparición de Trumps nacionalistas chinos y potencia a muchos de los más capaces y mejores hacia arriba. Hoy por hoy, como dice Mahbubani, “desempeña un bien global garantizando que China se comporte como un actor racional y estable en el mundo y no como un sujeto nacionalista enfadado distorsionador del orden regional y global”. En materia de cambio climático, China no sigue el ejemplo de Estados Unidos. Un gobierno chino democráticamente electo (en el sentido americano del término) habría tenido gran presión para hacer lo mismo que Estados Unidos en lugar de proclamar su objetivo de desarrollar una “civilización ecológica”.

Hay 193 países miembros en la ONU. ¿Quién, Estados Unidos o China, está remando en la misma dirección que la mayoría de los 191 y quién lo hace en contra, mientras ningunea o abandona las instituciones y acuerdos internacionales?, se pregunta Mahbubani. En las condiciones democráticas sugeridas para China desde Occidente, sería mucho más difícil para ese país mantener su proverbial prudencia internacional y su no injerencia en los asuntos internos de otros conforme se hace más poderosa. Antes de cargarse a un régimen que juega en otra liga de civilización, hay que pensar en sus alternativas para el caso de que abrazara lo que se le recomienda desde la occidental.

¿Expansionismo?

La crisis financiera global de 2008, genuino detritus de la economía de casino con centro en Estados Unidos, ofreció la primera evidencia de debilidad occidental: China gobernó la situación mucho mejor, como había pasado ocho años antes con el estallido de la burbuja dot-com. Las desastrosas consecuencias de las guerras que siguieron al 11-S neoyorkino hicieron patente una criminal irresponsabilidad. La retirada de Estados Unidos del acuerdo sobre cambio climático y la mala gestión de la crisis de la pandemia en Occidente (en comparación no solo con China, sino con el conjunto de Asia oriental) incrementaron esa evidencia de decadencia y desbarajuste. Ante esos hechos se hacía bien patente el desfase de la célebre recomendación de Deng Xiaoping de finales de los años ochenta en materia de política exterior: “Observar la situación con calma, mantenernos firmes en nuestras posiciones. Responder con cautela. Solapar nuestras capacidades y esperar el momento oportuno. Nunca reclamar el liderazgo”.

La situación general invitaba desde hace tiempo a actualizar aquella prudente directriz, pero es la creciente virulencia de la guerra comercial y tecnológica, de las provocaciones militares y de las campañas de denigración de los últimos meses, la que determina un cambio de tonos. Xi Jinping aprovechó el aniversario de la guerra de Corea para sacar pecho en octubre. Dijo que “el pueblo chino no creará problemas, pero tampoco tenemos miedo, y no importa las dificultades o desafíos que enfrentemos, nuestras piernas no temblarán y nuestras espaldas no se doblarán”, y que “nunca permaneceremos de brazos cruzados cuando nuestra soberanía esté amenazada y no permitiremos nunca a ningún ejército invadir o dividir a nuestro país”. En mayo, el ministro de exteriores, Wang Yi, respondió a los juicios de Trump sobre el “virus chino” diciendo, “jamás tomaremos la iniciativa de intimidar a otros, pero tenemos principios. Ante las calumnias deliberadas, responderemos con fuerza, protegeremos nuestro honor nacional y nuestra dignidad en tanto pueblo”.

Aisladas de su contexto, todas estas declaraciones se utilizan en Occidente para confirmar los peligros de una China crecida y agresiva. Pero el hecho es que en más de cuarenta años, mientras Occidente se implicaba en guerras en Yugoslavia, Irak, Afganistán, Libia y Siria, entre otras, China no ha participado en ningún conflicto bélico. Las tensiones y reivindicaciones chinas en lugares como Tibet, Xinjiang, Hong Kong o Taiwan, se mencionan como prueba de “expansionismo”, cuando esas reivindicaciones son mas legítimas que las de Estados Unidos sobre Texas, California o todo el sur del país arrebatado a México en el XIX. Con toda su brutalidad, la política de Pekín en Xinjiang no tiene nada que ver con la medicina para atajar el mismo problema por parte de Estados Unidos y su guerra contra el terror, que incluye millones de muertos, la devastación de sociedades enteras y la primera legalización de la tortura en un país occidental en el siglo XXI. En Taiwán es ridículo presentar como “expansionismo” la reclamación china de la isla cuando desde 1972 Estados Unidos reconoce que “Taiwán es parte de China” pese a lo cual incumple reiteradamente su compromiso, declarado en 1982, de no vender armas a la isla por encima de una discreta cantidad y calidad.

Como en Taiwán, las tensiones militares en el Mar de la China Meridional se derivan principalmente de la intervención militar de Estados Unidos en la región para “contener” a Pekín. China fue la última de las cinco naciones implicadas en fortificar las islas en disputa de ese mar. Vietnam ocupa hoy más de cuarenta islas en el archipiélago del Paracelso, China veinte. En la Spratly, China controla ocho islas, Filipinas nueve, Malasia cinco y Taiwán una. Malasia, Filipinas y Vietnam fueron los primeros en reivindicar como suyas esas islas, lo que empujó a China a imitarlas. Todo eso se omite en el habitual informe sobre las tensiones en aquella zona. China mantiene muchos tiras y aflojas con sus vecinos (y tiene muchos), pero no hay guerras. Y sobre todo, si hay que hablar de gobernanza mundial hay que poner por delante una carencia de China que contrasta fuertemente con Estados Unidos y sus aliados occidentales: China carece de ideología mesiánica y de cualquier propósito de convertir en chinos a los demás países del mundo. La promoción de un chinese way of life no figura en los catálogos de exportación chinos, lo que supone una mayor garantía para la diversidad mundial.

El precio de la miope arrogancia de los mandarines de la última época Qing fue terrible para China. Los Estados Unidos actuales están en una posición mucho más fuerte que la China de entonces. No está en juego la integridad de Estados Unidos, ni su territorio va a ser invadido, repartido, violentado o inundado de opio, pero no hay duda de que la suma de las taras estructurales militaristas y de la ceguera de una superpotencia ante su declive se cobran un precio. Y en el mundo de hoy, repleto de armas nucleares, ese precio está llamado a ser inmenso.

Publicado en Ctxt

Fuente: https://rafaelpoch.com/2020/11/03/el-sindrome-qing-de-estados-unidos/#more-531

Crece el peligro de guerra

Andrés Piqueras

26/04/2021

Artículo publicado originalmente en www.rebelión.org el 08/04/2021

Para todas aquellas personas que se alegraron de la victoria electoral de Biden, me temo que hay malas noticias. Quienes ya advertimos que con los demócratas el peligro de guerra se dispararía parece que no hemos fallado. Los peores augurios que del discurso del nuevo presidente se pudieron extraer tras su toma de posesión se han ido materializando.

  1. Ha advertido (amenazado) a Alemania de no seguir adelante con su proyecto de abastecimiento energético (Nord Stream 2), y da marcha atrás en la retirada de tropas del territorio germano, lo que de paso deja claro que sigue siendo un país colonizado (la administración USA, riéndose una vez más del “libre comercio”, acaba de amenazar directamente con represalias a las compañías que participan en la construcción del gaseoducto, detectándose incluso hostigamiento militar al mismo).
  2. Ha llamado “asesino”a Putin, lo que en términos diplomáticos equivale a solamente medio escalón previo a una declaración abierta de guerra. Presiona cada vez más las fronteras rusas a través de la OTAN, poniendo en alarma tanto al Báltico (e incluso las latitudes polares) como a la Europa oriental, también desestabilizando el Cáucaso.
  3. Se permite invitar a China a su casa (Alaska) para acto seguido ponerse a insultar a los diplomáticos chinos sobre supuestas violaciones de derechos, sobre todo en territorio uigur (claro, los emisarios norteamericanos se cuidaron mucho de comentar cómo EE.UU. lleva infiltrando desde hace años redes terroristas y paramilitares en ese territorio para desunir China).
  4. Ha amenazado con sanciones a India si no revierte la compra y despliegue de misiles rusos S-400.
  5. Quiere renovar la unión contra Irán para doblegar a ese país y cortar el núcleo vital de la Ruta de la Seda china.
  6. Asedia a la propia China en el mar que la envuelve.
  7. Amenaza a Corea mediante nuevas maniobras militares navales.
  8. Frena la retirada de tropas de Asia occidental, y en el caso concreto de Siria (donde ocupa ilegalmente sus pozos petrolíferos), pretende reactivar la guerra con nuevas infiltraciones de paramilitares y yihadistas en el país.
  9. Está gestando una intervención contra Venezuela a través de tropas irregulares, paramilitares, narco-bandas y grupos delincuentes armados, con la colaboración del ejército colombiano, en la frontera entre ambos países.
  10. Pero lo más descabelladamente peligroso de todo es que está activando una nueva escalada bélica en Ucrania, de ominosas consecuencias. El ejército ucraniano ha comenzado a desplegar masivamente sus sistemas de cohetes de lanzamiento múltiple en Donbass, para atacar las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, a las que vuelve a hostigar desde hace semanas. Y, más grave aún, ya ha declarado su intención de ir a por Crimea. Todo eso tras recientes conversaciones de alto nivel entre funcionarios estadounidenses y ucranianos. EE.UU. está abasteciendo de armas a Ucrania, al tiempo que despliega algunas de sus más mortíferos aparatos de combate en la zona.

Esto marca un peligro inminente de guerra total, especialmente sobrecogedor para las sociedades europeas, dado que Rusia parece tener superioridad militar sobre la OTAN. De desencadenarse un enfrentamiento podría destruir Europa en breve tiempo. Mientras, EE.UU. quedaría una vez más lejos del escenario bélico.

Antes de seguir, dejemos claras unas cuantas cosas:

En un capitalismo globalizado pero carente de una entidad política territorial global (algo así como un Estado mundial), buena parte de las estrategias de mando vienen ejercidas directa o indirectamente por la potencia dominante, un hegemón que se encarga en mayor medida que ningún otro de crear o recrear, organizar y dirigir el conjunto de instituciones mundiales necesarias para la regulación global del sistema. Este sistema, el capitalista, sólo muy casualmente puede procurar “bienestar” y mejoras a las poblaciones del mundo, puesto que su principal fin es la reproducción ampliada de capital a través de altas tasas de beneficio empresarial. EE.UU. como potencia hegemónica, es el principal valedor de esa acumulación de capital y del beneficio privado de la clase capitalista, al coste que sea. Por eso, entre otras muchas cosas, a EE.UU. lo único que le preocuparía de los DD.HH. es que en realidad se cumplieran. De ahí que haya promovido y mantenido dictaduras en todo el planeta, desde las del Cono Sur americano, hasta las monarquías salvajes del Golfo, pasando por la Sudáfrica del “apartheid”. Por eso su principal aliado y destinatario de apoyo financiero-político-estratégico es Israel, el Estado que comete más violaciones de resoluciones de la ONU, que practica un sistemático ‘apartheid’ y limpieza étnica, que se basa en una constitución racista, que practica sistemáticamente el terrorismo y que es un continuo peligro para toda Asia occidental. Por eso tiene como aliado a Turquía, miembro de la OTAN, otro plusmarquista en limpiezas étnicas y en terrorismo contra su propia población y las adyacentes. Por eso su principal receptor de “ayuda” en América es Colombia, campeón del terrorismo de Estado, con matanzas sistemáticas de su población, y causa de un creciente riesgo de desestabilización de toda la región (ver este excelente informe al respecto: https://isrobinson.org/investigaciones/la-construccion-de-una-zona-de-guerra-difusa-en-la-frontera-colombo-venezolana/).

En cuanto al capítulo de invasiones y destrozo de países, estas han sido las intervenciones militares directas de EE.UU. (solo o con la OTAN) tras la caída de la URSS:

Irak (1991): con sanción de la ONU

Somalia (1993): EE.UU. y algunos “aliados”, con sanción de la ONU

Yugoslavia (1995): OTAN, sin sanción de la ONU

Afganistán y Sudán (1998): ataque unilateral de EE.UU.

Yugoslavia (1999): OTAN, sin sanción de la ONU

Afganistán (2001): OTAN, sin sanción de la ONU [dura hasta hoy]

Irak (2003): EE.UU. y algunos “aliados”, sin autorización de la ONU

Pakistán, Yemen, Somalia (2002): ataques con aviones no tripulados, sin autorización de la ONU [dura hasta hoy]

Libia (2011): intervención de la OTAN, con sanción de la ONU

Siria (2014): EE.UU. – OTAN [dura hasta hoy]

Intervenciones que Arthur K. Cebrowski, almirante y director de la Office of Force Transformation in the U.S. Department of Defense, concibió hechas sobre “países desechables” a los que había que destruir sus estructuras estatales.

Fundamentalmente están en el punto de mira del hegemón aquellas formaciones sociales que se encuentran dentro del espacio territorial o la zona de seguridad de lo que fue la URSS y de sus alianzas. También los países susceptibles de consolidar la Ruta de la Seda china.

En cuanto al propio continente americano, recientemente, EE.UU. ha promovido golpes de Estado judiciales, con intervención de fuerzas policíaco-militares, en Paraguay, Brasil, Bolivia y Honduras. Ha destruido casi toda Centroamérica (a la que invadió o dio golpes de Estado en repetidas ocasiones en el siglo XX), con guerra contrainsurgencia, bandas paramilitares, promoción de Estados de terror y bandas de delincuencia armada por doquier, consiguiendo un empobrecimiento brutal de las poblaciones que ahora se le vuelve en forma de “caravanas migrantes”, masas desesperadas huyendo de la miseria y la muerte.

Dentro de esa estrategia de muerte se incluyen las llamadas guerras de cuarta generación o “híbridas”, que combinan el uso de la presión político-económica, los “levantamientos populares” y el terrorismo en sus diferentes expresiones (operaciones subversivas, actuaciones clandestinas y de falsa bandera, guerra por delegación…), incluida la utilización de cuerpos armados irregulares y redes terroristas potenciadas o creadas ad hoc. Se usa también la propaganda mediática, la cibernética y la inteligencia artificial. En buena parte con la inestimable ayuda de Gran Bretaña y su BBC.

Todo esto en un contexto histórico de decadencia capitalista, de crisis estructural sistémica sin perspectivas de recuperación sostenida.

Tenemos, entonces, un capitalismo degenerativo más una potencia hegemónica en declive: una situación perfectamente explosiva. Máxime si consideramos que esa potencia se niega a ser superada y se ha convertido en un monstruo que se revuelve contra todo, incluida su propia población, cada vez más parte de la cual queda ajena los mínimos derechos de ciudadanía [un peligro para el mundo como ya se indicó en EEUU contra el mundo (y contra sí mismo) – Dominio público (publico.es)].

Pero hay también un actor secundario, a la par triste y vil: la UE. Este “supra-Estado” paradigma de la institucionalidad del capitalismo financiarizado, ha decidido seguir sumisamente todos los planes del decadente hegemón, aun a costa de sus intereses vitales. Uno y otros están haciendo de las sanciones político-económicas su principal razón contra países emergentes a los que ya no pueden dominar con el “libre mercado”. Un arma de guerra sucia.

Alegan los líderes y lideresas de la UE que esas sanciones son para hacer respetar los Derechos Humanos. Sería para reír si detrás de eso no hubiera tanta muerte y dolor.

Si quieren sancionar a alguien por no cumplir con los Derechos Humanos, ahí tienen a EE.UU. por las acciones descritas. Si quieren un caso como el de Navalni, pero esta vez cierto, ahí tienen a Assange, perseguido, encarcelado y torturado por denunciar con pruebas los crímenes de EE.UU. (ante el apabullante silencio y complicidad de la mayor parte de la “prensa libre occidental”). Si quieren hablar sobre torturas, ahí tienen Guantánamo (además de las decenas de centros de tormento “clandestinos” que USA mantiene en todo el mundo, a veces a bordo de barcos de guerra). Pero parece que a la servil dirigencia europea no le salen los colores cuando se inventa excusas.

Desesperadas ante el caos sistémico que generan, con debacle económica incluida, y ante su inocultable ineptitud para salvaguardar ni siquiera la salud de sus poblaciones frente a la actual pandemia, las elites del capital global han anunciado en el último Foro Económico Mundial, el Gran Reinicio del capitalismo. Una vuelta de tuerca a la pérdida de democracia, al control poblacional, a la precarización de los mercados laborales, al empobrecimiento generalizado, al deterioro ambiental. Las mismas elites lo anuncian como la convergencia de los sistemas económicos, monetarios, tecnológicos, médicos, genómicos, ambientales, militares y de gobierno. En términos económicos y de política monetaria, el Gran Reinicio implica una consolidación de la riqueza, por un lado, y la probable emisión de una renta básica universal, por otro, para “mantener” a poblaciones sin empleo. Podría incluir el paso a una moneda digital, con una centralización de las cuentas bancarias y de los Bancos, una fiscalidad inmediata en tiempo real, tipos de interés negativos (cobrando cada vez más por tener dinero en el Banco) y una vigilancia y un control centralizados del gasto y la deuda. El Gran Reinicio significa también la emisión de pasaportes médicos, pronto digitalizados, incluyendo la historia médica, la composición genética y los estados de enfermedad. La covid-19 está suponiendo un entrenamiento ideal para que las poblaciones acepten cosas así. El Gran Reinicio acentúa además la guerra como instrumento económico, geoestratégico y de relaciones internacionales, especialmente contra Rusia y China.

Como es obvio, lo que está provocando de momento, por reacción, es un mayor acercamiento entre esos dos países, que intentan tejer también una diplomacia constructiva como contrapeso al caos. China acaba de estrechar lazos estratégicos con Irán; ha propuesto una coordinación con los países árabes, tentando también a Turquía para que se vuelva hacia Asia, y mostrando a India el interés de la Ruta de la Seda, basada en el comercio, la economía productivo-energética y, en definitiva, el beneficio mutuo. Rusia es una potencia energética, fulcro ya insoslayable de Eurasia.

Lamentablemente, todo indica que la UE ha decidido suicidarse al lado del hegemón en decadencia. Irse por el mismo sumidero de la historia que él. Eso quiere decir que la diplomacia “occidental” queda confinada cada vez más a acciones de guerra. Es decir, se niega a sí misma como “diplomacia”. Una loca “estrategia” que acerca precipitadamente al enfrentamiento militar y que pone en riesgo al planeta entero. Una nueva “Guerra Fría” con cada vez más posibilidades de convertirse en caliente y que se ceba en las propias poblaciones europeas como víctimas de otra guerra que acompaña indisociablemente a la anterior: la guerra de clases.

Fuente: https://rebelion.org/crece-el-peligro-de-guerra-2/